“…Santos y capaces. Lo uno sin lo otro vale poco para el que sigue la carrera apostólica. …El misionero y la misionera deben ir al cielo acompañados de las almas salvadas. Y aunque ante todo han de ser santos, o sea, completamente ajenos al pecado y a la ofensa a Dios, y humildes, eso no basta: necesitan tener caridad, que es la que los hace capaces” (E 6655)


1. El día de la canonización de nuestro Fundador y Padre se acerca a grandes pasos. Es una ocasión única para nuestros Institutos, más aun porque coincide con algunos momentos significativos e importantes que, en breve, nos preparamos a vivir: la celebración del Capítulo General para los Misioneros Combonianos, la preparación de éste para las Misioneras Combonianas y la Asamblea General para el Instituto de las Misioneras Seculares Combonianas, ya celebrada en el mes de julio pasado. Como Consejos Generales no hemos querido perder la oportunidad de dirigirnos a todos vosotros, hermanos y hermanas, con una carta que, al mismo tiempo que marca el feliz acontecimiento, presenta algunos puntos de reflexión sobre la santidad de Daniel Comboni y sobre el significado de su canonización que nos acompañen durante este período de gracia. Tenemos presente que las Misioneras Seculares Combonianas viven algunos conceptos de esta carta, como consagración, vida comunitaria, evangelización… con una propia especificidad laical.

2. Podemos decir que este momento ha sido acogido en nuestros Institutos con alegría y esperanza, porque ha sido leído como un mensaje que Dios nos envía y que debe ser, sin duda, descifrado. Frases recogidas de la boca de algunos combonianos y combonianas nos hablan de las sensaciones y expectativas presentes en el ambiente: “momento favorable para ‘escuchar’ de nuevo a Comboni; oportunidad para reapropiarnos de nuestras raíces, de aquello que es esencial y que cuenta: ser santos y capaces. Acontecimiento de Iglesia universal y de Iglesia local, que recupera un proyecto liberador en favor de cuantos has sido injustamente marginados y olvidados por la sociedad. Llamada a una transformación personal y comunitaria en armonía con el testimonio de santidad del Fundador. Ocasión para enfocar mejor los objetivos de nuestra acción misionera y momento para revitalizar la animación misionera de la Iglesia en la que estamos presentes y operantes...”

3. Quizá puedan parecer unas expectativas excesivas si se las considera de manera abstracta, pero serán más asequibles si se proyectan sobre aquel icono al cual, de aquí en adelante, nuestra vida misionera deberá hacer referencia constante: San Daniel Comboni, compañero de viaje nuestro y de una multitud de hermanos y hermanas a los que el Señor nos sigue enviando y con los que seguimos haciendo “causa común”. Tal convicción y experiencia de “compañía” no sólo confiere horizonte a nuestra vida y acción, no sólo es consoladora y tonificante, sino que es también vinculante, pues, mediante la canonización de Daniel Comboni, la Iglesia reconoce públicamente la ejemplaridad de este hijo suyo y, por tanto, emite un juicio definitivo sobre su cualidad de vida, sobre su coherencia y sobre el contenido de su acción. El comboniano y la comboniana, puestos por la Iglesia ante su Fundador, saben que se encuentran ante una cátedra de sabiduría misionera.

4. ¿Qué podemos captar de esta hora particular que nos concede la Iglesia? ¿Qué nos dice hoy el hecho de que Comboni sea santo? En la Exhortación Post-sinodal Ecclesia in Africa, Juan Pablo II, recuerda que: “Todo misionero es auténticamente tal sólo si se compromete en la vía de la santidad. (...) El renovado empuje hacia la misión ‘ad gentes’ exige misioneros santos. No es suficiente renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza las bases bíblicas y teológicas de la fe: es necesario suscitar un nuevo ‘ardor de santidad’ entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana (EA 136)”.

5. Esta carta desea dar voz a lo que Comboni, a través de su mismo testimonio y el de cuantos convivieron con él, quisiera entregarnos casi como un viático para el camino de la misión. Ofrece, por tanto, algunas reflexiones sobre la cualidad del testimonio, sobre el origen de la misión, sobre el sujeto y sobre las opciones necesarias a tomar en fidelidad creativa al carisma.

6. La canonización de Comboni es un auténtico acontecimiento de gracia para nosotros, combonianos y combonianas, por cuanto afirma, con la autoridad que le viene de la experiencia vivida, aprobada por la Iglesia, la necesaria conexión entre santidad y misión ad gentes.

7. Una simple constatación estadística pone de relieve la gracia que comporta un Fundador señalado como significativo para toda la Iglesia. Sobre 476 santos canonizados durante el actual pontificado, encontramos solamente cuatro Fundadores de Institutos misioneros. Estos son: Eugenio de Mazenod (1782-1861), Marcelino Champagnat (1789-1840), Daniel Comboni (1831-1881) y Arnold Janssen (1837-1909). Si después se profundiza un poco la historia, se advierte que, de los cuatro, sólo Comboni y Janssen son fundadores de Institutos exclusivamente misioneros. No está desprovista, por tanto, de significado esta primera aunque veloz observación. Lo mínimo que se puede decir es que la canonización de Daniel Comboni habla de una santidad estrictamente ligada a la misión ad gentes como cualidad permanente de la Iglesia.

