Miércoles, 29 de abril 2015
“Dolores Aleixandre, especialista en sagrada escritura y teóloga de la vida religiosa, escribió recientemente una interesante reflexión sobre el futuro de la vida consagrada a la luz de Is 38, 1-8.21. Yo –que no soy ni biblista ni teólogo– también quiero decir la mía pero en un ámbito más nuestro. Más comboniano y en la cercanía de nuestro XVIII Capítulo General”, escribe P. Jorge García Castillo (en la foto), secretariado general de animación misionera de los Misioneros Combonianos.

 

La situación que estamos viviendo en nuestro Instituto se asemeja mucho a la historia del rey Ezequías. [...]
Aplicando esto a la situación que estamos viviendo como combonianos, hay que decir que no podemos contentarnos con paliativos. Si queremos que las cosas cambien sustancialmente, hay que ir a la raíz de nuestros problemas.
Ni podemos quedarnos con los brazos cruzados esperando la intervención divina; ni tampoco podemos achacar nuestros males a factores externos, ajenos a nosotros. Un sincero “yo confieso” no estaría mal, sobre todo si va acompañado con un proceso de penitencia y conversión.

 

Volverse a Dios para tener vida

“En aquel tiempo, Ezequías cayó enfermo de muerte. El profeta Isaías, hijo de Amós, fue a visitarlo y le dijo:
Así dice el Señor: Haz testamento, porque vas a morir sin remedio.
Entonces, Ezequías volvió la cara a la pared y oró al Señor:
Señor, ten presente que he procedido de acuerdo contigo, con corazón sincero e íntegro, y que he hecho lo que te agrada.
Y lloró con largo llanto.
El Señor dirigió la palabra a Isaías:
Ve y dile a Ezequías: Así dice el Señor, Dios de tu padre David: He escuchado tu oración, he visto tus lágrimas. Mira, añado a tus días otros quince años. Los libraré de las manos del rey de Asiria, a ti y a esta ciudad, y la protegeré.
Respondió:
Ésta es la señal del Señor, de que cumplirá el Señor la palabra dada: En el reloj de sol de Ajaz haré que la sombra retroceda los diez grados que ha avanzado. Y desanduvo el sol en el reloj los diez grados que había avanzado”
Isaías ordenó: Que traigan un ungüento de higos y lo apliquen a la herida para que se sane”.
(Is 38,1-8.21).

Dolores Aleixandre, especialista en sagrada escritura y teóloga de la vida religiosa, escribió recientemente una interesante reflexión sobre el futuro de la vida consagrada a la luz de Is 38, 1-8.21. Yo –que no soy ni biblista ni teólogo– también quiero decir la mía pero en un ámbito más nuestro. Más comboniano y en la cercanía de nuestro XVIII Capítulo General.

Un poco de historia (reciente)

El XVI Capítulo General, celebrado en septiembre del 2003, tuvo una larga preparación que involucró a las bases y ya a principios del 2001 arrancó con una serie de encuentros de la comisión preparatoria. Ésta concluyó con la presentación al Capítulo de un Istrumentum Laboris que tuvo el final que todos conocemos para arrancar casi cero.

El título “La misión de los combonianos al inicio del Tercer milenio”, era bello y provocativo. El análisis de la realidad, a nivel global, eclesial y comboniano, serio y profundo. El momento providencial por el fervor suscitado con el inicio del Tercer Milenio, el impacto causado entre los capitulares por el martirio del P. Mario Mantovani y el Hno. Godfrey Kiryowa y haber concluido con la canonización de nuestro padre y fundador San Daniel Comboni. Quizá por eso, el empantanamiento que se dio durante los trabajos del Capítulo y los resultados del mismo, provocaron en no pocos de nosotros desilusión. “La montaña parió un ratoncito”, concluían muchos.

Igualmente laborioso fue el proceso de preparación del XVII Capítulo. En la carta de presentación de los Documentos Capitulares, el padre general y su consejo escriben: “En el texto que ahora recibe, encontrarán el fruto del trabajo y de la reflexión de muchísimos hermanos, no sólo de los capitulares. El Capítulo ha realizado un esfuerzo para servirse del trabajo ya realizado por todos nosotros a través del camino de la Ratio Missionis y de las distintas comisiones que trabajaron en su preparación. Gracias a ello el Capítulo ha podido llevar adelante una reflexión sentida y compartida por muchísimos hermanos en el Instituto”.

