Domingo, 15 de mayo 2022
“Los diálogos de Comboni con Sembianti nos enseñan a ser sinceros unos con otros, cada cual desde el ministerio que le toca, y a acoger con agradecimiento las correcciones que se nos sugieren, porque es el Espíritu de Dios el que nos transforma de ese modo. (…) En estos tiempos distintos a los anteriores necesitamos escucharnos en diálogo sobre: las estructuras, la misión y sus misioneros, las exigencias del compromiso comboniano.” (P. Tomás Herreros Baroja)

Diálogos con el P. Giuseppe Sembianti
Conversión de sistemas

San Daniele Comboni e P. Giuseppe Sembianti

Hay una famosa frase de Comboni (hoy San Daniel Comboni) que nos inspira tanto como su homilía paradigmática cuando regresó a Jartum (11 de mayo de 1873), la que dice “en cuanto a la educación religiosa, usted siga haciendo como hasta ahora, y como es su deseo, porque yo conozco bien y profundamente su espíritu y su intención: formar elementos santos y capaces. Lo uno sin lo otro vale poco para el que sigue la carrera apostólica. El misionero y la misionera no pueden ir solos al paraíso. Solos irán al infierno. El misionero y la misionera deben ir al cielo acompañados de las almas salvadas. Y aunque ante todo han de ser santos, o sea, completamente ajenos al pecado y a la ofensa a Dios, y humildes, eso no basta: necesitan tener caridad, que es la que los hace capaces.

Una misión tan ardua y laboriosa como la nuestra no puede vivir de la apariencia, con santurrones llenos de egoísmo y pagados de sí mismos, que no se ocupan como es debido de la salvación y conversión de las almas. Hay que inflamar a sus miembros de una caridad que tenga su fuente en Dios, y del amor a Cristo; y cuando se ama de verdad a Cristo, entonces son dulces las privaciones, los padecimientos, el martirio.” (Esc. 6655-56)

Eso lo escribía en abril de 1881, habían pasado ocho años en los que Comboni se multiplicaba para estar presente en la vanguardia de la misión en el África central, en Europa, en El Cairo, visitar a los Institutos en Verona, escribir a diestro y siniestro. Comboni no tenía tiempo para dormir. Todo eso lo conocemos muy bien.

Lo que escribía es mucho, lo que conversaba sería mucho más. Entre las personas con las que mantendría largas conversaciones está el P. Sembianti, el responsable de los formandos/as en Verona. A él le daba instrucciones y de él recibía consejos y chismes. Entablaron una amistad entrañable en la que cada cual se complementaba hablando en sinceridad (ejemplo son las discusiones sobre la Hna. Virginia Mansur).

Sembianti asumió la responsabilidad de la formación a finales del 1979, solo dos años estuvieron en contacto, pero se escribían constantemente. De hecho, Comboni a veces le escribía una noche, y la siguiente también, lo que demuestra la cercanía y la compenetración que había entre ellos dos, es decir entre el corazón y la cabeza, entre la acción y la oración, entre el pragmatismo y la teoría… hoy diríamos entre “la misión pastoral y la misión formativa”. En los binomios Comboni sería, principalmente, el primero, y Sembiante el segundo.

La preocupación por la formación está siempre presente en nuestro Instituto comboniano, lo que demuestra que hay una “sana insatisfacción” de cómo nos preparamos para cumplir las tareas que el Espíritu Santo de Dios nos ha encomendó (cfr. RV 13-19; 56-79). Tareas que necesitan una sólida espiritualidad de personas consagradas a Dios, al Reino y al pueblo de Dios relegado y sufriente –la Nigrizia de Comboni–. Nuestro actuar es consecuencia de lo que somos. Y para ser necesitamos una constante transformación. De ahí la importancia de la formación continua y de contribuir a la formación de otros porque ahí también nos formamos.

OPORTUNIDADES DE CAMBIO

Estamos en tiempos de Capítulo General, un acontecimiento importante en nuestro instituto para el que hay muchas expectativas. Se vienen escribiendo opiniones propositivas y críticas. Los expertos en misionología y teología lo hacen muy bien por lo tanto no se trata de aumentar las inspiraciones eruditas. Este escrito no pretende contradecir a nadie, ni aumentar las quejas, que con buen espíritu crítico se sienten aquí y allá, sino más bien animar y envigorizar a los que el Espíritu designa, para que remen con más fuerza, o tienen en mano el timón de nuestras barcas combonianas.

Sabemos bien que los capítulos son “oportunidades de renovación y de actualización”, son acontecimientos de “kairos”, pero que solo son eficaces si se prolongan en el tiempo con medidas prácticas y compromisos personales y estructurales. Como misioneros sabemos muy bien que un buen catecumenado implica adquisición de conocimientos, aceptación de Cristo y su mensaje, práctica que pruebe todo eso. El acontecimiento salvífico del bautismo no significa que se ha alcanzado la meta, sino que se ha llegado al punto de partida (lo que San Pablo explica tan bien en Filipenses 3,14). El proceso de transformación en hijos/as de Dios a imagen de Cristo viene después, es todo un proceso que solo termina con la muerte/resurrección.

