Martes, 26 de mayo 2015
La mañana del sábado 23 de mayo miles de salvadoreños y delegaciones de cristianos venidos de Centroamérica y de muchas otras partes del mundo, se congregaron en la grande explanada de la Plaza del Divino Salvador para la celebración eucarística en la que el obispo mártir Oscar Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980, fue declarado beato. La ceremonia bella y emotiva fue presidida por el cardenal Angelo Amato. El domingo 24, el Grupo de la Cripta de Monseñor Romero convocó a las comunidades cristianas a una celebración de acción de gracias por la beatificación de Romero. La misa se celebró a pocos metros de la tumba del nuevo beato y en un clima de libertad y de alegría. [En la foto: la reliquia de monseñor Romero: la camisa que vestía el día de su asesinato].

La historia de Mons. Romero está marcada por la polémica. Polémicos fueron, sobre todo los tres últimos años de su ministerio, su relación con Roma, con el gobierno de El Salvador y con  la guerrilla y con la oligarquía de su país; controversiales su pastoral y su opción por los pobres; polémica su muerte y hasta el proceso de beatificación.

Esta tuvo que esperar más de tres décadas porque los abogados del diablo no faltaron ni siquiera entre sus compañeros báculo de El Salvador y en las altas esferas de la curia romana que lo acusaban de ser demasiado político.

Una vez decidida y programada su beatificación, algunos de los más aguerridos propulsores se convirtieron en detractores. Según ellos, Roma y ciertos sectores de la Iglesia lo único que pretendían era manipular un acontecimiento sobre el cual el pueblo fiel había ya había dado su veredicto: Romero es santo; proclamarlo beato sería entonces dar un paso atrás.

Fuertes críticas suscitaron también otros dos hechos: la distribución de los fieles en la ceremonia de beatificación, colocando en los lugares privilegiados  a los ricos, al clero y a las autoridades políticas y militares, relegando a los lugares más alejados y marginales a los pobres, actitud del todo contraria a la del obispo mártir.

La ceremonia tuvo lugar el 23 de mayo a partir de las 10 de la mañana y la fiesta se hizo. Quizá porque los pobres son más razonables que quienes creen abanderar su causa, quizá porque ya se acostumbraron a un estado de cosas que los margina siempre.

La misa, presidida por el cardenal Angelo Amato y concelebrada por cardenales, obispos y más de un millar de sacerdotes, fue una fiesta para los salvadoreños y para las numerosas delegaciones provenientes de América, Europa y de las más remotas regiones del mundo.

En su homilía el cardenal Amato arrancó de un texto de San Agustìn sobre el obispo para concluir que la opción de Romero por los pobres (hasta el martirio) no era ideológica sino evangélica.

Muy emotivos y profundos resultaron los mensajes de Mons. Vicenzo Paglia, postulador, y del Papa Francisco quien invitó a los salvadoreños a trabajar por la reconciliación del país que atraviesa momentos difíciles y violentos.

La gente sencilla, como sucede a menudo, interpretó dos fenómenos naturales: un intenso y persistente aguacero que se prolongó desde la tarde del viernes hasta la madrugada del sábado, como una “lluvia de bendiciones” de parte de Romero, y el halo que se formó alrededor del sol como la aureola cósmica del nuevo beato. Es que ellos no se complican demasiado la vida. Tienen cosas más serias en que pensar: como su sobrevivencia, por ejemplo.
[P. Jorge García, Comboni Press]


Mons. Leon Kalenga, nuncio del Papa en El Salvador, y P. Jorge García.

Otro modo de celebrar a Mons. Romero
El domingo 24 a las diez de la mañana, en la cripta de la catedral de San Salvador y muy cerca de la tumba del nuevo beato, cristianos de comunidades de base se reunieron para celebrar una eucaristía para agradecer a Dios por la beatificación de Mons. Romero. Nada de multitudes ni formalismos. Nada de marcadas divisiones como en el día anterior. Un solo obispo (Mons. G. Hilton) y doce sacerdotes. Gente más sencilla y desenvuelta. Cantos alegres con textos comprometidos. Homilía enriquecida por el testimonio de algunos de los concelebrantes y signos más en sintonía con la cultura y la piedad popular de la zona hicieron que todo mundo se sintiera en casa. La celebración convocada por la Comunidad de la Cripta de Monseñor Romero, no pretendía ser una alternativa a la celebración del día anterior ni a la otra que dos horas antes había iniciado en la parte superior de la catedral. Se trató más bien del intento de recuperar el mensaje y el martirio del obispo en una clave popular y liberadora, sin el ropaje pomposo, formal y ahistórico de las “celebraciones oficiales”. Los objetivos se cumplieron con creces.