La comunidad nacional: rehén de la violencia y cautiva de la precariedad

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Martes, 20 de noviembre 2018
Los “insanos sucesos del México contemporáneo –escribe padre Erasmo Bautista, misionero comboniano– de ninguna manera son naturales al pecho humano razón por la cual suscitan en el hombre flaqueza del alma, desfallecimiento del espíritu y decrecimiento del ánimo. De aquí la ineludible necesidad de trabajar incansablemente por un levantamiento espiritual del ser humano, especialmente en tiempos indignos y calamitosos, como lo son actualmente los de la comunidad nacional, restableciendo los lazos de comunicación con las fuentes y reservas de la secular sabiduría de la humanidad.”

La comunidad nacional:
rehén de la violencia y cautiva de la precariedad
Por un levantamiento espiritual

P. Erasmo Norberto Bautista Lucas, mccj

Sumario

El hombre ha nacido para la solidaridad, y quiere vivir, por ello, en sabrosa paz y compañía, hacer favores y procurar el bien común, hasta aun a los desconocidos. En la beneficencia y en la concordia tiene sus fundamentos la vida social. Luego ni el terror ni el crimen de cualquier clase, sino el amor mutuo es el que mueve obligadamente al hombre a esa hermandad acogedora. La violencia, el terror y el crimen brotan, en cambio, para la recíproca destrucción, el rompimiento, la lucha y los perjuicios de todo tipo. Luego esos insanos sucesos del México contemporáneo de ninguna manera son naturales al pecho humano razón por la cual suscitan en el hombre flaqueza del alma, desfallecimiento del espíritu y decrecimiento del ánimo. De aquí la ineludible necesidad de trabajar incansablemente por un levantamiento espiritual del ser humano, especialmente en tiempos indignos y calamitosos, como lo son actualmente los de la comunidad nacional, restableciendo los lazos de comunicación con las fuentes y reservas de la secular sabiduría de la humanidad.

Manifestación de profesionales de la comunicación contra el asesinato de periodistas en México.

Introducción

En este escrito haré algunas consideraciones acerca de la necesidad de un levantamiento espiritual de la comunidad nacional, México, reciamente sacudida y vareada por eventos de tal modo adversos, que generando decrecimiento espiritual en sus gentes, la han conducido a un absurdo estado de ánimo[1], suscitado por esos gestos arcaicos y silvestres[2], que emergen repentinamente de esa fiera con veleidades de arcángel que suele ser[3] el hombre, ese animal, que desdichado por comprender que es un animal, aspira a dejar de serlo, porque es junco pensante, caña pensativa.

De semejantes gestos arcaicos y silvestres es manifestación dolorosa ese ventarrón de violencia multiforme que sopla sobre el terruño, y cuyo repunte [...] no sólo es llamativo por su magnitud sino por su dispersión geográfica. [...] la violencia ha aumentado en prácticamente todas las entidades federativas: el incremento ha sido moderado en algunos casos y francamente dramático en algunos otros. [...] la violencia se ha exacerbado en el centro del país[4]; está presente tanto en el ámbito urbano como en el rural; es un fenómeno que afecta actualmente de forma más intensa a la población que vive fuera de las grandes ciudades causando una desmoralización radical[5], produciendo una sensación de menoscabo, de impotencia que abruma pesadamente a la sociedad civil nacional[6], hecho real frente al cual ha de recordarse, sin embargo, que no es por el temor de ser violentos y de proceder violentamente, sino por el de sufrir la violencia, por lo que los hombres acostumbran vituperarla[7], decía Platón.

Concebidas como un ensayo de serenidad en medio de la tormenta[8] y conducidas por las sabias máximas de pensadores relevantes en tiempos indignos en el transcurso de la humanidad, como Séneca, Agustín, Boecio, Pascal, Kant, Heidegger, Rahner, Caso, entre otros, las consideraciones expuestas enseguida tienen como hilo conductor la inexorable necesidad de volver, siempre de modo nuevo e incansablemente, a las fuentes de significado profundo de nuestras vidas…[9], a nuestra aspiración de luchar con inquebrantable esperanza contra toda forma de mal para abrir caminos a la presencia del bien. Porque sufrimiento infinito y desmedido dolor anuncian, abierta y tácitamente, que el estado del mundo es, en todas partes, el más extremo estado de necesidad[10], ese desierto en el que nos hallamos [...] como mendigos de sentido en el tiempo de la insensatez convertida en mundo[11]. Hilvanadas con dicho hilo, tales consideraciones tienen su punto de partida al interior de algunos aniversarios, recurrentes en este año, de personas y acontecimientos, singularmente importantes para la filosofía. En la exposición hay este orden: de entrada, o esperanza o nihilismo; a continuación, el decrecimiento del ánimo; finalmente, la necesidad de un levantamiento espiritual mediante el esfuerzo por restablecer lazos de comunicación con fuentes y reservas de la secular sabiduría de la humanidad.

1. O esperanza o nihilismo

Este año se cumplen dos siglos del nacimiento de Karl  Marx [1818-2018], filósofo, economista, sociólogo[12] y fundador de la "ideología revolucionaria más influyente [del pasado] siglo, el marxismo, con su apoteosis del hombre como productor[13]; recurre el 50o aniversario de los sucesos estudiantiles en mayo de 1968, que fue un fenómeno histórico global, un punto de inflexión en la historia del siglo XX, el primero en la historia de la humanidad que se produjo simultáneamente en todo el mundo, tanto en los países aislados tras el telón de acero como en las naciones del Sur, marcadas por el subdesarrollo, o en las del Norte, envueltas en su opulencia. Una cisura histórica que [...] supuso un punto de no retorno que cambió el siglo XX, sacando a la luz de manera rompedora el protagonismo juvenil y mostrándolo como un fenómeno autónomo a nivel internacional[14].                Se conmemoran, además, los cincuenta años de la asamblea de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, realizada en Medellín, Colombia, del 26 de agosto al 7 de septiembre de 1968, que centró su atención en el hombre. Y sumados a estos tres acontecimientos de gran trascendencia histórica, se celebra, asimismo, el  quincuagésimo aniversario de la Encíclica Humanae vitae, publicada por Pablo VI el 25 de julio de 1968, cuya temática goza de candente actualidad, porque "la filosofía del mundo de hoy explora la civilización moderna bajo las luces de la bioética y la ética médica. Aborto, fertilización, eutanasia o clonación son temas que han sobrepasado los enfoques médicos y jurídicos, y ahora se han convertido en materia de interés general[15].

Los acontecimientos señalados tienen como denominador común la preocupación por el hombre desde el punto de vista de su original dignidad en toda circunstancia. Luego si una [...] filosofía es expresión del pensamiento de su tiempo, expresa también lo que le falta a ese tiempo y lo que está maduro para realizarse en el mundo que viene. Solamente así cumple su tarea de escudriñamiento y de aclaración, avanzando hacia lo que hay en ella de novedad latente: hacia la sociedad mejor, hacia el mundo más verdadero[16].

1.1 Violencia e historia

Hace siglos escribía Séneca: El placer se busca por doquiera; ningún vicio se recluye en su esfera propia; el lujo se precipita en la avaricia. Nos invadió el olvido de la honestidad; no hay nada torpe, si agrada su precio. El hombre, cosa sagrada para el hombre, ya se mata por juego y pasatiempo; antes, fue delito enseñarle a infligir y a recibir heridas; ahora ya se le expone desnudo y sin armas, y ya es espectáculo atractivo de un hombre su muerte[17]. El contenido de este pasaje ayuda a comprender lo peligroso de la actual coyuntura de la comunidad nacional en cuyo terruño el crimen consume vidas. Y frente a él el hombre no tiene derecho [ni a] la petulancia [ni a] su opuesto, el desánimo ­­[que invita a la resignación]. No hay nunca razón suficiente ni para lo uno ni para lo otro. Baste advertir el extraño misterio de la condición humana consistente en que una situación tan negativa y de derrota como es haber cometido un error, se convierte [...] en una nueva victoria para el hombre, sin más que haberlo reconocido. El reconocimiento de un error es por sí mismo una nueva verdad y como una luz que dentro de este se enciende[18].

