COMBONI COMO HOY

In Pace Christi

P. Menegatti Cornelio

Data di nascita: 09/02/1924
Luogo di Nascita: Segonzano (I)

Voti temporanei: 07/10/1943
Voti perpetui: 24/09/1948
Ordinazione: 11/06/1949

Fecha de defunciĆ³n: 06/11/2017
Lugar de defunciĆ³n: Castel d'Azzano (I)

Su padre se llamaba Albino Menegatti, pero todos lo llamaban Baffo por aquellos bigotes abundantes a la Cecco Beppe que usaba en la juventud. Era un hombre tranquilo y jovial, relativamente bienestante que, en 1920 se había casado con Asunta de los Ciatini. Era un matrimonio feliz, una hermosa familia enriquecida con la llegada de cuatro hijos: Ernestina, Remo, Cornelio y Gabriela en la que reinaba la concordia y el temor de Dios. En Saletto había puesto una panadería que despedía cada mañana su intenso característico perfume. El pequeño Cornelio, nacido el 9 de febrero de 1924, creció en un clima familiar religioso y cálido. Empieza a servir como monaguillo, le gusta ir a la escuela y queda como contagiado del ejemplo de aquellos jovencitos que lo rodean, un poco mayores de él, que han empezado su preparación al sacerdocio. Animado por Don Daniel Sperandio, el nuevo párroco, también Cornelio sin dudarlo mucho decide convertirse en sacerdote y misionero.

En el otoño de 1936 entra en el seminario de los Combonianos en Muralta. Fue el inicio de un largo y difícil camino de formación y preparación académica y espiritual; durante el periodo de la guerra, en Brescia se experimentaba también el hambre. Terminado el liceo, ingresa al noviciado de Venegono y seguidamente inicia los estudios teológicos en Verona y Rebbio de Como; emite sus primeros votos el 7 de octubre de 1943 y los perpetuos el 24 de septiembre de 1948. Finalmente, llega el día soñado: es ordenado sacerdote el 11 de junio de 1949 en la catedral de Milán por manos del Card. Schuster. Entre los asistentes a la ceremonia, en la parte reservada a sus parientes, se encuentran también mamá Asunta y su papá Albino que conmovidos siguen atentos el desarrollo de la celebración. El domingo siguiente todo el pueblo de Segonzano está presente para la celebración de su primera Misa.

Después de unas cortas vacaciones, el P. Cornelio es enviado a Londra para perfeccionar el inglés, permanece allí hasta 1952, cuando, finalmente, puede salir a la misión. Es destinado a Eritrea que, en aquel tiempo, formaba parte de Etiopía.

El P. Cornelio es enviado a Asmara, donde los Combonianos han fundado un colegio para la instrucción y educación de jóvenes de secundaria y educación superior. Durante casi 25 años desempeña con dedicación su servicio de docente, animado por el fuerte ideal misionero. En 1975, estalla la revolución y empieza un tiempo de agitación social: destituyen y encarcelan al Negus, instaurando una dictadura de inspiración marxista a cargo del coronel Menghistu. El P. Cornelio tiene que volver a Italia, con el corazón lleno de angustia viendo cómo venían destruidos tantos años de dedicación y trabajo. Después de un periodo en Roma, como bibliotecario, en 1980 puede regresar a Etiopía, en la región meridional del Sidamo. Allí transcurre otros veinte años en un servicio de primera evangelización, dedicándose generosamente al servicio de la gente, privilegiando, sobre todo la educación e instrucción de la juventud que representa el futuro, ayudando a las familias más necesitadas y brindando consuelo y amor cristiano a las personas desalentadas.

El P. Giuseppe Cavallini recuerda: “Encontré por primera vez al P. Cornelio en el lejano 1979, un poco después de mi ordenación sacerdotal. Estaba en Italia de vacaciones y, habiendo oído que yo había sido ordenado unos días antes y asignado también a Etiopía, quiso pasar por mi casa para conocerme. Era bajo de estatura, calvo y ordenado, me contó que aquél país atravesaba por momentos difíciles: no se sabía cuándo terminaría el conflicto con Eritrea, con la Somalia, después de la intervención de Rusia y Cuba, se había resuelto a favor de Etiopía. Poco a poco se estabilizaba la dictadura de Menguistu Hailemariam, una vez que el ‘Negus rojo’ había eliminado a todos los opositores y dejado mano libre a Rusia para construir una sociedad atea y comunista. Me hablaba, sin embargo, de la profunda espiritualidad que tiene el pueblo etíope y, según su opinión, jamás renunciarían a su fe. Se decía satisfecho por haber dedicado años de su vida a la evangelización en el sur del país, viendo cómo las comunidades católicas se multiplicaban.

Ya no tuve noticias suyas, hasta que – después de algunos meses de aprendizaje del amárico en Addis Abeba- lo volví a encontrar en la misión de Shafina, donde me mandaron y estuve trabajando, junto a él y al P. Bruno Maccani, cofundador de las misiones del Sidamo y, “trentino” como él, sólido y tenaz, como las montañas de su tierra. Relevé al P. Elio en la dirección de la escuela elemental y, en el breve periodo que transcurrimos juntos, me llevaba seguido a celebrar en comunidades apartadas recorriendo senderos, a veces, destrozados. Nos separamos cuando el P. Elio fue transferido a la comunidad de Tullo, donde también trabajó por varios años. Nuestros caminos se encontraron nuevamente en los años 90, cuando se nos mandó a ambos a la comunidad de Dongorá, él se encargaba de la parroquia y yo como director del Centro Pastoral del Vicariato.

Sus mayores cualidades eran, además de tener una profunda espiritualidad comboniana y un gran amor por su vocación y por la misión, la precisión en el registro de los datos relativos a los catecúmenos y a las familias católicas – de la que todavía se beneficia la parroquia – y su atención y cuidado de las celebraciones litúrgicas. Contando con muchos bienhechores y, recibiendo mucha ayuda económica, sentía el deber de apoyar siempre a quien veía en necesidad, convencido de que un día Dios le pediría cuentas: nunca renunció al compromiso de ayudar a los necesitados. Aparte de un estilo rígido y distante, debido a su personalidad, sentía un gran afecto por el pueblo Sidamo. He visto llorar a muchas personas cuando se enteraron de su muerte. El P. Elio estuvo los últimos años en la misión de Hawassa, el centro del Vicariato, después de una operación a las cuerdas vocales que le había hecho perder la voz. Cuando tuvo que dejar Etiopía sufrió mucho y le fue difícil adaptarse a su nueva situación y descubrir cómo debería continuar su servicio misionero desde la enfermedad, pero pronto comprendió que Dios le pedía continuar de otra forma su compromiso con la misión. Lo he vuelto a encontrar hace un par de años, en Castel D’Azzano, todavía lúcido aunque prácticamente sin posibilidad de hablar”.