Viernes, 25 de mayo 2018
La movilidad de los seres humanos, acentuada en los últimos años a causa de la economía de mercado, de los conflictos, de los cambios climáticos y de las indignas condiciones de vida de mucha gente, ha hecho que millones de personas se muevan del Sur del planeta al Norte; pero también dentro del Sur, que se vayan de un país a otro donde las condiciones de vida son más aceptables.

PARA UNA COOPERACIÓN PROVECHOSA Y DIGNA
ENTRE LAS IGLESIAS JOVENES Y LAS DE ANTIGUA CRISTIANDAD

P. Fernando Zolli e P. Léonard Ndjadi Ndjate, missionari comboniani.

La movilidad de los seres humanos, acentuada en los últimos años a causa de la economía de mercado, de los conflictos, de los cambios climáticos y de las indignas condiciones de vida de mucha gente, ha hecho que millones de personas se muevan del Sur del planeta al Norte; pero también dentro del Sur, que se vayan de un país a otro donde las condiciones de vida son más aceptables.

Este fenómeno migratorio, aunque sea en menor relevancia, también está afectando a las iglesias y al personal eclesiástico, sobre todo el movimiento desde las iglesias de África, de Asia, de América del Sur y de los países del este europeo. Lo cierto es que el fenómeno crece en consistencia debido a algunos factores como: En primer lugar, afecta la realidad del mundo occidental donde las iglesias de antigua cristiandad sufren el envejecimiento del clero y sobre todo la disminución de vocaciones al sacerdocio; también por la influencia y atracción de las universidades Pontificias, especialmente en Roma; y por la presencia de muchas casas de formación de los institutos religiosos internacionales.

La movilidad eclesiástica interpela en modo general a todas las iglesias del mundo occidental- Esta reflexión intenta poner sobre la palestra la experiencia italiana y de las iglesias africanas, de modo que sirva de estímulo en una investigación que afecta a otras iglesias europeas que pasan por la misma problemática.

El trabajo se limita a profundizar el aspecto de la presencia de sacerdotes extranjeros, si considerar lo que pasa con las religiosas, que de por sí tienen una incidencia numérica más consistente en el territorio italiano; y también de los laicos, que son la gran mayoría de los inmigrantes a los países occidentales. De ahí que queda pendiente que se extienda y profundice la reflexión sobre los desafíos y oportunidades de estas presencias en las iglesias occidentales.

1. ALGUNOS DATOS EN LA MOVILIDAD ECLESIASTICA

A pesar de los principios y criterios propuestos por el Código de Derecho Canónico (CIC), de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, y de algunos orientaciones prácticas promulgadas por algunas Conferencias Episcopales, como es el caso de la italiana (CEI), en el año 2003 y corregida en la sesión del 22-25 de marzo de 2010; no faltan casos van más allá del marco jurídico administrativo propio de la cooperación entre las iglesias, como recientemente ha subrayado Mons. Marcelin Yaoo Kuadio, obispo de la diócesis de Yamoussouko (Costa de Marfil), que ha denunciado abiertamente la marcha de78 sacerdotes de su diócesis: algunos han desaparecido, otros han emigrado para ejercitar su ministerio. Tampoco faltan casos de religiosos y religiosas de derecho diocesano que a veces entran en contratos con entes sociales y administrativos locales, asumiendo la gestión de jardines de infancia, o como acompañantes a domicilio de personas ancianas no autosuficientes, con el objetivo de conseguir medios económicos para sus comunidades y para sus casas de formación en sus países de origen.

Hace quince años, la Fundación Agnelli, ha publicado un estudio dirigido por Luca Diotallevi, un trabajo estadístico de investigación, en el que presenta el cuadro de la realidad del clero en Italia. En este estudio, se menciona que en el 2005 en Italia los sacerdotes extranjeros eran 1.500. Este número, puesto al día sucesivamente ido en aumento progresivamente: a 2.300 en 2008; y actualmente según los datos de la Fundación MISSIO, órgano de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), los sacerdotes extranjeros fidei donum (empleados a tiempo completo en labores pastorales) y sacerdotes estudiantes (empleados a tiempo parcial en la pastoral ordinaria), llegan a ser casi 3,000. Esto representa una presencia significativa, si se considera que, en este caso, de los 31 mil sacerdotes presentes en Italia, los sacerdotes extranjeros llegan a ser el 9,3% del total.

Un dato más significativo todavía es el de la edad, pues su media está alrededor de los 44 años; mientras que la edad media de los sacerdotes italianos es de 60 años, y en algunas regiones como la Marca y el Piamonte, por ejemplo, donde la edad media de los sacerdotes es de 64 y 63,7 años respectivamente.

La presencia de estos sacerdotes en las diversas regiones italianas no es homogénea: en la región de Lazio, por ejemplo, los sacerdotes extranjeros representan el 22% del total; en la región de Molise (al este de Roma en el Adriático) son el 18% del total; en la región de Umbría y de Toscaza son el 12% del total; mientras que en Lomardía y Veneto son apenas el 2%, pero el fenómeno tiende a acentuarse también en estas regiones.

La incidencia variada ayuda a comprender que en algunas regiones italianas la inmigración no ha favorecido la presencia de sacerdotes extranjeros, sino otros factores, como por ejemplo: en Toscaza y en Umbria, probablemente haya sido la secularización y la falta de vocaciones locales; en el Lazio y en particular la ciudad de Roma haya sido la concentración de universidades y de casas religiosas.  

