VIGILEN Y ESTÉN PREPARADOS
P. José Flores, MCCJ

1º. Domingo de Adviento – Año B

VIGILEN Y ESTÉN PREPARADOS
P. José Flores, MCCJ

Comenzamos hoy un nuevo camino de preparación para la celebración de la Navidad, fiesta muy popular en todo el mundo cristiano, y aún en el no cristiano la consideran como un inicio de fe en Dios que traerá muchos beneficios a las comunidades. Todo el mundo reboza de alegría por la venida del Salvador del mundo en nuestra carne mortal. Pero Jesús no nace como un niño cualquiera. Él nace de una Madre Virgen, la “llena de gracia”, que aceptó ser la Madre del Redentor por amor nuestro. Es un hecho trascendental en la historia de la humanidad, ya que Dios (la segunda persona de la Santísima Trinidad) se hace hombre para que el hombre pueda participar en la vida misma de Dios. Jesús ya había sido anunciado en las profecías más antiguas del Antiguo Testamento: ya el profeta Miqueas había anunciado su nacimiento en la ciudad de Belén y el profeta Isaías anunció que Jesús nacería de una Virgen, es decir, sin ninguna intervención de hombre alguno. Nunca se había dado en la historia humana que un niño naciera en circunstancia fuera de lo común, de una doncella que recibió en su seno al Hijo de Dios. Es un acontecimiento único e irrepetible. El tiempo de Adviento es un tiempo de esperanza en la venida de Jesús. Aunque Él ya vino hace 2,000 años, este tiempo litúrgico nos proyecta hacia la segunda venida de Jesús al final de los tiempos cuando vendrá Cristo a juzgar a los vivos y a los muertos. Ya desde la última semana del tiempo ordinario, mucha gente ha comenzado a comprar lo que va a necesitar en el tiempo de Navidad. Vivimos en la sociedad del consumismo y no podemos estar sin pensar en los regalos y en la cena de navidad. Pero, hablando cristianamente, debemos prepararnos espiritualmente para recibir a nuestro Dios y Señor en el día de Navidad. Él no necesita de de nada, ni de arbolitos de navidad ni de adornos. Lo que Él nos pide es que purifiquemos nuestra alma para que Él pueda nacer en nuestros corazones.

1ª.Lectura: «Estabas airado porque nosotros pecamos» (Is. 63, 16-17.19; 64,2-7).

Isaías nos presenta un cuadro de lo que el pueblo de Israel sufría antes de la venida de Cristo. El profeta se abandona a expresiones de compunción por los pecados cometidos por el pueblo de Israel, hasta el punto de que “ya nadie teme a Dios”. El corazón del pueblo de Israel se había endurecido de tal manera que ya no se sentían como el pueblo escogido de Dios. Por eso el profeta Isaías exclama: «Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia». Es un deseo de que Dios venga a salvar a su pueblo y a toda la humanidad. En un tiempo en que nadie invocaba el nombre de Dios y eran todos rebeldes, impuros como “un trapo asqueroso”, el profeta invoca la misericordia de Dios: «Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos». Vivimos también nosotros en ese mismo amiente, porque hoy en día son muy pocos los que invocan a Dios en sus necesidades materiales y espirituales y se dedican más bien a cometer injusticias unos contra otros. No hay temor de Dios, y aún en la Iglesia ha habido sacerdotes y obispos que se han manchado con pecados abominables contra la pureza e inocencia de los niños. El Papa ha sufrido muchísimo por estos actos de rebeldía a los mandamientos de Dios. Pero, gracias a Dios, la mayoría del clero ha sabido conservar su consagración a Dios en el ministerio sacerdotal. Nos esforzamos todos de vivir el evangelio y por eso, tenemos la esperanza de que Dios haya perdonado a su Iglesia y venga de nuevo a nuestros corazones en el día de la navidad. Dios es nuestro Padre y nos perdona todos los pecados que cometemos, por más grandes que sean. Dios no abandona a su Iglesia y le concede la pureza del corazón.

2ª. Lectura: «Él lo hará permanecer irreprensible hasta el fin» (1Cor. 1, 3-9).