Luego todo error es una finca que acrece nuestro haber. En vez de llorar sobre él conviene apresurarse a explotarlo. Para ello es preciso que nos resolvamos a estudiarlo a fondo, a descubrir sin piedad sus raíces y construir enérgicamente la nueva concepción de las cosas que esto nos proporciona[19]. Así, pues, las penas y los eventos adversos pueden soportarse, siempre y cuando se les coloque en una historia, o, reflexionando serenamente, se narre una historia sobre ellas.

Entre violencia e historia hay, sin embargo, un vínculo que, en convicción de Antonio Sánchez Orantos, siempre obligará a la vida humana a disyuntivas: o esperanza, es decir, vida configurada por el porvenir, o nihilismo, lo que significa, en cambio, vida definida o por la resignación, que es la opción del estoicismo, o por la tragedia, que es la oferta del existencialismo, o por el ‘pensamiento débil’, que es la propuesta proveniente de la posmodernidad con su ‘novelería’. Porque de lo que se trata, sostiene Sánchez Orantos, y en esto pueden convenir, advierte, todos los humanos de buena voluntad, es de que la violencia no sea el principio determinante de lo humano cuando entra en juego la verdad de su vida, en tanto que la fidelidad del ser humano a la ‘verdad de la vida’, exigible para que la ‘realidad de su vida’ pueda echar raíces en la ética, deberá ser definida, así, por una exigencia fundamental: si la temporalidad histórica ni puede engendrar ni puede colmar el anhelo de plenitud, sin embargo, sí obliga a rechazar la violencia, la mala voluntad[20]. Porque el incomprensible sufrimiento de los inocentes interpela a cualquiera, y es precisamente este dolor el que lleva a no pocos a cuestionar no solo la existencia de Dios, sino también y sobre todo, con desafiante radicalidad hoy, la naturaleza humana[21]. En la comunidad nacional se percibe, pues, la urgente necesidad de una incitación a un nuevo programa para la convivencia que permita aumentar y mejorar la concorde compañía de sus integrantes, porque en la actual sociedad civil mexicana el aire de la convivencia es irrespirable, sus miembros se envilecen, se aflojan cada vez más, y se les desconyunta el alma[22].

1.2 Salir de los escombros

Cientos y cientos de asesinados en la sagrada intimidad de su hogar por malhechores desconocidos, fenómeno insalubre que coloca, ante la mirada atónita de muchos, al hombre que es ese vaso a quien la más leve sacudida, el choque más liviano quiebran; a ese ser, que con cualquier obstáculo que topa, se hace astillas, menesteroso de socorro ajeno, lanzado a todos los ultrajes, a cuya penuria desfallece; a ese ser caedizo, enfermizo, que con llanto inaugura su vida[23]. Muchas gentes están desmoralizadas y viven en la desolación; ahí están sus angustias, sus disensiones, sus conflictos, hechos reales que deben leerse en clave de esperanza, porque todo lo humano, no es un don innato, sino una fabricación. [...] se va haciendo y deshaciendo y rehaciendo en la historia[24].  Porque sufrimiento infinito y desmedido dolor anuncian, abierta y tácitamente, que el estado del mundo es, en todas partes, el más extremo estado de necesidad[25], decía Martín Heidegger. Es este el desierto en el que nos hallamos actualmente, como mendigos de sentido en el tiempo de la insensatez convertida en mundo[26].

Para la superación de este estado de cosas se necesita una alta dosis de responsabilidad ética ciudadana[27] que permita vivir con hiperestésica conciencia de la coyuntura histórica[28] con el fin de conocer la altitud del presente de la vida y repugnar todo gesto arcaico y silvestre[29], causado por "esa fiera con veleidades de arcángel que suele ser el hombre[30].  En efecto, si el hombre fuese un ser solitario que accidentalmente se halla trabado en convivencia con otros, acaso permaneciese intacto de tales repercusiones [...] Pero como es social en su más elemental textura, queda trastornado en su índole privada por mutaciones que en rigor solo afectan inmediatamente a la colectividad[31]. Es, pues, un hecho que el hombre no puede vivir al margen de la compañía de sus semejantes[32]. Y en esta vida comunitaria es necesario recordar siempre el gran principio socrático: el peor mal que puede acontecer en la vida humana no es aquel que viene de fuera (sufrimiento) provocado por otros, sino el que nosotros hacemos. Porque éste mancha nuestra interioridad (nos hace mal), mientras que aquél no tiene por qué tocar nuestro corazón, la raíz de donde emanan nuestras decisiones.

En estos tiempos la comunidad nacional navega por un mar azaroso con rumbo, tal vez, pero sin mapas; es una época de gran desánimo[33]. Y la primera condición para un mejoramiento de la situación presente es hacerse bien cargo de su enorme dificultad[34]. Puesto que, según escribió hace siglos el estoico Séneca: El buen piloto navega aun con la vela rota, y, desarmado y todo, repara las reliquias de la nave para seguir su ruta[35]. Por este motivo y seriamente convencidos de que vivir navegando, de cara al viento, con  eventos una veces prósperos, y otras, adversos, merece la pena, hay que recuperar, no obstante tanta adversidad, el cuaderno de ruta de la comunidad nacional, con sus tempestades y bonanzas, mares profundos e islas emergentes, para que desde este mundo bajo y confuso del México contemporáneo se logren otear puros y claros horizontes[36]. De aquí la necesidad de salir de los escombros entre los que anda tan en agonía la vida[37] de nuestro país.

1.3 El manantial de lo eterno

En las condiciones actuales de la comunidad nacional, flagelada por el mal en sus más diversas e indecibles manifestaciones, el ciudadano medio sigue siendo, no obstante todo, capaz de escuchar la suave voz de la eternidad también en la más concreta exigencia de la hora presente al individuo. Lo eterno verdadero […] abraza de modo atemporal el contenido y la plenitud de las épocas y las penetra en cada uno de los instantes. […] Reconocer la historia, verla en su dura realidad, pero alimentarla desde el manantial de lo eterno, es más adecuado que huir de ella[38].

Efectivamente, observa Scheler, siempre que el hombre se siente removido y conmovido hasta en su último fondo por cualquier cosa – sea por el placer o el dolor -, no puede huir esa hora sin que el hombre levante sus ojos interiores espirituales a lo eterno y a lo absoluto y lo anhele en voz alta o baja, secretamente o en la forma de un grito aunque sea inarticulado. Pues en la totalidad indivisa de la persona y en el núcleo de la persona humana […] reside en lo más profundo de nosotros aquel maravilloso resorte, en circunstancias usuales y regulares inadvertido y desatendido la mayoría de las veces, que siempre actúa constantemente para elevarnos a lo divino, por encima de nosotros mismos y más allá de todo lo finito. Si un suceso tal, que despierta el núcleo del alma humana y suelta ese resorte con su actividad ascensional, hiere no solo el alma individual en la muda soledad de sus penas y luchas, sino a la comunidad; si hiere a toda esa comunidad universal articulada en pueblos, […]; si la hiere como nunca hirió aún un suceso histórico, hasta ahora, a la Humanidad entera; si ese suceso está además tan increíblemente lleno de pena, muerte y lágrimas […] entonces se puede esperar que el grito que pide una renovación religiosa resuene por el mundo con una potencia y una fuerza como no había ocurrido desde hace ya siglos[39].

Cómo no hacer, entonces, el esfuerzo por levantar el ánimo, por superar la flaqueza del espíritu, por llevar la mirada del corazón humano más allá de las tormentas y ráfagas de esta época, dirigiéndola hacia lo que hay en el hombre, en virtud de lo cual el hombre es hombre, es decir, hacia aquello por lo que el hombre es partícipe de lo eterno, a saber, de lo humano en lo humano. Es una gracia, asombrados y felices reposar y sosegarse en lo Eterno, y considerar la vida cotidiana como un camino sinuoso hacia esa meta sublime. De las fuentes del espíritu en el hombre, en las que confluyen lo divino y lo meramente humano, es posible una vida nueva para quienes son profundamente humillados, ofendidos y padecen tantas dolencias en la comunidad nacional al día de hoy[40]. Y ello porque, como decía Ortega, el hombre es, tenga de ello ganas o no, un ser constitutivamente forzado a buscar una instancia superior[41]; un ser tan singular al que no le sabe su vida si no la hace consistir en servicio a algo trascendente[42].