La mayor parte de sacerdotes extranjeros proviene de África: casi el 45%; sobre todo de la República Democrática del Congo, de Nigeria, del Congo Brazzaville, de Burundi, Togo, Ruanda… El 27% proviene del este de Europa, en particular de Polonia, y también de Rumania y de otros países dentro de la comunidad Europa (EU). De América del Sur provienen el 15% de sacerdotes extranjeros, especialmente colombianos, brasileños, peruanos y argentinos. Últimamente también los hay que vienen de Asia el 13%, especialmente de la India, de Sri Lanka y del Vietnam.

En total, se cuentan 120 los paises de origen, incluyendo también Irak, Islas Fiji, Papua, Samoa, Corea del Sur, Rusia…Para conocer mejor las estadísticas que presentan sus orígenes mejor consultar el dossier de la fundación MISSIO,, publicado el año 2016, a cargo de Annamita Turi.

Entre todos los sacerdotes extranjeros presentes en las diócesis italianas, dos tercios de ellos están involucrados en actividades pastorales, por lo que se les puede considerar como fidei donum; pero siempre como colaboradores, muy rara vez dentro de los organismos de coordinación o de pastorales específicas. Esto se debe a las leyes del estado italiano, por las que sacerdotes de otras nacionalidades son pueden asumir cargos administrativos, ni ser representantes legales. Los otros sacerdotes extranjeros son estudiantes que han venido a Italia para conseguir especializaciones en materias bíblicas y teológicas, o carreras de administración y comunicación. La mayor parte de estos sacerdotes (fidei donum y estudiantes), están inscritos en programas de apoyo al clero, según los convenios firmados entre los obispos concernientes, bajo la tutela y seguimiento de la fundación MISSIO, órgano de la CEI y dentro del proyecto “ocho por mil”.

2. MOVILIDAD: UN DESAFIO Y UNA OPORTUNIDAD PARA LAS IGLESIAS

La iglesia católica italiana, como ocurre con todas las iglesias del viejo continente, a lo largo de los siglos han visto partir innumerables misioneros y misioneras hacia otros países llamados “tierra de misión”, hoy se enfrenta a una realidad de misión que extiende el sentido de Ad Gentes no solo como envío en una única dirección, sino en sentido circular, acentuando la dimensión de cooperación misionera. Este fenómeno suscita reacciones muy diversas en los ambientes eclesiásticos y círculos de eruditos.

Por ejemplo, Luca Diotallevi, en la obra antes mencionada “La parábola del Clero”, hablando de las previsiones futuras afirma: “Un aumento del clero diocesano extranjero afectará duramente sobre las prestaciones religiosas y sociales que de aquí en adelante se pueden esperar. De por si, su presencia ya significativa en algunas zonas del país, podría influir más adelante en la imagen del sacerdote y sobre el reclutamiento de nuevos clérigos. Habría que considerar que surgiese una percepción, un tanto difusa, en la que el sacerdocio se convirtiese en una profesión “etnificada”.”

El sociólogo de las religiones, Franco Garelli, percibe perplejidad, a veces difusa, entre los ambientes eclesiásticos italianos, delante de lo que se  llama “importación de sacerdotes” del sur del mundo, como que esto pudiera ser el modo para solucionar la falta de fuerzas locales. Ante todo porque Africa, Asia y América Latina no son Europa. Además se abre el riesgo de privilegiar a Occidente, cada día más secularizado, quintado energías y fuerzas a situaciones y contextos donde ocurre diamétricamente lo opuesto.

Una opinión más comprensible es la que propone el filosofo Máximo Borghesi que subraya la importancia del cambio de ruta, que se experimenta en los últimos años con el Papa Francisco, que ha llegado a Roma, al Vaticano, desde el fin del mundo, y que parte de la experiencia de cristianismo popular propia de América Latina.

Este enfoque está promoviendo un encuentro renovado entre fe y religiosidad popular, propio de las personas sencillas, con un mensaje evangélico que va directamente al corazón de las personas, sean aquellas que participan en el camino eclesial, como aquellas que se han alejado, o que nunca han tenido la posibilidad de participar en la vida comunitaria eclesial.

Está claro que la participación en la vida comunitaria no depende solo de la novedad representada por el Papa Bergoglio, puesto que no hay que olvidar que la gente de hoy en occidente, cada vez más, siente la necesidad y la urgencia de una asociación comunitaria, de tener relaciones verdaderas, auténticas y solidarias, que encuentra sobre todo allá donde hay sacerdotes y comunidad que tienen “corazón y humanidad”.

3. ALGUNOS NUDOS PARA DESATAR

Ante todas las dificultades, perplejidades, obstáculos y claro-oscuros que la presencia de sacerdotes, consagrados y laicos de otros continentes trae a las organizaciones eclesiales italianas, se podría lanzar la hipótesis de seguir un enfoque pastoral basado en la misericordia más que las leyes canónicas. Comunidades donde haya relaciones interpersonales sinceras, que sean acogedoras, que tengan corazón, humanidad y muestren interés por escuchar.

La presencia de estos sacerdotes, que han llegado de lejos, con otras experiencias y con otras tradiciones, ¿podría convertirse en ocasión y estímulo de cambio de ruta? Es difícil de saberlo y sobre todo de ponerlo en práctica, pero ¡no es imposible!