8. La santidad, o “la perfección de la caridad” (LG 39), constituye la realidad central de la Iglesia “misterio”, la cual está llamada constantemente a contemplar y a encarnar el amor divino que se dirige hacia la humanidad y que tiende, por su misma naturaleza, a su resolución plena en la gran asamblea de todos en la casa del Padre. Sin embargo, la Iglesia no puede hacer esto sin unos ojos concretos, fijos “en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Hb 12, 2), sin personas que, ayer como hoy, “han soportado la cruz sin miedo a la ignominia”, “han soportado y soportan tal contradicción de parte de los pecadores” y “han resistido y resisten hasta llegar a la sangre en la lucha contra el poder de la injusticia” (cfr. He 12, 3-4). Sin el rostro de hombres y mujeres quemados por el amor, Dios sería un Dios invisible, indiferente al dolor humano, inútil, un Dios lejano, pensado, virtual, y la Iglesia, una comunidad sin memoria y sin profecía. En cambio, la Iglesia estará siempre constituida por una “nube de testigos” (Hb 12,1) que nos estimulan a nosotros que nos encontramos en la arena. Es, por tanto, imposible separar la santidad de la Iglesia de la santidad en la Iglesia. Comboni entra en esta galería de rostros que transforman el presente en “amor operante, ejemplo, solidaridad, intercesión” (LG 51) y “anuncio” (AG 10).

9. Comboni santo sigue llamando la Iglesia y a todos nosotros, combonianos y combonianas, a nuestra verdadera identidad como consagrados para la misión. De manera convincente, que habla a nuestro corazón, su persona y sus vicisitudes históricas, muestran cuánto santidad y misión sean dos realidades inseparables. Nos lo recuerda también Juan Pablo II en la Redemptoris Missio: “La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad. ...La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Esta ha sido la ferviente voluntad del concilio al desear ‘con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia, iluminar a todos los hombres anunciando el evangelio a toda criatura” (cfr. Mc 16, 15) (RM 90).

10. Comboni, con su calidad de vida, parece anticipar las afirmaciones básicas del Vaticano II acerca de una Iglesia toda ella responsable del anuncio y de la transformación del mundo en Reino de Dios (LG 17). La clara llamada del Concilio Vaticano II, la cual proclama que la misión es de responsabilidad primaria de los obispos (LG 23), Comboni la había formulado cien años atrás en el Postulatum pro nigris Africae Centralis, enviado al Vaticano I en 1870. El llamaba la atención de la asamblea conciliar sobre la responsabilidad colegial de los obispos con respecto a la misión de la Iglesia, una Iglesia sin fronteras, sin barreras, abierta a todos los frentes, responsable de todo y de todos. “Es preciso, pues – escribe Comboni – hacer todo esfuerzo para que la Nigrizia se una a la Iglesia católica. Lo demuestran el honor y la gloria de Nuestro Señor Jesucristo, a cuyo imperio no se ha sometido todavía el África Central, después de tanto tiempo, y pese a haber derramado Él su sangre por su regeneración. ...Lo requiere la dignidad del ministerio divino confiado a Ustedes, a quienes el Espíritu Santo ha puesto como obispos para regir la Iglesia de Dios” (E 2308).

11. A ejemplo de nuestro santo Fundador, estamos llamados, como combonianos y combonianas, a vivir, a testimoniar y a recordar constantemente a la Iglesia que la referencia a la misión ad gentes no puede ser casual ni ocasional, sino que está inserta en su estructura sacramental y es la medida de su verdad y su santidad. Naturalmente, hoy el “ad gentes” no puede identificarse simplemente con los desplazamientos geográficos, sino con las urgencias y los servicios hechos a la catolicidad y a las reales necesidades de salvación y transformación de una sociedad que se ha hecho mundial. Comboni, haciendo la Iglesia consciente de su apertura estructural al mundo y a las culturas, propone la centralidad del anuncio misionero de la salvación en Cristo. Para convencernos de la necesidad de esta misión “ad gentes”, o sea, de la necesidad de proclamar el amor transformante de Cristo, bastaría una mirada al horizonte para descubrir el estado actual de la humanidad: grupos humanos no evangelizados, violencias, injusticias, discriminaciones, opresión, pobreza, sufrimientos intolerables.

12. Venciendo nuestros titubeos, nuestros temores y nuestras dudas, la santidad de Comboni constituye una renovada llamada a creer que verdaderamente la misión cristiana está todavía en sus comienzos y que constituye una piedra de toque para la Iglesia. Ésta “tiene ante sí una tarea inmensa que de ningún modo está en vías de extinción. Al contrario, bien sea desde el punto de vista numérico por el aumento demográfico, o bien desde el punto de vista sociocultural por el surgir de nuevas relaciones, comunicaciones y cambios de situaciones, parece destinada hacia horizontes todavía más amplios” (RM 35).

