Misión es no avergonzarse de llamarlos hermanos

 

Génesis  2,18-24
Salmo  127
Hebreos  2,9-11
Marcos  10,2-16

Reflexiones

Con lenguaje poético y mítico, la Palabra de Dios nos revela luminosas verdades sobre el ser humano  -hombre y mujer-,  sobre la familia y el cosmo. La primera verdad es que Adán no se creó por a sí mismo: es Dios que lo ha creado (I lectura). La palabra Adán, en este caso, quiere decir varón y mujer. Este Adán (el hombre y la mujer) vive en soledad, a la que Dios mismo pone remedio: «No está bien que el hombre esté solo: voy a hacerle alguien como él que le ayude» (v. 18). En última instancia, según el texto bíblico, se podría decir que ni siquiera Dios es suficiente para satisfacer a Adán en su soledad. Para su existencia histórica, Adán necesita también de cosas, de animales, plantas… que el Creador le provee con creces en el encanto del universo, otorgándole incluso la potestad de imponer el nombre a los seres vivientes, es decir, el poder de tenerlos bajo su dominio (v. 19). Según la teología bíblica, la potestad de dominio sobre las cosas creadas corresponde, naturalmente, al ser humano en su globalidad de hombre y mujer, con igual dignidad.
Dios, que ha llamado a Adán a la vida, lo llama ahora a la comunión, a una vida de encuentros y relaciones aptos a llevar a la persona humana a la plenitud, a la madurez. A Adán, en efecto, no le basta el dominio sobre las cosas: busca alguien como él que lo ayude (v. 20), en plena alteridad e igualdad. Dios mismo presenta al varón esa ayuda, la mujer, Eva, a la cual éste siente que no le puede imponer el nombre, esto es, dominarla, porque la reconoce igual a él, parte de sí mismo: “hueso de mis huesos y carne de mi carne” (v. 23). Ambos son iguales en dignidad, llamados a una plena comunión de vida. El primigenio proyecto del Creador era maravilloso, pero el pecado humano ha venido a romper el equilibrio de las relaciones entre iguales: el respeto cede el paso a la voluntad de dominio de un cónyuge sobre el otro, con las consecuencias dolorosas que todos conocen. Jesús (Evangelio), tras reprochar a su gente “por su terquedad” (v. 5), ha tratado de hacerlos volver al proyecto inicial de Dios. Lamentablemente, con escasos resultados, tanto entonces como hoy.
El Concilio Vaticano II tiene palabras que sustentan la dignidad y la santidad del matrimonio y de la familia: “Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana” (Gaudium et Spes, 48). Por eso la oración de la Iglesia se hace insistente, “para que el hombre y la mujer sean una sola vida, principio de la armonía libre y necesaria que se realiza en el amor” (oración colecta). (*)
La vida compartida entre el hombre y la mujer en el matrimonio contribuye al bien de la pareja, pero, a la vez, tiene una irradiación misionera sobre los hijos, sobre el ambiente social y eclesial. Tras hablar de la familia, Jesús se dirige enseguida a los niños y, en general, a los débiles y a los pobres, brindándoles afecto, protección, estima, bendiciones (v. 13-16). Jesús ha entrado plenamente en el engranaje y en los recovecos de la historia de los hombres, haciéndose solidario con ellos, compartiendo su origen y sufrimientos. Hasta tal punto que el autor de la carta a los Hebreos (II lectura), con palabras conmovedoras, afirma que Cristo, “no se avergüenza de llamarlos hermanos” (v. 11). Cristo no excluye a nadie de esa amorosa relación fraterna. ¡Aunque sea la persona más reprobable y lejana! Por eso Él es siempre el modelo más radical para cada misionero. He aquí un llamado para todos en el mes misionero.

Palabra del Papa

(*)  “Objetivo de la misión de la Iglesia es en efecto iluminar con la luz del Evangelio a todos los pueblos en su camino histórico hacia Dios, para que en Él tengan su realización plena y su cumplimiento. Debemos sentir el ansia y la pasión por iluminar a todos los pueblos, con la luz de Cristo, que brilla en el rostro de la Iglesia, para que todos se reúnan en la única familia humana, bajo la paternidad amorosa de Dios”.

Benedicto XVI
Mensaje para el DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones), 2009

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 4/10: S. Francisco de Asís (1182-1226), amante de Cristo pobre, fundador de la familia franciscana, misionero entre los musulmanes, envió grupos de frailes a evangelizar en varias partes.

- 4/10: B. Francisco Javier Seelos (1819-1867), sacerdote redemptorista alemán, misionero en varias regiones de USA, fallecido por la fievre amarilla en New Orleans, Louisiana.

- 5/10: SS. Froilán y Atilano, obispos españoles del siglo X, que dejaron la vida eremítica para entregarse a la evangelización de las regiones liberadas del dominio de los árabes musulmanes.

- 5/10: S. Faustina Kowalska (1905-1938), religiosa polaca, destinataria de especiales revelaciones sobre la “Divina Misericordia”, una devoción que ha alcanzado una rápida difusión mundial.

- 5/10: Annalena Tonelli (1943-2003), laica misionera italiana en Kenya y Somalia durante 30 años, asesinada en Borama (Somalia) por un desconocido. Algunas de sus palabras: “He escogido una vida de pobreza radical”. - “Un día el bien triunfará”.

- 6/10: S. Bruno (Alemania 1030-1101 Italia), profesor de teología y ermitaño, fundador de la ‘Grande Chartreuse’ (Grenoble), promotor de la vida monástica, eremítica y cenobítica.

- 6/10: B. María Rosa (Eulalia) Durocher (1811-1849), canadiense de Quebec, fundadora.

- 7/10: Nuestra Señora del Rosario: oración popular que ayuda a revivir los misterios de la vida de Cristo y de María, en sintonía con los gozos, esperanzas y problemas misioneros del mundo entero.

- 8/10: S. Juan Calabria (1873-1954), sacerdote de Verona, fundador de dos Congregaciones de la Divina Providencia, para los jóvenes, los pobres y los enfermos.

- 9/10: S. Juan Leonardi (1541-1609), fundador de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios. Junto con el prelado español J. B. Vives, fundó en Roma una escuela para futuros misioneros ad gentes, que preanunciaba el Colegio de Propaganda Fide (1627).

- 9/10: S. Luis Bertrán (1526-1581), sacerdote dominico español, misionero en Colombia, donde evangelizó a los pueblos indígenas y tomó su defensa  ante los opresores.

- 10/10: S. Daniel Comboni (1831-1881), primer obispo-Vicario apostólico de África Central; elaboró un Plan para “salvar a África por medio de los Africanos” y fundó dos Institutos misioneros. Murió en Khartoum (Sudán) a la edad de 50 años.

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A cargo de: P. Romeo Ballán – Misioneros Combonianos (Verona)
Sitio Web:   www.euntes.net    “Palabra para la Misión”

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