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Nº Escrito
Destinatario
Señal (*)
Remitente
Fecha
241
Card. Alejandro Barnabò
0
El Cairo
12. 3.1868

N. 241 (226) - AL CARD. ALEJANDRO BARNABO

AP SC Egipto, v. 20, ff. 1225-1226v

El Cairo, 12 de marzo de 1868

Emmo. Príncipe:

[1576]
Pareciéndome que Dios, en su infinita misericordia, se digna derramar su bendición sobre la recién iniciada Obra para la Regeneración de la Nigricia basada en mi Plan, considero conveniente ofrecer a V. Em.a Rma. un breve informe sobre su funcionamiento y sobre las esperanzas de sus comienzos.


[1577]
Hacia finales del pasado noviembre salía yo de Marsella con tres Misioneros, tres Hermanas de San José y dieciséis negritas, por lo que éramos total veintitrés personas. Obtenido del Bajá de Alejandría el transporte gratuito en los ferrocarriles egipcios, llegamos felizmente a El Cairo la víspera de la Inmaculada Concepción. En el viaje de esta numerosa expedición, que llevaba consigo 46 bultos de equipaje y provisiones, el Gobierno francés hizo que me ahorrase 2.168 escudos, y el Gobierno egipcio 324: en total 2.492 escudos.


[1578]
He tomado en alquiler por 336 escudos al año el convento de los Maronitas del Viejo Cairo, el cual tiene aneja una casa antigua y está situado a cien pasos de la gruta de la Sma. V. M., donde es tradición que vivió la Sagrada Familia durante su exilio en Egipto. En las dos casas, que separa una iglesia bastante cómoda, he abierto y puesto en marcha dos pequeños Institutos, los cuales por gracia de Dios funcionan muy bien. En estos dos establecimientos recién abiertos, los misioneros se encargan de la dirección sobre todo espiritual, del estudio de las lenguas africanas y de las costumbres de Oriente, y del ejercicio de la caridad para con los enfermos. Dados los actuales litigios entre algunas instituciones, bastante complicados, que quizá consiga arreglar nuestro sagaz Delegado Aplico., he decidido que nuestra actuación nunca rebase el ámbito de lo que nos hemos propuesto.


[1579]
Nuestro objeto es muy concreto: el apostolado de la raza negra. El Instituto femenino se va desarrollando estupendamente; y por obra de algunas de las negritas, que son verdaderas Hijas de la Caridad, ya se ha hecho alguna conquista para el cielo. Es sabido de V. Em.a Rma. que la principal finalidad de estos nuestros Institutos es educar e instruir en la fe y en las artes prácticas a negritos y negritas, con vistas a que una vez terminada su educación se internen en los países de la Nigricia y sean apóstoles de fe y civilización para la gente de su tierra.

Parece que la Providencia quiere añadir a este objeto primario uno accesorio de no poca importancia: la conversión de un buen número de almas. La existencia de dos Cuerpos de negros en El Cairo educados en la fe y en la civilización cristiana, es un importante elemento de apostolado a favor de los negros acatólicos que viven en Egipto. Sólo de ver a nuestras buenas negritas, sólo de conversar con ellas o de oírlas cantar, muchas otras aún infieles están ahora animadas a hacerse católicas.


[1580]
Y como es preciso proceder con gran cautela y prudencia, dada la susceptibilidad del fanatismo musulmán y la vigilancia de la masonería, que mediante tres logias ha conseguido difundir su mortal veneno de odio a nuestra santa religión entre personas de toda clase y raza, necesitamos estudiar y aprovechar el momento providencial para admitir a las aspirantes a la comunión católica.


[1581]
Mientras, de momento, creo que no nos resultará muy difícil ganar para J. C. muchos de los negros que, en calidad de esclavos o de sirvientes, viven en las casas de los buenos católicos, donde previsiblemente, una vez convertidos, es más fácil que perseveren en la fe. Se me ha ocurrido llevar a cabo esta importantísima operación tras observar, con plena certeza, que aquí es todavía habitual que la servidumbre, incluso en las familias muy cristianas, esté casi completamente abandonada a sí misma. Interesarse por ella se considera degradante; y con la excepción de pocas y singulares familias, se mantiene aún en vigor el lamentable abuso de descuidar la instrucción religiosa de los negros, que precisamente porque no tienen más que un miserable rudimento de religión serían los más aptos para recibir la fe.


[1582]
Es frecuente, en cambio, que tengan la desgracia de caer bajo el despotismo de alguna vieja criada musulmana fanática, que fácilmente les impone sus propias supersticiones, sin que a los amos les importe gran cosa. Conocemos algunos de estos esclavos que de esta manera se han vuelto mahometanos en la misma casa de sus por otro lado eminentemente católicos señores. Como consecuencia de estas observaciones, nos sonríe la esperanza de que tal vez se abra un campo de acción secundaria de los Institutos de negros; en confirmación de lo cual me permito comunicar a V. Em.a Rma. la reciente conquista de una negra de dieciocho años, que es como la primera flor que nuestro Establecimiento tiene la santa dicha de haber dado a la Iglesia y al Paraíso.


[1583]
Hace cinco años llegó a El Cairo una robusta jovencita negra de nombre Mahbuba, raptada junto con muchas otras de la tribu de los Denka por la inhumana codicia de los esclavistas. El único que posee el gran secreto de sacar bien del mal contaba ya entonces con la Obra de nuestro Instituto femenino africano, a fin de predestinar a una eterna felicidad a la pobre Mahbuba precisamente cuando desde el punto de vista humano parecía convertida en uno de los seres más desdichados de la tierra. Después de haber sido vendida y revendida muchas veces a amos musulmanes, Dios disponía que fuera comprada por una católica y devota señora griega de El Cairo, de la que aprendió por primera vez a pronunciar los adorados nombres de Jesús y de María, los únicos en los que podemos esperar la salvación.


