La vida de comunión se extiende también a los cohermanos difuntos que interceden cerca del Padre; su recuerdo es un estímulo a vivir generosamente la vocación misionera. Al recibir la noticia de la muerte de un misionero, cada sacerdote celebra una Eucaristía de sufragio,

La vida de comunión se extiende también a los cohermanos difuntos que interceden cerca del Padre; su recuerdo es un estímulo a vivir generosamente la vocación misionera. Al recibir la noticia de la muerte de un misionero, cada sacerdote celebra una Eucaristía de sufragio, preferiblemente en comunidad. En el día del aniversario de la muerte los cohermanos difuntos son recordados en la celebración eucarística o en otra oración comunitaria (RV 42.5).
La historia de nuestro Instituto, como la de todos los demás, especialmente en sus inicios, pasa a través de los pequeños cementerios de misión. Simples cruces sobre humildes tumbas señalan el paso de Dios en aquellas tierras lejanas. La historia comboniana tiene en los pequeños cementerios misioneros de África el punto de partida. Es la vieja historia, tantas veces escuchada y frecuentemente olvidada, del grano de trigo que muere bajo tierra para dar vida a un nuevo brote. Visitando los cementerios de misión, se tiene la impresión de asistir a un verdadero milagro: el milagro de algunas vidas que, aunque bajo tierra, continúan viviendo. Es el milagro de aquellas personas que creyeron cuando nadie creía, que esperaron contra toda esperanza. Una lápida con un nombre y dos fechas, la del nacimiento y la de la muerte. Dos fechas que, en la mayor parte de los casos, cubren un breve espacio de tiempo: unas pocas decenas de años. Dos fechas que el polvo y el tiempo borran, pero que son las huellas de los pasos de Dios en aquella tierra. Así son las tumbas cubiertas por la arena del desierto de los primeros misioneros que se aventuraron en el corazón de África. Así la tumba profanada de Maximiliano Ryllo, de Daniel Comboni y de sus misioneros en tierra sudanesa; y las tumbas olvidadas de centenares de hombres y mujeres que decidieron consagrar toda su vida a Dios para la misión. Hasta la muerte.

Fe ante la muerte

Comboni continúa siendo ejemplo de fe para nosotros ante las dificultades, los sufrimientos, las enfermedades y la misma muerte.
En los últimos meses de 1881, la continua muerte de sus misioneros hacía sangrar el corazón de Daniel Comboni. Siete de sus misioneros murieron de malaria en pocos días. Cayeron todos muy jóvenes. Algunos, apenas ordenados sacerdotes. Él mismo describe la situación: “El otro día celebramos el oficio y la Misa de Réquiem por un queridísimo misionero mío muerto recientemente, al que yo mismo había ordenado sacerdote, el polaco Don Matias Moron. Antes de desmontar el catafalco me llegó la noticia de la muerte de otro de mis misioneros, Don Antonio Dobale, muerto en El Obeid de fiebre tifoidea. Ayer por la mañana, celebramos la Misa de Réquiem por él. Apenas terminada la ceremonia me llegó el mensaje que Sor María Colpo, de mi Instituto, murió como una santa y heroína. ¿Qué hacer?” (cfr. S 7151-52).
Ante los sufrimientos, las angustias y la muerte, Comboni se abre a la fe y al Dios crucificado: “Si pudiéramos ver por qué obra Dios así deberíamos alabarlo y bendecidlo porque así está bien… Rezad por nosotros para que estemos felices y resignados al llevar la cruz en la que murió Jesús”.
Desde aquel 1881, la lista de nuestros cohermanos difuntos se ha largado y alcanzado más de mil. Esos nombres son historia y memoria sagrada de nuestro Instituto. Cada nombre es un capítulo misionero en la historia de nuestra familia comboniana. Cada día, leyendo los nombres de nuestros cohermanos, debemos dar gracias a Dios por la vida, la vocación y la misión cumplida por cada uno. Cada nombre es sagrado. Cada nombre nos habla de nuestra vida como Combonianos y de la generosidad de Dios con nosotros. Cada día, al recordar a los difuntos, somos movidos a contemplar las maravillas que Dios hecho mediante hombres frágiles y, al mismo tiempo, santos.

Renovando nuestra consagración

Recordar a nuestros difuntos significa, sobre todo, renovar nuestra común consagración a Dios. Cada cohermano difunto nos recuerda que vale la pena perseverar y “jugarse” la vida por la misión de Dios. El mismo Comboni nos habla de la gracia de “saber perder la vida para ganarla”. Cerrar su vida terrena en la misión fue siempre el deseo de Comboni. La idea de morir en tierras africanas reforzaba sus espíritu apostólico: “Sentiría una pena grande –escribe Comboni a su amigo, el P. Arnold Janssen- y me avergonzaría el no poder morir en tierra africana, porque el soldado debe morir en el campo de batalla, luchando” (cfr. S 5829). Morir en la misión es el deseo del misionero auténtico y de fe. Morir y ser semilla allí donde ha trabajado para que los hombres sean más hombres y los cristianos sean más cristianos. El misionero sabe que su consagración es total. Consagrarse a los más pobres y a los últimos presupone una donación sin límites, incluida la muerte. “El misionero –recomendaba Comboni a sus candidatos– debe ser víctima perpetua de sacrificio destinada a trabajar, sudar y morir, quizás sin ver ningún fruto por sus fatigas… El misionero se forma en esta disposición: tener siempre fijos los ojos en Jesucristo (…) renovando a menudo el ofrecimiento de sí mismo a Dios” (cfr. S 2721-22).

Renovando nuestra comunión

El misionero es instrumento de vida. Sobretodo, después de su muerte como siervo fiel.
Cuando recordamos a nuestros cohermanos difuntos y re-actualizamos la memoria, en ese mismo momento alcanzamos la fuente vital de nuestra existencia. Es una experiencia mutua de “regeneración” en el misterio de la resurrección de Cristo. En ese instante nosotros “somos” para ellos con la oración y el recuerdo, y ellos “son” para nosotros con la intercesión y la hermandad de la vocación misionera común. Es como si nos “mantuviésemos” recíprocamente, en el sentido etimológico de sujetarse con la mano (manu tenere), participando juntos en la vida y en los eventos de la misión comboniana. Con ellos celebramos y re-actualizamos “nuestras raíces, los orígenes y el desarrollo de nuestra historia”. Esta vital coparticipación contribuye a renovar nuestros vínculos de familia misionera. Es la comunión de los santos en Cristo.

1º Noviembre 2005
P. Teresino Serra, mccj
Superior General

P. Teresino Serra, noviembre 2005