p. Ottavio Raimondo

En una ciudad vivía un juez… y en aquella ciudad había también una viuda

Jesús busca hacer entender la diferencia entre el comportamiento de Dios y del hombre. Lo hace partiendo de la vida de cada día.
Para el juez que no quería enemistarse con los ciudadanos más influyentes, el problema que oprimía a aquella viuda, no merecía demasiada atención. Para él existían problemas mucho más importante, ¡mucho más urgentes!
La viuda, desde su propio punto de vista, era demasiado pobre para poder corromper al juez. Esta viuda no elige ni abogados, ni procuradores, ni nadie más, sino que va directamente al juez. Tenía la certeza de que inclusoestos tampoco se habrían comprometido en su favor: era pobre y no podía pagar.
El juez y la viuda son una extraña pareja. Y si la viuda es el rostro de todos los indefensos, el juez es el rostro de quien tiene poder. En cada uno de nosotros, como también en nuestras comunidades, está presente esta extraña pareja hecha de seguridades y alianzas que tenemos miedo de quebrantar y que está hecha de debilidad y demasiadas veces arriesga con bloquearnos.

Y Dios ¿no hará, por ventura justicia a sus elegidos?... ¿Les hará esperar mucho?

Hazme justicia. Esta expresión la encontramos 4 veces en este pequeño pasaje del Evangelio:

  • Una vez como petición de la viuda
  • Una vez como decisión del juez
  • Dos veces en la boca de Jesús.
    • La primera como pregunta que Jesús hace a quien lo escucha
    • La segunda como afirmación de que Dios hace justicia siempre a sus elegidos; a los pobres y a los oprimidos.

No les hará esperar. Sus elegidos son los miembros de comunidades sitiadas por el asedio de un mundo hambriento de la competitividad, de dominio y posesión.
Nosotros no podemos imaginar como Dios hará justicia. Su justicia no será nunca venganza porque Dios no se venga. No será nunca exclusión porque Dios no excluye. Pero lo importante no es imaginar la justica de Dios. Lo importante es confiar en que esta justicia existe y existirá, ahora y después.
Nosotros queremos ser la comunidad de los discípulos que se fía de las promesas de Dios que salen de la boca y del corazón de Jesús. En la medida en que confiamos, seremos colmados y nunca defraudados.

Pero cuando el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?

Me complace traducir así: ¿Encontrará a sus discípulos que oran con fe?, ¿encontrará a sus discípulos que dan voz a aquellos, cuya voz se busca sofocar?, voz de aquellos que están en busca de Jesús como escribe Benedicto XVI en el mensaje para la Jornada Misionera Mundial:

  • “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21), es la petición que en el Evangelio de San Juan, algunos griegos, llegados a Jerusalén con motivo de la peregrinación pascual, presentan al apóstol Felipe. Esta petición hace eco también en nuestro corazón durante este mes de octubre, que nos recuerda el compromiso y la tarea del anuncio evangélico asignada a la Iglesia, “misionera por naturaleza” (Ad gentes 2) y nos invita a hacernos promotores de la novedad de vida, establecida en relaciones auténticas, en las comunidades fundadas sobre el Evangelio

Para aquel juez, la constancia de aquella mujer es una molestia y un fastidio. Para Dios tu constancia es alegría.
Nuestro Dios no se resigna a que nosotros sus hijos, vivamos una vida que no sea camino de plenitud. Quiere para nosotros una vida en la cual oremos siempre con aquel deseo con el que son formuladas las primeras tres peticiones del Padrenuestros: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, que se haga tu voluntad.
Y entonces podemos hacernos estas preguntas seguros de encontrar una respuesta que nos consuela y nos proporciona nuevas energías:

  • Si la oración de una persona indefensa cambia el corazón de un juez, ¿Cuánto más obtendrá tu oración persistente?
  • Si un juez cede a la súplica de una viuda, ¿Cuánto más lo hará Dios que es padre bueno?
  • ¿Somos discípulos que permanecen fieles durante el largo periodo que nos separa de la venida del Señor?