Miércoles, 10 de octubre 2018
“Como Comboni, con su misión aún en pañales –escribe el padre Enrique Sánchez G. en el mensaje que envió a los cohermanos de la provincia de México–, seguramente así nos sentimos hoy quienes hemos heredado su carisma y su misión. Y como él, en alguna parte de nuestro corazón sentimos resonar la convicción de que no se puede entrar en tal empresa si no aceptamos que para un tal reto es imprescindible la santidad. Hoy, en medio de nuestras celebraciones y alegría queremos implorar la gracia de la santidad que cobijó toda la experiencia misionera de San Daniel Comboni. Queremos pedir por su intercesión que se nos conceda la santidad como virtud misionera que nos permita ver el futuro con esperanza, que nos llene de osadía que nos haga creativos.”

Santidad para la Misión

“Pero soy jefe y fundador de la Obra más difícil de apostolado,
que debe formar santos y santas para convertir África”.
(Comboni, Escritos 6877)

Queridos hermanos,
Que la paz del Señor llene sus corazones.

Les escribo estas cuantas líneas para invitarles a dar gracias por el don de San Daniel Comboni en el día en que la Iglesia celebra y recuerda la gracia de su santidad y de su carisma misionero. Pensando a esta jornada de fiesta que nos reunirá como familia misionera en todas nuestras comunidades y que compartiremos con tantos amigos y bienhechores, considero que no podemos limitarnos a la celebración y al festejo, pues recordar a Comboni en este día nos obliga a contemplarlo desde lo profundo de su santidad.

El motivo de nuestra celebración no se puede limitar a la exaltación del personaje grandioso, sin duda, ni al recuerdo del trabajador infatigable que se entregó sin medidas a la misión en África y por los más abandonados de su tiempo.

Ciertamente Comboni ha sido uno de los más grandes misioneros de África en su tiempo y marcó la historia de la evangelización del continente africano con la intuición del Plan para la regeneración de África, fue un gran visionario y un promotor incansable de la promoción humana y del anuncio del Evangelio entre los más pobres de su tiempo.

Él mismo se sabía y se sentía el responsable de una obra grande y desafiante que sólo podía ser abrazada por hombres y mujeres llenos de Dios, capaces de leer sus existencias a la luz de la fe y familiarizados con una relación íntima, profunda, con la persona de Jesús.

“Soy jefe y fundador de la obra más difícil de apostolado”, escribía en una larga carta dirigida en septiembre de 1881 al padre Sembiante, formador de sus misioneros.

Era verdaderamente una de las obras misioneras más impresionantes de toda la Iglesia a finales del 1800 y lo era no sólo por los retos de estrategia misionera, ni por lo faraónico que parecía una misión que se iniciaba de cero, en donde todo tenía que ser creado, inventado, soñado. Pero era, más todavía, una misión que aparecía enorme por sus exigencias de vida espiritual profunda, de experiencia de Dios sentida como aire que se respira, como conciencia de pequeñez ante el misterio de Dios que inexplicablemente seguía sirviéndose de hombres y mujeres frágiles para que fuesen los artesanos del Reino.

Era misión que se antojaba imposible para quienes estaban acostumbrados a juzgar basándose en categorías puramente humanas. Y, justamente ahí es en donde San Daniel Comboni intuye que no hay misión posible más que aquella que nace de personas que dejándose transformar por la fuerza del Espíritu se convierten en faros resplandecientes de santidad.

Qué ganas nos dan hoy de decir que las palabras de Comboni conservan la frescura de actualidad. ¿Cuántos de nosotros, de un modo u otro, no nos damos cuenta de que estamos confrontados a lo enorme de una misión que nos desborda? ¿Cuántos no nos sentimos desarmados e incapaces de entrar en un mundo que galopa alejándose de Dios? ¿Cuántos no contemplamos la sociedad de nuestro tiempo, rica ciertamente de tantos valores y eufóricamente encantada de sus logros y adelantos científicos y tecnológicos; pero al mismo tiempo enflaquecida en su experiencia de humanidad, indiferente ante el dolor y el sufrimiento de los demás, ¿enloquecida y ebria con el elixir del poder y del dinero?

Cuánto derroche de autosuficiencia, de prepotencia, de arrogancia, que pretenden, una vez más como ha sucedido tantas veces en el pasado, sacar a Dios de nuestras vidas para mandarlo al lugar de los objetos olvidados.

No hace falta ser grandes especialistas para darnos cuenta de que la misión que nos toca vivir en nuestro tiempo es de las mismas magnitudes de la Obra más difícil de apostolado de la que Comboni hablaba, cuando su Vicariato apostólico del África central era la misión más grande en toda la Iglesia en ese momento.

Como Comboni, con su misión aún en pañales, seguramente así nos sentimos hoy quienes hemos heredado su carisma y su misión. Y como él, en alguna parte de nuestro corazón sentimos resonar la convicción de que no se puede entrar en tal empresa si no aceptamos que para un tal reto es imprescindible la santidad.

Hoy, en medio de nuestras celebraciones y alegría queremos implorar la gracia de la santidad que cobijó toda la experiencia misionera de San Daniel Comboni. Queremos pedir por su intercesión que se nos conceda la santidad como virtud misionera que nos permita ver el futuro con esperanza, que nos llene de osadía que nos haga creativos.

Pedimos la santidad misionera que nos haga sencillos y humildes para dejar que el Espíritu se manifieste a través de nosotros y que podamos servir de instrumentos dóciles a la acción de Dios quien segué teniendo un proyecto de vida que nos sorprenderá, como lo ha hecho siempre, pues sólo él es capaz de hacer todas las cosas nuevas.

Pidamos para que la santidad de Comboni en este día llene nuestros corazones con el don de una pasión misionera que nos permita ser expresión de la bondad de Dios que toca todos los corazones. Con mis mejores deseos.
P. Enrique Sánchez G. Mccj
Xochimilco, CdMx 10 de octubre de 2018