Domingo, 23 de junio 2019
“Les escribo estas líneas para saludarles con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y para compartir con ustedes unos cuantos pensamientos que nos ayuden a vivir ese día con alegría y gratitud al Señor que nos sostiene en su grande amor para que vivamos la misión que nos ha confiado.” (P. Enrique Sánchez G. Mccj)

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús
Viernes, 28 de junio 2019

Queridos hermanos,
Les escribo estas líneas para saludarles con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y para compartir con ustedes unos cuantos pensamientos que nos ayuden a vivir ese día con alegría y gratitud al Señor que nos sostiene en su grande amor para que vivamos la misión que nos ha confiado.

Basta que guardemos silencio y que tratemos de aventurarnos un momento hacia el interior de nosotros mismos para que muy pronto nos demos cuenta de que el amor en nuestras vidas no es un accesorio. Amar para el ser humano es lo que lo eleva por encima de todo lo creado y lo sitúa en aquel nivel que lo pone a la altura de lo divino.

Vivir de amor y vivir amando es el secreto de nuestra existencia, seguramente porque el amor es el cromosoma que hemos heredado de Dios. Es lo que tonifica lo que somos y lo que ilumina nuestro andar de peregrinos por este mundo.

El amor que llevamos en nosotros es la chispa que Dios ha dejado en nuestros corazones para que nunca nos cansemos de buscarlo. Porque el amor no se entrega en dotación y empaquetado, sino que se descubre en el encuentro, en el salir de uno mismo, en el ir más allá de nuestras fronteras, de nuestros límites, de lo frágil de nuestra humanidad.

Amar es la experiencia de lo divino que llevamos en nosotros, es lo que nos asemeja a Dios quien nos quiso desde la eternidad a imagen suya. Y sabemos, por lo que nos ha sido revelado en la Escritura, que “Dios es amor”.

¿Qué es el amor?

Cuando nos preguntamos ¿qué es el amor?, muchas veces nos damos respuestas que no son del todo atinadas. Hablamos del amor como algo que buscamos desesperadamente como garantía de nuestra felicidad y lo confundimos con un sentimiento que nos engaña, haciéndonos creer que amar es poseer al otro, tener a los demás en función de nosotros mismos y gastamos una enorme cantidad de energías buscando quien nos ame.

Incluso podemos llegar a convertirnos en mendigos de amor cuando atamos nuestros corazones haciéndolos dependientes de aquello que nos gustaría recibir de los demás. El amor auténtico es gratuito y no se puede exigir ni arrebatar.

Amar es darse

El amor verdadero es el que se nos da en el otro, el que descubrimos como don que se nos ofrece sin pedírsenos nada a cambio.

Amar es darse y Dios se ha entregado hasta el límite en la persona de Jesús. “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único” (Juan 3, 16), lo que más amaba, nos recuerda el Evangelio, con una fuerza que no deja espacio a ninguna duda.

Se trata de una entrega que no tiene medidas, es algo que brota de lo más íntimo de Dios, es simplemente un amor que se expresa en toda su radicalidad, porque Dios no vive más que para amar, porque Dios es amor. (I Juan 4, 8)

Por el contrario, quien no ama, quien se niega la posibilidad de abrirse a esa dimensión esencial de nuestro ser, simplemente se niega la posibilidad de vivir aquello para lo que ha sido creado.

Y, aunque pudiese parecer absurdo, como dice nuestra gente en su sabiduría popular, también de amor se muere y no hay tristeza mayor en ser humano que morir de amor.

Morir de amor ciertamente no significa morir por exceso de amor o de ternura, sino todo lo contrario. Se muere de amor cuando nos cerramos y construimos nuestro futuro sobre las bases del egoísmo, de la soledad, de la indiferencia. Cuando pretendemos situarnos en el centro de todo y nos aislamos, esperando que sean los demás quienes vengan a nuestro encuentro.

Cuando nuestra arrogancia impide que brote en nuestro corazón la humildad indispensable para poder decir con madurez y firmeza a los demás que los necesitamos y que nunca llegaremos a ser nosotros mismos si nos falta su presencia.

Y, “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Juan 15, 13), es decir, por aquellos a quienes verdaderamente amamos. Con estas palabras del Evangelio nos recordamos que el amor no es algo que se busca para acapararlo, para poseerlo o atesorarlo.