2. El decrecimiento del ánimo

En su obra La consolación de la filosofía[43], expuesta en cinco libros, Severino Boecio, un filósofo que vivió entre los siglos V y VI, afectado en su vida por eventos sumamente adversos, revela su estado de ánimo con estas palabras: todo cambio repentino en las cosas conlleva consigo cierta fluctuación de los ánimos[44], destroza el alma, produce decaimiento del ánimo, origina desfallecimiento del espíritu.

2.1 Un ensayo de serenidad en medio de la tormenta[45].

En el pensamiento anterior, fruto de la reflexión de Boecio sobre su propio estado de ánimo ante eventos adversos que le afectan personalmente, se revela al mismo tiempo una vivencia cuyo significado excede la experiencia biográfica meramente individual porque explicita esa posibilidad constitutiva y, por tanto, continua, de la contingencia de la condición humana y su encarnada dimensión espiritual, a saber, la posibilidad de que bajo la impresión de los eventos adversos por las que el mundo se presenta como una contrariedad para los deseos del alma, al espíritu humano le puede sobrevenir precisamente eso que Boecio experimenta en su alma como un decrecimiento del ánimo.

Es verdad que en este tiempo la situación general de la sociedad civil mexicana reta a gran cantidad de gente a cargar las tintas y a desplegar el catálogo de los horrores y errores, a ver todo emponzoñado por el mal, a resaltar la podredumbre social, a decir, todo es malo, todo se derrumba, sin el más débil atisbo de ese exagerado amor al mundo que hizo que, aquel en nombre de quien hablan, enviase a su hijo. A cual más le duelen y confunden los crímenes de lesa humanidad, perpetrados por cristianos contra cristianos, que se cometen diariamente en el terruño nacional: No encontramos – porque no existen – razones que puedan justificar tanto mal, tanta injusticia. No digamos nada si incluso de tanto crimen se quisiera sacar una rentabilidad… partidista, política o religiosa. La vida y la dignidad de las personas es patrimonio de la humanidad que, entre todos, hemos de cuidar, proteger y emplear debidamente. Si del bien de la comunidad universal se habla, no cabe otra rentabilidad que la que exige y procura la justicia, la solidaridad, la responsabilidad y la paz[46].

Un fenómeno contradictorio y desconcertante, que aturde a cual más, desconcierta a cualquiera y derrumba las propias certezas, incluso religiosas, causa, pues, hoy, decrecimiento del ánimo en mucha gente: por un lado, se observa una casi cotidiana violación de la dignidad de la persona humana con guerras, asesinatos, desapariciones forzadas, secuestros y extorsiones; y, por el otro, la multiplicación de debates y de publicaciones acerca de la persona humana con la finalidad de recuperar, como una manera de autodefensa, una cuestión central a la cual es necesario retornar frecuentemente para contar con ese firme cimiento de la visión del mundo occidental acerca del hombre en cuanto hombre. La situación actual de un México bañado por la sangre de víctimas y victimarios mueve a cualquiera a tomar contacto con la inseguridad esencial a todo vivir, con la inquietud a un tiempo dolorosa y deliciosa que va encerrada en cada minuto si sabemos vivirlo hasta su centro[47]. Y ante la cual hay que decir con firme convicción que la humanidad es una y que cada vida humana es igual de digna.

Esta gran tribulación, por la que atraviesa la sociedad mexicana, es un problema de humanidad, una más en el devenir de los tiempos y de la historia, razón por la cual, lo señalado sobre el sentido antropológico de la vivencia de Boecio implica que en su observación, se puede reconocer uno de los estados de ánimo que el ser humano puede experimentar en cualquier situación histórica como afectación de su propia conducta ante sí mismo y su mundo, porque refleja actualidad en el sentido de conciencia de herencia, esto es, de conciencia de experiencias que acompañan, justamente como cualidades de identificación antropológica, a la condición humana en su caminar por la historia.

De esto se ocupa precisamente San Agustín, en su atemporal obra La Ciudad de Dios, sin duda la más importante de sus obras, concebida a raíz del saqueo de Roma por parte de los hombres de Alarico, hecho terrible que conmocionó a la gente del Imperio, que era ya cristiano, causando cambios estructurales que trastocaron los puntos cardinales de orientación de esa época y configuraron la situación espiritual específica en que se moviera su generación. En efecto, nadie entonces había imaginado siquiera que pudiera suceder algo así. Los cristianos enloquecieron desconcertados haciéndose preguntas sin esperar respuesta satisfactoria alguna aparentemente. ¿Cómo Dios podía permitir eso? ¿Acaso no había supuesto la conversión del Imperio del final de las tribulaciones para los cristianos? ¿Para qué había servido entonces la sangre de los mártires? ¿No se había repetido una y otra vez, hasta la saciedad, que esa sangre era la cimiente de un mundo nuevo? Son estas algunas de las incógnitas que se planteó la gente del pueblo de aquellos siglos, muy similares en su raíz, a las que mucha gente se hace hoy también[48].

En estas condiciones  ¿cómo podría uno no estar a favor de promover la causa de la raza humana y, en particular, de proveer un contexto para la autoexpresión y la autorrealización del individuo? [49] Afincada sobre el cimiento de estas preguntas de ultimidad que esperan respuesta, la metafísica tiene como vocación última fundamentar un verdadero humanismo[50]. Porque sólo sobre los principios últimos del ser y sus implicaciones pueden encontrarse los últimos y estables fundamentos de un humanismo rea[51], radicalmente distinto de aquel humanismo relativista, acomodaticio, variable, inseguro, [edificado al margen de] los principios metafísicos del ser y, por ello, manipulable por el poder político o por el de los medios de comunicación. El siglo XX ha sido buen testigo de tales ´humanismos´[52]. Más todavía, la metafísica está llamada a dar una base segura y definitiva al concepto de dignidad de la persona, de su superioridad sobre todos los otros seres mundanos y de ofrecer, al mismo tiempo, orientaciones para encontrar el sentido de la existencia[53].

Aquí la cuestión es saber cómo una metafísica cumple esa tarea, en tiempos pos-metafísicos, y por ende, de algún modo post-humanos y en temporada de post-verdad[54]. Es esta una de esas fuentes y el anhelo al que responde: Hay una especie de sosiego al limitarse a ser (humano) uno mismo[55], dice Charles Taylor. Por ello el humanismo puede ser visto como uno de esos fenómenos, como la maternidad y la paz mundial, frente a los cuales nadie podría presentar objeciones sustanciales de ningún tipo, salvo con el único propósito de ser considerado iconoclasta[56]. Pues bien, “pese a todas las diatribas lanzadas en su contra por los movimientos posestructuralistas y posmodernistas, el humanismo permanece entre nosotros y es probable que siga permaneciendo bajo alguna forma, amén de sus aspectos problemáticos[57]; goza de buena salud actualmente, porque posee aún la capacidad de promover una respuesta positiva, a la manera de un acto reflejo, de la mayor parte de la población de Occidente[58] al gran interrogante que es el hombre en cuanto hombre.

2.2 Anclarse al bien

El mundo, como la comunidad nacional, anda revuelto y desdichado: un dictador inmisericorde en Venezuela, ejecuciones en la hermana República de Nicaragua, profesionales de la política incitando al odio y al conflicto, calificaciones o descalificaciones, mintiendo, tergiversando, corrompiendo, desfigurando. Hay saturación. Sí, saturación de palabras, de noticias, de imágenes, de encuestas, de opiniones, de títulos, de artículos, de nombres, de posicionamientos, etc. Cuestiones reales o ficticias, eclesiales, políticas, económicas, culturales, deportivas, etc. Quien busca motivos para la trifulca, los encuentra, y las polémicas aparecen y desaparecen, acto seguido, a golpe de titular. Tampoco en los recintos catolicísimos se ve uno libre de esa inflación de noticias, de silentes descalificaciones mutuas solapadas, blogs, publicaciones, ponencias, artículos, libros, homilías, opiniones y más opiniones, chascarrillos, memes, juicios y prejuicios, etc.: un antihumanismo que se rebela precisamente contra la incesante preocupación por la vida, por la prohibición de la violencia, por la imposición de la igualdad[59]. Semejante anti-humanismo no es sólo un agujero negro, una ausencia de valores, sino también una nueva valoración de la muerte y, en ocasiones, de la violencia[60].