La presencia de estos sacerdotes también representa también tiene su mérito, porque poner al descubierto la fragilidad de la eclesiología y de la idea de misión en un mundo globalizado e intercultural. Esta presencia, de hecho, ayuda a comprender que el envío no puede ser comprendido como un movimiento unidireccional, sino más bien interactivo y circular, ayudando a identificar los nudos que hay que desatar para conseguir un cambio de ruta, sea en las iglesias que acogen como en aquellas que envían.

3.1. Paso del euro-centrismo al protagonismo de la periferia

Para un cambio de ruta, la Iglesia, en su totalidad, está llamada a promover este paso. No se trata de sufrir el fenómeno de la movilidad o de conformarse con la decaída de las iglesias de antigua cristiandad, sino de reconocer la vitalidad de las iglesias jóvenes en Asia, y sobre todo en África, serán la aguja de donde colgara la báscula de la evangelización hoy.

En febrero de 2017. e profesor Iwamodi, del Instituto Ecuménico de Bossey en Suiza, en la presentación del libro: Antología del Cristianismo Africano”, ha subrayado que en los próximos años, un cuarto de todos los cristianos del mundo residirá en África.

No hay que extrañarse todo lo que el Anuario estadístico de la Iglesia católica revela: los católicos en África han aumentado el 34%, es decir que los 153 millones que eran en el 2005 (casi el 17,1% de la población del continente africano) a 206 millones en 2013 (el 19% de la población del continente). En las Américas el aumento ha sido del 10,5% (63% de toda su población total). En Asia el aumento en este mismo periodo ha sido de 17,4% (y pasa del 2,9% al 3,2% de toda la población del continente asiático). Mientas que en Oceanía y en Europa prácticamente la situación es estable, aunque se prevé una reducción en las próximas décadas.

Este crecimiento cuantitativo y el protagonismo posible de África no ocurre por casualidad; sin duda tiene sus raíces en el esfuerzo que se ha puesto de crear y fortalecer todo una red de universidades y de centros de formación e investigación; la formación y la instrucción compartida; las políticas adoptadas por los dicasterios romanos en la organización administrativa eclesiástica; la creación de nuevas diócesis y el empeño en la inculturación del mensaje evangélico, no solo en la liturgia.

Desde luego que no es oro todo lo que reluce, y las iglesias africanas todavía tienen un buen camino que recurrir para bien asumir este papel de liderazgo, siempre en subida. La descolonización progresiva de las estructuras no corresponde una descolonización espiritual que supere el colonialismo de cuño misionero, que quería forjar y modificar las culturas locales en base a un cristianismo de impronta latina. Tampoco hay que desdeñar la influencia bastante consistente de movimientos y asociaciones, nacidas en contextos muy variados, como los de la Renovación en el Espíritu, los Neo-catecumenales, el Opus Dei, Comunión y Liberación y muchos otros, que favorecen en cierto modo el protagonismo del laicado, pero que con frecuencia promueven una espiritualidad y opciones sociales y políticas ne conservadoras, más en sintonía con los intereses de las élites que con las masas de pobres.

Sin embargo y sobretodo son los aspectos que conciernen la economía y las finanzas de muchas circunscripciones eclesiásticas y diócesis africana donde ser revela su propia dependencia de ayudas y apoyos externos. No son pocas las diócesis que han caído en bancarrota; si bien también hay que mencionar que son muchas las iniciativas y los esfuerzos que en estos últimos años han puesto diócesis que han empezado un trabajo de educación y de animación dirigido a las comunidades eclesiales enfocadas en el auto-financiamiento de la vida ordinaria, del mantenimiento del clero y de las obras básicas de las diócesis, sea en zonas rurales como urbanas.

3.2 Descolonizar la cooperación

A pesar de todas las buenas intenciones y de las orientaciones que aparecen en los documentos de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, que invitan a la solidaridad evangélica entre las iglesias, a la reciprocidad en el intercambio de recursos humanos y económicos; el aspecto predominante que más aparece en la cooperación es el de “la necesidad”, lo que es legítimo, pero que también viene cargado de intereses particulares, hasta el punto que la cooperación viene caracterizada como un trueque, un “do ut des”, que vacía el sentido verdadero del intercambio y de la reciprocidad gratuita y social, que son características fundamentales de la misión.

La preocupación de las iglesias que acogen, por una parte sienten la ansiedad de cubrir los espacios y los trabajos administrativos y sacramentales; y por otra parte sienten la urgencia de preparar equipos especializados para la pastoral, para la enseñanza universitaria. Además andan preocupadas en colectas que consigan fondos para las iglesias que envían. Todo eso vicia el sentido verdadero de la cooperación. Es como si repitiesen parámetros de los tiempos coloniales cuando se tomaban opciones y se seguían estrategias que buscaban el provecho y el beneficio propio.

Por lo tanto, para las iglesias de occidente es importante liberarse de la reclamación de querer satisfacer las exigencias de territorios, y de la pretensión que se puede satisfacer las solicitudes de los fieles que quieren el servicio de misas y de sacramentos cerca de sus casas. La iglesia italiana, con 27 mil parroquias distribuidas por toda su geografía, (a pesar de las opciones de algunas diócesis que han creado unidades pastorales o colaboraciones pastorales, que con frecuencia funcionan como si fueran “parroquiones”), ya no podrá sostener un modelo de pastoral sacramentalista que necesita ministros ordenados, sin que importe que sean importados de otros países y de otras culturas.