[1584]
El Espíritu Santo debió de ponerse a actuar desde entonces en esa alma, puesto que pronto se mostró seducida por cierta idea informe del cristianismo, que casi como el que no quiere la cosa le iba dando a conocer su ama; mas esto, por otro lado, no bastaba para crearle aquella fortaleza que pronto habría de demostrar en la lucha que sostuvo contra las tentaciones fanáticas del islamismo. Pasó algún tiempo, y Mahabuba enfermó de un mal que lentamente degeneró en una tisis. Esto contribuyó a que volviera a caer de una manera más próxima en manos de los musulmanes, que se dedicaron con mayor vigor a comunicarle y hacerle practicar los falsos dogmas. Pero Dios velaba por esa alma. Ella sólo sabía por su ama algún nombre aislado de nuestra fe; sin embargo, comprendió por sí misma que de ninguna manera se correspondía con la santidad de ésta la instrucción que recibía del resto de la servidumbre musulmana, por lo cual nunca pudo abrazar sus enseñanzas y considerarse satisfecha con ellas. Pero nadie le daba otras mejores, y Mahbuba estaba triste y desconsolada.

Despechados, sus maestros empezaron mostrarse duros con ella, haciéndola objeto de amenazas y malos tratos. Y cuando les correspondía guardar cualquier observancia del Corán, la obligaban a hacerlo junto con ellos; así, aunque la inexorable enfermedad de la tisis ya hacía estragos en ella, la joven tenía que ayunar como los demás hasta la puesta del sol. La infeliz Mahbuba sentía el gran vacío del Dios de la verdad: sin saberlo, su alma suspiraba incesantemente por él, y de cuando en cuando ponía en sus labios las pocas palabras que había aprendido de su ama: Jesús, María, cristiana, bautismo, paraíso, etc. Y aun ignorando los divinos objetos que representaban, en repetirlas experimentaba un sensible consuelo. Como bien se puede suponer, tales expresiones eran otras tantas espinas para los que la querían musulmana a toda costa. Pensaron, pues, que aislándola por completo terminarían por salirse con la suya. Conseguir su aislamiento no era nada difícil, dado que la tisis que la aquejaba es una enfermedad que en Oriente se teme sobremanera, casi como una especie de peste. Presentando las cosas desde este aspecto, persuadieron a su ama para que la llevase a una quinta que ella tenía, donde Mahbuba se encontró en poder de nuevos verdugos musulmanes, a los que los anteriores ya habían dicho lo que tenían que hacer.


[1585]
Con el pretexto de curarla por ciertos medios que ellos conocían, pero en realidad para acelerarle la muerte antes de que pudiese hacerse cristiana, encendían grandes fuegos, a los que la obligaban a permanecer arrimada durante horas, y a veces la mantenían enterrada buena parte del día bajo montones de arena ardiente; así, en poco tiempo, Mahbuba se puso muy grave. Entonces sus enemigos, con el mismo pretexto de la tisis, pudieron obtener de la señora que la trasladasen al hospital turco. Exultaban ellos del infernal triunfo. Pero precisamente entonces Dios los quiso humillar, disponiendo que la señora griega tuviese noticia en aquellos días de nuestro recién fundado Instituto de negras. Su conciencia, que ni podía estar ni estaba tranquila, hizo que se decidiese pronto a pedirme su admisión.

El mismo día en que supe de ella fui a visitarla al hospital turco, y posteriormente su ama me la envió. Mahbuba ya era de las nuestras. Su alma parecía entrever la suerte que Dios le deparaba entre nosotros: al ver a las negritas que yo puse a su lado para que le enseñasen a santiguarse y llevar la medalla recibida del Santo Padre, dijo: «También yo quiero ser cristiana como vosotras». Y como era de la tribu de los Denka, le puse entre las otras una negrita de ese origen; y en pocos días tuve ocasión de que me repitiese en árabe y en denka los principales misterios de la fe y los sacramentos. Mahbuba bebía con avidez la ciencia de su salvación eterna; no encontraba la menor dificultad en creer, y repetía a cada momento con sus compañeras-hermanas los dogmas de nuestra religión.


[1586]
Conocido el adorable significado que encerraban los santos nombres de Jesús, María y José, no cesaba de besar sus veneradas imágenes, ni de pedirles a ellos y a nosotros el santo bautismo: de ahí que, después de consultar con los compañeros, yo decidiese no diferir tal gracia más allá de la noche del 11 de febrero. Eran las nueve de la noche, y la habitación de Mahbuba estaba iluminada por las antorchas del altarcito que las negritas habían improvisado. Cuando me puse las vestiduras sacerdotales, todos se postraron a rezar devotamente. La joven comprendió que había llegado el ansiado momento, y los saludó con una extraordinaria sonrisa de alegría, que nosotros distinguimos en su cara, en sus ojos, en sus labios. Era emocionante, enternecedor, verla concentrada y recogida acompañando nuestra oración.

Cuando sintió correr sobre su cabeza el agua de la regeneración, tenía la cara extraordinariamente alegre, y con una sensación de enorme dicha exclamó: Ana Maryam, yo soy María; pues, en efecto, quisimos ponerle tal nombre para consagrar a la Madre Divina de nuestra Obra esa primera flor de la misma. Resumiendo: La joven sufrió dolores de mártir; pero ¡qué fuerza tiene la acción de la gracia!: aún quería sufrir más, y encontraba un consuelo indecible en besar el crucifijo. El 14 de febrero, ella voló al paraíso a rogar por la conversión de los negros.


