Lunes, 5 de agosto de 2019
¿Es África un continente prometedor que despega y avanza a grandes pasos hacia la prosperidad? ¿O es, por el contrario, un lugar donde abunda la desesperanza y la miseria? Dos publicaciones recientes, aparentemente contradictorias, me han hecho volver a plantearme esta pregunta, que me he hecho miles de veces durante las tres décadas que llevo de trabajo en países africanos. En la foto: el obispo comboniano español Jesus Ruiz Molina, auxiliar de Bangassou en la República Centroafricana.

Les invito a leer el excelente reportaje publicado en El País Semanal el pasado 9 de julio titulado “África Despega. Retrato de la nueva cara del continente” (África despega: retrato de la nueva cara del continente). Y a mirar, a continuación, al entrevista que apareció el mismo dia en Religion Digital con el obispo español Jesus Ruiz, auxiliar de Bangassou en la República Centroafricana, donde relata el calvario que sufre este pueblo durante los últimos anos, en los que la violencia y la miseria no cesan, (Jesús Ruiz Molina: “Le debo casi todo a África, me ha dado un estilo de vida, una manera de ser”). Al terminar ambas lecturas uno no puede menos que preguntarse: ¿estamos hablando del mismo continente?

La respuesta es sí, porque existen muchas Áfricas, como no puede ser de otra manera en un continente de 55 paises, y a veces en el mismo país coexisten las dos realidades: la de una sociedad que emprende, hace negocios, aporta excelentes innovadores e intelectuales, tiene buenas Universidades, conoce el nacimiento de una pujante clase media… y al mismo tiempo la que sigue sufriendo a causa de guerras, tiene los mayores records de refugiados y sufre la rapiña de potencias extranjeras. Personalmente, al haber vivido casi siempre en zonas de conflicto, conozco mejor el África que describe el obispo Jesus Ruiz, y en ella sigo viviendo.

El mismo domingo (9 de julio) que pude leer ambos reportajes acudí a misa muy de mañana en el barrio de Fondo, destruido y abandonado en 2014 durante luchas fratricidas entre milicias donde la gente intenta volver y reconstruir sus casas como pueden. Tras rezar en una iglesia construida con lonas y palos de madera volví a pie por el Kilometro Cinco donde me pare a hablar con chicos musulmanes que integran milicias y con los que intentamos trabajar para que se integren en programas de desarme. Antes de volver a casa me entretuve hablando con algunos retornados del barrio de Bearex, donde hay conflictos que fácilmente pueden degenerar porque algunos desplazados que vuelven a sus casas medio destruidas se encuentran con nuevos ocupantes. En estos sitios no hay escuelas, la gente no tiene acceso al agua potable y los pozos de los que beben son un foco que transmite enfermedades graves como la fiebre tifoidea. Al día siguiente, lunes, pase la mañana en el Kilómetro Cinco con un compañero mediando para que varios milicianos devolvieran a sus propietarios dos motos que habían sido robadas a punta de fusil el día anterior.

Nada que ver con otras imágenes de África no menos reales, descritas en El País Semanal, y que también conozco: una ciudad como Addis Abeba que tiene metro y donde surgen como hongos hoteles de cinco estrellas, una capital como Kigali donde se construyen rascacielos y donde la gente tiene acceso a una tarjeta sanitaria única, o lugares como Nairobi o Kampala donde hay una sociedad civil cada vez más pujante que se organiza para luchar por los derechos de la población y exigir transparencia a sus gobernantes.

Pero para personas como monseñor Ruiz que están inmersos en el África mas profunda, la realidad de su día a día esta entretejida de viajes por carreteras imposibles donde para recorrer 50 kilómetros hacen falta tres horas, de pueblos abandonados después de que milicias de todo pelaje las incendiaran, de miles de personas que apenas comen una vez al día y cuyos hijos no pueden ir a la escuela… el catálogo de penalidades es largo, sobre todo en un país como la República Centroafricana donde (de un total de cinco millones de habitantes) medio millón largo sigue viviendo en el exilio y otro tanto malvive como desplazados internos.

Realidades muy parecidas conozco yo a diario en la capital centroafricana, y he conocido también durante bastantes años en el Norte de Uganda durante la guerra del LRA (que duro dos décadas), en el Este del Congo y en el Sur de Sudan. En estos dos últimos países, la guerra sigue azotando grandes extensiones de sus territorios sin que se vean atisbos de que vayan a terminar. El problema es que los conflictos que siguen matando a miles, millones de africanos, suelen desarrollarse en lugares alejados de los focos informativos donde raramente aparece alguien para informar de lo que ocurre.
Jose Carlos Rodriguez Soto
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