13. Daniel Comboni, con su santidad, no sólo nos dice que la misión continúa, sino que nos indica cómo debe continuar. Somos así conducidos a acoger su santidad como expresión de misión en las estructura inherentes a su persona y a su obra. He aquí dos testimonios, sobre otros muchos, que confirman la verdad de estas afirmaciones. Sor Catalina Chincarini, la comboniana de veinte años que, en 1881, hizo con él el viaje de El Cairo a Jartum y de El Obeid a Delen y que fue prisionera de El Mahdi del 1882 al 1891, en el proceso ordinario de Jartum (1929) afirmaba: “Cuando aún vivía, todas nosotras teníamos al Siervo de Dios por un santo, y esto lo decían todos. Cuando llegó a Jartum como obispo, el gobernador mandó un barco expresamente para él. Toda la ciudad fue a recibirlo, y todos decían: llega un santo” (P II, p. 1256). Por su parte, Sor Teresa Grigolini, una de las primeras cinco Pías Madres que salieron para África en 1877 y también ella prisionera de El Mahdi, añadía en el proceso ordinario de Verona (1929) una interesante distinción entre el ser y el parecer: “Externamente, no parecía un hombre de recogimiento, pero su comportamiento me persuadía de que él estaba siempre en la presencia de Dios” (P II, p. 1236).

14. Descubrir, por tanto, el significado de la santidad de Comboni implica un esfuerzo: es necesario pasar del simple parecer al ser. Es necesario llegar a su biografía interior para entender cómo su santidad ha podido mover la historia desde dentro y, en su caso, poner de nuevo en movimiento el casi extinto Vicariato de Africa Central, interpelando a la Iglesia y a la sociedad.
15. Comboni es un hombre de un solo ideal y no el fácil entusiasta que se pierde en mil veleidades. No obstante sus múltiples actividades, Comboni es el hombre de una sola causa; no cerrada en sí misma, sin embargo, puesto que sus exigencias y sus planes a favor de África Central se moverán libremente por toda África y el mundo. Él es uno de los pocos hombres que en la vida de la Iglesia pueden ser identificados con un continente. Igual que Francisco Javier es el misionero del Extremo Oriente, así Comboni es impensable sin África. Su icono personal es inseparable de África.

16. Está completamente dedicado a la obra para la que se siente llamado, sin que por eso llegue a ser testarudo o violento. Jamás vencido, es un verdadero valuarte; no obstante sus muchos sufrimientos, las debilidades de su carácter o los amargos desengaños, jamás se le ve replegado sobre sí mismo, desilusionado o decepcionado. Donde hay una carencia histórica del anuncio del evangelio, donde hay una injusticia hecha a la dignidad de la persona y de los pueblos, allí se encuentra Daniel Comboni. Esta tenacidad y apertura de horizontes la perciben sobre todo los pobres cuando se tropiezan con su figura. Así sucedió a María José Oliveira Paixao, la mujer brasileña que en 1970, a la edad de 10 años, obtuvo la curación por intercesión suya. En una entrevista en 1996, 26 años después del acontecimiento, evoca así su figura: “En el barbudo de mi infancia, que se me presentó en el momento de la curación, hoy he redescubierto al hombre que durante toda su vida luchó por los débiles y rescató a los negros a fin de que se pudieran evangelizar a sí mismos. Mons. Comboni tuvo grandes planes para el mundo entero y los llevó a cabo, porque hay misioneros suyos que todavía hoy siguen a su Fundador”.

17. La continuidad de su obra se apoya sobre dos pilares: su fidelidad y su magnanimidad. Comboni se presenta como el hombre de la fidelidad absoluta, que no admite compromisos ni degenera en voluntarismo, porque tiene la conciencia de una tarea ardua recibida de lo Alto. Busca a Dios y sólo el camino de Dios para llegar al corazón del africano y para descubrir y sembrar en éste el germen de la autoregeneración. Al mismo tiempo, busca perdidamente sólo al africano, el más abandonado de su tiempo, pero siempre con el corazón de Dios. Comboni es el hombre magnánimo, en quien las cosas y las personas dejan una huella, inmediatamente percibida como acogida total. El Card. De Canosa, con cierto pesar, anotaba: “Este bendito Daniel Comboni (...) tiene un corazón demasiado sensible, por eso sigue donando en exceso” (P II, pp. 1249-59). Más que un hombre fuerte, y nadie puede dudar de su desbordante energía, fue sobre todo un hombre verdadero, auténtico y sincero: su alma era legible en su palabra, sin escondites, fingimientos o complicaciones. Las Hermanas, que con él soportaban el “peso del día” de la empresa africana, observaban: “Era tan humilde que, a veces, lo reprendíamos” (P II, p. 1255). “Era simple como un niño; como él era sincero, así pensaba que lo fuesen todos. No creía que los demás pudieran usar embrollos o falsedad” (P II, p. 1265).