[1587]
Su Excelencia el Delegado Aplico. nos trata con especial bondad, y nos ha hecho el honor de venir a vernos. Vendrá de nuevo después de San José a hacer algunas confirmaciones en la parroquia del Viejo Cairo, donde hay de párroco un franciscano pío y bueno, con el que me puse debidamente de acuerdo respecto al bautismo de la feliz Mahbuba.

No tengo palabras suficientes para dar las gracias a V. Em.a Rma. por la paternal asistencia que me prestó en el terrible litigio que tuve en Roma con Mons. el Vicegerente. Después de a Dios, debo a V. Em.a la buena conclusión de aquel triste asunto, y espero que con la gracia del Señor no me vuelvan a suceder otros de carácter semejante.

Besándole la sagrada púrpura, me declaro de V. Em.a Rma.



Hum., devot. y resp. serv.

Daniel Comboni






242
Card. Alejandro Barnabò
0
El Cairo
13. 3.1868

N. 242 (227) - AL CARD. ALEJANDRO BARNABO

AP SC Egipto, v. f. 1227

Viejo Cairo, 13 de marzo de 1868

Eminentísimo Príncipe:

[1588]
Estando los dos Institutos recientemente fundados en el Viejo Cairo para la conversión de los negros totalmente desprovistos de paramentos sacerdotales y de todo objeto de culto, el que suscribe se dirige humildemente a V. Em.a Rma. para rogarle encarecidamente se digne concedernos una provisión de los paramentos, vasos sagrados y objetos de culto exterior que produce la Obra Apostólica de Roma, y cuya distribución tiene lugar en el corriente mes de marzo.

En la esperanza de alcanzar esta gracia, tengo el honor de besarle la sagrada púrpura y de ser



De V. Em.a Rma.

Hummo., resp. y obedmo. serv.

Daniel Comboni

Superior de los Institutos de los negros






243
Mons. Luis de Canossa
1
El Cairo
29. 3.1868

N. 243 (228) - A MONS LUIS DE CANOSSA

ACR, A, c. 14/54

El Cairo, 29 de marzo de 1868

Resumen de una carta de D. Comboni.

244
Don Alejandro Dalbosco
0
El Cairo
2. 4.1868

N. 244 (229) - A DON ALEJANDRO DALBOSCO

ACR, A, c. 38/24 n. 4

2 de abril de 1868

[1589]
«...Nuestros Misioneros no están nada contentos con Mr. Girard. Y esto porque él hace suya la obra, el Plan, etc.

Dejemos las cosas en manos del Señor. Yo escribiré a Girard animándolo a tomarse más interés por la Obra de los negros. Eso sí, me mostraré parco en los elogios: 1.o, porque es un poco exaltado o, mejor, tiene fama de exaltado; 2.o, porque en su periódico dijo algo contra los franciscanos, en el sentido de que su obra no da abasto al apostolado de Tierra Santa y de Egipto (y en esto Girard tiene razón); pero como nosotros nos encontramos aquí entre los franciscanos, con los cuales estoy y me mantengo en la mayor paz y acuerdo, e incluso me protegen, y como el Delegado es un franciscano que habla con poco entusiasmo de Girard, estimo prudente medir bien los elogios a éste. Por lo demás, nosotros debemos servirnos en lo posible de su ayuda, porque nos puede abrir el camino para obtener inmensas ventajas de Francia...»






245
Don Alejandro Dalbosco
1
El Cairo
10. 4.1868
N. 245 (230) - A DON ALEJANDRO DALBOSCO

ACR, A, c. 14/133



10 de abril de 1868



Resumen de una carta de Comboni.





246
Don Alejandro Dalbosco
1
El Cairo
18. 4.1868
N. 246 (231) - A DON ALEJANDRO DALBOSCO

ACR, A, c. 38/24 n. 5



18 de abril de 1868



Resumen de una carta de Comboni.





247
Mons. Luis de Canossa
0
El Cairo
1. 5.1868

N. 247 (232) - A MONS. LUIS DE CANOSSA

ACR, A, c. 14/55

Alabados J. y M. Eternamente lo sean

El Cairo, 1 de mayo de 1868

Excelencia Rma.:

[1590]
En mi última me olvidé de comunicarle que nuestro negrito Jerónimo Rihhan, al que yo había acogido aquí desde el principio, el 2 de abril encontró el eterno descanso provisto de todos los sacramentos y seguro de ir al cielo. Es un alma salvada de la perdición, porque era uno de los once negritos educados en Nápoles, de donde fueron expulsados; y venidos a Egipto, se dieron a muy mala vida, conviviendo unos con mujeres turcas, otros con herejes, dedicándose otros al robo, etc. Como éste estaba tísico, lo acogí en la esperanza de que moriría convertido. Hicieron falta dos meses para inducirlo a que se confesara: la gracia triunfó sobre él, y ahora sin duda está salvado.


[1591]
El domingo pasado, consagrado al Buen Pastor, nuestra Casa disfrutó de una fiesta de Paraíso. Hemos bautizado solemnemente a una negrita de dieciocho años, a la que hemos instruido bien y puesto el nombre de la Marquesa su cuñada de Ud.: María Clelia. Cosas como ésta son un verdadero gozo para un misionero; por eso he determinado que, lo mismo que compartimos las penas, disfrutemos todos de las alegrías. Y una alegría es el poder bautizar: esta vez le ha tocado al P. Zanoni.