Últimamente, nos hemos acostumbrado a procesos preparatorios para acontecimientos eclesiásticos (la variedad de sínodos y asambleas eclesiales, de congregaciones, de foros, de simposios, etc,… y si ya eran muchos ahora tenemos más en la realidad virtual), que culminan con el encuentro y con resoluciones a modo de manifiestos, pero no con conclusiones programáticas que exijan compromiso y estén salvaguardadas por métodos de evaluación, corrección, descanso y continuación en el camino. En la congregación después de los capítulos se preparan planes de acción en la dirección general que se evalúan en la asamblea inter-capitular de superiores mayores. Algunas conclusiones deben calar desde arriba hacia abajo; sin embargo no siempre se hace, nos falta ser concretos, y sobre todo evaluaciones.

Los “kairos” son intervenciones de Dios con su gracia, pero igualmente nos invitan a nuestra colaboración. La colaboración que sigue a nuestros capítulos generales implica “conversión continua”. Para que haya conversión necesitamos reconocimiento de culpa o de pecado, es decir de deficiencia.

Desde 1985 han pasado 6 capítulos generales, todos ellos han sido bastante propositivos, y sin embargo cuando leemos “el estado de la congregación” de las primeras secciones, hay temas que se repiten. Hay asuntos positivos y los hay deficientes, son estos últimos los que más duelen porque al no disminuir es como si no nos los creyéramos. Caemos en el error del predicador “que vende consejos porque él no los consume”. Algo que Jesús achacaba a los maestros de la ley (Mat 23,3); pero no hay que asustarse, es algo muy humano. Esta recurrencia muestra una deficiencia sistémica, puesto que las mejorías no son muy destacables. Ante esta situación cuando nos quejamos del sistema intentamos auto-exculparnos, cuando en realidad seria más apropiado auto-evaluarme para descubrir en qué modo las deficiencias del sistema me afectan, no solo como víctima sino como causante de que el sistema no cambie, sea por acción o por omisión, es decir asumir “cuotas de responsabilidad”.

DEFICIENCIAS SISTÉMICAS

Cuando mencionamos que necesitamos conversión hay que considerar que el error y pecado está en las personas, en las instituciones, en la sociedad, en las culturas, en los sistemas. Tenemos asimilado los pecados personales y sociales. Aceptamos que la Iglesia –como institución- es pecadora. Que las culturas y sociedades a las que pertenecemos nos embadurnan con su suciedad; pero nos cuesta reconocer “los errores de nuestro instituto”. Está claro que ninguna familia habla de sus defectos y que los trapos sucios se lavan en casa; pero eso no quiere decir que tengamos que ser ciegos.

Nuestra “re-visitación a la Regla de vida” nos ha servido para descubrir las bellezas de sus inspiraciones y propuestas, e indirectamente hubiera contribuido a que nos diésemos cuenta de nuestras incongruencias con ella. Sin embargo, como el enfoque era “revisar” no nos hemos percatado que los primeros a corregir somos nosotros mismos y nuestro modo de funcionar más que la letra de los estatutos (que también hay que hacerlo).

Sin darnos cuenta tomamos decisiones que contradicen el espíritu profético de nuestra vida consagrada. Decidimos por nuestra cuenta porque son asuntos internos y no consultamos a otras personas que nos miran. Hay varios ejemplos, pero baste uno reciente en algunas provincias: vacaciones en familia cada dos años. ¿Por qué? ¿Hemos preguntado a los pobres de nuestras misiones si es mejor invertir en nuestros vuelos o en sus casitas? ¿Responde eso a la famosa frase “causa común”? No es de extrañar que seamos profetas de palabra y que se nos aplique el dicho “perro ladrador poco mordedor”. Decimos, por nuestra cuenta, que somos la voz de los sin voz; pero ponemos en sus bocas palabras que ellos no sienten, son nuestras.

Hoy en día es frecuente utilizar la palabra “sistémico”, contra sistemático, es decir una característica del sistema –sea más o menos sistemática- tanto en las virtudes como en los vicios. Por ser parte del sistema es algo que ocurre involuntariamente, con frecuencia como evolución de este y con bastante inconsciencia. El término reciente “pecado ecológico” es una muestra de los errores sistémicos, porque la naturaleza sufre las consecuencias de cómo comprendemos nuestra relación con ella (basta comparar la cosmología cristiana con la budista).