18. Tan simple era de ánimo, como determinado en la acción. Comboni parte siempre de las situaciones reales, de las personas en carne y hueso, y las suyas no son nunca conclusiones de un discurso o de un razonamiento, sino que desembocan siempre en decisiones concretas, en planes operativos. No desiste nunca. Ha aprendido a conjugar un único verbo: recomenzar. El amor de Cristo (cfr. 2 Co 5, 14), que lo empuja, lo solicita, lo arrastra y lo tiene en su poder, le ha enseñado la solidez de los pequeños pasos y de la paciencia. En efecto, usa con frecuencia y significati-vamente los adjetivos “lento, día a día...”. Naturalmente, el lento avanzar no es un eufemismo, sino un caminar sobre las espinas. Por eso advierte que es necesario “inculcar en las novicias que ellas están destinadas a ser carne de cañón, a abrazar las privaciones y sacrificios más duros y a sufrir un lento martirio” (E 5746).

19. En 1865, Comboni viene a saber en París que ha sido despedido del Instituto Mazza; en 1869, Lyón le corta los fondos y el Card. Barnabò parece darle la espalda a consecuencia de las injustas calumnias de uno de los suyos; en 1978, Propaganda Fide le quita la parte mejor de su Vicariato a favor del Card. Lavigerie sin siquiera consultarlo; en 1881, es puesta en duda su capacidad y su seriedad moral como obispo, como hombre y como fundador de su Instituto. Su respuesta es perentoria: “Con la cruz, ...con Jesús mi todo, no temo ...ni las tormentas de Roma, ni las tempestades de Egipto, ni los torbellinos de Verona, ni los nubarrones de Lyón o París; y ciertamente, con paso lento y seguro, andando sobre las espinas, llegaré a iniciar establemente e implantar la ideada Obra de la Regeneración de la Nigrizia central, que tantos han abandonado” (E 1710). La verdadera novedad no está en el iniciar, sino en el reiniciar constantemente, en el tenaz ir adelante sin detenerse.

20. En efecto, su existencia fue un continuo recomenzar, sin por eso desviarse del surco trazado por Dios; por eso la semilla sembrada ha florecido a su debido tiempo. La cualidad de este perenne recomenzar emerge inequívocamente de la historia del Vicariato de África Central y, en particular, de las listas originales de los misioneros que han surcado el terreno de la misión. El verbo recomenzar puesto junto a estos nombres está mezclado con el sabor de la muerte, de las arenas ardientes del desierto, del agua negra y pútrida de las “bormas” (contenedores hechos con piel de cabra), de los esqueletos humanos diseminados a lo largo de las pistas seguidas por las caravanas de esclavos, de las fiebres repentinas, de los agotamientos, de los viajes sin retorno, de los violentísimos y mortales ataques de fiebre... No se puede olvidar que Comboni ha comenzado siempre cuando las condiciones eran dramáticas. Entró en la misión de África Central cuando de 1847 a 1872, de 120 misioneros, 46 habían muerto y todos lo demás se habían retirado (E 2849-2863). Resistió, con visión de futuro y de esperanza cuando, desde 1872, fue nombrado responsable del inmenso Vicariato, dejando sobre el terreno, al momento de su muerte, 28 tumbas, entre ellas la suya, y 11 sobrevivientes entre sacerdotes, hermanas y hermanos de la misión de Jartum. Su grandeza está en no haber esperado tiempos mejores, sino en haberlos preparado, poniéndolos con confianza en las manos de la providencia y de sus misioneros y misioneras.

21. ¿Un héroe entonces? No, simplemente un hombre que “tiene los ojos fijos en las cosas invisibles” (2 Co 4, 18), como diría Pablo, y que avanza como Moisés, “como si viese lo invisible” (Hb 11, 27). Veía la mano de Dios y el fin de la obra. Y así era capaz de ver en las personas y en los acontecimientos en aspecto positivo, generador de esperanza. Sus mismas palabras de moribundo testimonian una personalidad bien cuajada, incluso humanamente, en la que se integran armónicamente tanto su ser profundo como su proyecto, las personas que lo rodean y el ambiente circundante. Su esperanza nace de su equilibrio interior y de su fe sincera: “No temáis, yo muero, pero mi obra no morirá; habrá mucho que sufrir, pero vosotras mismas veréis el triunfo de nuestra misión”.


El legado que Comboni nos deja puede ser expresado con estas palabras suyas:
“Una misión tan ardua y laboriosa…no puede vivir de la apariencia, con santurrones llenos de egoísmo y pagados de sí mismos...” (S 6656)

22. Dos condiciones escuetas: ningún gusto por la exterioridad (hay que ir siempre a la sustancia) y ninguna búsqueda de propio yo (hay que apuntar a objetivos fuera de uno mismo). A contraluz, se entiende que es la madurez humana de una persona estructuralmente orientada hacia fuera de sí misma, extrovertida y positiva, más propensa a hacer crecer al otro/a que a preocuparse de sí misma; más orientada hacia Dios y su Reino que fijada en la búsqueda de comprensión y de aprobación de los propios planes, más capaz de comprometerse con constancia en objetivos comunitarios que exclusivamente personales, más propensa, finalmente, a tratar de leer, entender y comprometerse a favor de las situaciones de los otros que fijarse en la reivindicación de lo que a ella se debe.

