Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino de los Cielos

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Jesucristo Rey del Universo
Domingo Año A – 20.11.2011
P. José Oscar Flores, mccj

Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino de los Cielos

Jesucristo Rey del Universo
Domingo Año A – 20.11.2011
P. José Oscar Flores, mccj

Con este domingo cerramos con broche de oro el año litúrgico ciclo A. El próximo domingo será el 1r. Domingo de Adviento y ya nos estaremos preparando para recibir a Cristo que viene a salvarnos. Celebramos este domingo la Fiesta de Cristo Rey. Cuando se habla de un rey se piensa en una persona vestida con ropajes elegantes, con una corona den su cabeza, un hombre roseado de asistentes a su trono y de escoltas, a quienes todos hacen reverencias. Jesús no es nada semejante a eso. Él no tiene un palacio real en este mundo, no tienes escoltas. Su reino no es de este mundo. Jesús no nació en un palacio, sino en un pesebre de animales y a media noche, cuando todo estaba en silencio. Él fue recostado en medio del frío. Su entrada en Jerusalén no fue realmente al son de trompetas y montado sobre un caballo, sino más bien sobre un burrito; su corona no fue de oro, sino de espinas. No fue recibido en Jerusalén por gente importante, príncipes o, sino por gente sencilla que gritaba: “¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!” Jesús es un hombre normal, un profeta, que anuncia la venida del Reino de Dios. Por eso es perseguido, porque anuncia una nueva forma de vivir, toda dirigida hacia el Padre. En el evangelio se nos habla del Rey que “se sentará en su trono de gloria” y congregará “ante él todas las naciones”, pero ese Rey, Jesucristo, deja su trono de gloria para ocupar el lugar del hambriento, del sediento, de extranjero, del desnudo, del enfermo, del prisionero, etc. Los Reyes Magos que andaban buscando al recién nacido Rey de los Judíos, no se maravillaron de encontrarlo “recostado en un pesebre”, a las afueras de la ciudad. Ellos no conocían las Escrituras por ser forasteros, y ya que no lo habían encontrado en el palacio del Rey Herodes, lo buscaron en cualquier parte. Pero ellos se daban cuenta de que aquel Niño era no solamente Rey, sino también hombre y Dios verdadero, y por eso le ofrecieron oro, incienso y mirra. Jesús no es Rey como los de la tierra; es un Rey de paz, de justicia y de amor.

1.  “Yo mismo apacentaré a mis ovejas”  (Ez. 34,11-12.15-17).

El Rey David fue un rey pastor. Así mismo Jesús que era descendiente del Rey David tenía que ser un Rey Pastor. En la Sagrada Escritura es muy común atribuir a Dios mismo la característica del Pastor. El Salmo 23, por ejemplo, canta; “El Señor (Dios) es mi Pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace reposar; me conduce a fuentes tranquilas y recrea mis fuerzas. Tú mismo me preparas una mesa a despecho de mis adversarios;  me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes. Tu bondad y misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término”. Este bellísimo salmo es recitado hoy después de la primera lectura para recalcar más que Jesús es un Rey Pastor, como el Rey David. Jesús mismo quiso presentarse a los judíos como el “Buen Pastor” que da su vida por sus ovejas. Nadie podrá arrebatárselas de las manos. El profeta Ezequiel pone en boca del Señor estas palabras: “Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas”… “Yo mismo buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada, curaré a la herida, robusteceré a la débil… Yo las apacentaré con justicia”. Jesús sigue apacentando hoy, en nuestros días, a toda su Iglesia; sigue buscando a las descarriadas y curando a las heridas.  

2.  Cristo entregará el Reino a su Padre. (1Co.15, 20-26.28).

San Pablo en la primera Carta a los Corintios nos explica la resurrección de los muertos. El nos dice que  “así como por un hombre (Adán) vino la muerte, así también por hombre (Jesucristo) vendrá la resurrección de los muertos  y así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos volverán a la vida”.  Jesucristo, después de haber destruido todos los poderes del mal, Él mismo entregará el Reino a su Padre. La redención de la humanidad no estará terminada hasta que todas las fuentes del mal o del pecado no serán destruidas. El últimos de los adversarios de Cristo es la muerte y hasta que no muera el último ser humano, Cristo, entonces, entregará al Padre su Reino de justicia y de paz. Quiere decir que el Reino de Cristo sigue adelante en nosotros hasta el fin del mundo.