Esta actitud, mentalidad y conducta anti-humanista, desencadena espontánea pero vehementemente la necesidad urgente de volver a las fuentes de significado profundo de nuestra vida. [...] a nuestra aspiración a apartarnos del mal y del caos y a anclarnos al bien[61]. Y esto, decía Ortega, con el fin de hacer posible la ciudad, la comunidad, la convivencia. Por eso, si miramos por dentro cada uno [...] hallaremos una misma entraña. Todos, en efecto, suponen, el deseo radical y progresivo de contar cada persona con las demás. Civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia. Se es incivil y bárbaro en la medida en que no se cuente con los demás. La barbarie es tendencia a la disociación. Y así todas las épocas de barbarie han sido tiempo de desparramamiento humano, pululación de mínimos grupos separados y hostiles[62].

2.3 Contra la flaqueza de ánimo

Conforme Ortega y Gasset, hay [...] épocas en que la realidad humana, siempre móvil, se acelera, se embala en velocidades vertiginosas. Nuestra época es de esta clase porque es de descenso y caídas[63].  Sí, son tiempos de vertiginoso descenso del ánimo, de sensible desfallecimiento del espíritu, de pavorosa desmoralización, que en la comunidad nacional, empleando las palabras del citado filósofo, son sentidos como circunstancia dolorosa[64], que multiplica hasta el infinito su efecto deprimente cuando el que lo sufre advierte que apenas hay un lugar en el continente donde no acontezca estrictamente lo mismo. [..] porque en el otro país es la atmósfera tan irrespirable como en el propio[65].

Y esta circunstancia pide a gritos un ascenso y reclama un levantamiento, porque representa para la comunidad nacional una de las máximas desdichas[66], un azoramiento[67] de su gente, de su tiempo. He aquí, entonces, la tonalidad del tiempo[68] en el México contemporáneo. Pues a cual más tiembla cuando ve cómo el viento fatiga unas cañas, es decir, a ese junco pensativo[69], llamado hombre, razón por la cual no puede, por ende, reprimir ante este hecho un estremecimiento medular[70]. Entonces, hay obligación de trabajar sobre las cuestiones del tiempo[71], decía Ortega. En efecto, quizás el más intenso y apremiante conjunto de mandatos que reconocemos como moral sea el respeto a la vida, la integridad y el bienestar, incluso la prosperidad, de los demás. Esos son los mandatos que infringimos cuando matamos o dañamos a los demás, cuando nos apoderamos de su propiedad, les atemorizamos y robamos la paz o, incluso, cuando les negamos ayuda si tienen problemas. Prácticamente todo el mundo percibe esos mismos mandatos que son y han sido siempre reconocidos en todas las sociedades humanas. [...] se trata de esas intuiciones morales que son particularmente profundas, intensas y universales[72]. Puesto que si se quiere discernir más sutilmente qué es lo que tienen los seres humanos que los hace valedores de respeto, hay que recordar lo que es sentir la llamada del sufrimiento humano, o lo que resulta repugnante acerca de la injusticia, o la reverencia que se siente ante la vida humana[73]. En este horizonte hay que seguir sembrando humanidad, cultivando dignidad, dibujando un mapa social, humano, eclesial[74].

México, ¿posible? ¿Quién no siente la necesidad de recuperar, después de largas semanas de período preelectoral, el ánimo moral? Ese ánimo, descriptible como altura de miras para continuar el proyecto político de este hogar llamado México, y favorecer una oferta de conciliación, concordia, consejo, convivencia y superación, asumiendo la actitud de aquel labrador que, al ver derribados los árboles que descuajó el huracán o desgajó el retorcido torbellino, cuida con mayor mimo sus renuevos y se procura inmediatamente semillas y pies de los árboles perdidos[75].

3. De la necesidad de un levantamiento espiritual

Para Boecio, todo cambio repentino en las cosas conlleva consigo cierta fluctuación de los ánimos[76], destroza el alma, produce decaimiento del ánimo. Inspirado por estas palabras Raúl Fornet-Betancourt escribe: Los cambios en la vida, justo en tanto que cambios en el orden de las cosas, no suceden sin un cierto 'desmayo' del alma o un 'desfallecimiento' del espíritu[77]. Por ello, ante un momento histórico en el que se agudizan las condiciones que en la comunidad nacional conducen al decrecimiento del ánimo, como es la situación actual de dramática violencia generalizada, urge acometer la tarea de restablecer los lazos de comunicación con fuentes y reservas de sabiduría que permitan contribuir a un levantamiento espiritual:

En este sentido es posible reconocer, a pesar del cambio de los tiempos y de los progresos del saber, un núcleo de conocimientos filosóficos cuya presencia es constante en la historia del pensamiento. Piénsese, por ejemplo, en los principios de no contradicción, de finalidad, de causalidad, como también en la concepción de la persona como sujeto libre e inteligente y en su capacidad de conocer a Dios, la verdad, el bien; piénsese, además, en algunas normas morales fundamentales que son comúnmente aceptadas. Estos y otros temas indican que, prescindiendo de las corrientes de pensamiento, existe un conjunto de conocimientos en los cuales es posible reconocer una especie de patrimonio espiritual de la humanidad[78].

3.1 Siempre fin jamás medio

La gente de la comunidad nacional experimenta una especie de absurdo estado de ánimo[79] por cuanto que da la impresión de navegar, en estos tiempos, por un mar azaroso con rumbo, tal vez, pero sin mapa de ruta, a causa de los males por los que se ve aquejada[80]; anda revuelta y mortificada por gran cantidad de desdichas[81]; tiene el rostro desfigurado por los golpes recibidos de quienes, encabezándola, incitan a sus integrantes al odio y al conflicto, a calificaciones o descalificaciones, mintiendo, tergiversando, corrompiendo, etc.; se encuentra saturada de palabras, de promesas, de cuestiones reales unas, y ficticias otras[82]; a cual más busca en ella motivos para el pleito, y las polémicas aparecen y desaparecen a golpe de titulares, de juicios, prejuicios, burlas, etc.[83].

Para gran cantidad de personas son tiempos de decaimiento, momentos de confusión pavorosa, de rapiña sangrienta; es la era del desánimo[84], decía Ortega, y la primera condición para un mejoramiento de la situación [...] es hacerse bien cargo de su enorme dificultad[85]. Y esto porque ninguno puede vivir sin esperanza, sin la ilusión de que las cosas, privadas o públicas, pueden mejorar; puesto que cualquiera siente espontáneamente la necesidad de recobrar el ánimo y de levantarse espiritualmente ante los hechos adversos que le afectan. Luego es ineludible e impostergable emprender el esfuerzo por buscar la manera de contribuir a un levantamiento espiritual de las gentes de la comunidad nacional para que, con reciedumbre de ánimo fortalecido y restituido, caminen por los senderos de la conciliación, concordia, convivencia y superación. El asunto es, pues, de enorme arrastre[86]. Urge una reconsideración de la condición humana desde el [...] punto de vista de nuestros más recientes temores y experiencias. Evidentemente, es una materia digna de meditación [...] de nuestro tiempo[87].

Sófocles escribe: Muchas cosas asombrosas existen y, con todo, nada más asombroso que el hombre.[88] Es asombroso e imponente porque se dirige al otro lado del blanco mar con la ayuda del tempestuoso viento Sur, bajo las rugientes olas avanzando, y a la más poderosa de las diosas, a la imperecedera e infatigable Tierra, trabaja sin descanso, haciendo girar los arados año tras año, al ararla con mulos. […] Poseyendo una habilidad superior a lo que se puede uno imaginar, la destreza para ingeniar recursos, la encamina unas veces al mal, otras al bien.  […] Desterrado sea aquel que, debido a su osadía, se da a lo que no está bien[89]. Platón recuerda que, a menos de estar uno dotado de una naturaleza sobresaliente, no podrá ser jamás hombre de bien[90].

