p. Ottavio Raimondo

Se acercaban a Él todos los publicanos y los pecadores para escucharlo.

Frente a aquellos que eran considerados poco buenos y que se acercaban para escuchar, estaban los “escribas y fariseos” y también estaba Jesús. Los primeros murmuraban manifestando su propia desaprobación. Jesús, por su parte, se dejaba encontrar, acoge y habla sin decir nada de lo que el pecador debe hacer para convertirse: habla solo de lo que Dios hace para reencontrar a cada hijo suyo.
Y así descubrimos el Dios que ama con un amor loco: el Dios que deja a las 99 ovejas por salvar una; pone “patas para arriba” la casa por encontrar una moneda de poco valor, acoge al hijo que se había equivocado…
Y ¿si hoy también nos dejáramos encontrar? Podría ser que entendiéramos mejor lo que escribía un joven después de un campo de servicio en los comedores de Caritas en Roma, organizado por la GIM (Jóvenes Compromiso Misionero) de los Misioneros Combonianos: “Gracias por haberme dado la oportunidad de vivir una experiencia de verdad única…, sirviendo en el comedor, encontré muchas personas que ni siquiera pensaba que existieran. Nunca había podido imaginar que también ellos tienen una riqueza de sentimientos, una dignidad como personas y merecen la atención, merecen mi amor”.
Como este joven, Lorenzo, ¿estamos dispuestos a dejarnos acercar y a encontrar a una persona que salga del túnel de la droga, del alcohol, de la prisión, de quien ha perdido el trabajo, de una persona de color?
¿A quién nos parecemos más, a “los escribas y fariseos” o a Jesús?

“Alégrense conmigo”

La alegría invade el presente capítulo. Hemos sido creados para la alegría, la felicidad. Nuestro Dios es el Dios de la alegría que se alegra porque él hizo todo bien y todo lo  lleva a la plenitud. Un cristiano triste es una contradicción. Es como alguien que fue invitado al banquete y luego es excluido.
Cuando la alegría es verdadera no se puede dejar de compartirla con los demás. Dios comparte la alegría de ser una familia (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y nos invita a su mesa. Compartimos la alegría de ser hermanos y hermanas de cada pueblo y cada nación y a todos les decimos que se regocijen con nosotros.
Pero no podremos compartir todas las alegrías si para nosotros, Dios es aquel a quien debemos obedecer sin transgredir ningún mandamiento. El Dios que conocemos sólo a través de Jesús es aquel que nos busca, que nos alcanza, que no puede vivir sin nosotros, que quiere hace una fiesta con nosotros. Él es aquel que nos atiende y respeta los tiempos de maduración o, como un hombre decía: “Nos busca sin jamás encadillarnos”.

“Es necesario hacer una fiesta y alegrarse, porque este hijo mío estaba muerto y ha regresado a la vida”

Es bello y verdadero como Enzo Bianchi escribe: "Cada uno de nosotros es una persona que espera llorar entre los brazos de Dios Padre, sea cual sea el camino de muerte donde se había perdido."
El final del capitulo queda abierto: ¿entraron todos a hacer la fiesta junto a los pecadores y a Dios que se deleita de su compañía?, ¿entraron los “escribas y fariseos”?, ¿entró el hermano mayor?
Sé que Jesús no tiene necesidad de mi, ni de otros para abrir camino en el corazón y en la historia de las personas, pero también sé que no es posible hacer fiesta y alegrarse si hoy “todos” no se sienten libres de acercars a nosotros: los enfermos, los sin esperanza, las multitudes que sufren hambre, aquellos que viven sin amor, las parejas sin amistad, las mujeres maltratadas de quienes conviven con ella, los condenados a vivir en las cárceles, aquellos que cargan sobre sí, sentimientos de culpa, las prostitutas esclavas de intereses sórdidos, los niños no amados por sus padres, los olvidados, los marginados de la Iglesia, aquellos que mueren solos y son sepultados sin una cruz y sin horizontes, aquellos que son amados solo por Dios.