23. En la vida de Comboni emergen características humanas inconfundibles que deberían marcar para siempre nuestra personalidad: ir a lo esencial, sin dejarse condicionar por lo que es aparente o secundario, y orientarse hacia la persona del otro/a, evitando la atención excesiva sobre sí mismo. El comboniano y la comboniana se distinguirán por algunas actitudes típicas: constancia y coraje en perseguir la causa emprendida sin dejarse distraer; fidelidad absoluta a lo que se ha iniciado, expresada en la voluntad de recomenzar constantemente no obstante las decepciones y dificultades; dedicación y atención a la persona y a las personas, que debe convertirse en sensibilidad hacia las situaciones personales y comunitarias de mayor dificultad y emergencia; y, finalmente, relación constructiva privilegiada con quien está a nuestro lado a fin de generar sentimientos de esperanza, recuperación, atención, alegría y bienestar físico y psíquico. Consiguientemente, la madurez humana del testimonio exige capacidad de acoger el tiempo y sus ritmos, sus cadencias, sus éxitos y dificultades dentro de la política de los pequeños pasos, del avanzar lentamente. Esta lenta y persistente acción va unida a una lectura atenta de la historia de la persona y de sus opciones operativas. En su amor atento y generoso, deja transparentar un proyecto más amplio, de signo inconfundiblemente divino.

24. En su imagen humana del misionero y de la misionera, Comboni mete en el mismo plano: exterioridad (apariencia), egoísmo (lleno de sí) y falta de interés por el bien espiritual de los demás (no preocuparse convenientemente de la salvación y conversión de las almas) (cfr. E 6655). Es tanto como decir que el cerrarse en sí mismos es sinónimo de cerrarse a Dios y a los demás. Por tanto, la madurez humana del misionero y la misionera no puede tener más que un nombre: “acogida de todo, de todos y de todas”.
25. Continuamente, y con razón, oímos hoy repetir que el protagonista de la misión es el Espíritu Santo. Sin él, es impensable el inicio, la continuación y la eficacia de la misión. Con otras palabras, no se puede hacer misión sin un punto de partida capaz de revitalizar constantemente la acción. Ahora, en lenguaje comboniano, se debe decir que no hay misión si no hay una visión que contemple la realidad que todo lo funda, que todo lo mueve desde dentro. Por tanto, el misionero y la misionera combonianos, se ven constantemente interrogados sobre la visión que les empuja y sobre la experiencia mística que inspira su acción. No basta afirmar, como justamente notaba Karl Rahner, que el cristiano de mañana o será un místico o no será nada; se trata también de darse cuenta de qué rostro de Dios hemos descubierto nosotros mismos y qué rostro anunciamos. En este campo, Comboni tiene una originalidad propia, que determina su acción y la nuestra.

26. La mirada contemplativa de Comboni está centrada en la caridad del Padre, que sale del Corazón del Hijo y que empuja, en la sobreabundancia del Espíritu, hacia los olvidados de la historia. Dios y pueblos en dificultad, Corazón abierto del Salvador y personas oprimidas y abandonadas, Corazón traspasado del Buen Pastor y África o Áfricas de los marginados, de la esclavitud, de los hambrientos, de los abandonados a la deriva... son inseparables. Imposible pensar en Uno sin los otros, imposible decir que se cree en el amor de Dios y olvidar al hermano o la hermana en dificultad. Lo afirma categóricamente el Plan para la regeneración de África, el documento programático por excelencia. “...El católico...” -escribe Comboni- no se dejó condicionar por el “miserable prisma de los intereses humanos”, sino por el “puro rayo de la fe”, que le hizo germinar “una miríada infinita de hermanos pertenecientes a su misma familia, por tener con ellos un Padre común arriba en el cielo”, de forma que advirtió “la divina llamarada salida del costado del Crucificado” que lo empujaba hacia aquellas tierras “para estrecharlos entre sus brazos y darles un beso de paz” (E 2742). El comboniano y la comboniana deberán siempre dar razón del amor eterno, en el cual dicen creer, a través de un servicio liberador de los hermanos y hermanas más abandonados.

27. En el centro de la misión está el Corazón del Dios trinitario, amante y herido, que se dirige al misionero/a y a África. En respuesta, al comienzo de la misión está la “mirada nupcial” al Dios que tiene un corazón sensible a los sufrimientos de los pueblos. La dirección de la mirada hacia Dios determina la actitud hacia las personas. “...Tener ardiente el corazón de puro amor a Dios...” y “...tener siempre los ojos fijos en Jesucristo, amándolo tiernamente y procurando entender cada vez mejor qué significa un Dios muerto en la cruz por la salvación de las almas” –escribe en las Reglas de 1871- (E 2705 y 2721). La santidad misionera consiste en dejarse iluminar por la completa disponibilidad de Dios hacia la persona de la que nadie se preocupa, para luego dejarse trasportar del movimiento de esta misma caridad hacia la historia.

28. Para Comboni no existe nunca una afirmación aséptica, una definición neutra o un concepto general del amor de Dios a vivir y proclamar. El mismo Dios en quien cree y que le apremia es, simultáneamente, el Dios amante de África, el Dios muerto también por los africanos, es decir, el rostro misericordioso de Dios hecho de muchos rostros humanos con toda su gama de alegrías, sufrimientos y esperanzas. De este Corazón, que late al unísono con las alegrías, las penas, las esperanzas del corazón humano, y de esta cruz, sobre la que Dios muere a favor de los desheredados de cuerpo y espíritu, derivan para Comboni consecuencias importantes.

