COMBONI COMO HOY

N. 16 (14) - AL DR. BENITO PATUZZI

ACR, A, c. 15/168



Jerusalén, 12 de octubre de 1857



Querido y amable Doctor:



[97] ¿Voy a marcharme de Jerusalén sin escribir una línea ni expresar mis sentimientos de afecto a su dilecta familia? Eso nunca. Pero hagamos antes una digresión.

Sobre el difunto J. B. Maximiliano Arvedi ya le escribí algo desde Alejandría; ahora voy a contarle más cosas que he sabido Su enfermedad duró más de un mes; y antes de ésta, que fue la última, había tenido otra que estuvo a punto de llevarle a la tumba. En ambas enfermedades fue cuidado con una atención y una solicitud yo diría casi heroicas; tanto que el P. Cipriano, que le asistió mucho tiempo hasta su muerte, me aseguró haber quedado maravillado, y me dijo: «Entonces supe que los auténticos italianos son verdaderos hermanos». Además, su resignación al recibir de Dios la muerte fue admirable; porque me dijo el mismo P. Cipriano que en tantos años como lleva de Misionero en Egipto nunca experimentó tanto consuelo como al asistir a éste, a quien antes creía un poco descarriado.

[98] Las condiciones del acuerdo con el Conde Scopoli son desconocidas; sé que era simple agente de firma, no de comercio, porque el Conde Scopoli no se dedica a los negocios, sino que más bien hace de abogado sólo sobre la base de la confianza que toda Alejandría tiene en él.

Por otra parte, estoy firmemente convencido de que todos los gastos que el Conde Scopoli ha presentado en Verona al hermano del difunto son verdaderos; incluso, por lo que puedo deducir, son aún menos de lo que él ha pagado. Porque en más de dos meses de enfermedad, el Conde Scopoli ha prestado una asistencia mejor que la de un hermano, y nunca reparó en gastos. En Alejandría una medicina cuesta cuatro veces más que en Europa. Sólo el hielo, que es traído en barco desde Grecia e Inglaterra, cuesta tres francos cada oca, que es poco más de tres libras; y de hielo se necesitaban muchas ocas cada día. Además llamó a muchos médicos. En resumen, que nadie puede calcular lo que cuesta una enfermedad en Alejandría, donde la preocupación de todos es hacer fortuna, por lo que todo está pensado para obtener dinero.

[99] Así pues, yo aconsejaría al hermano del difunto Arvedi que se quedase tranquilo, sin meterse en más averiguaciones, no sea que Scopoli se dé cuenta de su secreta desconfianza. Porque si por vía de oficio o por otro medio oficial tratase de hacerse rendir cuentas de cada cosa, se equivocaría de seguro; pues el gobierno no puede valerse para ello más que del Cónsul General, el cual tiene como primer Consejero al Conde Scopoli; y no se convoca reunión en la que no se halle este presente, como vi en los quince días que estuve en Alejandría. Hasta un amigo suyo, que visitaba a Arvedi a diario, y que es más bien contrario al Cde. Scopoli porque el Cónsul se sirve más del Conde que de él, me aseguró que, en tantos años como lo conoce, tiene los más sólidos argumentos para probar su honestidad y justicia; incluso muchas cosas, como la frecuente visita a aquel enfermo, las hacía por sentimiento religioso, y por complacer al Conde Scopoli, el cual hizo verdaderamente de padre. Más de esto no le puedo decir, porque cuando me aseguraron aquello que le expliqué, ya no me preocupé tanto de indagar sobre las otras cosas expuestas en la carta que me entregó Arvedi, cosas difíciles de entender sin hablar en términos técnicos.

[100] Y ahora volvamos a lo nuestro. Hubiera querido hacerle una breve descripción de mi viaje a Palestina; pero no tengo tiempo. Aquí en Jerusalén he dejado algún pequeño recuerdo para su familia y para sus tíos Sacerdotes, y para Luis, la Sra. Faccioli, Salvotti, etc.; pero se lo indicaré en otra mía desde las orillas del Nilo. Ya hasta después de Pascua no llegarán estos pequeños recuerdos, consistentes en unos rosarios y crucifijos bendecidos en el Santo Sepulcro. Salude de mi parte a mi muy dilecta Sra. Anita, a Victoria, Cayetano, D. Battistino, D. Bartolo y al Sr. Luis y familia, mientras me suscribo suyo afmo.



D. Daniel