Cuando se habla de “crisis en la vida consagrada de los religiosos en la Iglesia católica” nos encontramos con este tipo de errores. Los Combonianos somos consagrados, y por lo tanto también sufrimos de esa crisis. No hay que asustarse de las palabras, sabemos que “crisis también es kairos” (Is 55,6) y por lo tanto así lo hemos de tomar. Las crisis son oportunidades que exigen intervención. Nuestras intervenciones parten de la conversión: en lo personal, en lo estructural y en lo organizativo. Unos sin los otros no funcionan. Los cambios personales afectan a la institución, y los cambios institucionales aplicados con eficacia afectan a las personas. Por muy buenas que sean nuestras intenciones, no todos los cambios propuestos son bien recibidos, sea a nivel personal en los proyectos de vida como a nivel estructural en los planes sexenales de las provincias, o proyectos de comunidad.

Además, hay que ser conscientes que los procesos de mejoramiento son como los tratamientos fisioterapéuticos: son largos, molestos y progresivos. Progresos que aparecen en los resultados conocidos mediante análisis y evaluaciones. Los cambios que se proponen o imponen de arriba abajo por la influencia o presión de la autoridad suelen actuar como la lluvia que empapa la tierra y luego se seca. En cambio, la humedad que viene de abajo, como el agua que se filtra de los ríos y las acequias, siempre permanece. Sabemos bien que la Palabra de Dios es lluvia (Is 55,10) y que el justo que se empapa de Dios es como el árbol al borde de la acequia (Jer 17,8). Las instrucciones autoritarias se parecen a las lluvias torrenciales, los consejos recibidos por convicción personal son como la humedad.

Las instituciones se transforman por consenso, imposición o ambos. Y siempre con una buena dosis de gracia divina. Las personas se convierten cuando hay buenas motivaciones. Las mejores motivaciones que nos pueden inspirar las encontramos en el interés a ser fieles al carisma (ver documento de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de vida apostólica: El don de la fidelidad, la alegría de la perseverancia, 2020). Para una motivación que nos lleve al fundador podemos recordar el Vaticano II: Perfecta caritatis. Y Pablo VI Ecclesiam suam.

En nuestro instituto Comboniano hemos hecho un buen camino en recuperar la figura de nuestro fundador, santo, misionero y profeta. Ahora bien, la santidad actualizada del fundador aparece en la santidad de sus discípulos. Un santo que se coloca en un pedestal y no se actualiza se parece a un paso de semana santa; es una obra de arte, pero una traición al Espíritu Santo que lo hizo posible en la historia. Cuando la profecía de los santos no nos inspira para cambiar nuestras vidas e instituciones se puede decir que los estamos asesinando: no es necesario ajusticiarlos cruelmente, las palabras de Jesús se aplicarían igualmente (Cfr. Mat 23,31).

Nuestros estudios sobre nuestros santos si no nos inducen a imitarlos se parecen a los análisis de texto de poemas: se hacen largas explicaciones eruditas, pero se pierde el sentimiento de la poesía. Y sin sentimiento resulta difícil seguir a Jesús o asumir la vocación arriesgada de San Daniel Comboni. Los sentimientos hacia Dios y hacia su pueblo están en el fundamento de nuestra vocación misionera. De hecho, es una de las palabras claves de la espiritualidad de Comboni, y no es por casualidad que otra de las citas claves de sus escritos se la escribía a Sembianti: “jamás anidó en mi corazón ninguna pasión, excepto la de África”, (6983). Los sentimientos incluyendo la compasión y misericordia son parte de la espiritualidad del Corazón del Buen pastor, como bien sabemos (no vamos a explayarnos más aquí pues para eso están los escritos del P. Pierli y P. Casile). Sentimientos de amor y de misericordia de los que con frecuencia nos habla el Papa Francisco: “El Corazón de Cristo es un corazón apasionado, herido de amor, desgarrado por nosotros en la cruz. En la ternura y en el dolor, ese Corazón revela cuál es la pasión de Dios: el hombre.” (5 Nov. 2021).

Como consagrados hablamos mucho de nuestros pensamientos y emociones, menos de afectos y sentimientos. Siempre fue difícil hacerlo, y mucho más lo es ahora en nuestras comunidades interculturales, porque la manifestación de afectos es algo muy cultural. Como hay diferentes modos de mostrarlos nos callamos, y por consiguiente “apagamos la pasión necesaria para vivir bien nuestra consagración misionera y religiosa”. Los sentimientos se expresan mediante manifestaciones artísticas que las suscitan y las evocan. Es por eso que los jóvenes cantan y componen música, los místicos escriben poesías, los pintores pintan, sin olvidarnos de todo el universo multi-media de nuestro tiempo. Esas manifestaciones muestran las vivencias de nuestro corazón, los sentimientos. Basta con recordar imágenes de Comboni sobre un camello, su rostro juvenil con un turbante, su cuerpo redondeado coronado con un solideo. Son imágenes que nos inspiran y a su vez nos traicionan El joven escuálido mortificado por el desierto que sufre en su vida apostólica. La foto episcopal da una apariencia sibarita. El busto aureolado de un santo hierático no muestra las razones para su exaltación. Ahí aparecen imágenes que no reflejan al “buen pastor siempre en movimiento preocupado por su pueblo (los esclavos, mujeres maltratadas, niños explotados, etc.). Por desgracia las fotos no muestran el alma –como lo hacen los artistas en sus cuadros- más aún si son las fotos decimonónicas, o las de la gente sencilla que al posar se planta seria como un soldado en fila.

