Mi rey es de cuna humilde, pero de familia real; es el hijo de David. Él no tiene en donde reclinar la cabeza, pero es el único que da la vida eterna. Mi rey en vez de una corona de oro y joyas incrustadas tiene sus sienes ceñidas con espinas. Mi rey no está sentado a la diestra de su “papi” sin hacer nada, está ahí intercediendo por nosotros ante nuestro Padre con misericordia, día y noche sin descanso. [...]

QUE VIVA MI CRISTO, MI REY, MI SEÑOR!

Por P. José Alberto Pimentel, mccj

Domingo 25 de noviembre de 2018

Mi rey es de cuna humilde, pero de familia real; es el hijo de David. Él no tiene en donde reclinar la cabeza, pero es el único que da la vida eterna.

Mi rey en vez de una corona de oro y joyas incrustadas tiene sus sienes ceñidas con espinas.

Mi rey no está sentado a la diestra de su “papi” sin hacer nada, está ahí intercediendo por nosotros ante nuestro Padre con misericordia, día y noche sin descanso.

Mi Rey se ensucia las manos y no espera mi tributo para construir puentes y caminos hacia Dios; sin embargo, me pide ayuda para construir su Reino el cuál no tendrá fin.

Mi rey tuvo un trono del tamaño de un pesebre y al culmen de su vida terrenal su trono fue del tamaño de una cruz; aun así, hubo quien deseaba estar a su derecha y a su izquierda sin saber que ese honor lo tenía su Padre reservado para Dimas y Gestas.

Mi rey no aparece en portadas de revistas ni en estadísticas de los más poderosos e influyentes de la tierra; sin embargo, su Palabra vale oro y sus obras hablan de como mi rey pasó por este mundo haciendo el bien.

Mi rey no se viste de lino y casimir con bordados de purpura y dorado; mi rey se vistió de mi carne para sentir en su propia piel lo caliente de un día o lo frio de una noche en Galilea.

Mi rey tiene callos en las manos pues supo ganarse el pan con el sudor de su frente. Él supo pagar el impuesto al Cesar y dar a Dios lo que era de Dios.

Mi rey no tuvo privilegios por ser Hijo de Dios, ni convirtió las piedras en pan para atender un interés personal y legitimo; sin embargo, como hijo del carpintero supo multiplicar los panes y los peces cuando tuvo que calmar el hambre del pueblo que lo escuchaba.

Mi rey no tuvo partido, ni representó una bandera, ni aceptó la nominación del gentío embriagado por el tumulto populista de quienes le querían dar el mejor puesto para proveer pan y circo a un pueblo cansado de trabajar toda la noche y sin haber podido pescar nada.

Mi rey no tenía súbditos ni esclavos, sino amigos y seguidoras que ponían todo su haber, su tener y su Ser a su servicio, porque creían en la promesa de un Reino de Justicia, Amor y Paz.

Mi rey es juez y conoce cada uno de los 613 mandamientos de la Torá como son los granos que tiene una granada; sin embargo, supo reducir la ley y los profetas a dos simples preceptos: Amar a Dios y al prójimo como así mismo.

Mi rey supo decir “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” cuando fue entregado al patíbulo de su pasión redentora. Sin embargo, mi rey supo ser tan manso y humilde de corazón que se dejó golpear la mejilla por amor al enemigo; sin embargo, mi rey también supo reclamar con firmeza al soldado que le había golpeado la otra sin razón. 

Mi rey trajo un fuego que quería ya estuviera ardiendo en todos los corazones abatidos; sin lugar a dudas, él nunca aceptó la tibieza ni la mediocridad de quienes queremos seguirlo como camino, verdad y vida sin una cruz a cuestas.  

Mi rey no tiene un reino con el código postal en este mundo; sin embargo, conoce este valle de lágrimas y sus recovecos por donde sus ovejas a veces se pierden.

Mi rey tiene un proyecto de vida más grande que nuestras mezquinas aspiraciones de tener, poder y placer. Tanto Nicodemo como a la adultera les describía con parábolas su sueño de granos de mostaza donde las aves puedan anidar y cantar su canto libremente o con un gran mesón, donde todos tenemos una alcoba preparada por él, sin temor a que se llegue el día de la renta.

Mi rey sabe llorar ante el amigo que se muere prematuramente, o ante las murallas de la ciudad amada que no quiso dejarse cobijar bajo sus alas como la gallina cobija sus pollitos.

Mi rey todavía hoy justifica mis pecados y debilidades porque es fuerte y pagó por mi redención con el precio de su sangre; sin embargo, sabe que no hay que dar las perlas a los puercos ni esperar que los perros aprecien que el lugar que pisan es santo.

Mi rey vendrá de nuevo sobre las nubes del cielo y sus ángeles nos reunirán para un juicio final en el último día; sin embargo, no tiene intención de reprobarnos, por eso nos dejó las bienaventuranzas como una lista de cosas que todo mundo puede hacer mientras el regresa al final de los tiempos como el novio el día de su boda.

Mi rey es Señor de señores y Rey de reyes por todas las razones que hoy conozco y por las que mañana me sorprenderá cuando escuche su Evangelio, por eso con orgullo grito como mis ancestros... ¡Viva Cristo Rey!
José Alberto Pimentel
Los Ángeles, CA