El amor es sinónimo de…

Amar es sinónimo de perder, de aflojar, de conceder, de abrir las manos; no para recibir, sino para dar. Amar es sinónimo también de renuncia que implica entrega, desprendimiento, olvido. Es experiencia de muerte que hace llorar y sufrir, que cuesta sangre, que implica cruz. Es vida que se genera en el silencio, en la discreción y en el anonimato, porque el amor verdadero no se hace publicidad, no tiene nada de ostentoso, no tiene nada de altanero, se esconde en el gesto que va vestido de generosidad, de desprendimiento y de verdad.

Amar es servir y buscar la felicidad de los demás, porque en la alegría del otro se produce nuestra propia alegría; porque en la plenitud del otro encontramos la plenitud que andamos buscando para nosotros; porque en el florecer del otro se produce lo que puede hacer radiantes nuestras propias búsquedas; porque en el bien del otro surge la posibilidad de nuestro anhelado bien.

Se ama verdaderamente cuando se está dispuesto a salir, a ir al encuentro del otro, con todo el riesgo que esto implica. Porque en la aventura de amar lo que se nos pide es la entrega de lo único que poseemos, la entrega de nosotros mismos.

El amor es entrega

No hay amor que no esté marcado con el signo de la cruz, del sacrificio, de la oblación; porque en la aventura de amar lo que va por delante es el olvido de sí mismo. Y no hay amor que se pueda mantener de pie si no es sostenido por un amor más grande.

San Daniel Comboni decía: “que se echen a los pies de Jesucristo; que se escondan dentro del Corazón de Jesucristo, y allí, en esa fuente inagotable de consuelo podrán confortarse”. (Escritos 2833) Y en la experiencia más intensa de amor que pudo vivir, amando a la misión por la que existía, afirmaba: “Estoy lleno de cruces; pero el fármaco está escondido en el Sagrado Corazón de Jesús, que además de querer salvos al Papa y a su Iglesia, salvará sin duda a la infeliz Nigrizia”. (Escritos 3341)

Amar nos hace misioneros, porque el amor, que no puede ser almacenado en ninguna parte, nos lanza a ir al encuentro de quienes son depositarios del amor que andamos buscando y nos hace mendicantes del amor que no nos podemos dar, simplemente porque Dios lo ha escondido en el corazón de quien tenemos más allá de lo que somos.

Como misioneros, más avanzamos por los caminos que nos llevan a los extremos del mundo y más nos damos cuenta de que el amor nos espera allá a donde somos enviados. Más nos desprendemos de lo que consideramos nuestro y más libres nos hacemos para dejar lo que nos ata, para desprendernos de lo que son nuestros apegos y para abrirnos al misterio del amor que jamás acabaremos por entender, con toda seguridad, porque el amor no es algo que se atrapa, sino algo que se deja libre para que nos permita superar las fronteras de nuestros límites.

 Y no se trata de simple estrategia o de grande intuición, es la fuerza del amor que empuja y que no permite instalarse, porque la dinámica del amor manifiesta que mientras más se tiene, más se quiere y mientras más se encuentra, más se busca. Porque el amor nunca nos dejará en paz y nunca estaremos lo suficientemente satisfechos, hasta que nos perdamos en quien es la fuente del amor.

El amor es una tarea abierta

Mientras sea el amor quien guíe y gobierne nuestro caminar, podemos estar seguros de que no habrá descanso y mientras más logros apuntemos en nuestro palmarés, más retos y mayores desafíos se nos exigirán. Porque el amor se conjuga poniendo al centro aquel “todo” que no se contenta con retazos y que exige un “más” que no conoce límites.

¿Será porque el amor al que nos sentimos llamados viene de Dios y porque él no se cansará de llevarnos a horizontes más lejanos¿ ¿Será porque nuestro corazón será un eterno hambriento de amor auténtico y que jamás se contentará con amores efímeros¿ ¿Será porque hemos sido creados para amar y nunca nos daremos por vencidos mientras no se nos conceda experimentar que el amor que andábamos buscando está en aquel o en aquella en los que el Señor nos estaba esperando para abrirnos su corazón en el cual cada uno estamos invitados a habitar?

“Con la más viva emoción y la mayor felicidad le abro mi corazón, mi muy reverendo Padre, para decirle que en un tiempo en que tantos cristianos conspiran contra el Señor y su Cristo, me parece que el Corazón Sacratísimo de Jesús va derramándose con doble amor hacia aquellos que dan su vida por restablecer el Reino de los cielos…” (Escritos 2003)

Que el Corazón de Jesús, fuente del único y verdadero amor, llene nuestros corazones para que movidos de esa gracia especial podamos aceptar la cruz de nuestra consagración y de nuestra misión y que podamos experimentar la alegría de aquel amor que no se agota y busca nuestra plena felicidad.
P. Enrique Sánchez G. Mccj
Xochimilco, junio de 2019