San Pablo, en la 2ª. Carta a los Corintios, agradece a Dios los dones que ha concedido a la comunidad cristiana que esperaba la manifestación del Señor Jesucristo. Ruega a Dios para ellos se conserven siempre se conserven “irreprochables hasta el fin hasta el día del advenimiento” de Jesús al final de los tiempos. Dios es quien los ha llamado a unirse con Jesús y Dios es fiel, es decir, no se arrepiente de  haberles concedido esos dones.  A nosotros también Dios nos ha dado esos mismos dones de la perseverancia en el servicio de Dios y de nuestros hermanos.

Evangelio: «VELEN Y ESTÉN PREPARADOS» (Mc. 13, 33-37).

En estos tiempos de grandes adelantos en la tecnología digital y científica notamos con grande sorpresa que a muchos cristianos no les interesa para nada la venida del Señor hace más de 2000 años ni la última venida que será al fin de los tiempos cuando la creación del mundo llegará a su fin. Pueden pasar todavía millones de años, ya que según lo que Jesús nos ha enseñado, el evangelio tiene que ser predicado en todo el mundo, y todavía quedan más de 5,000 millones de seres humanos que nunca han oído hablar de la venida de Jesús y de su evangelio. Lo más desconsolador es que muchos cristianos, en los países ya evangelizados, especialmente en Europa, se están descristianizando. Muchos quieren suprimir todos los símbolos cristianos y cambiar las ideas cristianas de toda la sociedad, con la escusa de que vivimos en una sociedad multicultural y multiétnica que ya no es cristiana. Quieren, en otras palabras, hacer desaparecer nuestras raíces judaico-cristianas. Esto no lo podrán hacer, pero muchos están abandonando la práctica de la vida cristiana. Jesús había ya previsto esto cuando dijo: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que todavía encontrará fe en el mundo?”. Él nos dice hoy en el Evangelio: «Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento». Hay que tomar en cuenta que, para comprender el significado de la vigilancia, hay que reconocer lo limitado de nuestra inteligencia humana por lo que se refiere al misterio de Dios. Esto no quiere decir que no podamos conocer nada. Jesús mismo nos lo explica; Él mismo se hace cercano a nosotros y se nos manifiesta en miles de modos. Nosotros no podemos tener la misma visión de la historia y del universo como la tiene su Creador, pero en nuestro corazón nace el deseo espontáneo de encontrarnos con Jesús al final de los tiempos. Eso nos ayuda a vivir mejor nuestro compromiso cristiano y no vemos llegada la hora de saborear, aunque sea parcialmente, el don de nuestra salvación y de gozarlo para siempre en la eternidad. Esta natural aspiración del corazón humano se realiza en la Fe que tenemos en Cristo, nuestro Salvador.

Adaptación del Evangelio:   

La vigilancia conlleva a la responsabilidad: Todos tenemos una misión que cumplir en el mundo. Para eso hemos sido creados e invitados a desarrollar nuestros talentos. Todos estamos llamados a participar en la misión de la Iglesia, como comunidad evangelizadora, la cual sigue proclamando el Evangelio, en la espera de la segunda venida de Cristo. Es por eso, que la vigilancia que nos pide Jesús en la Iglesia, no debe ser pasiva, sino activa porque tiene un componente misionero que hay que cumplir en todas las maneras posibles.

La vigilancia es para todos: A veces pensamos que la vigilancia que nos pide Jesús haya perdido su significado que tenía para los primeros discípulos de Jesús. Pensamos a veces que no tiene caso pensar en lo que sucederá al fin del mundo. Los primeros cristianos pensaban con frecuencia en la segunda venida de Jesús y la creían ya inminente, y por eso vigilaban y predicaban también ellos el evangelio, juntamente con los apóstoles. San Pablo los exhortaba siempre a vivir como “hijos de la luz” y no de las tinieblas o de la noche, cosa que para San Pablo consistía en comportarse como “hijos de Dios” y abstenerse de todo pecado. Por eso, era necesario “vigilar” y “estar despiertos” para recibir a Cristo que viene por segunda vez. La tarea de “vigilar” no era sólo para los cristianos de los primeros tiempos, sino para todos nosotros. Sería una falta de fe no tener en cuenta nuestro último encuentro con el Señor al final de los siglos.
P. José Flores, MCCJ