Cuando el P. Carcereri haya redactado el informe siguiendo el modelo de la Primera Flor, se lo mandaré enseguida, porque estoy seguro de que Dios será glorificado con él y además servirá de gozo al paternal corazón de V. E. Parece que nos hacen una guerra secreta los frailes de Tierra Santa, que no quieren ver con buenos ojos ese poco de bien que realizamos nosotros. Aquí en el Viejo Cairo hay una Parroquia de Tierra Santa, y el fraile que sirve en ella como Párroco es un verdadero misionero.


[1592]
No solamente he actuado de acuerdo con él, sino que él mismo asistió al último bautismo, que llevamos a cabo después de obtener su pleno consentimiento. Y después del bautismo hice un breve informe sobre éste a Monseñor el Delegado en Alejandría. Así que estoy totalmente en regla con el Párroco local y con el Delegado. Por lo cual, después de consultar con dicho Párroco y con nuestros misioneros, he ordenado que se haga el bautismo, a pesar de las protestas del Convento del gran Cairo, que querría que todas nuestras convertidas sólo fuesen bautizadas en su templo cairota, y por los frailes, y después de ser oídos ellos. Dejo este punto, que podría ser fecundísimo; pero no quiero ser prolijo.


[1593]
Nosotros procedemos con todos los miramientos y con toda la prudencia posible. Andando el tiempo, Dios nos concederá la gracia de superar uno de los mayores obstáculos para el desarrollo de nuestro apostolado en Egipto en favor de los negros: las intrigas de los frailes de T. S. [Tierra Santa]. Mientras, confío en poder consagrar a María en este su mes (con charlas todas las noches, a las que dimos comienzo ayer) dos nuevas conversiones, éstas de dos negritas de dieciséis años. Es preciso que las instruyamos en secreto, porque, si se llega a saber, habrá quien insinúe a los amos que no se hable de catolicismo a las negras, y trate de persuadirlos para que no nos sean confiadas. Pero, ánimo, Monseñor, las obras de Dios deben entrar en conflicto con el demonio: es a fuerza de cruces como se gana la palma y se triunfa.


[1594]
A mí me oprimen tantas cruces por todos lados que ya no tengo ni ganas de seguir escribiendo. La Superiora continúa irritada, y no sé si se le pasará. Aparte de esto tenemos aún cuatro enfermos graves. Por lo que a mí respecta, sólo desde ayer estoy levantado. He tenido fiebre desde el Domingo de Quasimodo, y sin embargo sólo he estado tres días sin decir misa. Bendito sea siempre Jesús.


[1595]
Permítame decirle sólo una palabra acerca de un punto sobre el que me escribe esa santa alma de D. Dalbosco, el cual quiere entender algo que verdaderamente no pensamos nosotros de Mr. Girard. Dice que él y el Obispo de Verona saben que nosotros deseamos que se rompan las relaciones con Mr. Girard, y que ellos y yo estamos enojados porque el bueno de Mr. Girard hace suyo el Plan de D. Comboni. Pues bien, afirmo a V. E. Rma. que es falsa tanto la primera como la segunda afirmación: le declaro (por mi parte), con la misma veracidad y sinceridad con la que voy a confesarme, que no sólo es falso todo ello, sino que nunca se me pasó por la mente. Incluso por ciertos proyectos míos para el futuro, me es de sumo agrado que Mr. Girard esté en óptimas relaciones con el Jefe de la Obra de la Regeneración de Africa, y que haga suyo nuestro Plan, como lo han hecho suyo los de Colonia; porque por ello hemos tenido y tendremos recursos, sin los cuales los más hermosos planes se quedan en nada.


[1596]
¿Quién puede negar que a cien más se les ha ocurrido mi Plan? Lo que en Mr. Girard nos ha parecido fanfarronada es su afirmación de que él encontró la casa de los Maronitas en el Viejo Cairo, como me dijeron los Frères. Y sobre esto nos hemos reído lo nuestro con los mismos Frères, porque fue pura casualidad que yo pudiera conseguir ese convento por noventa napoleones de oro al año. Como consecuencia de esto, y del negro retrato que los Franciscanos nos han ofrecido de Girard (que dice grandes verdades), no nos hemos hecho una idea muy favorable de este hombre. Pero nunca nos ha molestado lo más mínimo que él haya hecho suyo nuestro Plan, ni que mantenga estrechas relaciones con V. E. Rma.


[1597]
Así se lo digo en conciencia, y así, por lo que me consta, piensan mis compañeros. Y si alguno de ellos escribe a Verona algo diferente de lo que yo afirmo, eso es harina de otro costal: yo no sé nada. Mi verdadero pensamiento al respecto le es ahora patente, pensamiento que ha debido ver claro por mis cartas. Incluso, para mayor abundamiento, le diré que también nosotros nos hemos puesto en comunicación con Mr. Girard: le escribí con toda gentileza y gratitud, y quizá V. E. Rma. haya leído ya impresa mi carta sobre Tierra Santa. Y, en mi humilde opinión, me parece prudente no hacer ninguna declaración con Mr. Girard, ni decirle que no nos mezcle en cuestiones ajenas a nuestra Obra; porque esto no sirve de nada de cara a los Franciscanos, que por principio con contrarios en Oriente a toda institución heterogénea, y por otro lado podría enfriar a Mr. Girard, que es francés, y que cada vez está más animado a trabajar por la causa de Dios, desde que a la amistad que trabó con todos los Obispos y Patriarcas de Oriente se ha añadido la de un Obispo de la familia Canossa.


