p. Ottavio Raimondo

Había un hombre rico…

No es un cuento, sino una parábola. Inicia como los cuentos: “Había una vez…”. ¡Como quisiera que esta página fuera un cuento! Pero en vez de cuento es una parábola, es decir, una página “verdadera” para todos los tiempos, también para el nuestro.
El rico vestía lujosamente con ropa muy costosa: ¡Era su look! Continuamente hacía fiestas y grandes banquetes, símbolo de la civilización de consumo, del desperdicio. Pero este rico para Jesús no tiene nombre, ni rostro. Sin embargo es el personaje clave, el protagonista de la parábola es Él.
“Había también un pobre”… tiene un nombre: Lázaro. Jesús se lo da: el nombre de los pobres está escrito en el corazón de Dios; en el libro de la vida. A los pobres Dios los conoce por su nombre, uno por uno y los ama con amor preferencial. Cristo ama a todos, ha muerto por todos. Ha preferido a los pobres. Hacia ellos ejerció con preferencia su ministerio.
Lo describe cercano a la puerta con tres trazos: 1.- Devorado por el hambre: mendiga las migajas. 2. Cubierto de llagas: destrozado físicamente por la desnutrición. 3.- Los perros lamen sus llagas: devastado por la miseria
“Un día el pobre Lázaro muere”. Le ha tocado primero a él, al pobre.
“Después muere también el rico”. Extraño: ¡Ha muerto también él¡ Tenía todo: dinero, amigos, médicos, medicina. Para él, sí que la muerte es una terrible desgracias. No solo por lo que deja acá, sino por lo que le espera en el más allá.
¿Notaste que el rico no ha hecho ningún mal al pobre?; diríamos nosotros que no ha cometido ninguna injusticia. Ha pecado de omisión: pecados muy similares a la nada… ¿Quién le advierte?, ¿quién lo denuncia?, ¿quién lo confiesa? Si se hubiera confesado habría encontrado un sacerdote complaciente que lo habría absuelto con algún Padrenuestro, Ave María y Gloria. ¡Cristo no!

Manda a Lázaro que moje en el agua la punta de su dedo.

Es obvio que este hombre rico está obsoleto en su mentalidad: continúa viendo al pobre como al que debe dar órdenes, ¡aquel, debe estar a su servicio!
¿Quiénes son los pobres y por qué lo son?, nos lo dice la investigación histórica y sociológica. ¿Cómo actuar frente a ellos evangélicamente?, nos lo dice el Evangelio.
¿Puede restaurarse la sociedad contemporánea?, solo una Iglesia que se restaura a sí misma mediante el Evangelio de la Caridad, el Evangelio del amor.
Jesús, el Señor, no quiere que el “gran abismo” que separa al rico y a Lázaro sea hoy el abismo entre la Iglesia y los pobres. Sería una derrota para todos. La opción preferencial por los pobres, por lo tanto es el contexto indispensable para el anuncia del Evangelio al mundo: una Iglesia que no se identifica con el pobre no evangeliza a nadie, no es ni sal, ni levadura, ni luz, ni siquiera “cristiana”.

Si no escucharon a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque uno reviviera de entre los muertos

Estamos preocupados por los que no van a la Iglesia, pero ¿Cómo salimos los que si vamos?
Mario Pomilio, en el romancero “El Quinto Evangelio”, narra que un obispo le platicó esta historieta: un rabino encontró a Jesús y le dice: “Pienso que tu eres el Mesías. Tus palabras están llenas de sabiduría. Pero ¿cómo es posible que tus discípulos de todos los tiempos lean solo un libro? “Es verdad lo que dices, respondió Jesús, pero lo que no sabes es que mis discípulos escriben el Evangelio todos los días”.
Escribir cada día un quinto evangelio, que regenera la Iglesia y la sociedad, es el gran desafío en el sistema operativo de nuevo.
Este quinto evangelio lo escribe quien se da cuenta del pobre, lo escribe la Iglesia misionera presente en el sur del mundo, lo escribe aquella iglesia, cuya riqueza no son los mármoles preciosos, sino las masas empobrecidas que están ahora en todos los rincones del planeta.