P. Ottavio Raimondo

“Da cuentas de tu administración, porque no podrás seguir como administrador”.

“Los fariseos, que estaban apegados al dinero, escuchaban todas estas cosas y hacían burla de Él”. Este versículo, el 14, no está incluido en el trozo que leímos hoy, puesto que termina en el versículo 13.
Jesús habla a los discípulos, pero también escuchan los fariseos.
El mensaje de Jesús es escuchado por los discípulos y se convierte en motivo de burla para los fariseos incapaces de vivir una vida misericordiosa, como hemos visto la semana pasada en el capítulo 15, como le veremos hoy en este capítulo 16 de San Lucas, incapaces de entender el uso de los bienes.
¿No es lo que sucede también hoy?
Y entonces, hoy a la comunidad cristiana se le pide rendir cuentas del uso de los bienes, en un mundo en el cual, ya casi la mitad de la población está obligada a vivir en la periferia de las grandes ciudades, en un mundo en el cual, la migración se ha convertido en una triste e inmensa realidad; en un mundo en el cual, los sin tierra son casi dos mil millones y otros tres mil millones viven con menos de un euro y medio al día ($25.00 pesos).

Los hijos de este mundo, de hecho, son más astutos que los hijos de la luz.

El administrador realiza estos servicios a través de la falsificación de documentos de los deudores del patrón, para convertirlos en deudores de sí mismo. Patrón y administrador son hijos de este mundo y su razonamiento está marcado por la astucia, la falsedad y por la injusticia.
Jesús con ternura dice a los discípulos que procuren hacer amigos, con la misma decisión de los hijos de este mundo, pero haciendo un uso diferente de la riqueza: compartiéndola con los pobres.
La amistad no se compra, sino que se construye con generosidad, con un corazón preparado y dispuesto.
La riqueza, todo tipo de riqueza o es para el bien de todos o no es para el bien de nadie.
En un mundo en el cual, la gratuidad y el compartir no encuentran lugar. En un mundo en el cual, los ricos son siempre más ricos y los pobres siempre más pobres y siempre mas, es urgente que los cristianos aprendamos un nuevo modo de usar los bienes, comenzando por el dinero. Es necesario creer, partiendo de la palabra de Jesús, que es bello compartir y crecer juntos. No estamos llamados a dividir, sino a compartir. Solo así la vida será vida para todos.

No pueden servir a Dios y a la riqueza.

La riqueza se define como “deshonesta” no solo porque demasiadas veces es el fruto de opresiones y de engaños, sino porque es deshonesta en sí: por sí misma, en cuanto que es mentirosa: promete felicidad y no la da, promete libertad y no la da, promete descanso y procura afanes, promete una vida mejor para todos y en vez de esto, crea desigualdad que puede llegar a ser insuperable.
La riqueza, que en este trozo es la traducción de la palabra “mammona”, es decir, en lo que se sustenta la propia confianza, tiende a coartar la libertad. Mamon era, y lo es todavía, un ídolo poderoso capaz de fascinar y dominar.
Se engaña a sí mismo quien dice: “yo poseo muchos bienes”. De hecho son los bienes quienes al poseerlos te despojan de todo, comenzando por el tiempo.
He aquí, ahora la urgencia de hacer nuestros los nuevos estilos de vida que nos piden sobriedad, sencillez, sustentabilidad y ética.
Servir a Dios, es servir a la humanidad entera; nadie puede ser feliz sobre este planeta que produce bienes para doce mil millones de personas y está obligado a asistir impotente cada día a la muerte por hambre de poblaciones enteras, aunque seamos poco más de seis mil millones de personas.