Aristóteles afirma: llamamos hombre libre al que es para sí mismo y no para otro[91]. La expresión aristotélica hautou heneka es traducida al latín como causa sui ipsius, especialmente en la recepción de las enseñanzas aristotélicas realizada por Tomás de Aquino. En el texto, que sirve de base a su comentario de la metafísica, Tomás escribe: dicimus, homo liber, qui suimet, et non alterius causa est, y añade: Ille homo proprie dicitur liber qui non est alterius causa sed est causa sui ipsius[92]. Con esta expresión Aristóteles y Tomás se refieren a la producción o creación del acto a través de la autodeterminación libre del hombre. Con esa expresión Tomás entiende lo mismo que enseña Aristóteles: el hombre es causa de las accionesarche ton praxeon -, y que Tomás traduce como principium actionum.

El estoico Séneca dijo hace muchos siglos: Homo res sacra homini, el hombre es un ser sagrado para el hombre[93], carácter que emerge y se consolida en la interacción humana; para el hombre digno el ser humano es siempre digno[94]. En este lema confluyen las aspiraciones del corazón humano en sus anhelos de una humanidad más justa; en él late ya el grito de la gente de cualquier raza y cultura que, desde diferentes posiciones, levanta la voz y actúa a favor de la justicia y la igualdad.

Las concepciones precedentes resuenan, siglos más tarde también en el hermoso Discurso sobre la dignidad del hombre del renacentista Giovanni Pico de la Mirándola para quien al ser humano le es dado el poder de elegir; quiera o no, está comprometido en cada momento a resolverse a hacer esto o aquello, a poner la vida en algo determinado[95]. El hombre es, según este humanista,  el espectáculo más  maravilloso en la escena de este mundo[96]; nada más espléndido que el hombre[97]. Es digno de una admiración ilimitada[98]; de toda admiración[99]; ¡Cosa increíble y estupenda![100] Es el hombre un gran milagro y un ser animado maravilloso[101]. Es por naturaleza un ser destinado a elogiar la munificencia divina en los otros[102], y en sí mismo; obra de naturaleza indefinida[103] porque, subraya Pico, al hombre le ha sido concedido obtener lo que desee, ser lo que quiera[104]. Porque se forja, modela y transforma a sí mismo […] y su ingenio[105]. Pico destaca todo esto, señala él mismo, para que comprendamos, ya que hemos nacido en la condición de ser lo que queramos,  que nuestro deber es cuidar de todo esto: que no se diga de nosotros que, siendo en grado tan alto, no nos hemos dado cuenta de habernos vuelto semejantes a los brutos y a las estúpidas bestias de labor[106]. Para que, advierte Pico, no volvamos nociva en vez de salubre esa libre elección que [se] nos ha concedido[107]. Y hace que Dios le diga al hombre: Ni celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal, así te hemos creado para que puedas ser tu propio creador y constructor. A ti solo te hemos dado la libertad de crecer y desarrollarte según tu propia voluntad[108].

En Kant hay esta afirmación: En toda la creación puede todo lo que se quiera y sobre lo que se tenga algún poder, ser también empleado sólo como medio; únicamente el hombre, y con él toda criatura racional, es fin en sí mismo[109]. Y añade: esta concepción despierta el respeto y […] pone delante de los ojos la sublimidad de nuestra naturaleza […] dejándonos notar al mismo tiempo la falta de conformidad de nuestra conducta con ella y destruyendo por eso la presunción[110]. En el continuador crítico de su pensamiento, Fichte, está esta reflexión: En virtud de su ser [el hombre] es absolutamente independiente de lo que está fuera de él; él existe absolutamente por sí mismo; […] voluntariamente prosigue en la consecución de los objetivos que debe realizar… Separen los dos últimos granitos de tierra que todavía le rodean; él seguirá existiendo; y seguirá existiendo, porque lo querrá. Es eterno por sí mismo y por su propia potencia espiritual[111]. Concepción similar a la anterior hay también en Hegel que dice: El hombre es fin en sí mismo, por lo divino que hay en él[112]; además, el sello del alto destino absoluto del hombre es que sabe lo que es bueno y malo, que es suya la voluntad del bien o del mal[113], por ello es libre, y en tanto que ser libre, se esfuerza por llegar a saber lo que  es él en sí[114]. El hombre en cuanto tal, es libre en sí[115]. He aquí, pues, lo propio del hombre, de lo humano[116]. Más todavía: El hombre en cuanto hombre es libre, [y] la libertad del espíritu [es decir del hombre] constituye su naturaleza más propia[117]. Hegel sentencia lapidariamente: Soy libre cuando estoy en mí mismo[118]. Porque el espíritu no tiene la unidad fuera de sí, sino que la encuentra continuamente en sí; es y reside en sí mismo[119]. El espíritu […] reside en sí mismo; y esto justamente es la libertad[120]. En síntesis, el estar en sí mismo, existir para sí mismo, saber de sí mismo, y referirse a sí mismo – ser en sí y por sí, es decir, por mor de sí mismo – constituye la esencia del espíritu, y esto es libertad[121].

3.2 Entre lo finito y lo infinito

Gregorio de Nisa decía: Filósofos paganos han imaginado cosas miserables e indignas de la magnificencia del hombre en un intento de ennoblecer el momento humano; en efecto, han dicho que el hombre es un microcosmos compuesto de los mismos elementos del todo y con este esplendor del nombre han querido hacer elogio de la naturaleza, olvidando que de este modo otorgaban al hombre características semejantes a las del mosquito y el ratón [...] ¿Qué grandeza tiene, pues, el hombre, si lo consideramos imagen y semejanza del cosmos?[122] A esta pregunta respondió Gregorio Nacianceno diciendo: "El hombre fue creado como un segundo mundo, un mundo grande en uno pequeño[123]. Animal inconcluso lo llamó Nietzsche: Es lo que fue desde siempre, pero, además,  está en camino de rehacerse al aumentar sus posibilidades[124]. Con el contenido de las concepciones precedentes coincide igualmente lo que Heidegger escribe acerca del hombre: el Dasein madura y se produce a modo de un Mismo, es decir, a modo de un ente al que se ha confiado el tener que ser. De lo que se trata en el ser de este ente es de su poder ser. El Dasein es de tal modo que existe en consideración a sí mismo. […] Pero aquello en consideración a lo cual existe el Dasein es precisamente él mismo. El Dasein existe en consideración a sí mismo[125]. El Dasein existe en virtud de su poder-ser más propio[126]. En esta afirmación se recoge claramente la concepción aristotélica del hombre entendido como hautou heneka, comenta E. Coreth[127].

En el surco abierto por el filosofar de Martín Heidegger, años después, en la obra El hombre entre lo finito e infinito, Berhnard Welte afirma: Pensamos lo que es el hombre como ex – sistencia. Al ‘ex’ de la existencia humana pertenece la peculiar claridad en la que en cada caso existimos para nosotros y en la que muchas cosas son para nosotros. La sílaba ‘ex’ menciona en primer lugar esta claridad. A ello pertenece [además] el que ex –sistiendo para nosotros lúcidamente, nos hallamos confiados a nosotros mismos para nuestra realización. También esto dice la sílaba ex en existencia. Yo realizo mi existencia y de esta manera ex – sisto. La existencia como clara para sí misma y como lo que se realiza a sí mismo es, además, ser-en-el-mundo. El ex de la fórmula ex – sistencia tiene finalmente y ante todo también este sentido: yo ex –sisto en mi mundo[128]. El hombre existe en el mundo, ciertamente, pero caminando irremediablemente sobre la huella de lo eterno[129], indica Welte. Por eso, según él, la existencia humana muestra […] un más allá de sí, una vida que, clara para sí y realizándose por sí misma, se expande constantemente como un círculo luminoso hacia lo otro[130]. En convicción de Welte, ser humano es ser más allá de sí mismo en las más diferenciadas formas, de tal manera que el término del más allá de sí pertenece también de la manera más peculiar al ser de ese hombre que es más allá de sí[131]. Por consiguiente, refiere él, la existencia humana como humana […] es […] juego en el campo de juego de las posibilidades[132]. Así es la condición humana, a pesar de que, desde el punto de vista de Hanna Arendt, el hombre [inicialmente y por conciencia espontánea no sepa] de dónde procede cuando nace ni adónde va cuando muere[133].