29. La primera es ser fiel a las reales dimensiones del amor de Dios. Por eso amplía constantemente el abanico de sus atenciones y preocupaciones. El amor de Dios, que fundamenta la misión, no es nunca exclusivo, sino inclusivo; por su propio dinamismo, tiende a incluir, a hacer presente y abrazar justamente lo que normalmente se trata de borrar de la memoria porque es lejano, diverso, no nuestro. Comboni amplía de alguna manera el dicho paulino “me amó y se entregó a sí mismo por mi” (Ga 2, 20), convirtiéndolo en “me amó y se entregó a sí mismo por nosotros-por África”. En 1880, escribía a Giulianelli: “Usted rece y haga rezar por mí... a fin de que todos nos hagamos santos salvando a la Nigrizia” (E 5976).

30. La segunda consecuencia de importancia es la inversión de la actitud primaria referida al Corazón de Cristo: no ya la de ser consolado, sino la de consolar y com-padecer. Comboni, en efecto, percibe el misterio del Corazón abierto del Crucificado, que para él está en el origen de la misión, no como un consolar a Dios, sino como un Dios que consuela al hombre, venda sus heridas, cura sus cicatrices a través de las cicatrices de su Hijo: “El golpe de lanza ha alcanzado también el corazón de África” -afirmará (cfr. E 1733). Al comienzo de la misión, hay una santidad de Dios que se especifica en base a la empatía y no en base a la separación y a la distancia. No la separación-distancia del “sed santos como yo soy santo” del Levítico (cfr. Lv 11, 44-45; 19, 2; 20, 7), sino más bien en base a la cercanía del Dios santo de Oseas, que exclama: “¿Cómo voy a dejarte, Efraín, cómo entregarte, Israel? ...Mi corazón está en mí trastornado y a la vez se me estremecen la entrañas ...porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo y no vendré con ira” (Os 11, 8-9).

31. Un Dios, por tanto, no sólo cercano al ser humano, sino un Dios que no puede prescindir de él y de su historia. En efecto, según el profeta Oseas, la amenaza más terrible que Dios podría formular es “ya no he de amarlos más” (Os 9, 15). ¡Imposible! Sería el vacío completo, porque no sólo significaría que Dios abandona al pueblo, y por tanto la destrucción del pueblo, sino que vendría a ser la negación de Dios mismo, la renuncia de Dios a ser Dios. La santidad que funda la misión es, ante todo, cercanía y no distancia. La experiencia del amor del Dios trinitario a través del Corazón de Cristo es la experiencia de un Dios que carga sobre sí el mal; un Dios que, movido por su Espíritu de amor, carga con los errores y paga Él mismo por sus hijos en su Hijo. Dios, en una palabra, se hace cargo de sus hijos e hijas.

32. De esto derivan consecuencias extraordinarias tanto para la vida individual como comunitaria: no cargar sobre otros las responsabilidades, sino asumir los errores; no estigmatizar o juzgar las caídas de los demás, sino llevarlas juntos; no descubrir las llagas, sino curarlas juntos; no cerrarse en una autosuficiente soledad espiritual, sino orar juntos... Nuestra sociedad, y a veces también nuestra Iglesia y nuestras comunidades, siguen habitualmente otra dinámica: ahora te has equivocado, pagas; ahora eres eficiente, te aplaudo, te uso; mañana ya no eres eficiente, te arrincono; hoy estás en situación de debilidad: clandestino, refugiado, desesperado, te echo al mar; o aceptas estas condiciones -mejor subcondiciones- de trabajo o te vas... Anunciar el amor compasivo de Cristo es la finalidad de toda la evangelización. Vivir de este amor es la condición primera y absoluta para evangelizar según Comboni.

33. Las personas advertían en él este primado reconocido al amor de Dios. La comboniana Sor Matilde Corsi, que había conocido al Siervo de Dios en 1877, afirma en el proceso de Jartum: “Él amaba a Dios sin límite alguno” (P II, p. 1265); y Catalina Chincarini: “El Señor era su única vida. Trataba de inculcar a todos, pero especialmente a nosotras Hermanas, el espíritu de oración y de ilimitada confianza en el Señor; ante cualquier dificultad, la frase habitual era: ‘confiemos en Dios y fiémonos siempre de Él’ ” (P II, p. 1255). Said Mohammed Taha, musulmán, antiguo mercader de esclavos, en su relación no se cansa de repetir que “Comboni amaba mucho a Dios; sabía que todo viene de Dios y esperaba en Él. De su manera de hablar se percibía su gran fe en Dios” (P II, p. 1270).

34. Se comprende ahora por qué todos los testigos hayan quedado impresionados de su constante oración, hecha en los momentos más impensables y difíciles, pero sobre todo durante la noche. Una vez más es Catalina Chincarini la que habla: “Por sus múltiples ocupaciones, el Siervo de Dios dormía poco y, a su ya escaso reposo, robaba el tiempo para entretenerse con Dios, especialmente recitando las oraciones que no había podido hacer durante el día. Se le veía muchas veces, entrada la noche, pasear en el patio rezando con el rosario en la mano” (P II, p. 1255). Rafail Rigsalla, presidente de la comunidad copto-ortodoxa de Jartum, afirma en su relación: “El rostro del santo era jovial” (P II, p. 1269), es decir, reflejaba en su rostro la luz de Cristo.