[1598]
Nosotros somos únicamente responsables de nuestros propios escritos. En caso de que los Franciscanos me dijeran que Mr. Girard ha publicado que el Obispo de Verona y sus misioneros han adoptado sus opiniones, yo invitaría a los Franciscanos y a quien fuese a verificarlo en nuestras cartas y escritos: entonces, al considerar tan sólo lo redactado por nosotros, quedarían convencidos. Esta es la razón por la que en mi última carta expuse a V. E. mi preocupación porque midiésemos nuestras expresiones en la correspondencia con Mr. Girard, quien por otro lado, además de poder sernos muy útil, tiene un gran celo.


[1599]
Quisiera escribir al Marqués Octavio para decirle que se ha puesto el nombre de Clelia a la afortunada Fedelkarim. Esta es un alma elegida por la gracia, y de un candor admirable. Hágalo Ud. de mi parte.

Estamos esperando al P. Tezza: lo esperamos porque debía venir ya con los otros, y desde hace bastante; lo esperamos también porque D. Dalbosco me escribió hace más de un mes que está a nuestra disposición. Así que nosotros lo hemos pedido, juzgando que tal es también el deseo de nuestro veneradísimo Padre, quien siempre se había expresado en este sentido.

Mándeme una generosa bendición, porque estoy triste; reciba Ud. los respetuosos saludos de todos. Esperamos a Bajit. Diga al Conde Luis, ese santo anciano, que seré fiel a la promesa. A todos... todo.

Beso manos.



Daniel Comboni






248
Card. Alejandro Barnabò
0
El Cairo
15. 5.1868

N. 248 (233) - AL CARD. ALEJANDRO BARNABO

AP SC Afr. C., v. 7, ff. 1268-1269v

W.J.M.J.

El Cairo, 15 de mayo de 1868

Emmo. Príncipe:

[1600]
Al dar a conocer a V. Em.a Rma. lo enormemente grato que fue para mí recibir su estimadísima del 22 del pasado, tengo el sumo placer de expresarle mis sentimientos de agradecimiento, y de asegurarle que nunca me permitiré hacer nada de alguna importancia sin depender por completo del único legítimo Representante de la S. Sede en Egipto y en Africa Central, nuestro veneradísimo Vicario Aplico., en la convicción de que sólo actuando de esta manera podré esperar las bendiciones del cielo al trabajar en pro de la santísima Obra para la conversión de los negros.

Habiendo obtenido del mismo Sr. Vicario Aplico. el permiso de dedicarme a la búsqueda de almas pertenecientes a la estirpe negra a fin de ganarlas para Jesucristo, siempre con la condición sobrentendida de que haga esto con toda la prudencia posible, sin comprometernos, y cuando exista la certeza moral de que podrán perseverar en la fe en la situación en que se hallan, estoy en condiciones de anunciar a V. Em.a Rma. que he encontrado muchísimas en diversas familias católicas establecidas en Egipto; almas que, o son todavía paganas, o han abrazado ya el islamismo.


[1601]
El motivo de esta calamidad que aquí en Oriente padece la infeliz raza de los negros es la tradicional negligencia de los amos católicos, los cuales, generalmente, o no se preocupan en absoluto de la salvación de sus sirvientes de color, o no quieren de ningún modo que éstos se hagan católicos, por el gran temor de que, como al abrazar nuestra fe dejan de ser esclavos, puede ocurrir que luego se sustraigan a su absoluta dominación; y no piensan, en su estulticia, que esos sirvientes con la gracia de J. C. se vuelven mucho más fieles y subordinados a sus señores, como enseña la experiencia diaria. No buscando yo, aunque bien miserable en todos los aspectos, otra cosa que la gloria de Dios y la salvación de las almas, me siento obligado a repetir a V. Em.a Rma. como encargado por Dios de todas las misiones de la tierra, lo que por amor de J. C. me he permitido afirmar confiadamente a nuestro dignísimo Vicario y Delegado Apostólico: que la razón de que se pierdan tantos miles de almas negras radica en que los misioneros o sacerdotes de los diversos ritos católicos de Egipto, ciertamente no han inculcado ni inculcan con énfasis a los jefes y a las madres de las respectivas familias católicas la obligación sacrosanta de cumplir el cuarto precepto del Decálogo, que entre otras cosas contiene el deber absoluto de buscar el verdadero bien de la propia servidumbre, que es la salvación del alma.


[1602]
Para un jefe de familia católico, lo más fácil del mundo es ganar para la verdadera fe a los esclavos y esclavas que ha comprado; porque tal deber de los amos es algo reconocido como un derecho tanto por los mismos esclavos como por el gobierno musulmán, que en tales circunstancias, suponiendo que se llegue a enterar, nunca pone ninguna clase de obstáculos.


[1603]
Tendría mucho que decirle sobre la manera de actuar en el ejercicio de esta parte importante del apostolado egipcio, que podría constituir la labor secundaria de los Institutos de negros, y sobre las dificultades superables que surgen de diversos lados, incluso por parte de algún sagrado ministro. Mas, para no alargarme demasiado, me limito a decirle que todas las observaciones que yo pueda hacer al respecto, así como todo lo que yo pueda discernir de oportuno en beneficio de nuestra santa religión (exceptis excipiendis, porque su posición [la del Vic. Aplico.] es delicadísima, al pertenecer él también a la Orden Seráfica), lo expondré sumisamente a nuestro querido Mons. el Vicario Apostólico.


