P. Ottavio Raimondo

Dos hombres subieron al templo para orar…

Recuerdo que una persona un día me manifestó algunas cosas importantes sobre la oración. Y yo lo hago a través de tres preguntas y otras tantas respuestas. He aquí.
¿Qué es la oración? Es el encuentro de dos corazones: el corazón del Padre con el corazón del hijo(a); el encuentro del corazón del hijo(a) con el corazón del Padre.
Para orar, ¿qué es necesario? Haber tenido la experiencia del amor de Dios, de un amor que es para ti y para todos, de un amor que escucha el grito del empobrecido, de todo empobrecido.
¿A dónde lleva la oración? A dar la vida, a abandonarse en los brazos del Padre para ser presencia de su ternura en el mundo.
Precisamente por estos tres motivos la oración es siempre misionera: da a nuestros corazones la dimensión del corazón del Padre y crea espacio a todos, exactamente a todos.

Oh, Dios, te agradezco porque no soy como los otros.

No basta subir al templo a orar: es necesario orar llevando con nosotros a todos. Una vez escuché a un misionero que decía: lo importante no es que todos suban al templo, sino que quien sale del templo lleve consigo mismo a todos.
Apenas recibí un extraordinario testimonio de una pareja de esposos mexicanos. “Entraron a nuestra casa dos ladrones que nos obligaron a acostarnos sobre el suelo. Estando muy cerca uno del otro logramos tomarnos por la mano y comenzamos a orar, sin preocuparnos ni por las amenazas, ni por lo que nos estaban robando. Orábamos a media voz, de tal manera que el hombre que estaba junto a nosotros escuchaba nuestra oración: “Señor, danos ojos para mirarlos como Tú los ves. Danos un corazón para amarlos como Tú los amas. Danos entrañas de misericordia”. Cuando se fueron nos levantamos, hicimos la denuncia regular y luego fuimos a misa. No podíamos pasar el día sin comulgar y en la intimidad con Él, corazón a corazón, Él nos consoló, entonces encontramos la paz. De nuevo nos tomamos de la mano, oramos por quienes nos habían robado, sintiendo ternura hacia ellos, podría ser que nadie los haya amado nunca, quizá nadie los  haya ayudado y diciendo: nosotros los amamos y los perdonamos con el amor y el perdón de Jesús. En fin, antes de salir de la iglesia nos dijimos: en esta circunstancia redescubrimos cuanto nos amamos, cuanta necesidad tenemos uno del otro. Un día después los investigadores nos pidieron que pusiéramos rejas para reforzar la seguridad. Puede ser que lo hagamos, pero no queremos que nuestros corazones vivan encerrados como en una fortaleza, sin confianza, pensando que los otros son peligrosos, no queremos que todo esto nos lleve a creernos diferentes o mejores que los otros”.

“Oh Dios, ten piedad de mi que soy un pecador”.

Solo quien siente y es consciente de sus propios límites, hace espacio al otro y es capaz de vivir la Jornada Misionera Mundial, que hoy celebramos, como la describe el Papa en su mensaje: “Queridos, en esta Jornada Misionera Mundial en la cual la mirada del corazón se ensancha sobre los inmensos espacios de la misión, sintámonos todos protagonistas del compromiso de la Iglesia de anunciar el Evangelio. El impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad de nuestras Iglesias (Redemptoris missio, 2) y su cooperación es un testimonio único de la unidad, la fraternidad y la solidaridad, que hace creíble el anuncio de “¡Amor que salva!”
Solo quien sabe pedir perdón para sí, sabrá pedirlo y darlo a los otros y solo donde se vive la experiencia de ser perdonado y de perdonar, solamente ahí, nace la nueva humanidad, ¡nace la vida para todos!
Buona Giornata Missionaria Mondiale! Feliz DOMUND!