Intentando motivar a los fieles hacia la misión apelando a sentimientos positivos, nuestra animación misionera necesita ser optimista y propositiva, de ahí que con nuestros escritos y reportajes mostremos lo mejor de nosotros, como individuos y como institución. Eso no quiere decir que tengamos que ser ciegos a los fracasos y a nuestras incongruencias. Comboni era optimista con sus colaboradores, los alaba y reconoce; pero también los critica y

 pero eso no quita que no fuese exigente y que también lo fuera con su amigo Sembiante para que preparase buenos apóstoles (Esc. 6426, 6537), porque él sabía muy bien que los apóstoles del Señor son más las piedras escondidas de los cimientos de las nuevas iglesias y sociedades, que los mármoles de las iglesias, o ladrillos de cara-vista (también aquí los nn. Es. 2700-2706, junto con la homilía de Jartum - Esc. 3156-3160- son de lectura obligada).

En nuestro afán animador y optimista pecamos de escasez de un sano espíritu crítico, esto no facilita nuestra conversión. Hacer un recuento de nuestros testimonios de ministerialidad social en Somos misión, como hemos hecho, menoscaba los testimonios de ministerialidad catequética, sacramental, presencia, etc. Sobre todo porque señalamos los éxitos y no mencionamos las dificultades y las deficiencias. Se corre el peligro de fomentar la vanagloria contra la que Dios amonestaba a los líderes de Israel.

La conciencia de nuestras imperfecciones nos ayuda a recurrir más al Señor porque sin Él nada puede ocurrir, y con el todo lo podemos realizar (Sal 127; Fil 4,13)  ; pero con la humildad que no somos nosotros sino el Espíritu que vive en nosotros (Rom 8,9-13).

MEJORAR EL SISTEMA

Como se ha dicho, hemos descubierto el abuso que los seres humanos hacemos de la naturaleza… sea la gran industria, la tecnología, como el uso de las poblaciones pobres que no tiene posibilidades de cuidar la tierra. Conocíamos el pecado personal, luego hemos descubierto el pecado social, ahora también consideramos el pecado ecológico. Los escándalos en la Iglesia nos muestran que existen pecados institucionales, modos de hacer, de concebir la vida y la organización, que tienden a ser egocéntricos y fagocitarios.

Conocemos el dicho “es imposible servir a Dios y al dinero” también resulta difícil servir a la institución y al pueblo (pueblo= personas en su condición de no pertenecer a las élites: los que gobiernas, los poderosos). Ocurre que el miembro del pueblo que participa en un partido y su visión para el futuro de la sociedad y de la humanidad deja de ser pueblo cuando se convierte en dirigente vitalicio. Lo vemos en el caso de los dictadores.

El comboniano que se identifica con el pueblo de Dios vive con el pueblo, asume sus preocupaciones, toma la defensa de sus causas, y no se aleja de sus condiciones de vida. El vocablo “inserción” aglutina esos significados. Los institutos Combonianos para ser fieles a la causa común que Comboni presentaba tienen que motivar la dedicación de sus miembros a vivir con el pueblo. Cuando los institutos Combonianos hagamos eso la eficacia institucional se verá mermada de momento, pero reforzada para el futuro en la fidelidad al espíritu del carisma. El compromiso con el carisma implica no dejarse arrastrar por las emergencias, sino ser constante en el rumbo que el carisma determina.

Cuando hablamos de deficiencias sistémicas no se trata de detectar pecados personales –más fácil de descubrir en otros que en nosotros mismos- sino de reconocer lo que no está funcionando bien de acuerdo a nuestra Regla de Vida, nos damos cuenta lo que no marcha y nos cuesta descubrir por qué, porque todos estamos involucrados en las incongruencias, voluntariamente o involuntariamente. Al reconocer que no soy inocente en las deficiencias de nuestro instituto estoy aceptando que me toca analizar cómo estoy contribuyendo a los defectos que vienen enlistados en los primeros números de nuestros capítulos cuando describimos “la situación actual”. Es una especie de examen de conciencia que presupone que acepto mi pecaminosidad, mi cuota de responsabilidad, y que por lo tanto necesito conversión. Una conversión que hacemos personalmente y en grupo, en el nosotros, en nuestras estructuras, en nuestras organizaciones. Si aceptásemos la lista de imperfecciones, como desafíos a corregir, no las repetiríamos capitulo tras capitulo. Estamos acostumbrados a denunciar, y cuando lo hacemos no nos incluimos en los defectos que estamos señalando.

