Los Santos: energía que transforma el mundo

Apocalipsis  7,2-4.9-14
Salmo  23
1Juan  3,1-3
Mateo  5,1-12

Reflexiones

 

Las mujeres y los hombres que llenan el calendario anual de los santos y beatos de la Iglesia son muchos, pero los que están inscritos en el Libro de la Vida, en el registro de Dios, son infinitamente más. De todos ellos hace memoria y a ellos se dirige hoy la oración de la Iglesia. Son hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo, nación, edad, época, profesión, condición social, famosos y desconocidos, ricos y pobres, fieles y pecadores convertidos…, de todas partes, como canta la liturgia cristiana en la solemnidad de Todos los Santos. La universalidad es, por tanto, la primera característica de esta fiesta. Con razón algunos la llaman “fiesta nacional de la Iglesia”, ya que ésta cree y vive en la “comunión de los santos”. Estamos como en una inmensa “catedral de la santidad”, donde hay acceso, lugar y gloria para todos, como lo explica Juan en el libro del Apocalipsis (I lectura). Él habla de “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar” (v. 9), que celebra una liturgia de alabanza a Dios, el único que posee la salvación y la otorga a todos (v. 10.12). Es, por tanto, una pretensión absurda querer limitar la salvación a los 144.000 marcados (v. 4), o excluir a otros, como quisieran algunas sectas por las razones más disparatadas. (*)

El único tesoro de los santos consiste en ser y vivir como hijos de Dios (II lectura), amados del Padre (v. 1), todos llamados a ser semejantes a Él (v. 2). En el camino de progresiva aproximación al Padre, el creyente es consciente de que ha de hacerse puro (v. 3), coherente con la esperanza que vive en él. Se trata de ser coherentes hasta dar el supremo testimonio en medio de la “gran tribulación”, lavando y blanqueando sus mantos en la sangre del Cordero” (I lectura, v. 14).

Pero ¿quién tiene la razón? ¿Quién ha acertado en la vida? Muchos los consideran pobretones o se ríen de ellosJesús en el Evangelio los llama dichosos. Dichosos los pobres, los sufridos, los limpios de corazón, los misericordiosos, los perseguidos, los que trabajan por la paz… Las bieaventuranzas son, en primer lugar, el autorretrato de Jesús, describen sus opciones y su manera de actuar. Son el espejo de Cristo y, por tanto, son el programa de todo discípulo. Las bienaventuranzas son opciones de radicalidad que transforman el corazón de las personas y las convierten en instrumentos de la revolución de Dios y de la transformación del mundo. Una lectura objetiva y serena de la historia pone en evidencia las energías positivas y las fuerzas de transformación, que hombres y mujeres según el corazón de Dios inyectan en la sociedad. Tales son: Agustín y Benedicto, Francisco y Domingo, Catalina de Siena y Teresa de Ávila, Ignacio de Loyola y Francisco Javier, Rosa de Lima y los Mártires de Uganda, Daniel Comboni y Don Bosco, Teresa de Lisieux y Carlos de Foucauld, Teresa de Calcuta y Josefina Bakhita, Oscar Romero y Annalena Tonelli, Gandhi y los trapenses de Tibhirine… Ellos, lo mismo que muchísimos otros, son auténticos bienhechores de la humanidad.

Su testimonio de vida y de doctrina permanece en el tiempo como modelo, ejemplaridad, energía de atracción para nosotros. Los santos y las personas de buena voluntad, aunque lejanos en el tiempo y desconocidos, no son momias secas más o menos inútiles, sino seres vivientes y dinámicos, que ejercen una influencia positiva sobre las personas y los hechos de la historia. Viven en la vida de Dios y siguen amando a Dios y a nosotros. Tienen un poder especial de intercesión en nuestro favor. ¡Son verdaderos bienhechores! Éste es el extraordinario servicio misionero de la oración de intercesión, que ejercen Cristo, el Espíritu, María y los santos; un servicio al alcance de toda persona, viva o difunta. La oración es medio de santificación personal y de intercesión.

La existencia de personas como ellos es la prueba de que vivir como santos, es decir, como discípulos de Jesús, es posible. Para todos. La santidad de vida no es un coto cerrado, reservado para algunos privilegiados o para místicos aislados del mundo… Es una comunidad de vecinos abierta a inquilinos siempre nuevos. No hace falta un pasaporte especial, en cierto sentido tampoco es necessario el sacramento del Bautismo. Vivir como hijos de Dios es un don que Él otorga a todo el que lo busca con corazón sincero. El misionero, hombre y mujer de las Bienaventuranzas, como lo llama Juan Pablo II (RMi 91), anuncia en todas partes, con la vida y la palabra, el plan del Padre, que ha enviado a su Hijo, Jesús de Nazaret, para dar a todos vida y felicidad en abundancia.

La felicidad se realiza en la calidad de vida entregada a Dios y en el servicio a los hermanos. La verdadera felicidad está vinculada a la santidad en la vida cotidiana, afirma Juan Pablo II: “Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona” (NMI 31).

Los santos son la parte mejor y más sana de la planta, la más vital y lozana, la rama más segura, la más agarrada al tronco. Contemplar su desenlace final lleva a reflexionar sobre el después de la existencia terrena, que depende e influye necesariamente en el ahora de la vida. La mejor preparación para el después es ciertamente el uso honesto y creativo de los talentos recibidos; entre éstos, el don de la fe. Una fe vivida con gozo y compartida con humildad. ¡Ésta es misión!

Palabra del Papa

(*)  “El mundo se nos presenta como un jardín, donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable fantasía una multitud de santos y santas, de toda edad y condición social, de toda lengua, pueblo y cultura. Cada uno es diferente del otro, con la singularidad de la propia personalidad humana y del propio carisma espiritual. Pero todos llevan grabado el sello de Jesús (cf Ap 7, 3), es decir, la huella de su amor, testimoniado a través de la cruz. Todos viven felices, en una fiesta sin fin, pero, como Jesús, conquistaron esta meta pasando por fatigas y pruebas (cf. Ap 7, 14)”.

Benedicto XVI
Angelus del 1° de noviembre de 2008

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 1/11: “Solemnidad de Todos los Santos que viven con Cristo en la gloria”, desde donde siguen ofreciendo el servicio misionero de la intercesión en favor de toda la humanidad.

- 2/11: Día de oración por todos los difuntos.- Día de los antepasados.

- 3/11: S. Hermengaudio, obispo de Seu d’Urgell (Cataluña, +1035), uno de los grandes evangelizadores españoles en las tierras rescatadas de las invasiones de los árabes musulmanes.

- 3/11: S. Martín de Porres (1579-1639), mulato que vivió en Lima (Perú), acogido como hermano lego en el Convento de S. Domingo, donde era portero, enfermero, hombre de oración, austeridad y caridad.

- 4/11: S. Carlos Borromeo (1538-1584), arzobispo de Milán, hombre de doctrina y caridad; organizó sínodos y seminarios para la formación del clero y promovió la vida cristiana en asiduas visitas pastorales.

- 5/11: B. Guido María Conforti (1865-1931), obispo de Parma, animador del espíritu misionero en la comunidad eclesial, fundador de los Misioneros Javerianos.

- 7/11: S. Prosdócimo (s. III), fundador de la comunidad cristiana alrededor de Padua y obispo. 

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A cargo de: P. Romeo Ballán – Misioneros Combonianos (Verona)
Sitio Web:   www.euntes.net    “Palabra para la Misión”

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