Por ejemplo, ¿cómo puede la diócesis de Turín, en Piamonte, administrar 355 parroquias, esparcidas en 158 municipios, con apenas 260 sacerdotes, que tienen una edad media de 63,7 años? Estos sacerdotes, obligados a cubrir encargos dobles, triples y cuádruples, corren el riesgo de convertirse en funcionarios de lo sagrado; y en lo peor de las hipótesis, estresarse hasta el agotamiento.

Por otra parte, ¿cómo valorar los refuerzos que vienen de lejos y involucrarlos en el cambio de ruta? La respuesta es todavía muy tímida ante la complejidad de estos retos.

Primero porque los sacerdotes extranjeros se dejan llevar por la nostalgia de sus propias capillas: iglesias de paja, barro y láminas de cinc; pero sobre todo llenas de asambleas litúrgicas gozosas, coloridas, festejantes y participativas. La maravillosa belleza de las catedrales europeas cede rápidamente el sitio a la desilusión provocada por la poca participación religiosa, y con frecuencia convertidas en meros monumentos de turismo.

Segundo, por razones de supervivencia, y también por la escasa apertura de los párrocos anfitriones, muchos se adaptan al modelo pastoral existente, sin que pongan esfuerzo alguno en modificarlo. Se convierten en ejecutores de órdenes y de programas locales, que no consiguen mejorar con las experiencias que consiguieron en su iglesias de origen.

A veces, por culpa del escaso conocimiento de la lengua, de la cultura y del estilo de vida de la gente local, viven aislados. También se dan casos en que sienten el rechazo, veladamente racista, de algunos de los fieles; razón por la que buscan lugares y grupos donde encontrarse con sus propios paisanos.

El cuerpo está presente, pero el espíritu está en otra parte, interesados en buscar beneficios sea en conocimientos, sea en conseguir medios para trabajos, iniciativas, proyectos que se realizarán en alguna otra parte. A excepción de los capellanes étnicos que sirven a las comunidades católicas residentes en Italia, muchos de estos sacerdotes fidei donum y de los sacerdotes estudiantes mantienen una actitud de alejamiento y pasividad ante el drama de los refugiados y de los inmigrantes, que después de múltiples peripecias y dificultades llegan a las ciudades del continente europeo.

La propuesta del papa Francisco en la exhortación Evangelio Gaudium, donde habla de “una iglesia en salida misionera” ayuda a comprender la urgencia y la necesidad de que cada iglesia descolonice el enfoque de la colaboración misionera entre las iglesias. Es necesario partir del conocimiento de la realidad, de las urgencias y de las necesidades de la gente, sobre todo de los pobres, que no faltan en ningún continente. Más que andar preocupados por la auto-conservación y por la auto-referencia.

3.3 La formación de los sacerdotes para un nuevo modelo de iglesia

Después del Concilio Vaticano II la vida de la Iglesia ha pasado por transformaciones notables. El contexto mundial ha cambiado sensiblemente y la misma iglesia ha percibido nuevas modalidades de presencia. Los cambios afectan  a los ámbitos de la antropología, la sociedad, la cultura y las finanzas de tal modo que parecen más complejos y por lo tanto más difícil de controlar de lo que se quisiera. No es que la Iglesia o que el sacerdote hayan perdido consistencia, o que no logren mostrar capacidades para tenerla. De hecho, los sacerdotes tanto en Italia como en África, suscitan todavía mucha estima, y no es raro que sean punto de referencia para muchas organizaciones sociales,, culturales, asistenciales, formativas y de promoción humana.

Ya mucha gente se ha dado cuenta que han ocurrido cambios de época y perciben que la tipología del sacerdote como “cura de almas” le queda un poco estrecha; muchos presbíteros proyectan en su ministerio oportunidades para relaciones interpersonales, para involucrarse en la sociedad y así ayudar a las personas en su camino cotidiano animadas por la luz del Evangelio.

El Concilio Vaticano II había recordado algunas imágenes bíblicas aplicadas a la Iglesia, especialmente la constitución Lumen Pentium nn.6,7 donde la compara con: un redil, el campo del Señor, la casa Dios, pueblo de Dios, cuerpo místico de Cristo, Templo del Espíritu. Todas ellas analogías ricas de sentido teológico y de intensa experiencia espiritual. También es interesante recordar que la constitución pastoral Gaudium et spes, proclamaba en su prefacio: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.” (GS n.1).

Igualmente, al inicio del tercer milenio, el papa Juan Pablo II en su carta apostólica “Novo Milenio Ineunte”, escrita al concluir el año jubilar 2000, animaba a los creyentes a mirar adelante con esperanza: Ahora tenemos que mirar hacia adelante, debemos « remar mar adentro », confiando en la palabra de Cristo: ¡Duc in altum! Lo que hemos hecho este año no puede justificar una sensación de dejadez y menos aún llevarnos a una actitud de desinterés. Al contrario, las experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empujándonos a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jesús mismo nos lo advierte: «Quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atrás, no sirve para el Reino de Dios » (Lc 9,62). En la causa del Reino no hay tiempo para mirar para atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza. Es mucho lo que nos espera y por eso tenemos que emprender una eficaz programación pastoral postjubilar.” (NMI n.15).