Para que el Capítulo general sea un empuje que nos lleve a la conversión necesitamos discernir. Nuestras imperfecciones surgen por descuidos, por desgastes, por accidentes, por falta de compromiso, por orgullo, por activismo irreflexivo, por protagonismo personal. Cuando reconocemos nuestras carencias es cuando empezamos a salir del atolladero. Recordemos la frase de Pedro “apártate de mi Señor pues soy hombre pecador” (Lc 5,8), esa frase muestra la actitud previa a nuestros análisis. Con esa actitud ya no buscaremos escusas sino verdades. Ya no analizaremos con la actitud del fariseo soberbio (Lc 18,11), sino con el arrepentimiento de mujer que lloraba a los pies del Señor (Lc 7, 38-39). Todos estaremos doloridos por los pecados que aparecen nuestras comunidades, compromisos, instituciones, personas. A partir de ahí entraremos en los procesos de regeneración que ocurren cada seis años en nuestro Instituto comboniano, pues no se trata de participar en un acontecimiento puntual, sino de implicarnos en las conclusiones y consecuencias de ese acontecimiento; de no hacerlo así los documentos capitulares pronto se convierten en letra muerta.

Estamos en tiempos de conversión, de actualización de acuerdo a los tiempos, a las circunstancias, a los medios, a las personas de nuestra congregación. Todos podemos contribuir y lo haremos de diferente manera, pero de una forma complementaria. Para saber cómo ser consagrados y Combonianos hoy necesitamos visionar cómo hemos de ser en nuestras comunidades dentro de quince años para responder a los retos de hoy y de mañana. Ya hemos dicho que en las oportunidades para actualizar el carisma, las personas, las instituciones, las estructuras hay que combinar los esfuerzos personales con las técnicas aplicadas a las organizaciones. Que una sin la otra no avanzan. Y que no se puede saber cuál precede a la otra, pues eso depende del contexto.

No hay que tener miedo a denunciar a la estructura que oprime que no nos deja ser, que impide que cumplamos con nuestro carisma misionero como comunidad, provincia, persona, etc. Los escándalos que en las últimas décadas están siempre en los titulares de la prensa abruman a la Iglesia institución, escandalizan a los creyentes, han creado un buen número de en víctimas, son un contra testimonio ante la humanidad y una ofensa ante Dios. Por desgracia hay más de los que aparecen. Los Combonianos no estamos exentos de casos. Y nadie puede lanzar la piedra, porque somos culpables por acción, por omisión, por ingenuidad, por credulidad, etc.

Hay modos de vivir deshumanizantes que además malogran la naturaleza y perjudican a la humanidad. Las denuncias sobre el consumismo, las injusticias, la negligencia de la naturaleza las tenemos frescas en la memoria. Desde el magisterio del Papa Francisco recordamos una vez más las traiciones que hacemos a nuestra vocación cuando pensamos en términos de carrera, de status, de comodidad, de descuido de la espiritualidad, de nuestras contradicciones. Todo eso aparece en nosotros mucho o poco. Sin embargo, el Señor que nos llama para ser discípulos al estilo de Comboni sabe que podemos corregirlo.

LA AUDACIA VENCE LOS MIEDOS Y LAS LIMITACIONES

Somos conscientes que hay situaciones de crisis en todo el mundo. Quedan muy patentes en los contra testimonios de los consagrados, la falta de fe en el mundo occidental, la ausencia de paz, la abundancia de materialismo. Las acusaciones de tantas víctimas nos lo recuerdan y no podemos decir que somos inocentes, incluso si personalmente nos cuesta reconocer cómo contribuyo a esas crisis.

Como consagrados nos dicen que hacemos votos de pobreza, castidad y obediencia; pero que son otros quienes los cumplen. ¿Nos sentimos interpelados por esas frases, o nos resbalan como el agua sobre las rocas? Estudiamos espiritualidad, dedicamos bastantes años a la formación inicial, incluyendo el noviciado, y sin embargo nos resulta difícil explicar cómo es nuestra consagración a nivel personal y a nivel comunitario. Tendríamos que preguntar cómo lo perciben las personas con quienes nos relacionamos, para descubrir qué es lo que mostramos, más que lo que queremos testimoniar. Un baño de realismo nos vendría bien.

En Gaudete et exultate (nn.129-139) el Papa Francisco dedica algunos números a la “parresía”, término que tiene una variedad de significados, pero todos ellos alentadores. Paresía es: audacia, fervor, empuje evangelizador, actitud llena de coraje, entusiasmo, exponer con claridad y libertad, poner nuestros carismas al servicio de los otros, sentirnos apremiados por el amor, "empuje del Espíritu para no ser paralizados por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarnos a aminar sólo por dentro de confines seguros, predicar tu palabra con toda valentía, desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Con todos esos significados queda evidente que hay que conectar la exhortación apostólica a la santidad con la frase de Comboni “santos y capaces”.

La audacia implica aceptar nuestra verdad: en nuestras personas, nuestras instituciones, nuestras estructuras, nuestros sistemas. La corrección de deficiencias sistémicas no se hace mediante proclamas sino mediante programaciones concretas; mediante análisis metódicos; mediante la oración; mediante el empeño. Exige actitudes de humildad, sinceridad, escucha y docilidad… actitudes propias del discípulo. Y por lo tanto, nunca podemos perder la visión de que somos discípulos en camino y en misión. Que somos formadores en formación. Evangelizadores que son evangelizados. El uso del participio pasado “consagrados, ordenados” no facilita la comprensión de que nuestro proceso nunca ha terminado.

