Viernes, 4 de octubre 2019
«Me dijeron que ser sacerdote no era para los indígenas, que era algo reservado para los blancos». Justino Sarmento Rezende tuvo que vencer enormes reticencias en su comunidad (la etnia tuyuka) y entre los propios misioneros, hasta lograr convertirse en 1994 en el primer indígena ordenado sacerdote salesiano. Su batalla no ha terminado: «La Iglesia tiene que reconocer a los indígenas como personas con cualidades, no solo capaces de asumir la propuesta de la Iglesia, sino también de contribuir a adaptarla a cada cultura. La mirada eclesial tiene que superar los prejuicios y el paternalismo». Sarmento está en Roma para participar en el Sínodo de la Amazonía.

El sacedote indígena salesiano Justino Sarmento, durante una celebración con miembros de la comunidad
en la que ejerce su ministerio. Foto: Justino Sarmento Rezende.

La Amazonía es uno de los ecosistemas con más biodiversidad del planeta. Una tierra rica, pero mal distribuida. Su fértil patrimonio no revierte en sus habitantes, campesinos e indígenas, que en la mayoría de los casos ni siquiera tienen luz o agua potable. Los pueblos de la Amazonía siempre han preferido cuidar la naturaleza en lugar de avasallarla. Para ellos su territorio es sagrado. Sin la tierra no pueden vivir. Pero esa tierra está agonizando a manos de un saqueo insaciable: extracciones abusivas de recursos minerales y petróleo, cultivos agrarios intensivos, contaminación del agua y del aire…

La Red Eclesial Panamazónica (REPAM) lleva años denunciando la violación sistemática de derechos humanos en la zona. Esta iniciativa revolucionaria en la Iglesia, que coordina a los nueve países de la Amazonía, será una de las voces clave del próximo Sínodo. Después de tres semanas de trabajo, los obispos y superiores generales participantes deberán aprobar un documento final, que le será entregado al Papa, a quien corresponderá la última palabra.

Han sido dos años de intenso trabajo preparatorio en los que se ha recopilado el sentir de de las comunidades católicas de esta región. También se ha recabado la opinión de las conferencias episcopales de todo el mundo. Con todo ello, se redactó el documento de trabajo, una guía que servirá de mapa temático a los 185 padres sinodales. En las reuniones, a puerta cerrada y sin periodistas, se abordarán durante 21 días no solo las complejidades de la evangelización de este vasto territorio que se despliega a lo largo de más de cinco millones y medio de kilómetros cuadrados, sino también la devastación y el flagelo de sus pueblos, así como la respuesta que debe dar la Iglesia ante las injusticias sociales, económicas y ecológicas.

Para el arzobispo de la ciudad peruana de Huancayo, el cardenal Pedro Barreto, la importancia del Sínodo radica en que se está experimentando «un movimiento eclesial del centro a la periferia» donde se busca «resaltar a las personas que allí viven» para que dejen de ser «invisibles». El también vicepresidente de REPAM resalta que la reunión eclesial reforzará la presencia misionera de la Iglesia en la Amazonía.

Mártires del Amazonas

De hecho, son los misioneros el otro foco de información directa sobre el terreno. Durante décadas, cientos de hombres y mujeres, con las botas puestas en el barro, han hecho suyas las batallas de los indígenas. El misionero comboniano Antonio Soffientini sabe bien que en la impenetrable selva amazónica son el río y el bosque los que sustentan la supervivencia. Durante nueve años vivió en el barrio industrial de Piquiá de Baixo, en Azailandia, situado en el nordeste de Brasil, una región con índices de desnutrición crónica devastadores, sobre todo, en niños menores de 5 años y mujeres. Además de ser pobres, sus habitantes están rodeados por catorce altos hornos que funden sin parar carbón vegetal y mineral de hierro creando una ingente capa de polución que acaba sin remedio pegada a sus pulmones. «No paran nunca. Durante 24 horas al día descargan polvos de hierro sobre las cabezas de la gente. Desde hace tres décadas, el aire que se respira está siempre lleno de hierro», lamenta el misionero.

Desde principios del año 2000 la asociación católica Justiça nos Trilhos, de la que forma parte Soffientini, denuncia la brutal acción de la industria siderúrgica que causa en esta población enfermedades en la piel, en el aparato respiratorio, en los ojos, y, en muchos casos, la muerte. «La Iglesia debe caminar con ellos. Es un camino difícil y también peligroso. Muchos amigos ya no están. A algunos los mató la contaminación; a otros, las balas», dice Soffientini, que asegura estar dispuesto él mismo a dar su vida por su «familia de la Amazonía».

«A todos los que han caído defendiendo los derechos humanos yo los considero mártires de la Iglesia: testimonios que impulsan a luchar por una vida mejor. Ellos son los que te ayudan a descubrir un rostro de Dios que es ternura», señala.