Del camino de la Ratio Missionis, largo, difícil y muchas veces accidentado, todos hemos hecho experiencia. Releyendo el documento, que recoge y atesora lo mejor del proceso, encontramos esta afirmación: “Vivimos en un momento de cambios rápidos y epocales: los desafíos que presenta la globalización, la hegemonía del neoliberalismo y de la economía de mercado, la cultura del consumismo, la violencia, la guerra y la pobreza extrema, además de las transformaciones en el campo cientifico-técnico y en las comunicaciones, conducen a la desorientación y a la incertidumbre. Todo esto desafía nuestro estilo de vida y nuestra presencia misionera” (RM 1.1)

Esas palabras están ahí para despertar en nosotros las mejores energías y ponerlas al servicio de la misión y de los destinatarios privilegiados del Evangelio: los pobres, las situaciones que el papa Francisco llama “periferias existenciales”. Por eso es de augurarse que no caigan en el vacío o en el olvido.

¿Dónde y con qué espíritu nos encontramos?

Sin caer en la tentación de lo que el papa Francisco llama “exceso de diagnóstico” (EG 50), entro de lleno a considerar el “estado de cosas” de nuestro Instituto. Lo haré a la luz del de Isaías 38, 1-8, que tiene un texto paralelo - casi a la letra – en 2 Re 20, 1-11.

La situación que estamos viviendo en nuestro Instituto se asemeja mucho a la historia del rey Ezequías. A la catastrófica situación descrita en los capítulos 18 y 19 del Segundo libro de los Reyes, se añade la posibilidad de una muerte inminente. En el texto que nos ocupa, se añade un detalle relevante: la presencia del profeta Isaías que en un primer momento aparece como una “ave de mal agüero”.  En nombre del Señor le anuncia “vas a morir”, “haz tu testamento” o, como se lee en otras traducciones, “pon tu casa en orden”. La situación, porque la sustenta y refuerza esa “voluntad divina”,  parece irreversible del todo. “Sin remedio” en este caso no significa incurable sino inevitable. Algo muy parecido a lo que estamos viviendo en nuestro Instituto que en muchos produce temor y en otros, que no son pocos, desesperanza, resignación o desidia.

Por lo que a Ezequías se refiere, en él se desata un mecanismo que en muchos casos de la historia de salvación se ha revelado como infalible: la oración. Como combonianos esa actitud nos resulta familiar porque forma parte esencial en la experiencia nuestro Fundador. Comboni oraba y hacía orar por su obra convencido de la “omnipotencia de la oración”.

El rey se vuelve a la pared no para desentenderse de su historia y de los peligros que acechan a su pueblo. Es como si entrara en sí mismo para encontrarse cara a cara con el Señor. El Dios que de muchas maneras se ha revelado como el verdadero conductor del destino de su pueblo.

Lo que dice a Dios es verdad. No es una especie de chantaje espiritual. La actitud de uno que se siente merecedor de todo por su buena conducta. “Humildad es andar en verdad”, escribe la mística española santa Teresa de Jesús en el libro de Las Moradas (Moradas Sextas, par. 6). El rey Judá aduce algo que es cierto:  “Señor, ten presente que he procedido de acuerdo contigo, con corazón sincero e íntegro, y que he hecho lo que te agrada”. Y en lo que aquí dice se quede a corto frente lo que narra de  él el Segundo Libro de los Reyes (18, 1-6). Sin embargo, hay que reiterarlo, lo que pretende no es sacar sus credenciales frente al Señor para cambiar el curso de la historia o la decisión divina. Efectivamente, Isaías afirma luego que el rey “lloró con largo llanto”. “Amargamente”, dicen otras traducciones. Llanto que podríamos interpretar como conciencia del propio pecado, de sus límites y debilidades propias de todo ser humano.

En la Palabra no faltan los ejemplos de un llanto transformador. David, elegido y mimado por Dios, lloró luego de que el profeta Natán le echara en cara su pecado de adulterio y el crimen cometido contra Urías el hitita (ve 2 Sam 12,1-13). En esa circunstancia se atribuye David el famoso Salmo 51 (miserere) que es la encarnación misma del arrepentimiento y de la conversión. Lloró Ana y desahogó su corazón ante el Señor y éste la libró de su vergüenza (esterilidad) convirtiéndola en madre de Samuel, personaje clave de la primer alianza (1 Sam 1, 8-20). Llora el mismo Jesús ante la cerrazón de Jerusalén que se niega a creer en él y lo rechaza (Lc 19, 41-44). Llora también por la muerte del amigo Lázaro (Jn 11, 35) en una situación irremediable porque ya han transcurrido cuatro días de su muerte y “despide mal olor” (v. 39). Mientras que a Marta, que también llora por la muerte de su hermano, le anuncia: “Yo te digo que si crees verás la gloria de Dios” (v. 40). Llora Pedro por haber negado y renegado al Maestro (Lc 22,62 y par.) Los ejemplos podrían multiplicarse. Cito éstos porque me parece que nos enseñan cuánto pueden cambiar las cosas cuanto el ser humano se presenta ante Dios con un llanto sincero.