La corrección de las deficiencias implica el apoyo de otras personas que nos ayudan a conocer nuestra verdad, incluyendo a los laicos mismos que tanto nos estiman y que quieren lo mejor de nosotros y para nosotros. De hecho, muchos de nuestros padres nos lo pueden decir con buenos modales, y nos enseñan con su ejemplo lleno de fe y compromiso en la vida cristiana.

No hay que asustarse ante nuestras limitaciones, cualquier planta viva en crecimiento tiene malformaciones que se corrigen con una buena poda y aumentando los nutrientes para que siga creciendo con fuerza. Jesús mismo utilizó estas dos metáforas. Nosotros tenemos la suerte de disponer de cursos de pastoral, de iniciativas de formación continua. Podar es todo un arte porque quien no lo sabe hacer se lleva al fuego la próxima cosecha, hay que saber qué ramas cortar cuales dejar, cuales potenciar.

Continuando con la parábola de Jesús hay que tener en cuenta que los procesos de conversión y actualización se monitorizan fijando metas, evaluaciones y tiempos de ejecución. Todo eso en nuestras personas y en nuestras instituciones.

Como ya hemos dicho Comboni estaba preocupado por sus candidatos en formación, ayudaba a Sembianti con sus consejos. Bien que él fuera el responsable mayor de los institutos en Verona y El Cairo; pero también hubiera podido dejarlos a la plena discreción de los formadores, en vez de aportar opiniones basadas en la experiencia. El caso nos lleva a una serie de malformaciones sistémicas a las que necesitamos prestar atención para corregir:

  • Tenemos miedo a ser involucrados en la formación, y lo dejamos a los expertos más responsables, hasta el punto que no aconsejamos a los formandos que vienen a nuestras comunidades en sus períodos de exposición apostólica.
  • Tenemos miedo a recibir a formandos en nuestras comunidades porque su presencia nos compromete a ser más consecuentes con nuestras estructuras comunitarias y de pastoral (consejos de comunidades, oraciones comunitarias, planes de pastoral, etc.)
  • Nuestro proceso formativo iniciático es muy positivo, pero ha traído comprensiones erróneas sobre nuestro proceso formativo: el noviciado no solo es un período de prueba, sino sobre todo de exposición al carisma con intensidad; los votos no significan el final de la preparación para entrar a formar parte de los selectos iniciados, sino la puerta para entrar en una vida más comprometida en la que el formando se responsabiliza de su crecimiento aconsejado por los formadores, que a su vez examinan la idoneidad de sus desarrollos: espirituales, comunitarios, pastorales, de vida consagra.
  • Nuestra atención a la persona para contrarrestar los abusos de autoridad, o de conciencia, o el olvido de las situaciones personales, nos ha llevado a cultivar actitudes de constante indisponibilidad de tal modo que los responsables (llámense superiores o coordinadores) encuentran difícil asignar a personas capacitadas a nuestros puestos de pastoral.
  • Nuestra preocupación natural y necesaria por la salud personal han reducido el nivel de osadía tan asociada a la vocación misionera por milenios, y en cambio buscamos seguridad personal.
  • Nuestro esfuerzo por el desarrollo humano, propio del mensaje de liberación del Reino de Dios que anunciamos, nos ha llevado a confundir bienestar con comodidad. Desarrollo con materialismo, en contra de la espiritualidad, o del bien de la creación. De ahí que tengamos que hablar de desarrollo sostenible.
  • Nuestra necesidad de utilizar la tecnología para el ministerio nos ha llevado al apego personal a los aparatos y a los vehículos, despreciar la austeridad y descuidar el contacto presencial con la gente humilde.
  • Nuestro respeto por el individuo y su cultura originaria nos ha llevado a la permisividad y a la justificación egocéntrica de todo lo que hacemos cuando necesitamos ser más críticos de nosotros mismos.
  • Nuestra característica ad extra se puede convertir en viajar fuera de nuestro país pero sin insertarnos en el lugar y con la gente donde llegamos.
  • Nuestra necesidad de formación permanente y puesta al día pasa a entenderse como participar en cursos y más cursos, con títulos o sin ellos.
  • Nuestra necesidad de darnos ánimos y vivir con optimismo ante los desafíos del mundo y de la misión se puede convertir en vanidad y ser reacios al criticismo.
  • Nuestra necesaria organización se convierte en pesada burocracia que no nos permite volar y empeñarnos en hacer reales los sueños de nuestros ideales.