Esta visión de genuino optimismo evangélico y de apertura a la realidad del mundo, sobre todo en lo que se refiere al mundo occidental, tenía que ceder poco a poco a una visión menos optimista. Las guerras de prevención y de castigo al principio de un milenio que tantos pensaban que sería diferente, próspero y solidario con los pobres y los excluidos, han agudizado los conflictos, la carrera de armas, el aumento de ataques terroristas, los cambios climáticos, el flujo de migraciones, el aumento de refugiados y la insignificancia de África en el tablero de la humanidad.

Ahora, más que de esperanza, la gente y las masas de desfavorecidos, los jóvenes y las familias miran al futuro con temblores y con escepticismo. Para muchísima gente no hay un futuro radiante, sino más bien un tiempo lleno de incógnitas y de gran inestabilidad.

Los paradigmas eclesiásticos del concilio no han perdido fuerza ni consistencia; sobretodo el paradigma de iglesia como “pueblo de Dios”, iglesia ministerial al servicio de los valores del Reino de Dios. Una imagen fuerte después del Concilio pero que ha perdido pujanza con el paso del tiempo debido, principalmente, a la resistencia de los clérigos, que ha continuado a imponer el enfoque pastoral y misionero, centrado sobre los ministros ordenados y dejando a los laicos y laicas como meros ejecutores de programas, sin involucrarlos en la programación, Más aún sin reconocer en lo concreto su papel profético en las realidades terrenas.

Sin embargo este paradigma adquiere hoy una fuerza nueva con la exhortación apostólica “Evangelio Gaudium” del papa Francisco, pero recibiendo nuevos aspectos y nuevas imágenes que lanzan a la iglesia en un nuevo ímpetu misionero y ministerial para enfrentar el drama de los pobres, invitando a todos a vivir una “Iglesia en salida misionera”; o aquella otra aún más llena de sentido como “hospital de campaña”; o incluso la descripción de una “Iglesia accidentada herida y manchada porque sale a los caminos” más que una Iglesia enferma y encerrada en la comodidad de las propias seguridades (EG 49).

Como consecuencia, el sacerdote cambia su estilo de vida y su propio papel de “médico de almas”, “alter Christus”, o como otros prefieren “ipse Christus”, se siente llamado a acentuar no solo la dimensión vertical, sino sobre todo la dimensión eclesiológica: la proximidad y la capacidad de tocar las heridas del hermano. Y la dimensión pneumatológica: hombre de acogida, de escucha, de diálogo, de compartir la vida, del buen samaritano que cura con aceite y vino las heridas de los marginados y, junto a los otros ministerios comunitarios, busca soluciones.

El cambio será eficaz y duradero siempre y cuando parta de un proceso de renovación en la formación de base y permanente de los presbíteros, en Europa y en África, para que sean hombres encarnados en la realidad del mundo globalizado, que se caracteriza por su ser un sistema que general excluidos y descartados; que no desdeñan el mancharse las manos y el “oler a oveja”.

La presencia de sacerdotes, que vienen de lejos, quizás no sea la respuesta definitiva, pero podrían ser una levadura diferente entre los sacerdotes del lugar que ya están en salida, que hará fermentar la masa hacia un modo de relacionarse, de acoger, de respetar y de escuchar. Podrán ayudar a derretir el hielo de tantas comunidades cristianas encerradas sobre sí mismas y podrán ayudarles a florecer en una nueva primavera.

Igualmente, cuando estos sacerdotes regresan a sus iglesias de origen podrán asumir con mayor determinación y coraje la dimensión profética, la atención a los pobres y a los multitudes de jóvenes sin esperanza que hay en el mundo.

3.4 Parroquias acogedoras

Puede que este resulte ser el paso más delicado y urgente al que hay que enfrentarse y que exigirá más energías y tiempo en la formación y en la sensibilización de la gente que necesita un cambio de mentalidad respecto a los modelos de iglesia que hay que adoptar.

El mapa de parroquias dentro del territorio italiano está cambiando. Como se ha mencionado antes, algunas diócesis intentan responder a la falta de personal por medio del agrupamiento de parroquias en entidades llamadas “colaboraciones inter-parroquiales”, o “unidades pastorales”. Las modalidades adaptadas son variopintas, y siempre de acuerdo al Código de Derecho Canónico: un párroco responsable de varias parroquias; varios párrocos coordinados por un moderador que garantiza una única orientación pastoral. No faltan otros experimentos, como por ejemplo, en algunas zonas la “unidad pastoral” está constituida por una parroquia grande, que representa el único centro de incorporación y actividad en todo el territorio, rodeada de parroquias más pequeñas, en las que se celebra la misa dominical.

