P. Romeo Ballan

Reflexiones

La fiesta de hoy es una provocación abierta sobre la realidad de Dios y nuestra percepción de Él. Hay una pregunta insistente en el corazón de los creyentes de todas las religiones: ¿Cómo es Dios por dentro? ¿Cómo vive, qué hace Dios? ¿Hasta qué punto tiene interés por el hombre? ¿Por qué los hombres se interesan por Dios?... Y así tantas otras preguntas. A menudo las respuestas son convergentes, otras veces son opuestas, dependiendo de las capacidades de la mente humana y la experiencia de cada uno. El misterio de Dios es una realidad objetiva que habla por sí sola, y que el corazón humano no puede eludir, no obstante algunas pretensiones de ateísmo. El misterio divino adquiere para nosotros una luz nueva y valores sorprendentes, desde que Jesús  –Dios en carne humana-  vino a revelarnos la identidad verdadera y total de nuestro Dios, que es comunión plena de Tres Personas.
Los manuales de catecismo sintetizan con facilidad el misterio divino diciendo que “hay un solo Dios en tres Personas”. Con esto ya se ha dicho todo, pero todo queda aún abierto para ser comprendido, acogido con amor y adorado en la contemplación. El tema tiene una importancia central para la actividad misionera. Con facilidad se afirma igualmente que todos los pueblos  –incluidos los no cristianos-  saben que Dios existe; por tanto, también los paganos creen en Dios. Esta verdad compartida  –aun con diferencias y reservas-  es la base que hace posible el diálogo entre las religiones, y en particular el diálogo entre cristianos y otros creyentes. Sobre la base de un Dios único común a todos, es posible tejer un entendimiento entre los pueblos para concertar acciones en favor de la paz, defender los derechos humanos y realizar proyectos de desarrollo. Pero ésta no es más que una parte de la tarea evangelizadora de la Iglesia, la cual ofrece al mundo un mensaje más novedoso y objetivos de mayor alcance.
Para un cristiano no es suficiente fundamentarse en el Dios único, y mucho menos lo es para un misionero, consciente de la extraordinaria revelación recibida por medio de Jesucristo, una revelación que abarca todo el misterio de Dios, en su unidad y trinidad. El Dios cristiano es uno pero no solitario. El Evangelio que el misionero lleva al mundo, además de reforzar y perfeccionar la comprensión del monoteísmo, nos abre al inmenso, sorprendente misterio de Dios, que es comunión de Personas. La fiesta de la Trinidad es fiesta de la comunión: la comunión de Dios dentro de sí mismo, la comunión entre Dios y nosotros; la comunión que estamos llamados a vivir, anunciar, construir entre nosotros.
Las tres lecturas de esta fiesta nos hablan sucesivamente de las tres Personas de la Trinidad Santa: el Padre, el Hijo y el Espíritu. El Padre se presenta en el rol de creador del universo (I lectura): en la narración Dios no aparece solitario, sino compartiendo con Alguien más  -una misteriosa Sabiduría-  su proyecto de creación. Todo ha sido creado con amor; todo es hermoso, bueno; Dios se revela enamorado, celoso de su creación (v. 30-31). ¡Dichoso el que sabe reconocer la belleza de la obra de Dios! (salmo responsorial) Se encuentran aquí los fundamentos teológicos y antropológicos de la ecología y de la bioética. El Hijo (II lectura) ha venido a restablecer la paz con Dios (v. 1); y el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones el amor de Dios (v. 5). El Dios cristiano es cercano al hombre, habita en él, actúa en su favor. (*)
Para el cristiano la Trinidad es presencia amiga, compañía silenciosa pero reconfortante, como decía santa Teresa de Lisieux, misionera en su monasterio: “He encontrado mi cielo en la Santa Trinidad que mora en mi corazón”. El misterio de Dios es tan rico e inagotable que nos sobrepasa siempre. Los mismos apóstoles (Evangelio) eran incapaces de “cargar” con todo el misterio divino. Por eso, Jesús ha confiado al “Espíritu de la verdad” la tarea de guiarlos “hasta la verdad plena” y comunicarles “lo que está por venir” (v. 12-13). La parte más ‘pesada’ del misterio de Dios es ciertamente la cruz: el dolor en el mundo, la muerte, el sufrimiento de los inocentes, la muerte misma del Hijo de Dios en la cruz... Sin embargo, gracias a la luz-amor-fuerza interior del Espíritu prometido por Jesús, este misterio adquiere sentido para los santos. Hasta el punto que Pablo (II lectura) se gloriaba “en las tribulaciones” (v. 3); Francisco de Asís encontraba la “perfecta alegría” en las situaciones negativas y alababa a Dios por “la hermana muerte”; Daniel Comboni llegó a escribir al final de su vida: “Soy feliz en la cruz, que, llevada de buena gana por amor de Dios, genera el triunfo y la vida eterna”. ¡Tan sólo Dios-Amor puede iluminar incluso la absurda locura de la cruz!
Dios-Amor sostiene a los mártires y a los misioneros del Evangelio. Porque la Iglesia misionera tiene su origen en el manantial de amor del Padre, por medio del Hijo, con la fuerza del Espíritu, como afirma el Concilio Vaticano II: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre. Este designio dimana del «amor fontal» o de la caridad de Dios Padre" (AG 2). De ahí el binomio inseparable de amor-misión.

Palabra del Papa

(*)  “La prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es esta: sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su genoma la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor".

Benedicto XVI
Angelus en la fiesta de la Santísima Trinidad, 7.6.2009

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 30/5: S. José Marello (1844-1895), obispo de Acqui Terme (Piamonte), fundador de los Oblatos de S. José, para la formación moral y cristiana de la juventud.

- 31/5: Fiesta de la Visitación de María a Isabel: un encuentro de fe y de alabanza al Señor.

- 1/6: S. Justino, filósofo cristiano, nacido en Palestina y martirizado en Roma (+165).

- 1/6: B. Juan B. Scalabrini (1839-1905), obispo de Plasencia (Italia), fundador de los Misioneros de S. Carlos, para la asistencia pastoral de los migrantes.

- 1/6: S. Aníbal María Di Francia (1851-1927), sacerdote siciliano de Mesina, apóstol de la oración por las vocaciones, fundador de los Rogacionistas.

- 2/6: Con la bula pontificia Sublimis Deus, Pablo III condenó la esclavitud (año 1537).

- 3/6: SS. Carlos Lwanga y 21 compañeros mártires de Uganda, asesinados entre 1885-1886 en Namugongo y alrededores de Kampala. Junto con ellos, murieron otros 23 jóvenes de confesión anglicana.

- 4/6: Recuerdo de Afonso Mwembe Nzinga, rey de Kongo, primer soberano negroafricano que recibió el Bautismo (1491). En 1518, su hijo Enrique fue el primer obispo negro del África subsahariana.

- 5/6: S. Bonifacio, obispo y mártir (675-754), monje británico, gran evangelizador de Alemania, obispo de Maguncia, enterrado en Fulda.