3.  (Cristo) se sentará en su trono de gloria. (Mc. 11, 9-10)

En varias ocasione leemos en los evangelios como la gente quería proclamar a Jesús como Rey, después de algunos milagros estrepitosos. Pero Jesús huía al monte y se escondía. Es claro que Él no quería ser un Rey temporal como los demás reyes de la tierra. Esta no era la misión que el Padre le había encomendado. Si se hubiera proclamado Rey de los judíos, su reino no hubiera durado mucho. Él era el Rey del universo, es decir, de toda la creación. Su Reino no era de este  mundo, como lo afirmó delante a Pilatos. En el día del juicio final, Jesús se manifestará como Juez universal. Él llamará a todas las naciones y se sentará “en su trono de gloria” para juzgar a todos los hombres. Él separará, como Pastor de las ovejas de los cabritos. Pondrá sus ovejas (es decir, a las almas de los justos) a su derecha y a los cabritos (es decir, a los pecadores) a su izquierda. Él dirá a los justos: “Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino que mi Padre ha preparado desde la creación del mundo, porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y vinieron a verme”… Porque todo lo que hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron!”  Y a los cabritos (es decir, a los malos) le dirá todo lo contrario. Es propio de los Reyes juzgar a sus súbditos. Cristo lo hará al final de los tiempos en el juicio final. Entonces el Reino de Cristo durará por toda la eternidad.

ADAPTACION DEL EVANGELIO:

  • La fiesta de Cristo Rey: para todos los mexicanos esta Fiesta de Cristo Rey tiene un

significado muy grande. Juntamente con la fiesta de la Virgen de Guadalupe, la de Cristo Rey es una de las más importantes. Sabemos cómo los Mártires Mexicanos, los que ya están canonizados y los que no han sido canonizados, han muerto gritando “Viva Cristo Rey” – “Viva la Virgen de Guadalupe”.  Son los dos emblemas de la fe cristiana en México. La fiesta de Cristo Rey fue instituida por el Papa XI en el año de 1925, precisamente en los años de la persecución de Calles. El Papa también estableció que en todo le mundo católico se hiciera la consagración a al Sagrado Corazón de Jesús cada año. Desgraciadamente esto no se ha realizado, tal vez por el poco interés que los obispos de México han tenido hacia esta devoción, no obstante que la Iglesia haya promovido la construcción del monumento a Cristo Rey en el cerro del Cubilete (Silao, Gto.). Deberíamos hacerlo por lo menos en nuestras comunidades combonianas, aunque no sea de obligación.

  • El día del juicio universal. La fiesta de Cristo Rey nos recuerda que todos vamos a ser

juzgados  al fin de los tiempos. Cristo Rey del universo aparecerá sentado “en su trono de gloria” y juzgará a todos los hombres desde Adán y Eva hasta el último ser humano  que nazca el día del juicio. Ya somos hoy en nuestros días 7,000 millones de seres humanos, y contando los habitantes desde la creación de la humanidad podríamos llegar a ser 50,000 millones. Dios a todos nos va a juzgar y a dar el premio o castigo que merecemos por nuestras buena o malas obras que hayamos hecho. Los buenos, que hayan cumplido con los mandamientos de Dios, irán a gozar de Dios para siempre; los demás, los que no habrán hecho ningún esfuerzo en cumplir con los mandamientos de Dios, irán irrevocablemente a  fuego eterno. Muchos no creen ya al infierno, pero es verdad de fe que el infierno existe, aunque no sabemos cuántos hombres irán al fuego que no se extingue, que dura para siempre. Basta un solo pecado mortal para  ser condenados al fuego del infierno. Y nosotros ¿Cuántos pecados mortales cometemos diariamente? Nos debemos encomendar diariamente a la infinita misericordia de Dios y dejar de ofender a Dios que es nuestro Padre.
P. José Oscar Flores, mccj