P. Ottavio Raimondo

Sé humilde, y hallarás gracia ante el Señor
(I lectura: Sir 3,19-21.30-31)
Se han acercado a la ciudad del Dios vivo
 (II lectura: Heb 12,18-19.22-24a)
Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los cojos, a los ciegos.
(III lectura: Lc 14,1.7-14)

 

Cuando te inviten a una boda, no te pongas en el primer puesto.

La elección del primer puesto se refiere al corazón, no a las sillas: es un asunto de estilo de vida. Jesús es el que eligió el último lugar "se ha hecho el último" Se despojó de sus privilegios "honor y gloria" y ha compartido con los últimos marginación y precariedad.

La invitación a las bodas, la hemos recibido todos: son las bodas del Hijo, Jesús, con la humanidad y en la humanidad, con la Iglesia, la comunidad de los discípulos.

Tú presencia, y si faltas sería tu fracaso, es bella y es una bendición, un don sin el cual el otro no puede crecer.

No buscó los primeros puestos porque estoy movido por sentimientos o complejos de inferioridad, sino que me siento en la misma mesa del Reino, como ciudadano igual en dignidad y comparto el último puesto con la multitud de los marginados.

Los primeros puestos y todo tipo de privilegio dividen, son contrarios al sueño de Dios que quiere cercanía entresus  hijos a cualquier raza pertenezcan, pueblo o religión

Cuando ofrezcas un banquete invita a los pobres, lisiados, cojos, ciegos.

No basta que tú seas un invitado, debes ser también anfitrión; alguien que invita.

Quien se presenta con grandes ideas de paz y de justicia, no es creíble si no logra colmar las necesidades más elementales.

Y SS. Benedicto XVI escribe: “No hay nada tan trágico y que niegue tanto la fe en un Dios bueno y la fe en un Redentor de los últimos que el hecho del hambre que aflige a la humanidad”.

El discípulo debe llegar a poner todas sus cosas en común, compartiendo entre las distintas realidades sociales y nacionales.

Lucas no se contenta con enumerar las categorías despreciadas y rechazadas en la sociedad grecorromana, a las cuales no les era permitido participar en un banquete: “Quien es afectado en su carne, paralizado en sus pies o en sus manos, cojo o ciego, o sordo o mudo”. Lucas inicia la lista con la palabra “pobres”. Esta palabra, en sus tiempos era usada para designar a los miembros del pueblo de Israel que no contaban, que no tenían peso.

El compartir y el hacer espacio al otro abarca a todos sin ninguna exclusión y sin ningún privilegio de pertenencia, dentro y más allá de la propia comunidad. Los privilegiados son los últimos dentro y fuera de la comunidad cristiana.

Y serás dichoso, porque no tienen medios para recompensar. Ustedes recibirán su recompensa en la resurrección de los justos

Al lado de la Bienaventuranza: bienaventurados ustedes los pobres; está la bienaventuranza para quien transforma los propios bienes en ocasión de hospitalidad hacia los marginados: “serás bienaventurado porque no tienen con que compensarte”.

Los justos que se verán recompensados en la resurrección son aquellos que han compartido la comida de la vida con los desfavorecidos.

Y si es verdad que la elección del primer puesto corresponde al corazón, no a las sillas es otro tanto verdadero que compartir es cuestión del estilo de vida y no simplemente del dar algo.

La sobriedad debe convertirse en el momento crucial de nuestro tiempo, gracias también a nosotros los cristianos.

“Si hay una gran esperanza, se puede perseverar en la sobriedad”, decía Benedetto XVI en la Epifanía de 2008.

Para nosotros esta gran esperanza está fundada sobre una bienaventuranza: serán felices porque no tienen medios para pagarles.

Hace poco encontré a un sacerdote que entendía el italiano. Me aproveché para preguntarle qué significaba para él ser cristiano. Su respuesta merece ser aprendida de memoria: “Soy un chino como todos los otros que ha recibido un poco de esperanza de más”.

p. Ottavio Raimondo, missionario comboniano 348-2991393 oraimondo@emi.it