3.3 Absoluta-pertenencia-a-sí-mismo

Según Romano Guardini el hombre es absoluta-pertenencia-a-sí[134]. Esta concepción remite, en términos generales a lo que en su momento ya había dicho Nemesio de Emesa: ¿Quién podrá admirar suficientemente la nobleza de este ser viviente, que junta, en su propia persona, lo mortal con lo inmortal, lo racional con lo irracional, y que en su propia naturaleza lleva un reflejo de la creación entera, por lo que se le llama ‘microcosmo’? […] Tendiendo a la incorrupción y huyendo de la corrupción, reina en los cielos como imagen y semejanza de Dios […] Conociendo, pues, la nobleza de que formamos parte y que somos ‘planta celeste’, no deshonremos nuestra naturaleza ni nos mostremos indignos de tan grandes dones […] Protejamos nuestra elevada posición haciendo el bien y evitando el mal y persiguiendo un fin recto…[135]. Hay que recordar aquí asimismo lo que Pico della Mirandola dijo también acerca de la dignidad del hombre desde el punto de vista de su posición central en cuanto microcosmos y de su posición distintiva desde el ángulo de su participación trascendente en el ser y en la perspectiva de su creatividad; en el discurso - Oratio - De dignitate hominis, Pico describe el puesto del hombre en el cosmos; considera al hombre no sólo como intermediario y eslabón de lo sensible y transensible, sino también, y sobre todo, como ser libre configurador y creador de su propio ser: al final de los días de la creación Dios creó al hombre –así reza el resultado en la traducción de Burckhardt– para que conociera así las leyes del universo, amara su belleza y admirara su grandeza. No lo ató a morada fija alguna, a ninguna determinada acción, a ninguna necesidad, sino que lo dotó de movilidad y de libre voluntad. En 'el centro del mundo' te coloqué, dice el creador a Adam, para que de este modo mires con toda facilidad a tu alrededor y consideres lo que hay en sus entrañas. Te crie como ser ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal solamente, para que de este modo seas el propio y libre artífice y superador de ti mismo; puedes  embrutecerte o renacer como ser divino.

De hecho, mientras los demás organismos tienen una naturaleza firmemente establecida y están sujetos a determinadas leyes, sin embargo, en virtud de su voluntad el hombre tiene la libertad de organizar su propio estilo de vida. De aquí que nos parezca –afirma Ortega en los albores del siglo XX– el mundo una cosa tan enorme, y nosotros, dentro de él, una cosa tan menuda. El mundo o nuestra vida posible es siempre más que nuestro destino o vida efectiva[136]. Sin embargo, ni de modo completamente espiritual ni tampoco de manera totalmente terrenal, el hombre dispone su forma de vida por sí mismo, a sabiendas, no obstante, que puede hundirse en la mera animalidad, embruteciendo, o puede elevarse a lo divino, trascendiendo: in inferiora, quae sunt bruta, degenerare, in superiora, quae sunt divina, ex sui (tui) animi sententia regenerari[137]. Esta descripción se remonta a Nicolás de Cusa quien acerca del hombre había dicho ya: Potest igitur homo esse humanus deus atque deus humaniter, potest esse humanus ángelus, humana bestia, humanus leo aut ursus aut aliud quodcumque[138].

Y es precisamente este hecho que causa en la historia de la humanidad, una y otra vez, flaqueza de espíritu, desfallecimiento del alma y decrecimiento del ánimo, respecto de lo cual hay que reaccionar a tiempo, sosegándose por primero, como enseñaron los estoicos; asombrándose, como alecciona Aristóteles; indagando sin desesperar, según el legado de Sócrates; dialogando continuamente, de acuerdo a la herencia de Platón; criticando delicada y educadamente, conforme a la enseñanza de E. Kant; decidiendo con entereza, como instruye S. Kierkegaard; y transformando, como alerta el legado de K. Marx[139], cosa que Tomás de Aquino acotó precisando que el obrar sigue de suyo al ser; cimentado en este axioma Lotz afirma: operatio humana est initium philosophandi[140], y que primo distinctio inter operationem qua meam et qua humanam explicanda est[141].

Así, pues, es una peculiaridad del hombre, dice K. Rahner, que él sabe también de su procedencia radical[142]. Y esto no le sería posible si fuera finito solamente, pues precisamente un sistema finito de elementos particulares, distinguibles entre sí, no puede tener consigo mismo la propia relación que el hombre tiene en la experiencia de su condicionamiento y reductibilidad plurales. Un sistema  finito no puede situarse ante sí mismo como un todo[143]. Luego, del hecho primordial de que el hombre es el indeducible, el que no puede producirse adecuadamente desde otros elementos disponibles, se infiere, destaca K. Rahner, por un lado, que él es el que está ya siempre confiado a sí mismo, y, por otro, que hay que entender al hombre  como espíritu, es decir, como el ser que trasciende[144] su finitud. Y el hombre es el ser que trasciende, por cuanto todo su conocimiento y su acción cognoscitiva están fundados en una anticipación del ser en general, en un saber no temático, pero ineludible acerca de la infinitud de la realidad[145].

Esta trascendencia tiene su fundamento, hunde su raíz en la anticipación del ser en cuanto ser, de la que Rahner había tratado ya en las obras Espíritu en el mundo y Oyente de la Palabra, y que explica con mayor profundidad y claridad en su obra Curso Fundamental sobre la fe, en la que, desde su punto de vista, en virtud de la anticipación del ser en cuanto ser, el hombre queda caracterizado no, ciertamente, como infinito; pero sí, expresamente, posibilitado para ir más allá (meta-física) de su mera finitud, diciendo: el hombre es y permanece el ser que trasciende, es decir, aquel ente al que se envía como misterio la infinitud indisponible y silenciosa de la realidad[146]. Propiedades o atributos esenciales de la existencia de la persona humana son, a la luz de lo expuesto hasta el momento, y de acuerdo a la perspectiva de J. B. Lotz, consecuentemente, la racionalidad (capacidad de razonar), la autoconciencia (saber que se razona), y la libertad (facultad de autodeterminación o de elección); le caracterizan de suyo, y deben ser poseídas por el hombre no en potencia sino en acto[147].

Conclusión

En el hoy de la comunidad nacional con sus inquietudes e incertidumbres, cual "náufrago que no logra salir a flote"[148], se ha producido el cambio de Gobierno, dentro del juego de la democracia, y hay un nuevo presidente. Este hecho gustará a muchos y disgustará a otros tantos, sin olvidar la ansiedad que causa en gran parte de la población; pero la política contiene gestos meramente formales que, después, tienen su camino real, más lento y menos efectivo. Habrá de evitarse la inmediata reacción visceral, que pasa luego al secular enfrentamiento nada beneficioso en una sociedad civil plural, dialogante, abierta; en esta nueva coyuntura, hay que fomentar, por consiguiente, la cultura del diálogo, abriendo caminos de comprensión, ejercitando la paciencia en la escucha recíproca y tendiendo puentes reales de concertación y mutua colaboración; en esta atmosfera se pide, entonces, el solícito deber de cuidar mejor lo que uno dice y cómo lo dice de modo que perviva la concordia y agonice la discordia, mediante un régimen de alta higiene, de gran decoro, de constantes estímulos, que excitan la conciencia de la dignidad[149]; pues a diferencia de lo sucedido en el siglo pasado, en el que hubo tanta izquierda y, quizá, mucha derecha, pero poca altura y, menos todavía,  profundidad, actualmente hay que ir por el camino de más altura y más profundidad, camino que no se emprende en el vacío, sino en el tiempo, en un tiempo lleno de sufrimientos, con el firme propósito de que saludemos todos juntos la aurora de un tiempo mejor, en que el espíritu, hasta ahora arrastrado hacia lo exterior, pueda replegarse hacia sus adentros y volver en sí, ganar el espacio y suelo necesarios […] en donde los ánimos se eleven […] y se dejen ganar por lo verdadero, lo eterno y lo divino, elevándose hacia la contemplación y la asimilación de lo más alto.[150]; por esta razón decía Ortega: Cuando veo que hacia un hombre o grupo se dirige fácil e insistente el aplauso, surge en mí la vehemente sospecha de que en ese hombre o en ese grupo, tal vez junto a dotes excelentes, hay algo sobremanera impuro[151].