El legado que Comboni nos deja puede ser expresado con estas palabras suyas:
“...inflamarlos de una caridad que tenga su fuente en
Dios, y del amor de Cristo...” (E 6656)

35. “Inflamarlos de caridad...” significa volver constantemente al corazón de la misión, es decir, al amor inconmensurable del Padre, que viene a nosotros a través de Corazón traspasado del Hijo y que nos envía en el Espíritu. Es de allí de donde tomamos forma como personas y como comunidad y recibimos nuestra identidad misionera. En esta fuente, nos confirmamos en la certeza de haber sido constituidos por una llamada personal única: “Oh Dios mío, esto yo deseo y llevo tu ley en mis entrañas” (Sl 40, 9). De esta fuente bebemos la conciencia de haber sido marcados para siempre con el sello del misterio pascual de muerte y resurrección, que modela, incluso en nuestro mismo cuerpo, la expresión de un amor divino siempre disponible: “...me has preparado un cuerpo... Ahora he dicho: he aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (cfr. Sl 40, 7-8). En esta fuente percibimos que hemos sido enviados en la totalidad y unicidad de nuestra persona: “Conságralos en la verdad... Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo; y por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean consagrados en la verdad” (Jn 17, 17-19).

36. Inflamar la misión en la caridad de Dios significa, por tanto, colocarse en el centro de la consagración: el amor infinito del Padre por cada uno y por todos antes que nuestra buena voluntad; el amor compasivo de Cristo antes que nuestra solidaridad; la persona de los hermanos y hermanas antes que nuestra misma persona; la disponibilidad total de nuestra persona antes que los bienes que podamos tener, adquirir, donar. Significa poder repetir con toda verdad, a ejemplo de Comboni, “...me encuentro todo consagrado a la gloria de Dios y a morir por Cristo” (E 6796) o “...la única y verdadera pasión de toda mi vida... que se convierta la Nigrizia” (E 6987).

37. “Inflamarlos de caridad...” significa tomar conciencia de la centralidad de la consagración en la vida misionera. La Exhortación Apostólica Vita Consecrata afirma: “...la misión está inscrita en el corazón mismo de cada forma de vida consagrada” (VC 25). Ésta no es sólo un compromiso humano, generoso y eficiente, sino vida apostólica, es decir, verdadera consagración: correspondencia a una gracia divina recibida, vinculación consciente al amor divino que nos ha llamado de manera única y continua y búsqueda constante del rostro de Cristo en los mil rostros. Implica, por tanto, comprometer no una parte de los afectos, una parte de las cualidades, de los proyectos o de los bienes de la persona, sino toda la persona, sin reservas; “con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas” (Dt 6, 5), porque es exactamente este amor total y trinitario en el que hemos sido elegidos por gracia.

38. Los votos se convierten para nosotros en la única expresión adecuada en respuesta a tanto amor: una respuesta única y total a una llamada única y total, no tanto expresión de vínculos jurídicos, leyes o deberes morales, cuanto conciencia gozosa de ser admitidos por gracia al dinamismo del amor del Corazón de Dios por el mundo. Debería ser alejada de una vez por todas la idea de que la consagración religiosa es una sustracción, una fuente de conflictos o simplemente un instrumento de eficacia añadido a la misión. La consagración constituye el corazón de la misión, porque es en la consagración donde el misionero/a es constituido por gracia expresión personal de un don, el más gratuito, el más libre, el más desinteresado, el más tenaz, en la medida en que toma la forma del ser del Corazón de Cristo y de la cruz. Es en las motivaciones profundas de la persona donde está el don que salva y, por tanto, es en los tres votos donde todo es conducido a la unidad de la persona.

39. Una vigilancia continua sobre la calidad de nuestra vida consagrada garantiza la verdad de la misión evangelizadora. Nos hará conscientes de si anunciamos a Cristo o si nos anunciamos a nosotros mismos, si servimos a las personas o si nos servimos de ellas, si la asociamos a Cristo o si la anclamos en nosotros mismos, en nuestros proyectos y en nuestras ideas. La consagración, vivida como disponibilidad indivisible de nuestro ser completo a Cristo, nos dirá si estamos de verdad totalmente disponibles a las personas y si somos capaces de crecer juntos en una experiencia espiritual profunda y transformante.

40. “Inflamarlos de caridad...” se concreta en el remontarse constantemente a la fuente y, consiguientemente, en revisar la calidad de nuestra vida de oración personal y comunitaria. Comboni empujaba a orar con el fuego de la caridad, a no adaptarse y acomodarse a las fórmulas, sino a hacer de la oración un momento personal y comunitario de encuentro y de confrontación con cuanto en nosotros, en la comunidad y en los acontecimientos, tiene necesidad de Él, de su luz y de su fuerza. Descubrir, por tanto, la oración como un momento integrante de la misión en el que, entregándonos particularmente a Dios a través de tiempos determinados, nos libramos progresivamente del individualismo, de la superactividad, de la ansiosa búsqueda de la eficacia y de los resultados, de la incapacidad de desligarnos y reposar, cosas todas que nacen de una excesiva preocupación por nosotros mismos.