[1604]
Pasando ahora a hablar brevemente de los frutos de nuestra Obra, me alegro de comunicar a V. Em.a Rma. que el 2 del pasado abril voló al cielo un negro de veinte años, Jerónimo Rihhan, a quien desde diciembre último yo había acogido ya tísico en el Insto., con la firme confianza de verlo morir en el seno de la santa Iglesia –como de hecho ocurrió–, salvando así su alma. El 26 de abril, domingo consagrado al B. Pastor, con el previo consentimiento del digno Párroco franciscano del Viejo Cairo, que asistió a la ceremonia, conferimos el Bautismo en nuestra capilla a otra negra de dieciocho años de la tribu de los Denka, la cual, como conocía su lengua materna mucho mejor que la árabe, con anterioridad había sido muy bien instruida bajo mi dirección por una de nuestras negritas de la misma tribu. Le puse el nombre de María Clelia. Ella vive ahora con su buena señora, y nosotros estamos contentos de admirar en esta alma predestinada los verdaderos portentos de la gracia.


[1605]
Igualmente estamos instruyendo en la fe a una negrita de dieciséis años bautizada en una ciudad de Oriente un mes antes, luego de haber aprendido solamente y de manera maquinal el Padrenuestro, el Avemaría y el Credo en una lengua totalmente desconocida para la muchacha, a la que encontramos absolutamente ignorante del concepto de la Sma. Trinidad y de Cristo.

Cuando yo haya comprobado todo, y en especial el motivo por el que esta negrita fue expulsada a golpes del Insto. católico que pocos meses antes la había admitido al bautismo, exponiéndola a perderse entre los musulmanes, comunicaré el asunto por carta al correspondiente Jefe de Misión. Hasta ahora me ha sido imposible llevar a la práctica del catolicismo a un abisinio de diecisiete años que me confió el Cónsul de Bélgica en El Cairo, a quien yo pedí que me dejara el muchacho como para hacerle el favor de curarlo de su enfermedad, pero con el fin de llamarlo a la fe. Cuando acudí a la cabecera de este negrito, aunque él estaba muy enfermo guardaba ayunando el Ramadán de los musulmanes. El Cónsul me lo cedió de buena gana, diciéndome que lo curase, pues pertenecía a nuestra santa religión. Lo cierto es que no sabe ni la señal de la Cruz, ni la Trinidad, ni nunca había oído el nombre de Cristo.


[1606]
Me enteré de que apenas comprado por un griego católico, fue llevado a la iglesia católica griega y solemnemente bautizado. Luego, como ocurre a los pobres esclavos, el chico fue abandonado a merced del despotismo de la servidumbre musulmana. Caso muy diferente es este otro. En una buena familia católica griega encontré dos negritas, todavía paganas, que al ver luego a nuestras muchachas se echaron a mis pies y con lágrimas me pidieron el bautismo, diciendo que tal era su deseo desde hacía mucho tiempo. Su devota ama, que conocía la bondad de las dos esclavas, consintió en cedérmelas alternativamente, una después de la otra, por el tiempo necesario para una adecuada instrucción. Pero ha habido que dejar esto para más adelante, porque el correspondiente Párroco griego consideró que es demasiado pronto y que ellas son demasiado jóvenes (ambas tienen dieciséis años).

No obstante, confío en persuadir a este Párroco (quien goza de mucha estima entre sus compatriotas) de que entretanto es oportuno instruir a las dos catecúmenas, las cuales no son demasiado jóvenes, y de que, después de una preparación conveniente, no es demasiado pronto para bautizarlas, pudiendo mantenerse ellas bien en la fe bajo los cuidados de la devota señora y de la buena familia, que las consideran como hijas. Por otra parte, con la cooperación del muy diligente Vicario Apostólico de los coptos, he podido conocer y acoger en el Instituto masculino a un excelente joven del Reino Amárico, de diecinueve años, perteneciente a los herejes de Abisinia. En el mes que lleva entre nosotros bebiendo con singular avidez la enseñanza cristiana, nos hace concebir grandes esperanzas de tener dentro de no mucho en él un ferviente católico y un hábil catequista.


[1607]
Finalmente, con especial asistencia de nuestra querida Madre María, el 8 de este su mes hemos podido impedir que un empleado católico de un rito oriental vendiese a los turcos, por ansia de una buena cantidad de dinero, una negra Denka muy alta y de formas singulares y muy codiciadas por los bribones de aquí. Esta negra, cuando vio a su amiga María Clelia (a la que bautizamos el día del Buen Pastor) recibir instrucción entre nosotros, me suplicó que la bautizase; y desde esos primeros días observa riguroso ayuno, y es el ejemplo de todas las demás. El hecho es que, por una providencial serie de cosas que no sé explicar, ese amo me dio a mí la muchacha, contentándose solamente con que nuestro Insto. se encargue de instruir a otra abisinia, que él comprará, y de enseñarle lo que saben nuestras negritas, para que sirva de ayuda y compañía a su esposa. Yo confié la muchacha a una devota señora maronita; en la próxima fiesta de la Ascensión ingresará en nuestro Insto. para ser instruida y bautizada, y luego volverá a la casa donde ahora está, para vivir en la práctica observancia de la ley de Dios, como hace la señora.


[1608]
Tales son, pues, los pequeños frutos que hasta ahora se han podido recoger por obra de los dos nacientes Instos. de negros en Egipto. Confío en que éstos, a pesar de todas las dificultades, progresen a este paso también en el futuro, y que puedan llevar al redil de Cristo muchas entre los cientos de negras que he visto, visitado y exhortado, y que están al servicio de familias católicas de los diversos ritos. Por todo esto, V. Em.a comprenderá la sabiduría de nuestro Vicario Aplico. al recomendar prudencia.