Y porque es natural llevar la mano a donde duele[152], tiene uno que ver al hombre constantemente como  aquel ser que, recorridos los seres inferiores, toma el vuelo hacia los soberanos y goza del bellísimo espectáculo de las cosas divinas; acordándose de su eternidad, peregrina por todo lo que fue y lo que ha de ser a través de todos los siglos[153]. A cultivar esta mirada brinda valiosa ayuda la herencia de Agustín para quien la filosofía es un amor; inspira afectivamente el legado espiritual profundamente existencial de Severino Boecio para quien la filosofía es, en la desolatio humana, consolatio; motiva y orienta con riguroso método el atractivo equilibrio de razón y sentimiento ofrecido por Tomás de Aquino, para el que la filosofía es ancilla, que, con relación al hombre en el horizonte de su origen y fin último, viene a ser esa fiable, paciente y comprensiva compañera del ser humano, para quien el señuelo de la eternidad es el más enérgico imán de la voluntad inspirada en el secreto del amor[154].

Por eso, un último deseo que espero sea compartido por todo mexicano de buena voluntad: lo que se necesita para poder resistir a las tentaciones esclavizantes de nuestra situación social, tentaciones que corren el peligro de quebrar nuestra libertad y convivencia, podría formularse  así: no apartarse del rumbo marcado por nuestra gran tradición humanista, aun en el caso de que uno se quede solo; estar dispuesto a vivir con las contradicciones y conflictos del mundo humano sin perder la esperanza, esa virtud que impulsa a mantener una lucha inquebrantable contra el mal para abrir, con humildad, caminos a la revelación del Bien; tener la disciplina de un espectador comprometido, que sabe mirar con profundidad, y que, por eso, no se deja comprar ni manipular; y, por último, una entrega apasionada y diligente a la razón, mejor aún, a esa unidad de sentimiento y razón, como fuente de conocimiento crítico de donde siempre ha emanado y emanará la buena acción a favor de la humanidad, a saber, ese hábito moralmente bueno denominado misericordia que posibilita al hombre compadecerse inexorablemente de la indigencia de sus semejantes.[155]

Palabras clave

Bien, violencia, dignidad, hombre, espiritualidad

 

[1] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Ed. Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid 1930, 87.

[2] Cf. Ibidem., 117.

[3] Ibidem., 228.

[4] Eduardo Guerrero Gutiérrez, «La segunda ola de violencia» Nexos XL (2018), 32.

[5] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 143.

[6] Cf. Ibidem., 162.

[7] Cf. Platón, República, I, 344c.

[8] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 72.

[9] Charles Taylor, La era secular. Tomo II, Ed. Gedisa. Madrid 2015, 645.

[10] Martín Heidegger, Nietzsche. Segundo Tomo. Traducción de Juan Luis  Vernal. Destino, Barcelona 2000, 318.

[11] Diego Fusaro, Idealismo o barbarie, Ed. Trotta, Madrid 2018, 20.

[12] Cf. Terrel Carver, «Marx para nuestra época» Letras libres XX (2018), 9-12.

[13] Charles Taylor, Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna, Ed. Paidós, Barcelona 2012, 34. Ortega interpreta el marxismo como "una película de ideas europeas [...] pensadas en Europa en vista de realidades y problemas europeos. Debajo de ellas hay un pueblo, no solo distinto como materia étnica del europeo, sino - lo que importa mucho más - de una edad diferente que la nuestra. José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 154.

[14] Cf. Gianni La Bella, «Las consecuencias eclesiales del 68» Vida Nueva 3.084 (2018), 24.

[15] Ensayo. Principio y fin de la vida, Nexos XL (2018), 30.

[16] E. Bloch, Sujeto-Objeto,  citado por Diego Fusaro en Idealismo o barbarie. Por una filosofía de la acción. Ed. Trotta. Madrid 2018, 121.

[17] Lucio Anneo Seneca, Cartas a Lucilio, Libro XV - Carta XCV, en Obras Completas. Discurso previo, traducción, argumentos y notas de Lorenzo Riber. De la Real Academia Española, Ed. Aguilar, Madrid 1949, 679.

[18] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 209.

[19] Idem.

[20] Cf. Antonio Sánchez Orantos, La poesía que piensa. A la búsqueda de Dios con María Zambrano, Ed. Universidad Pontificia de Comillas. Madrid 2017, 339.

[21] Cf. María de la Válgoma, «El mundo calla, ¿y Dios?» Vida Nueva 3.026 (2017), 50.

[22]José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 194.

[23] Cf. Lucio Anneo Seneca, Consolación a Marcia, Cap.  XI, en Obras Completas. Discurso previo, traducción, argumentos y notas de Lorenzo Riber. De la Real Academia Española. Ed. Aguilar. Madrid 1949, 139.

[24] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 203.

[25] Martín Heidegger, Nietzsche, Segundo Tomo. Traducción de Juan Luis Vermal. Destino, Barcelona 2000, 318.

[26] Diego Fusaro, idealismo o barbarie, 20.

[27] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 104.

[28] Ibidem., 117.

[29] Cf. Idem.

[30] Ibidem., 228.

[31] Ibidem., 156.

[32] Hanna Arendt, La condición humana. Paidós, Buenos Aires 2009, 38.

[33] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 34.

[34] Ibidem., 35.

[35]  Lucio Anneo Seneca, Cartas a Lucilio, Libro IV. Carta XXX, en Obras Completas. Discurso previo, traducción, argumentos y notas de Lorenzo Riber. De la Real Academia Española. Ed. Aguilar. Madrid 1949, 490-491.

[36] Lucio Anneo Séneca, Consolación a Marcia, XXIV, en Obras Completas. Discurso previo, traducción, argumentos y notas de Lorenzo Riber. De la Real Academia Española. Ed. Aguilar. Madrid 1949, 152.

[37] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 162.

[38] Max Scheler, De lo eterno en el hombre, Ed. Encuentro, Madrid 2007, 11.

[39] Max Scheler, De lo eterno en el hombre, 35.

[40]  Cf. Max Scheler, Vom Ewigen im Menschen. Erster Band. Religiöse Erneuerung. Verlag der neue Geist / Dr. Peter Reinhold, Leipzig 1921, 1.

[41] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 134.

[42] Ibidem., 90.

[43] Anicio Manlio Severino Boecio, La consolación de la filosofía, Traducción del latín por Pablo Masa. Prólogo y notas de Alfonso Castaño Piñan. Ed. Aguilar, Quinta edición, Buenos Aires 1977.

[44] Anicio Manlio Severino Boecio, La consolación de la filosofía, II, I, 54: omnis subita mutatio rerum no sine quodam quasi fluctu contingit animorum.

[45] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 43.

[46] Carlos Amigo Vallejo, « Patrimonio de la humanidad» Vida Nueva 3.048 (2017), 6.

[47] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 74-75.

[48] Cf. Jesús Sánchez Adalid, «Del desconcierto a la esperanza»  Vida Nueva 3.002 (2016), 50.

[49] Stuart Sim, Lyotard  y lo inhumano, Gedisa, Madrid 2004, 19. Para Stuart Sim, los principales pensadores del postestructuralismo y del posmodernismo, contando con poco que decir acerca del humanismo, identifican a éste con la modernidad y lo acusan, en consecuencia, de ser responsable de la mayor parte de los actuales males culturales; para tales pensadores, humanismo equivale a “proyecto iluminista”, con su culto a la razón y su creencia en un progreso material perpetuo, y por lo que, como tal, es algo que debe ser rechazado en la hoy muy circunspecta cultura posmoderna.

[50] Carlos Valverde Mucientes, Prelecciones de metafísica fundamental, Ed. BAC, Madrid 2009, 68.

[51] Idem.

[52] Idem.

[53] Idem.

[54] Cf. Jordí Ibañez Fanés (editor), Manuel Arias Maldonado et al., En la era de la posverdad. 14 ensayos, Ed. Calambur, Barcelona 2017.

[55] Charles Taylor, La era secular. Tomo II, Ed. Gedisa, Madrid 2015, 25

[56] Stuart Sim, Lyotard  y lo inhumano, 19.

[57] Ibidem., 71

[58] Idem.

[59] Charles Taylor, La era secular. Tomo II, 126.

[60] Ibidem., 532.

[61] Ibidem., 645.

[62] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 100.

[63] Ibidem., 11.

[64] Ibidem., 15.

[65] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 15.

[66] Ibidem., 17.

[67] Idem.

[68] Cf. Idem.