En la mayor parte de las diócesis italianas también se favorece el diaconado permanente (hay diáconos permanentes en 217 diócesis de las 227 (94,27%). En el 2012 estos diáconos eran 3.900 y había 1.620 candidatos para este ministerio sagrado; su distribución en las 16 regiones eclesiásticas era así (en orden decreciente): Campania 593, Emilia Romagna 482, Piemonte, 324, Triveneto 316, Lazio 309, Sicilia 303, Toscaza 287, Puglia 263, Lombardia 238, Calabria 201, Liguria 121, Marche 121, Umbria 115, Abruzo e Molise 97, Cerdeña 93, Basilicata 37. De acuerdo a las estadísticas todavía son numerosas las vocaciones al diaconado permanente, a diferencia de las vocaciones al sacerdocio. Sin embargo, el ministerio diaconal encentra difícil desapegarse del modelo eclesial sacramental, más aun, es como si lo reforzara, porque muchos de esos diáconos se dedican en especial a ministerios ad intra: al servicio del culto a la  coordinación  de comunidades, a la pastoral familiar y a Cáritas.

La iglesia italiana ha optado por concentrarse en el modelo pastoral de parroquias, justificado porque el hecho de que la parroquia siegue siendo un lugar de encuentro y que permanece cercano a la gente del territorio. Esto quiere decir que continúa a concentrarse en la organización interna y principalmente en la pastoral de los sacramentos. Esto implica que se proyecta a los fieles la visión que la parroquia es un lugar protegido. Y los mantendrá dependientes, se resistirán a cualquier cambio, sea en los horarios, los gestos y los usos rituales, por más que resulten incompresibles. Por lo tanto, el desafío consiste en que la parroquia deje funciones administrativas y pase a ser una comunidad acogedora, ministerial y misionera.

En este sentido el papa Francisco, afirma que “La parroquia no es una estructura caduca; (…) Aunque ciertamente no es la única institución evangelizadora, si es capaz de reformarse y adaptarse continuamente, seguirá siendo «la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas» (…) La parroquia es presencia eclesial en el territorio, (...) A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización.  Es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero. Pero tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión.” (EG n.28)

Para que la parroquia se constituya como comunidad acogedora se necesita acelerar el ímpetu por poner en el centro la comunidad ministerial más que al sacerdote; el sacramento del bautismo más que la eucaristía; favorecer el enfoque sinodal a la hora de buscar soluciones a los problemas de la gente de la zona; favorecer los ministerios y hacer surgir otros nuevos, sobre todo aquellos que ponen énfasis en el servicio de un iglesia en salida que se dirige hacia las periferias existenciales; acentuar la misionariedad, ayudando a los fieles a comprenderse en el testimonio de vida fuera de las estructuras del templo.

El cambio de ruta se revelará sobre todo cuando la parroquia sea comunidad acogedora de gente que viene de lejos, incluso cuando sean sacerdotes, religiosos y religiosas, como si fuera la casa de todos para proyectar juntos y poner en práctica la solidaridad evangélica; tal y como ha subrayado muy bien Benito Da Marchi en un simposio de Limone sul Garda: “… un laboratorio de una nueva humanidad, de una nueva Iglesia y de una nueva ciudadanía europea eficaz, más allá de los aspectos puramente jurídicos, aunque sigan siendo importantes. Estas parroquias en las periferias multiétnicas y multireligiosas serán lugares donde los lugareños y los inmigrantes, y los diversos grupos de inmigrantes entre sí, podrán crecer juntos y construir una casa común donde las diferencias tengan su espacio, pero contribuyendo a un intercambio fructífero para el beneficio de todos.”

3.5 Mayor corresponsabilidad e involucración de las Conferencias episcopales

Para un cambio de dirección, las Conferencias Episcopales deberán asumir con más determinación y previsión la movilidad del personal, previéndola de antemano, coordinando y gestionándola. Hace años, este papel lo cumplía Propagada FIDE, a esta le incumbía planificar las presencias, escoger los territorios de evangelización, destinar personal  y medios, y determinar prioridades que tenían que conseguirse.

Actualmente, la Congregación para la Evangelización de los Pueblos es la que delega a las diferentes conferencias episcopales la tarea de gestionar las elecciones prioritarias y las modalidades concretas para ponerlas en práctica. Todo esto dentro de una perspectiva de descentralización y de contextualización de la evangelización en los diversos continentes y países. Sin embargo, esta oportunidad no encuentra a todas las conferencias episcopales dispuestas a asumir la responsabilidad. Hay algunas excepciones en las conferencias italiana y francesa. En realidad, lo que se pone en práctica son las relaciones personales entre un obispo y otro, a menudo gracias a un conocimiento mutro, amistad o intercambio de ayudas.

La Conferencia Episcopal Italiana, quizás abrumada por la cantidad de presencias (de clérigos y religiosos extranjeros) formuló documentos respecto a la cooperación misionera ya  en 2003 y puestos al día en 2010. A estos documentos les han seguido declaraciones y reflexiones múltiples, sobre todo con intención de coordinar y vigilar eficazmente la reciprocidad en la cooperación, para que se respetasen los términos acordados; programando la acogida, el acompañamiento y el regreso a las iglesias de origen de los sacerdotes concernientes, evitando cualquier modalidad de “vagabundeo” de una diócesis a otra, prácticamente dedicándose a celebrar misas, repartir bendiciones y sacramentos, recitar rosarios, y acompañar procesiones o peregrinaciones… fuera de cualquier programación dentro de proyectos pastorales.