A este punto me pregunto si también nosotros, en estos momentos de  crisis profunda,  no deberíamos orar pidiendo la intervención de Dios como lo hizo Ezequías. Y si no sería también el caso de llorar por nuestro pecado; lamentar  las muchas y serias infidelidades en las que incurrimos en nuestra condición de consagrados.

Por otro lado, hay que decir que el riesgo de “muerte cierta” es algo connatural a todo organismo vivo. Es ley natural nacer, desarrollarse y morir. Pero esta no es una situación sólo nuestra: en muchos lugares en donde estamos presentes la vida del pueblo, sobre todo de los sectores más desprotegidos, está seriamente amenazada. Eritrea, Egipto (aunque más de uno niegue la evidencia), Sudán y Sudán del Sur, Norte de Kenya, República de Centroáfrica, República Democrática del Congo y amplias zonas de Centroamérica y México son sólo algunos ejemplos. Y nosotros estamos ahí y ahí permanecemos compartiendo riesgos y esperanzas con ellos.

En este sentido, lo que estamos viviendo se parece mucho a lo Ezequías vivió. Lloraba por la suerte que le esperaba y también por su pueblo que, luego de su muerte, quedaría a merced de los invasores. Pienso que a este punto también Comboni tiene mucho que enseñarnos. Es paradigmático lo que dice en su homilía en el momento de presentarse como obispo de su extenso y desolado vicariato: “Quiero hacer causa común con cada uno de ustedes, y el día más feliz de mi existencia será aquel en que por ustedes pueda dar la vida” (Escritos 3159).

Signo de los tiempos y los lugares

Lo que aconteció después con el rey de Judá no es el final feliz de una historia trágica (personal y comunitaria). Forma parte del proyecto de Dios, padre providente que tiene en sus manos los destinos del hombre y de la historia. En efecto, al mismo Isaías que antes había anunciado la muerte irremediable del rey, se le encomienda luego la misión de comunicarle una buena noticia, un anuncio gozoso (evangelio): “Mira, añado a tus días otros quince años. Los libraré de las manos del rey de Asiria, a ti y a esta ciudad, y la protegeré”. Y es que  Dios no es ajeno al destino de sus hijos. Este mismo comportamiento aparece en la época en que los hebreos vivían como esclavos en Egipto; en una situación trágica y deshumanizante.  “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he bajado a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel, el país de los cananeos, hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos” (Ex 3,7), dice a Moisés en el momento de encomendarle la misión de acompañar al pueblo en su camino hacia la libertad.

Luego del primer anuncio, al rey que pide un signo se le comunica una doble señal milagros: vivirá quince años más y su pueblo será liberado de la amenaza asiria.

A este punto viene espontáneo preguntarnos. ¿Qué tiene que ver esta historia con lo que está sucediendo en nuestro Instituto? ¿Qué sentido tiene en este caso nuestra oración? ¿Tenemos que orar para que Dios realice un milagro?

Vamos por orden.

En la historia de Ezequías y la nuestra hay algo de común: el miedo de morir, de desaparecer o, en el mejor de los casos, quedar reducidos a una mínima expresión. En efecto, alguien de nuestra propia familia, alegando no ser un pesimista sino un optimista bien informado, con estadísticas en la mano nos daba no hace mucho pocas décadas de vida.

En el fondo esa convicción se iba anidando en el corazón de muchos de nosotros. Por éste motivo (y otros  más serios) algunas circunscripciones empezaron a promover  campañas de oración por las vocaciones y han tratado de reforzar los equipos de promoción vocacional.

La preocupación persiste, aunque por suerte el alarmismo ha bajado de intensidad. Y no falta quien se consuele pensando que ésa es la situación de muchos otros institutos, incluso de las grandes órdenes religiosas herederas del carisma de San Benito, San Francisco, Santo Domingo, San Juan Bosco… Por tanto no habría que preocuparse demasiado.

Para responder a la segunda y a la tercera pregunta, hay que decir que la oración no es para alcanzar un milagro o para cambiar radicalmente nuestro futuro. La oración es ante todo  un ejercicio de la fe, una actitud que intenta descubrir el plan de Dios en todo esto para hacer lo que a cada uno le corresponde; para despertar en cada persona sus mejores energías transformadoras. En efecto, si la oración es auténtica coloca a la persona  ante Dios y ante la historia para ver en qué está fallando. De ahí brota entonces una energía renovadora que permite salir de cualquier empantanamiento o peligro de muerte. 