[69] Charles Taylor, Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna, 142.

[70] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 31.

[71] Ibidem., 32.

[72]Charles Taylor, Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna, 21.

[73] Ibidem., 26.

[74] Cf. Agustín Domingo Moratalla, «Altura de miras y patriotismo social» Vida Nueva 2.505 (2006), 42.

[75] Lucio Anneo Seneca, Consolación a Marcia, XVI, 143.

[76] Anicio Manlio Severino Boecio, La consolación de la filosofía, Traducción del latín por Pablo Masa. Prólogo y notas de Alfonso Castaño Piñan, Ed. Aguilar, Quinta edición, Buenos Aires 1977, II, I, 54: omnis subita mutatio rerum no sine quodam quasi fluctu contingit animorum.

[77] Raúl Fornet-Betancourt, Espiritualidades y religiones: Su aportación a la justicia y al conocimiento en la sociedad global. Wissenschaftsverlag, Mainz 2017, 17.

[78] Juan Pablo II, Fides et ratio, 4.

[79] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Ed. Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid 1930, 87.

[80] Cf. Andrés Lajous y Pablo Piccato, «Tendencias históricas del crimen en México»  Nexos 484 (2018), 40-45.

[81] Cf. Eduardo Guerrero Gutiérrez, «La segunda ola de violencia» Nexos 484 (2018), 31-39.

[82] Cf. Roberto Breña, «El presente que nos agobia y el futuro que no llega», Nexos 481 (2018), 78.

[83] Cf. Luis Javier Plata Rosas, «Cuando era niño quería ser narco», Nexos 481 (2018), 58.

[84] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 34.

[85] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas,  35.

[86] Ibidem., 207.

[87] Hanna Arendt, La condición humana, 18.

[88]  Sófocles, Antígona, 332, en Tragedias.  Introducción de J. S. Lasso de la Vega. Traducción y notas de Assela Alamillo.  Gredos, Madrid 1981.

[89] Ibidem., 333-340, 365-370.

[90] Platón, República 558 b. […] los principios que pronunciamos solemnemente cuando fundamos el Estado, como el de que, salvo que un hombre cuente con una naturaleza excepcional, jamás llegará a ser bueno si […]

[91] Aristóteles, Met. 982 b 25 s.

[92] TOMÁS DE  AQUINO,  In Met. 1, 2.

[93] Lucio Anneo Seneca, Cartas morales a Lucilio, Epistola XCV Vol. II, Ed. Orbis, Barcelona 1984, 97.

[94] Cf. José Ramón Amor Pan, «Homo Homini res sacra. Sobre la dignidad humana» Compostellanum 50 (2005), 261-289.

 Cf.  Francesc Torralba Rosselló, «Neurociencias y libertad humana» Vida Nueva 2.856 (2013), 50.

[96] Giovanni Pico della Mirandola, Discurso sobre la dignidad del hombre, Ed. π. Bogotá 2006, 3.

[97] Idem.

[98] Ibidem., 4.

[99] Idem.

[100] Idem.

[101] Idem.

[102] Ibidem., 5.

[103] Idem.

[104] Ibidem., 6.

[105] Ibidem., 7.

[106] Ibidem., 7-8.

[107]Ibidem, 8

[108] Giovanni Pico della Mirandola, Discurso sobre la dignidad del hombre, Ed. π. Bogotá 2006, 9.

[109] Immanuel Kant, Crítica de la razón práctica, Ed. Sígueme. Salamanca 1995, 111 y 162.

[110]  Idem.

[111] J. G. Fichte, La dignidad del hombre, Pronunciada por J. G. Fichte en la clausura de sus lecciones filosóficas, 1794. Über die Würde des Menschen, en Fichtes Werke, herausgegeben con Immanuel Hermann Fichte. Band I. Zur theoretischen Philosophie I. Walter de Gruyter & Co. Berlín 1971, 414-415.

[112] G. W. F. Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Prólogo de José  Ortega y Gasset. Advertencia de José Gaos. Alianza Universidad. Madrid 1997,  98.

[113] G. W. F. Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Prólogo de José  Ortega y Gasset. Advertencia de José Gaos. Alianza Universidad. Madrid 1997,  98.

[114] Citado por W. Kaufmann, en Hegel. Alianza Editorial. Madrid 1985, 245.

[115] Citado por W. Kaufmann, en Hegel. Alianza Editorial. Madrid 1985, 245.

[116] Citado por Walter Kaufmann, en Hegel, Ed. Alianza. Madrid 1985, 246.

[117] Citado por W. Kaufmann, en Hegel. Alianza Editorial. Madrid 1985, 246.

[118] G. W. F. Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Ed. Alianza. Madrid 1997, 62.

[119] Idem.

[120] Idem.

[121] Cf. Ibidem., 62-63.

[122] Gregorio de Nisa, De hominis opicio, cap. 16, en Patrologia Graeca, 44, 180 A.

[123] Gregorio Nacianceno, Oratio 38, 11, en Patrologia Graeca, 37, 324 A.

[124]  Jose Antonio Marina - María de la Válgoma, La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad política. Anagrama, Barcelona 2000, 11.

[125] Martín Heidegger, De la esencia del fundamento, en Hitos, Ed. Alianza,  Madrid 2007, 135.

[126] Cf. Martín Heidegger, Ser y tiempo. Trotta, Madrid 2003, 28-39.

[127] Cf. E. Coreth, Vom Sinn der Freiheit, Ed. Tyrolia, Innsbruck 1985, 25.

[128] Bernhard Welte, El hombre entre lo finito e infinito, Ed. Guadalupe, Buenos Aires  1983, 11-12.

[129] Id, Auf der Spur des Ewigen, Ed. Herder, Freiburg i. Br. 1965.

[130] Bernhard Welte, El hombre entre lo finito e infinito, 13

[131] Idem.

[132] Ibidem., 16.

[133] Hanna Arendt, La condición humana, 71.

[134] Cf. Romano Guardini, Mundo y Persona, Ed. Guadarrama, Madrid 1963, 179-192.

[135] Citado por Johannes Quaesten, en PATROLOGÍA  II. La edad de oro de la literatura patrística griega. BAC, Madrid  MCMLXXXV, 392.

[136] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 71.

[137] Cf. Hans Meyer, Geschichte der abendländischen Weltanschauung IV. Band. Von der Renaissance bis zum deutschen Idealismus, Verlag Ferdinand  Schöningh, Würzburg-Paderborn 1950, 24.

[138] Nicolás de Cusa, De conject. II, 14, en NICOLAI DE CUSA, OPERA OMNIA III. DE CONIECTURIS. Ed. Por J. Koch  et C. Bormann. Ed. J.G. Senger, Hamburgi 1972.

[139] Cf. Francesc Torralba Roselló, La filosofía cura. Herramientas para el bienestar del alma y del mundo, Ed. Milenio, Lleida 2018, 191-235.

[140] J. B. Lotz, Metaphysica operationis humanae. Methodo transcendentali explicata, Apud Aedes Unniversitatis Gregorianae, Romae 1972, 24.

[141] Ibidem., 28; Id, Ontologia, Sumptibus Herder, Barcinone 1987, 71.

[142] K. Rahner, Curso Fundamental sobre la fe, Introducción al concepto de cristianismo. Herder, Barcelona 41989, 48.

[143] Idem.

[144] Ibidem., 50, 51.

[145] Ibidem., 52.

[146] Ibidem., 55.

[147] Cf. J. B. Lotz, Ontología, 581, 315.

[148] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 60.

[149] Ibidem., 160.

[150] G. W. F. Hegel, Lecciones sobre la historia de la filosofía I. FCE, México 1985, 4.

[151] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 23.

[152] Lucio Anneo Seneca, Consolación a la madre Helvia, XX,  en Obras Completas. Discurso previo, traducción, argumentos y notas de Lorenzo Riber. De la Real Academia Española. Ed. Aguilar. Madrid 1949, 128.

[153] Idem.

[154] Antonio Caso, La persona humana y el Estado totalitario, Ed. Universidad Autónoma Metropolitana, México 2016, 221.

[155] Cf. Bruno Niederbacher, “Seid barmherzig, wie euer Vater barmherzig ist”. Philosophische Bemerkungen, en ZKTh 138 (2016), 264-276.