Resulta también interesante la iniciativa de la Conferencia Episcopal Francesa al invitar a Mons. Bernard-Emmanuel Kasanda, obispo de Mbujimayi (RDC) a una Asamblea General, que tuvo lugar en Lourdes en 2015. El prelado recibió preguntas bien específicas sobre la cooperación y la reciprocidad, que debían afectar la programación e implementación de las relaciones entre las conferencias episcopales de Francias y Congo. El obispo, en su memorando, subrayó la importancia de que los candidatos elegidos tuvieran un espíritu auténticamente misionero; que la cooperación se implementase dentro de un cuadro jurídico claro; fomentase la solidaridad entre los sacerdotes fidei donum y los que se quedan en patria, sobre todo aquellos que trabajan en zonas rurales. Que los sacerdotes elegidos tuvieran cierta edad, y que quedase claro el tiempo de permanencia en la iglesia anfitriona. Además que se organizara una preparación adecuada antes del envío, posiblemente en un centro nacional local. Sobre las iglesias que acogen, el obispo subrayaba la importancia de la acogida, el proceso de aculturación y de interacción, el acompañamiento y la revisión de los compromisos pastorales o de estudios, la inserción gradual en la pastoral, y la elaboración de un plan de regreso…

3.6 Comunidades misioneras que sean mediadoras en la cooperación

La cooperación descolonizada e inspirada por el paradigma de la “iglesia en salida” como “pueblo de Dios”, estimula a los misioneros y misioneras para revisar su servicio en un mundo más globalizado, marcado por la inculturalidad y la movilidad. Hay que saber discernir los signos de los tiempos y de los lugares que el Espíritu estimula para descubrir  en ellos nuevos ámbitos de misión, entre los que hay que contar la movilidad, la presencia de migrantes y de refugiados en el tejido social y eclesial de Italia y de otros países occidentales.

Siguiendo la carta de la Conferencia de los Institutos Misioneros de Italia (CIMI) dirigida a la CEI, en el décimo aniversario de la carta episcopal del consejo permanente “El amor de Cristo nos empuja” (1999), la comunidad de los misioneros combonianos de Florencia ha querido expresar su cariño por la iglesia que los acoge y el amor a las iglesias que les habían acogido en África, en Asia y en América Latina. Desde el 2009, por expresa petición de la diócesis, para facilitar la cooperación, la comunidad comboniana ha lanzado un servicio de acogida y de introducción gradual a la realidad italiana para los sacerdotes fidei donum y de sacerdotes estudiantes mediante el estudio del idioma, conocimiento de la cultura, los planes de pastoral y las prioridades de la diócesis de Florencia, y de la CEI…, hospedándolos por un periodo de 6 meses a un año en los ámbitos de la propia comunidad, compartiendo el camino, la oración comunitaria, las comidas, y favoreciendo el intercambio de experiencias dentro de una convivencia fraterna y evangélica.

Desde 2009 hasta hoy, los sacerdotes que acogidos en la comunidad son unos cuarenta. La mayoría de ellos vienen de África, pero algunos también de la India, de Sri Lanka, de China y de América Latina. Su presencia ha motivado a los miembros de la comunidad para profundizar el sentido de su presencia en la iglesia del lugar, y les ha llevado a cualificarla en el servicio a los inmigrantes y a la cooperación misionera entre las iglesias. La experiencia de los misioneros del continente africano, el conocimiento de sus idiomas y culturas, y del modo de hacer pastoral ha favorecido el dialogo y la reciprocidad entre los miembros de la comunidad y los sacerdotes jóvenes que hospedaban. Estos, llenos de confianza, superaban gradualmente los miedos y las dificultades suscitados por la novedad, al tiempo que aprendian a expresarse en italiano. Esta convivencia fraterna ha favorecido la profundización de sus motivaciones y de sus proyectos de vida.

Los párrocos de la diócesis de Florencia han juzgado esta experiencia como algo muy positivo  y aprecian el enfoque y la introducción gradual de los sacerdotes a las comunidades parroquiales, de modo que se han superado los traumas que ocurrían en años precedentes, cuando llegaban de inmediato a las parroquias que se habían ofrecido a acogerlos. El diálogo y la comprensión mutua ha permitido difuminar las sospechas y diluir los prejuicios de una parte y de otra. Pero sobre, han sido los fieles los que más han apreciado la capacidad de escucha de estos jóvenes, de acogida, de saber estar en esos momentos tan particulares de la vida familiar como son los funerales, los bautizos, las primeras comuniones …

4. ALGUNAS PRÁCTICAS POSITIVAS PARA PROMOVER

De todos modos, no hay que dar nada por descontado, el papel de facilitadores que las comunidades misioneras pueden prestar será un instrumento eficaz si se sabe mantener algunas prácticas encomiables sea por parte de las iglesias que envían como de aquellas que acogen; por ejemplo:

A/ Los candidatos escogidos para esta experiencia de cooperación (sacerdotes, religiosos y religiosas) necesitan un período de preparación específica antes de dejar su propio país de origen. Esta preparación viene organizada y coordinada por organismos de las conferencias episcopales locales, o de conferencias episcopales de la región. El primer objetivo de esta introdución, que duraría al menos dos meses, será el de profundizar las motivaciones espirituales y misioneras; potenciar las capacidades de adaptación y de apertura a otras culturas; cultivar actitudes que favorezcan las relaciones sinceras de reciprocidad en la cooperación, sin proyectos ni agendas personales escondidos; empezar a estudiar el idioma que se utilizará, la realidad social-política y económica del país, los planes de pastoral, las prioridades y los retos más importantes en el ministerio de evangelización.