Como él cientos de misioneros acompañan cada día a las comunidades locales en partes remotas de la Amazonía, para hacer frente las violaciones de derechos humanos y medioambientales cometidas por empresas mineras y siderúrgicas. «Dios llora con los indígenas –incide–, pero también les da fuerza y esperanza. Cuando salen a protestar a las calles, Dios está allí, en primera línea con ellos. Esto crea comunidad. La Eucaristía se convierte en una celebración contínua de la vida que da fuerzas para seguir adelante».

Esta historia de hierro y sangre tiene un final feliz. Al menos de momento. La empresa siderúrgica Vale, propietaria de los hornos de Piquiá de Baixo, ha sido obligada a sufragar los gastos para la construcción de un nuevo barrio al que sus vecinos han llamado Conquista por la gran hazaña de su gesta. «Nuestra fe es más potente que el dinero y la fuerza de cualquier multinacional», dice el misionero con convicción.

El misionero comboniano Antonio Soffientini, con el Papa, el 2 de octubre de 2015, durante una visita al Vaticano.
Foto: Antonio Soffientini

Vocaciones indígenas

Los salesianos son una de las congregaciones religiosas con mayor presencia en la Amazonía. A finales del siglo XIX se establecieron en el actual Vicariato Apostólico de Méndez, en el suroriente de Ecuador, que, por aquel entonces estaba habitado solo por los indígenas Shuar. Actualmente trabajan con 63 etnias distintas. Su experiencia es fundamental para el desarrollo del Sínodo, que reunirá más de 250 personas, entre ellas numerosos expertos e invitados especiales, que, aunque no tendrán derecho a votar el documento final, aportarán sus ideas. Uno de los temas candentes será el debate acerca de los viri probati –la ordenación sacerdotal de hombres casados en áreas remotas de la Amazonía–, como solución para robustecer la presencia de la Iglesia en áreas despobladas y de difícil acceso en este territorio.

El coordinador del Departamento de Misiones Salesianas, el sacerdote uruguayo Martín Lasarte, se cuenta entre los menos entusiastas de esta idea, ya que considera que «no toca el real problema de fondo» y además «peca de un enorme clericalismo». Para Lasarte hay que apostar por un clero indígena. «¿Por qué hay tantas vocaciones en África o en la India, donde hay un sacerdote cada mil habitantes? ¿O en el país con más musulmanes del mundo, Indonesia, o en países comunistas como Vietnam…? La Amazonía tiene elementos culturales muy similares a los nuestros, como el sentido comunitario, la comunión con la naturaleza, el sentido de la trascendencia… Pero la falta de vocaciones se debe que ha habido impostaciones pastorales que han sido bastantes pobres», incide. «En los salesianos ahora mismo tenemos 18 vocaciones indígenas amazónicas de diversas etnias. Son los pueblos locales los más aptos para encontrar los mejores caminos, los más auténticos para dar a la Iglesia un rostro amazónico», remarca.

El primer indígena ordenado sacerdote salesiano fue Justino Sarmento Rezende. Nació en Pari-Cachoeira, en la frontera entre Brasil y Colombia, y pertenece a la etnia tuyuka. «Cuando era adolescente veía a los misioneros salesianos que venían a nuestras aldeas con mucho entusiasmo. Ellos daban catequesis, pero mi pueblo no entendía ni una palabra. Yo me imaginé que en el futuro podría ser sacerdote para poder hablar a los míos en mi propia lengua», recuerda en conversación con Alfa y Omega. Pero la primera vez que mostró su inquietud por la vida sacerdotal se topó con innumerables recelos. «Nadie lo entendió. Ni en mi comunidad, ni entre los misioneros. Me dijeron que ser sacerdote no era para los indígenas, que era algo reservado para los blancos. Por suerte mi catequista fue más comprensivo», apunta. Dos años después volvió a intentarlo con mejores resultados. En 1994 fue ordenado y hoy se ha convertido en un puente de diálogo entre el cristianismo y las comunidades indígenas.

La familia salesiana ha pasado en 125 años de misión en la Amazonía del repudio total a las culturas amazónicas a actitudes de respeto y apreciación que se han traducido en un esfuerzo inculturado para anunciar a Cristo. São Gabriel da Cachoeira, el municipio con el mayor porcentaje de población indígena en Brasil, donde actualmente vive el salesiano Sarmento, en la región de Río Negro, es un ejemplo de ello. En esta zona se han constituido realidades de convivencia con los pueblos indígenas que los han tenido en cuenta para crear nuevas metas pastorales. Pero todavía falta mucho camino por hacer. «La Iglesia como institución tiene que reconocer a los indígenas como personas con cualidades, no solo capaces de asumir la propuesta de la Iglesia, sino también de contribuir a adaptarla a cada cultura. La mirada eclesial tiene que superar los prejuicios y el paternalismo. Se necesitan actitudes de respeto y de escucha, que tengan la voluntad de aprender de los pueblos indígenas. Hay que ampliar las experiencias de Misa con cánticos y lecturas en las lenguas indígenas», señala el sacerdote de 58 años, consciente del reto que supone la traducción de la Biblia a las 240 lenguas autóctonas. Su sueño es una Iglesia con rostro amazónico.Victoria Isabel Cardiel C.
Ciudad del Vaticano