Podemos continuar aumentando la lista de binomios  propios para un taller de crecimiento personal y comunitario. Qué a decir verdad, se hace a veces, sobre todo en los ejercicios de “análisis” … pero nos está faltando medidas prácticas para contrarrestar las desviaciones. Las soluciones legales propuestas por el Código de derecho canónico y por los vademécums de los superiores y otros secretariados, son remedios tardíos. Es mucho más importante la medicina profiláctica que la curativa (mientras sea eficaz pues al igual que las vacunas nunca protegen al cien por cien. Proponer valores es muy necesario, pero a sí mismo lo es comprometerse en un proyecto personal de vida que es progresivo en su intención, y en el que con una buena evaluación descubrimos las regresiones y buscamos soluciones con adecuados asesoramientos y apoyos externos a nosotros mismos (como personas, comunidades, provincias, institución). Porque todos sabemos que cuatro ojos ven más que dos; que es difícil que un médico se cure a sí mismo; y que la ventana de Johari es real siempre.

¿QUE HACER?

Todos sabemos que vivimos en tiempos convulsos: grandes urbes, periferias de miseria, variedad de familias, juventudes globalizadas, crisis de fe, cambios culturales y estructurales en sociedades y en la Iglesia. Son cambios que nos perturban y que no controlamos por más reuniones que hagamos, presenciales o virtuales, o reflexiones teológicas. No es que vivamos en el caos, sino que es una fase de crecimiento con mucha vitalidad y muchos altibajos. En los años setenta y ochenta los Combonianos asumimos las consecuencias de la reunificación (que hoy es historia pasada) y del concilio Vaticano II con su visión del mundo, de la Iglesia y de su misión. Ahora nos toca crecer en el ambiente inter-cultural del mundo, muy conectado gracias a la revolución digital y las TIC, en una congregación joven con una fisionomía muy africana.

En las décadas que vienen será muy importante una vida comunitaria donde se valore la virtud de las personas más que sus orígenes, sus apariencias o sus conocimientos. Hay temas que nos desafían: Las relaciones mayorías minorías; la igualdad de géneros; la cooperación en la nueva sinodalidad; las vivencias de Dios desde perspectivas no europeas; la evangelización sin arrogancia sino con respeto y diálogo, etc.

Por más que queramos un capitulo general no puede abordar todos los aspectos de nuestra vida comboniana que necesitan actualización. Además, la expansión del instituto hace difícil que se pueda hacer de igual manera en todas partes (provincias, regiones). Hay que aceptar la diversidad sin comparaciones, pero a su vez con espíritu de aprendizaje, de modo que compartiendo lo que somos y lo que hacemos crezcamos en un sentir común. Compartir con realismo, sano orgullo y espíritu crítico.

Jesús continúa con nosotros, Comboni sigue inspirando a los jóvenes. Los procesos sinodales de estos años nos ayudan a crecer en sentir común: querer, pensar, aspirar todos algo semejante; con un mismo corazón, con respeto y manteniendo la unidad. Pero hay que tener cuidado de no traicionar los valores fundamentales del carisma comboniano, porque con frecuencia por estar a buenas con todos caemos en la mediocridad, que no es enfermedad nueva, que nos afecta a los Combonianos por ser consagrados, clérigos y misioneros ad gentes. El sentir común no quiere decir que tengamos que claudicar ante los desafíos y contentarnos con exigencias mínimas para estar a buenas con todos. Si Comboni hubiera hecho eso, como muchos le aconsejaban, el carisma comboniano hoy no existiría. Justo porque Comboni era propositivo y optimista también sus discípulos podemos serlo. Sus propuestas para África eran proféticas y su consagración bastante radical, sin ser intransigente.

Por todas partes escuchamos –porque hoy se mira y oye más que se lee- sobre acontecimientos sinodales, sobre las actitudes que convierten las cooperaciones y las reuniones en kairos donde interviene el Espíritu de Dios (Fil 2,1-5). La fidelidad al carisma lo conseguiremos apreciando a los otros y motivándoles como lo hacía Pablo a los filipenses (Fil 1,3-6).

Si hemos de tener los mismos sentimientos de Cristo necesitamos una kenosis real, identificarnos con la gente sencilla de donde venimos y a las que el Señor nos invita a pertenecer, sirviendo a los más necesitados de acuerdo a nuestra percepción de necesitados (la Nigrizia de Comboni). Esto implica negarnos a nosotros mismos, y eso exige esfuerzo constante para cualquier persona de cualquier cultura y condición.

Nos corresponde asumir sin miedo los desafíos, porque el Señor está con nosotros. Su presencia nos anima, no elimina las dificultades. Enfrentarnos a los retos externos, personales e institucionales son camino de santidad. Santos y capaces no quiere decir que ya somos santos sino que con suficiente santidad y capacitación para continuar el camino (cristiano y comboniano) y por eso está la formación permanente y una constante preparación y puesta al día. Nuestra formación continua es un mejorar sin parar, a diferentes velocidades, con altibajos, a veces con retrocesos. Con interés en la purificación de las motivaciones para nuestra vida misionera y consagrada, sabiendo arrogar lastre para volar más alto.