Hasta ahora he hablado de alegrías: en otra ocasión me referiré a las espinas. Le beso la sagrada púrpura, y me declaro lleno de gratitud y respeto



De V. Em.a Rma. hum., devot. y resp. hijo

Daniel Comboni






249
Mons. Luis de Canossa
1
El Cairo
18. 5.1868
N. 249 (234) - A MONS. LUIS DE CANOSSA

ACR, A, c. 14/56



Viejo Cairo, 18 de mayo de 1868



Resumen de una carta de Comboni redactado por D. Dalbosco.





250
Card. Alejandro Barnabò
0
El Cairo
25. 5.1868

N. 250 (235) - AL CARD. ALEJANDRO BARNABO

AP SC Afr. C., v. 7, ff. 1274-1276

W.J.M.J.

El Cairo, 25 de mayo de 1868

Emmo. Príncipe:

[1609]
Con fecha 15 del cte. dirigía yo una carta a V. Em.a Rma., en la que le exponía las pequeñas alegrías de mi pobre apostolado, y le señalaba que más adelante le daría cuenta de mis cruces. Sí, Emmo. Príncipe, tengo cruces gravísimas que provienen de la bondad de Dios; pero me fue destinada una que tiene su origen en el diablo. Y es esta cruz inesperada lo que me determina a escribir a V. Em.a Rma. antes de lo que pensaba. Permítame que comience hablándole de ésta que es de nuevo cuño, reservándome para luego tocar al vuelo las otras.

Desde hace bastantes días, algunos me venían susurrando al oído que yo había sido hecho Caballero de la Corona de Italia, y que esto se encontraba en algunas publicaciones italianas y de Egipto; y hubo quien por ligereza o por broma llegó a felicitarme. Yo no daba mucho crédito al asunto, porque sé que desde hace unos años la prensa periódica se ha vuelto en Italia el órgano de la mentira y no de la verdad. El caso es que ayer, cuando algunas cartas de Verona y de otras partes de la desdichada península me anunciaron que aquello era cierto, que se encontraba publicado en la Gazzetta Ufficiale del Regno d’Italia, y que había sido precedido por un Decreto ministerial concebido en términos rezumantes de religión y catolicismo hasta parecer un Breve Pontificio, quise salir a cerciorarme, en mi enorme curiosidad por contemplar este nuevo e interesantísimo Breve Florentino. Después de mucho buscar y hojear, me fue posible hallar en la Gazzetta: La Nazione la siguiente nota:


[1610]
«Su Majestad, queriendo dar público testimonio de su especial benevolencia hacia algunos de los misioneros más beneméritos... de la Religión... y recordarles que... están siempre presentes en el pensamiento de la patria y del Rey; ... ha nombrado... Comendadores a Valerga... Caballeros de la Corona de Italia a... Comboni Sacerdote Daniel, etc...»

No quiero perder el tiempo comentando palabra por palabra esta solemnísima payasada del Gobierno Menabrea, que es una negación de los hechos consumados. Confieso, Emmo. señor, que si hubiera sido yo sólo el nombrado para la Cruz de la Corona de Italia, me habría llevado un disgusto tremendo, porque tal nombramiento es un ataque a mi reputación, una injuria solemne infligida a un pobre sacerdote de la Santa Iglesia católica, apostólica y romana. Pero al ver incluidos en la misma resolución los venerados nombres de Patriarcas, Arzobispos, Obispos y misioneros que me son personalmente conocidos por su inquebrantable adhesión a la Santa Sede y su gran devoción in omnibus al Papa-Rey, lanzo un suspiro de alivio y miro tal acontecimiento como una simple cruz que se me echa encima, y que me es posible esquivar con la eficacísima oración: sed libera nos a malo. Amen.


[1611]
¡¡¡La Corona de Italia!!! Basta semejante enunciado, pronunciado en esta época, para leer la perfidia y las maquinaciones de los enemigos del Papado. Le quitan al Santo Padre hasta la camisa (perdóneme por esta expresión, que le escribo en confianza), ¡y encima tienen el valor de conceder una Cruz de oro a algunos de sus hijos que lo adoran y veneran!... Provocan la parálisis de las misiones católicas exterminando las santas Instituciones que constituyen el vivero y las esperanzas del Apostolado y sustrayéndoles los medios económicos, ¡y tienen luego la desfachatez de arrojar el polvo dorado de una condecoración a los ojos del misionero que llora la suerte que le está reservada a la querida viña de sus sudores!... El Gobierno de S. M. el Rey de Cerdeña, habiendo perjudicado sañudamente a la Religión, perseguido a sus Obispos y Sacerdotes y dispersado a sus más generosos campeones, ¿se atreve a vilipendiar con engañosos homenajes a algunos de los más beneméritos por los servicios prestados en favor de esta misma Religión?...

Esto es una farsa desvergonzada, propia de los mentirosos hijos de las tinieblas; esto es una política de la casa del diablo; esto es una cruz que también me viene a mí de parte de Satanás. Por eso, cuando uno de estos días me vayan a imponer la Cruz de la Corona de Italia (traída recientemente de Florencia por el mismo Cónsul General) que irreflexivamente ha decidido otorgarme la desvergonzada camarilla que manda en Italia, tendré el placer de rechazarla con una explícita declaración, como conviene a un sacerdote y misionero católico que está dispuesto a sacrificar mil veces la vida por defender la menor de las verdades y declaraciones emanadas del Vicario de Cristo, al cual venera en su sublime condición de Pontífice y de Rey. Estoy seguro de que obrando de este modo tendré el honor de seguir el ejemplo de los otros ocho veneradísimos Obispos y Misioneros, que han sido «crucificados» conmigo por la llamada Corona de Italia.


