COMBONI COMO HOY

N. 12 (10) - AL DR. BENITO PATUZZI

ACR. A , c. 15/167



Alejandría de Egipto

20 de septiembre de 1857

Querido Doctor:



[20] Aunque hasta ahora no haya tenido ninguna noticia concreta de lo concerniente al Sr. Juan Bautista Maximiliano Arvedi, no dejo de congratularme mucho de aprovechar el correo para no dejar ayuno de noticias mías a mi muy querido compadre y amigo, con el cual y con cuya familia mantengo lazos de tan afectuosa amistad y tan íntima hermandad que sólo tendrá su fin temporal al borde de la sepultura. Veamos, pues, las gestiones que he llevado a cabo para tratar de saber algo del difunto Arvedi.

[21] Aquí, en Alejandría, gente que conozca los asuntos del Conde Scopoli creo que puede contarse con los dedos de una mano. El es un rancio aristócrata, que no revela sus cosas a nadie; conversa siempre con personas de alto rango, pero ni siquiera éstas saben nada: así lo conocí en el viaje desde Trieste a Alejandría. Por otra parte se le tiene por hombre justo y de acertado consejo; y precisamente en esta actividad gana en Alejandría más que un comerciante.

[22] Ahora las personas que rodean al Conde Scopoli, por lo que he oído, y yo lo creo, son: El Sr. Ferrighi, Ingeniero; el Cónsul General austríaco; Francisco Gronchi, que le conoce íntimamente; el Conde Ignacio Frisch creo que le conoce muy de cerca, porque él y el Cónsul son uña y carne; el P. Cipriano, que fue quien le asistió continuamente en su enfermedad. Hubo algún otro; pero si se produjo alguna irregularidad será difícil descubrirla. Los dos médicos que atendieron más asiduamente al difunto no pueden menos que exagerar la asistencia prestada; así que estamos en las mismas.

[23] Del Conde Scopoli no pude sacar nada, aunque todos los días yo hablaba mucho con él en el barco. En cuanto al Cónsul austríaco, a decir verdad, cuando me enteré de que era íntimo del Conde, me vino la idea de hacerle alguna pregunta. Respecto a Ferrighi, habiendo recibido de Scopoli un reloj de oro como regalo en premio a la asistencia prestada al difunto, no puede sino proteger al Sr. Conde Francisco Gronchi, con quien los Misioneros tenemos total confianza por lo mucho que se preocupa por nuestra Misión, y que me dijo que sobre el asunto de Arvedi y sus acuerdos con el Conde Scopoli, no sabe nada. Con el Conde Ignacio no he podido hablar aún sobre este punto, porque estuvimos muy ocupados con él en lo concerniente a nuestra Misión, por ser nuestro Procurador en Egipto: mañana hablaré mucho con él sobre Arvedi.

[24] Por otra parte, todavía no he podido entrevistarme con los médicos, ya que en los pocos momentos libres de que dispongo, o no los encuentro, o sucede alguna otra cosa. El Padre Franciscano que le asistió me ha asegurado que tuvo una enfermedad de más de un mes, que fue servido y cuidado de manera inmejorable, que recibió todos los Sacramentos y murió con una cristiana resignación verdaderamente edificante; y que finalmente el Conde Scopoli le hizo un funeral suntuoso, en el que intervinieron muchos frailes y seglares. Esto es, pues, lo que he podido saber de Arvedi. Pero como voy a quedarme en Alejandría todo este mes, tendré oportunidad de obtener, quizá, alguna información más exacta. Ciertamente me han dicho que el Conde es un hombre muy estimado, honrado y justo: no tengo, por tanto, razones bastante sólidas como para creer que haya habido irregularidad por su parte. Claro que es abogado, o una especie de abogado, y si ha gastado de un modo u otro un céntimo en Arvedi, lo habrá metido en cuenta a cargo de los hermanos. Pero volvamos a nosotros.

[25] Mi viaje a Alejandría fue muy feliz. Sólo desde Trieste a Corfú tuvimos un fortísimo viento en contra, que nos hizo pasarlo fatal a todos los pasajeros a bordo. El resto, después de las islas Jónicas, fue delicioso. Yo me quedé asombrado al contemplar la belleza de las risueñas islas de Grecia, Cefalonia, Zante, Itaca, Candía, y las mil del archipiélago; y mucho más pensando en las grandes glorias que representan.

[26] Mi admiración se volvió desmesurada cuando llegué a la portentosa ciudad de Alejandría, patria de tantos héroes, tierra que trae tan antiguos recuerdos. Yo tendría mil cosas que decir sobre mi estancia en Alejandría; sobre las costumbres de los musulmanes, de los griegos, de los beduinos, de los coptos, y de tantas otras gentes emigradas que pueblan Alejandría y sus contornos, etc., etc. Pero asuntos y ocupaciones me llaman al trabajo: ya le escribiré algo sobre mis viajes a El Cairo, Asuán, Jartum, Bahar-el-Abiad. Escríbame, y consuéleme con sus noticias. Dé un beso de mi parte a mi querídisima comadre Anita, a quien siempre llevo en el corazón; a Víctor, a Cayetano y a sus otros hijos e hijas; presente mis respetos a D. Battistino y a D. Bartolo, y créame de todo corazón



Su afmo. comp. y amigo

Comb. Daniel



Estoy en perfecto estado de salud; en el mar no tuve la menor molestia, y me encuentro mejor que en Europa cuando hace calor.