El protagonista de la historia bíblica que nos ocupa, igual que Comboni y Jesús tienen mucho que enseñarnos. De éste último aprenderemos a leer hasta la historia más negativa en clave pascual. Jesús en el Getsemaní confía a sus amigos más cercanos que siente una “tristeza mortal” (Mc 14, 34) y a su Padre (Abba) le pide: “Aparta de mí este cáliz”. Pero luego concluye “No se haga mi voluntad sino la tuya” (v. 36). Y lo dice con gran lucidez y con una confianza infinita en Dios  que supera con creces las expectativas.  

De otro modo no podría entenderse como a su grito desgarrador en la Cruz: “Dios mío Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34) le siga esa expresión de confianza total: “En tus manos entrego mi espíritu (vida)”  (Lc 23, 46) y la conciencia de haber hecho lo que tenía que hacer: “Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30). Para el evangelista Lucas inicia en ese momento el tiempo de la Iglesia, el tiempo de la Misión que tiene como protagonista al Espíritu (23, 46b).

Conclusión

En la historia de Ezequías hay dos signos de difícil interpretación: en el primero se habla del retroceso de diez grados del “reloj de sol de Ajaz”. Acontecimiento que no representa el poder arbitrario de un “Deus ex machina” sino la acción del Dios que tiene en sus manos el destino del hombre, del mundo y de la historia.

El otro signo es la aplicación de un emplasto de higos a la herida del rey. Algo parecido a los emplastos de arcilla de cierta medicina alternativa de nuestros días. Hasta aquí ningún problema. Pero según un estudioso de la Escritura, conocedor de los usos y costumbres del tiempo y del entorno bíblico, podría tratarse también de un “ritual” para descubrir el origen del mal de Ezequías y para encontrar luego un remedio eficaz (así en El Comentario Biblico Moody del Antiguo Testamento, dirigido por Charles F. Pfeiffer).

Aplicando esto a la situación que estamos viviendo como combonianos, hay que decir que no podemos contentarnos con paliativos. Si queremos que las cosas cambien sustancialmente, hay que ir a la raíz de nuestros problemas. Ni podemos podemos quedarnos con los brazos cruzados esperando la intervención divina ni; ni tampoco podemos achacar nuestros males a factores externos, ajenos a nosotros. Un sincero “yo confieso” no estaría mal, sobre todo si va acompañado con un proceso de penitencia y conversión.

Estamos ya a las puertas del XVIII Capítulo General, en un mensaje del Consejo General se nos preguntaba, entre otras cosas, qué soñamos de él. Mi sueño, a la luz de todo esto que he intentado decir, es que asumamos la actitud de Ezequías volviéndonos hacia Dios; que en el lenguaje comboniano significa “tener la mirada fija en el crucificado” Y, por último, que creamos que la difícil situación que estamos viviendo “no es una enfermedad de muerte” (Jn 11, 4) porque “las obras de la salvación nacen y se desarrollan al pie de la Cruz” (E 3833).
Nacen y se desarrollan, dice Comboni. No nacen y mueren.

Podríamos entonces orar como lo hizo Isaías:
Cántico de Ezequías, rey de Judá,
cuando enfermó y sanó de la enfermedad:

Yo pensé: En lo mejor de mis días,
tengo que marchar hacia las puertas del abismo;
me privan del resto de mis años.
Yo pensé: Ya no veré más al Señor
en la tierra de los vivos,
ya no miraré a los hombres
entre los habitantes del mundo.
Levantan y enrollan mi morada
como tienda de pastores.
Como un tejedor enrollaba yo mi vida,
y me cortan la trama.
Día y noche me estabas acabando,
sollozo hasta el amanecer.
Me quiebras los huesos como un león,
día y noche me estás acabando.
Como una golondrina estoy piando,
gimo como una paloma.
Mis ojos mirando al cielo se consumen:
¡Señor, que me oprimen, sal fiador por mí!
¿Qué le diré y qué pensaré
si él es quien lo hace?
Huye de mí el sueño por la amargura de mi alma. 
Los que Dios protege, viven,
y entre ellos vivirá mi espíritu:
me has sanado, me has hecho revivir.
La amargura se me volvió paz
cuando detuviste mi vida ante la tumba vacía
y volviste la espalda a todos mis pecados.
El abismo no te da gracias,
ni la muerte te alaba,
ni esperan en tu fidelidad los que bajan a la fosa.
Los vivos, los vivos son quienes te dan gracias:
como yo ahora.
El padre enseña a sus hijos tu fidelidad.
Sálvame, Señor, y tocaremos nuestras arpas
todos nuestros días en la casa del Señor
(Is 38 10-20)