B/ Que los acuerdos aceptados entre las dos iglesias sean fruto de un discernimiento que involucren a las comunidades eclesiales envían y acogen, siguiendo los orientamientos de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y estipuladas por las conferencias episcopales nacionales. Que el proyecto esté claro en sus objetivos y su duración. Experiencia enseña que si se deja el diálogo en manos de unos pocos más responsable de la colaboración se corre el peligro de reduccionismo, y no ayuda a que las iglesias se sientan co-responsable de la evangelización.

C/ Programar un período al menos de seis meses en el país que acoge, o en centros organizados por la conferencia episcopal o conferencias regionales, en contexto de comunidad de vida fraterna, para que los recién llegados puedan introducirse gradualmente en el nuevo ambiente, aprender el idioma, comprender el estilo de vida de la gente y hacer las primeras experiencias de inserción en contextos parroquiales. Este periodo les ayudará a conocer las leyes del país que conciernen migraciones, los permisos de residencia, la convivencia cívica, el orden judicial, y las posibilidades de asistencia a la salud, y otras ayudas sociales.

D/ El candidato tiene que conocer bien cuales son los términos del proyecto, el objetivo principal del servicio: como fidei donum, a tiempo completo al servicio pastoral, o como sacerdote que estudia para obtener una licencia o doctorado, prestando colaboración a tiempo parcial en la evangelización. Establecer la contribución económica y la colaboración para los gastos comunitarios. Determinar los períodos de reposo y de formación permanente. Inserir al sacerdote en la comunidad presbiteral, para que las habilidades que haya adquirido en su iglesia de origen sean valorizadas, y puede ser involucrado en la programación pastoral, en su ejecución y en su evaluación.

E/ La cooperación debe determinar cuales son las condiciones y las modalidades con claridad, pero al mismo tiempo en la comprensión que son provisorios, puesto que también tienen que estar dispuestos a responder a las urgencias y necesidades de las iglesias que les han enviado y que les han acogido. También hay que evitar apoyar económicamente a proyectos personales y no fomentar la incardinación, que, si se da, tiene que ser el resultado de un discernimiento y de una decisión comunitaria.

F/ La cooperación debe favorecer el intercambio de valores y recursos, puesto que en la reciprocidad del cambio no hay pobres que no tengan nada que ofrecer, ni ricos que no tengan necesidad de recibir.

G/ Los lazos entre los sacerdotes extranjeros con la comunidad de proveniencia deben permanecer fuertes; para que eso sea posible hay que poner en primer plano la experiencia de Dios y de vida fraterna que se haya vivido. La cooperación no puede ser una cuestión de intereses o de colecta de fondos, por cualquiera de las partes.

H/ La iglesias que acogen tienen que seguir y acompañar a los sacerdotes en su crecimiento espiritual y presbiteral, animándoles al servicio de evangelización in situ y a mantener vivos los contactos con las comunidades de donde proceden.

I/ Las iglesias que acogen y las que envían deben facilitar el regreso, programando los tiempos, y manteniendo a los candidatos en este proceso de-re-incorporación, a veces difícil. Deben ayudar al presbítero a compartir su experiencia y habilidades adquiridas, no sólo con su propia comunidad sino también con otras comunidades que necesiten apoyo y que están escasos de recursos humanos.

J/ Pero sobretodo, algo que realmente concierne tanto a las iglesias que envian como a las que reciben es el empeño en su propia regeneración según el paradigma conciliar de pueblo de Dios, o como ya se subrayó en el primer Sinodo de los obispos para Africa como “Familia de Dios”. Eso es lo que se menciona confrecuencia en las comunidades eclesiales de base: el sacerdote no tiene la síntesis de todos los ministerios, sino que su ministerio tiene que sintetizar los ministerios (ie. componer en todo las partes), apreciando todo lo que ocurre en la comunidad ministerial. La cercanía a la gente y la descentralización serán los parámetros de una Iglesia dispuesta a salir y a practicar una verdadera cooperación misionera.

5. CONCLUSIONES

Eso pueden ser algunas prácticas encomiables que ayudarán a descolonizar la cooperación entre las iglesias. Puesto que el objetivo principal de la cooperación, en el contesto global actual, debe de ser: tener el coraje de adaptar el anuncio y el testimonio del Evangelio para que sea comprensible.

Todavía queda mucho trecho por recorrer en este camino, pero será más fácil hacerlo si todos, las iglesias que piden y las que dan, superan criterios de protectorado, de auto-conservación, de beneficencia, o de auto-referencia. No se trata de que haya maestros y bienhechores por una parte, y de alumnos y menesterosos por la otra, sino que todos sean discípulos misioneros del Evangelio.

La cooperación en reciprocidad y solidaridad será cada vez más fecunda si las diferencias de visión y de enfoques pastorales entran en diálogo unas con las otras y se fecundan mutuamente, conscientes de la urgencia de que haya una comunidad de fieles en salida hacia las emergencias sociales, las periferias existenciales, hacia las necesidades reales de una humanidad herida socialmente y espiritualmente.

Este proceso de cambio será hoy tarea de gran importancia teológica y pastoral en la formación de los presbíteros y en la promoción de ministerios eclesiales que produzcan un sólido impacto social.

Por P. Fernando Zolli (Florencia, agosto 2017)