Martes, 26 de mayo 2015
Un pequeño dron sobrevolaba la Plaza del Divino Salvador del Mundo enviando imágenes a gran des pantallas. Según Defensa Civil, más de 280.000 personas participaron el sábado pasado de la Misa de beatificación de monseñor Oscar Arnulfo Romero. Una gran procesión de más de 1.400 sacerdotes, cinco cardenales, decenas de obispos, vestidos de rojo –el color del martirio– avanzó entre dos filas de personas que saludaban. “Romero –dijo Monseñor Vincenzo Paglia, postulador de la causa de beatificación de Romero– sintió amor por su pueblo. Fue para su país y para la Iglesia un pastor fiel que defendió a los pobres y a los oprimidos hasta la muerte”.

Ya desde primeras horas de la mañana, la policía se esforzaba por controlar a la multitud. Centenares de personas habían concurrido ya durante la noche anterior para una vigilia de preparación. “Partimos el martes de Guarijila en el departamento de Chalatenango. Llegamos esta mañana temprano”, dice María José Cortez que junto a su marido e hijas caminaron durante cuatro días para llegar a la celebración. “La idea se nos ocurrió en febrero cuando fue anunciado que sería beatificado aquí en El Salvador. Todo este tiempo neo hemos venido preparando. Desde mi infancia he rezado al Santo de América. El Santo de los pobres. Traigo a mis hijas, que deben conocer a monseñor Romero, como mis padres me lo hicieron conocer y amar a mí”.

El padre Raúl Gabrielli y la Hermana Lidia Walas, argentinos, caminaron desde Guatemala a San Salvador. Llevaban consigo la imagen de la Virgen de Luján, patrona de la Argentina. “Hemos decidido venir, pero primero quisimos visitar en México los santuarios de la Virgen de Guadalupe y de Juan Diego. Ahora estamos aquí. En todos estos años, Romero ha sido nuestro compañero de camino, de lucha y de esperanza”.

Francisco Sandoval, silencioso y con el rostro quemado por el sol y la fartiga de la Sierra, ha sido guerrillero del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). No tiene muchas ganas de hablar, pero su nieta Josefina le invita a decir algo. “Sabíamos cuándo monseñor Romero hablaría por Radio. Lo escuchábamos con atención. Sentíamos que nos hablaba a nosotros, a nuestra gente. Para nosotros fue una tragedia cuando llegó la noticia de su asesinato. Uno de nuestros compañeros decía que Romero había muerto en el hospital. Fue asesinado por un sicario. Recuerdo tanta rabia. ¿Cómo se podía matar a un hombre de Dios tan bueno?”.

Una gran procesión de más de 1.400 sacerdotes, cinco cardenales, decenas de obispos, vestidos de rojo –el color del martirio– avanzó entre dos filas de personas que saludaban. Monseñor Vincenzo Paglia, postulador de la causa de beatificación de Romero leyó una breve biografía del futuro beato. “Romero –dijo– sintió amor por su pueblo. Fue para su país y para la Iglesia un pastor fiel que defendió a los pobres y a los oprimidos hasta la muerte”.

Inmediatamente después el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, leyó la Carta Apostólica enviada por el Papa Francisco. El Pontífice proclamó a monseñor Romero beato de la Iglesia. Luego sonaron las campanas y los gritos de júbilo, mientras se desenrollaba la imagen oficial que representa al beato, como parte del ritual.


Reliquia
de monseñor Romero:
“Si me matan,
que mi sangre
sea señal de esperanza
para mi pueblo.
Resucitaré
en el pueblo salvadoreño”.

 

Luego de la proclamación, fue traída la reliquia de monseñor Romero: la camisa que vestía el día de su asesinato. Mientras pasaba, en un pequeño relicario, era apreciable la conmoción de la gente. Muchos se santiguaban y tenían lágrimas en los ojos.

Monseñor Romero había dicho: “Si me matan, que mi sangre sea señal de esperanza para mi pueblo. Resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Estas palabras acaban de hacerse más concretas que nunca. El canto que proclama la justicia acompañó la reliquia. El Santo de América caminó una vez más entre su gente. En las próximas semanas, la reliquia peregrinará por el país para ser venerada por los fieles.

Al concluir la celebración, se leyó un mensaje del Papa Francisco al arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas: “Es momento favorable para una verdadera y propia reconciliación nacional ante los desafíos que hoy se afrontan. El Papa participa de sus esperanzas, se une a sus oraciones para que florezca la semilla del martirio y se afiancen por los verdaderos senderos a los hijos e hijas de esa Nación, que se precia de llevar el nombre del divino Salvador del mundo. (…) Damos gracias a Dios porque concedió al Obispo mártir la capacidad de ver y oír el sufrimiento de su pueblo, y fue moldeando su corazón para que, en su nombre, lo orientara e iluminara, hasta hacer de su obrar un ejercicio pleno de caridad cristiana”.

“La beatificación de monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez, que fue Pastor de esa querida Arquidiócesis, es motivo de gran alegría para los salvadoreños y para cuantos gozamos con el ejemplo de los mejores hijos de la Iglesia. Monseñor Romero, que construyó la paz con la fuerza del amor, dio testimonio de la fe con su vida entregada hasta el extremo.  En tiempos de difícil convivencia, –escribe el Papa– Monseñor Romero supo guiar, defender y proteger a su rebaño, permaneciendo fiel al Evangelio y en comunión con toda la Iglesia. Su ministerio se distinguió por una particular atención a los más pobres y marginados”.

El Papa Francisco insistió en que “es necesario renunciar a «la violencia de la espada, la del odio», y vivir «la violencia del amor, la que dejo a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros»”. También invitó a “la Iglesia en El Salvador, en América Latina y en el mundo entero: a ser rica en misericordia, a convertirse en levadura de reconciliación para la sociedad”. [MISNA: CO/NBJ].


El domingo 24 a las diez de la mañana, en la cripta de la catedral de San Salvador y muy cerca de la tumba del nuevo beato, cristianos de comunidades de base se reunieron para celebrar una eucaristía para agradecer a Dios por la beatificación de Mons. Romero.