[1612]
Pasando ahora a las cruces provenientes de Dios, quiero referirme a ellas sólo sumariamente, aunque son mucho más interesantes y un don de la infinita misericordia.

Aparte de nueve gravísimas enfermedades que ha habido en el Insto. femenino, y que me han ocasionado muy importante gasto, desde hace dos meses tengo gravemente enferma a la Superiora, que aún tardará otro par de meses en recuperarse. La viruela invadió las casas maronitas donde estamos, y atacó a cuatro negritas y a un religioso. En sólo quince días, este mes hemos enterrado a dos muchachas negras de veinte años educadas en Baviera. Tenemos la experiencia de que el convento de los Maronitas, rodeado de sepulturas, no es sano. Siguiendo el consejo de muchos tengo que abandonarlo, y lo haré cuando regrese de Jerusalén Mons. Ciurcia, el Vicario Apostólico.


[1613]
Otra cruz (que viene de Dios y –temo– de mí) es Mons. el Vicegerente. Después de cuatro meses de silencio en los que mil veces había sido exhortado a hablar, escribió al Obispo de Verona, y mandó decir a mi Procurador, el Sr. Nuvoli, que estaba dispuesto a restituir el recibo de los 1.500 escudos, después de haber arreglado cuentas conmigo. ¿Por qué no las arregló cuando yo estaba en Roma, a pesar de mis reiteradas invitaciones a ello? Esto no es nada. El mes pasado hizo saber a mi Procurador que de ninguna manera está dispuesto a ceder mi documento, porque ya no es Superior de las Viperescas. Dijo que él desembolsó 1.500 escudos: qué se ha hecho de ellos y dónde han ido a parar, ni lo sabe, ni quiere saberlo, ni está obligado a saberlo. Y añadió que va a tratar de recuperarlos. Yo le perdono, pero ese hombre es un inmoral.


[1614]
La Iglesia sabe lo que se hace; es prudentísima. A mí me tocará sufrir mucho, porque en Roma nadie, ni seglar ni eclesiástico, se atreve a asumir ni a tocar la causa de un sacerdote contra un Obispo. Si escribe, si invita a responder, si reclama justicia, y la justicia calla, y se responde con un profundo silencio, fiat! El Dios que me protegió en Roma bajo la inspiración de V. Em.a Rma., se ocupará de protegerme en el futuro hasta que termine este enojosísimo pleito. Parece que domina la rabia en ese monasterio de las Viperescas, cuya Superiora dijo a las tres últimas negritas que el Papa es un bribón, que Pío IX no tiene autoridad para quitar al V. G. de ese convento, y que las Hermanas de San José son unas trotacalles.

Cito esto a V. Em.a en descargo de mi conciencia, declarándole bajo juramento que las negritas me lo confesaron a mí y a un sacerdote nuestro. Pero supongo que en Roma cosas como éstas se conocerán por decenas. Perdone que me haya dejado llevar por este desahogo de dolor.


[1615]
Finalmente, en su bondad, Dios me da la cruz de las graves preocupaciones económicas que me agobian. De Colonia, que se comprometió a darme 5.000 francos, he recibido hasta ahora 8.300. Dejando aparte una discreta suma entregada al Obispo para el pequeño Seminario de Verona, y los gastos que me ocasionó el Vicegerente al haber mantenido un mes en Francia parte de mi expedición, etc., han llegado a mis manos 7.000 francos, que me han dado bienhechores particulares de Francia, Italia y Alemania. Pero los gastos ascienden hasta el momento a 17.600 francos. No sé cómo salir adelante. Ya he limitado el número de personas en los dos Institutos a las que actualmente tenemos, y he decidido mantenerlo estacionario mientras no haya asegurado los medios de subsistencia a las mismas, considerando, por otra parte, que en estos dos pequeños Institutos hay ya elementos suficientes para ejercer una discreta actividad católica en favor de los negros residentes en Egipto.


[1616]
En medio de estas tribulaciones, me siento lleno de ánimo y de confianza en Dios: la importancia de estos dos primeros Institutos es capital para la Obra de la conversión de los negros, y las gracias especiales y extraordinarias que veo me hacen sentirme seguro de que Dios vendrá en socorro de su Obra. Pero ya ve V. Em.a que mi pobre corazón necesita consuelo; y un gran consuelo sería para mí que V. Em.a Rma. fuese tan bondadoso de obtener del Santo Padre su taumatúrgica Bendición apostólica para mí y para mis dos Institutos de Egipto. ¡Esa bendición será eficacísima para consolarme!


[1617]
Ayer moría en el hospital Sor Javiera Jobstreibizer, después de veinte días desde su llegada de Toscana a El Cairo. La pía armenia Sor Magdalena, que tomó los hábitos e hizo los votos a los pies de V. Em.a se porta como verdadera Hija de San José y progresa en la perfección. Mis buenos compañeros estudian árabe. Monseñor Massaia ha escrito desde el reino de Choa al Cab. Madrus de El Cairo.

Mis casas, en cuanto al espíritu, marchan como cualquier Insto. religioso de los más observantes de Europa.

Pidiéndole disculpas por esta demasiado larga carta, tengo el honor de expresarle mi más profunda veneración y de besarle la sagrada púrpura, declarándome



De V. Em.a Rma.

hum. resp. y dev. hijo

Daniel Comboni