P. Ottavio Raimondo

Reubicarán a toda la gente de todos los pueblos y de todos los idiomas. (I lectura: Is 66,18-21)
El Señor corrige a aquellos que Él ama (II lectura: Heb 12,5-7.11-13)
Se sentarán en la mesa del Reino de Dios (III lectura: Lc 13,22-30)

Iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras estaba en camino hacia Jerusalén.

Jesús está siempre de viaje, un viaje que tiene como meta Jerusalén. Quien deja de pedalear se detiene y cae: no estás en una bicicleta estacionaria

Ni la pertenencia cuenta: cuentan los frutos. La afiliación es un medio y como tal tiene su importancia pero no es el fin

No nos hace discípulos la pertenencia a la Iglesia, sino vivir como Iglesia, o sea como familia, como discípulos. No basta haber comido y bebido con Jesús: es necesario caminar con Él, acogiendo su estilo de vida. No basta poder decir que lo conoces y que eres cristiano. Debes estar dispuesto, como Jesús a sentarte a la mesa con todos.
Jesús, que está de viaje, se da cuenta de la situación de marginación, de agonía de tantas mujeres y hombres; renueva su opción de servir a los pobres y nos dice a nosotros sus discípulos que no existe otro camino para quien quiere continuar el viaje.

¿Señor, son pocos los que se salvan?

Lo importante no es saber quien se salva, sino que todos se esfuercen por salvarse.

Por eso Jesús retorna a la pregunta; ¿Qué debo hacer para no ser excluido de la salvación?

Para no ser excluido de la salvación, de la salvación que no se compra, que siempre es un don gratuito del Dios de la vida, no conquista nuestra, es necesario predisponer cada espacio de nuestro ser y acogerla.

La salvación acogida dará frutos de fe y de buenas obras.

Y la puerta estrecha a través de la cual debemos pasar son ciertamente los últimos, aquellos que no cuentan: es vivir una vida vivida sirviendo y entregándola.

No basta haber comido y bebido con Jesús. Es necesario compartir la vida. Y hoy, en un mundo en el cual estamos tentados de pensar que es normal que existan innumerable cantidad de excluidos, este camino es más difícil de cuanto creemos.

Vendrán de oriente y de occidente, de septentrión y de mediodía a sentarse a la mesa en el Reino de Dios.

El reino es bello. La salvación es para todos.

Atravesando las calles de nuestras ciudades, viendo rostros de diferentes colores el cristiano se alegra pensando que cada uno está llamado a sentarse en la mesa del Reino de Dios.

Hace unos días en Civitanova Marche (ciudad de Italia) en una fiesta sobre los nuevos estilos de vida, vi a cinco jóvenes pakistanís sentados sobre una banquita. Me acerqué, me presenté, los invite a compartir un vaso de agua. Mi hicieron espacio invitándome a sentarme en medio de ellos. Me vino espontáneamente decirles: “un día nos sentaremos juntos en la casa de Dios que es la casa de todos”.

En un reciente viaje a China visité los monumentos de la locura humana como el Ejército de Barro, o la Gran Muralla o la Ciudad Prohibida, con sus 9999 habitaciones, pero también hice una gran experiencia

Miré a mi alrededor contemplando las caras que en ciertos momentos eran una inundación. Pensé que también ellos estaban en camino hacia el Reino y los veía bellos. De esta mirada de amor nacía una cercanía, quisiera decir una fraternidad y hermandad. Les puedo asegurar que nos saludábamos, nos reíamos, y nos gozábamos. Era normal hacer fotos de grupos que ellos en China y yo aquí en Italia, continuaremos mirando con sentimientos que sobrepasan el tiempo y anticipan el día, en el cual todos estaremos sentados a la mesa del Reino de Dios.

A quien me ha preguntado cuál es mi mejor recuerdo de China, les he dado siempre la misma respuesta: los rostros de las personas. Personas llamadas a sentarse a la mesa en el Reino de Dios.

p. Ottavio Raimondo, missionario comboniano 348-2991393 oraimondo@emi.it