Somos mensajeros del Evangelio, nuestra comunicación será auténtica cuando la hagamos con devoción además de dedicación. Nuestro anuncio será convincente cuando nosotros seamos consecuentes con él. Esto no quiere decir que será suficiente. El resultado del trabajo no depende solo de nuestros esfuerzos y de Dios, también hay que contar con los receptores.

Las instituciones tienden a ser auto-referenciales porque viven en competencia con otros. Sin embargo, la práctica de los buenos entrenadores de equipos de futbol es necesaria: hay que prepararse lo mejor posible, y acomodar las tácticas a las condiciones del contrincante. Hay que mirar desde varias perspectivas, y para eso necesitamos consultar a los laicos en la iglesia, incluso a los amigos laicos y Laicos misioneros Combonianos que comparten la experiencia del carisma comboniano.

Mediante la consulta y el asesoramiento encontraremos los caminos para el futuro, sabiendo que no se trata de recorrerlos nada más sino de abrirlos, porque al andar se hace camino. Al correr en equipo los ciclistas se turnan para ser cabeza de pelotón y romper el viento. Cuando alguien flaquea los otros lo arropan. Cuando alguien se cae, los otros lo curan y lo levantan, para que siga en la carrera, en la que continúa siendo aportando energías. Nuestras deficiencias se corrigen cuando las reconocemos. Nuestros errores se convierten en enseñanza cuando nos arrepentimos. Todo eso son procesos de reconocimiento y de aprendizaje. Todo eso se lleva adelante en la humildad que todos somos de barro. Bien que seamos agentes de regeneración; pero también necesitamos ser regenerados, mediante el perdón y la sanación. Cuando no damos testimonio de santidad nos convertimos en ejemplo de la impotencia de la gracia divina.

Recientemente algún gobierno en China ha decidido contrarrestar el uso de video juegos porque son “opio espiritual para la juventud”. Curioso que eso lo digan los mismos que llamaban a la religión “opio del pueblo”. Y nosotros, como Combonianos, ¿Qué tipo de opio fumamos? Si prestamos atención descubriremos cómo el Espíritu nos impulsa de muchas maneras, basta que nos dejemos transportar por él (Jn 3, 8)

Estamos en tiempo de Pascua, hemos pasado el domingo de la misericordia y pronto será el domingo del Buen Pastor, iconos que inspiran la vocación a la que el Señor nos ha convocado. Por eso que termino este escrito citando a Josué y la carta a los Hebreos del oficio de lecturas del sábado santo:

Pero mi familia y yo hemos decidido dedicar nuestra vida a nuestro Dios.

El pueblo le respondió: —¡Nunca abandonaremos a nuestro Dios! ¡Jamás seguiremos a otros dioses! (Jos 24,15-16)

Por eso, hagamos todo lo posible por obedecer a Dios, para que en ese día recibamos su descanso. No sigamos el ejemplo de los que no creyeron la buena noticia. Cada palabra que Dios pronuncia tiene poder y tiene vida. La palabra de Dios es más cortante que una espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. Allí examina nuestros pensamientos y deseos, y deja en claro si son buenos o malos. Nada de lo que Dios ha creado puede esconderse de él, pues Dios puede verlo todo con claridad, y ante él seremos responsables de todo lo que hemos hecho. (Heb 4, 11-13)

Porque estamos a punto de entrar en una nueva etapa del crecimiento del carisma comboniano, de sus personas y de sus instituciones.

CONCLUSION

Para darnos ánimo en la situación en que estamos tenemos los mensajes de Jesús en las apariciones pascuales. Una vez más nos dice echar las redes, porque ahí hay gente que espera entrar en el Reino de Dios, las redes del Señor. Una vez más recordamos la invitación a seguirle, a estar con El incluso cuando no tengamos donde reclinar la cabeza, o suframos la inseguridad económica de un mañana incierto (Mat 8, 20-22). Queremos contribuir a un mundo mejor de la mano de Jesús y siguiendo el ejemplo de San Daniel Comboni, para que eso sea realidad necesitamos mucho más que buenos propósitos, palabras y reuniones. Los diálogos de Comboni con Sembianti nos enseñan a ser sinceros unos con otros, cada cual desde el ministerio que le toca, y a acoger con agradecimiento las correcciones que se nos sugieren, porque es el Espíritu de Dios el que nos transforma de ese modo.

Repito que las conversiones no se imponen, se aceptan porque son un regalo de Dios a sus santos; que conciernen nuestro ser y nuestro hacer; que se refieren a las personas, a los organismos y a las estructuras; que son procesos que no acaban, progresivos y evaluados; que implican actualizaciones de lo que somos de acuerdo a los tiempos, las enseñanzas, las reflexiones, los diálogos con Dios y con las personas de buena voluntad.

En estos tiempos distintos a los anteriores necesitamos escucharnos en diálogo sobre: las estructuras, la misión y sus misioneros, las exigencias del compromiso comboniano.

P. Tomás Herreros Baroja