41. “Inflamarlos de caridad...” significa, finalmente, experimentar que el verdadero contenido de la consagración y de la misión es la persona de Cristo que debe ser anunciado. Si la esencia de la consagración es la gracia de ser llamados al seguimiento de Cristo, el corazón está constituido por el anuncio. Y también éste es un elemento peculiar de Comboni. Es sorprendente la cantidad de veces que habla de un impulso que lo hace anunciador de salvación, justo porque está ligado a la persona de Cristo. “Se trabaja únicamente por Cristo y por la gloria de su nombre, y por ganar las almas de los negros” (E 6660). Aquí, Comboni repite con la misma fuerza de Pablo su condición de prisionero del amor de Cristo. Que Comboni sea vilipendiado, criticado o contestado, no importa; lo importante es que Cristo sea anunciado. “...Tendrá que verificarse en nosotros y cumplirse el ‘pati, comtemni et morire pro te’. Tendremos que sufrir, ser despreciados, calumniados (usted no, yo sí), acaso condenados, y morir... ¡pero por nuestro querido Jesús! Por el mundo yo no doy un céntimo, y menos aun por la opinión del mundo; pero por Cristo es poco el sacrificio, el martirio” (E 6664).

42. No el silencio, por tanto, sino la palabra de la vida, el anuncio explícito, directo, humilde, convencido y sin arrogancia. Y es que el anuncio no nace de un mandato externo, sino de una condición de identificación. Comboni puede gastarse totalmente, porque Cristo se ha gastado antes por él. El anuncio sigue siendo el imperativo básico al que nada puede ser antepuesto. El paulino “morir y ser condenado por ti” fluye de la boca y de la pluma de Comboni y traduce la gracia y la responsabilidad de anunciar a Cristo debido a la relación personal única, total y nupcial con Él: “Se sufre por Cristo y basta” (E 6689). “Me encuentro totalmente consagrado a la gloria de Dios y a morir por Cristo” (E 6796).

43. “Inflamarlos de caridad...” significa, en sustancia, entrar decididamente por el camino de la radicalidad evangélica, es decir, de la profecía: abandonar todo para que el seguimiento de Cristo, que hemos jurado querer abrazar, pueda convertirse en misión; poner el Reino de Dios por encima de todo (cfr. Mt 6, 33). En este arriesgar toda la existencia, en esta búsqueda del Señor y de sus planes, en este dejarse guiar por el Espíritu, nacerá la profecía-misión, fruto de la consagración.

44. Quien adhiere a la plenitud del amor de Dios y hace de éste la razón del dinamismo de la misión, como sucede con Comboni, no puede sino ser una persona comunitaria; “un individuo anónimo dentro de una serie de obreros” (E 2700), como escribe en la Regla de 1871. Es el anonimato de quien no trabaja para sí mismo en una obra que, sin embargo, no es anónima.

45. Hablar de Comboni como un testigo de la comunidad evangelizadora podría parecer una contradicción o, por lo menos, un forzar las cosas. Más que un hombre comunitario, parece haber sido un gigante, cuyo acentuado individualismo y desbordante protagonismo lo llevaban a una actividad exagerada. Su mismo innegable amor a la Iglesia tenía todo el aire de un amor a una comunidad rigurosamente estructurada, con tintes claramente conservadores. Más que en la comunidad como comunión de personas, parecería haber puesto su fe en la fuerza de las estructuras y de la organización.

46. Sin embargo, con una mirada más profunda, uno se da cuenta de que aquel amor a la Iglesia, aquel “no hacer nada sin la Iglesia” (cfr. E 959, 971, 4088), delataba un hombre profundamente convencido de que la misión se abre camino, se desarrolla y encuentra su verdad en la comunidad. Comboni santo se presenta como un hombre comunitario en la práctica, antes incluso que en el pensamiento. Lo vemos en continua búsqueda de personas y de compañeros, antes todavía que en busca de ayudas. La misión nace de la “koininia trinitaria”, y aquellos que trabajan en ella tienen que trabajar juntos como colaboradores de este movimiento eterno de reunión de los hijos de Dios dispersos. La Hermana Matilde Corsi pone de relieve no sólo el aura espiritual que se desprendía de la persona de Comboni, sino también la solicitud que mostraba por sus misioneros/as: “Yo conocí al Siervo de Dios desde cuando fue hecho obispo en 1877, hasta diciembre de 1880, cuando partió para África por última vez. La impresión que tuve fue la de una persona santa, que sólo se preocupaba de Dios, de los suyos y de sus misiones” (P II, p. 1264). La plenitud vivida del amor de Dios es proporcional a la conciencia de la necesidad y de la responsabilidad para con los hermanos y hermanas.

47. Comboni comienza en 1868 a realizar su Plan junto con un grupo de tres Padres camilos, tres Hermanas de San José de la Aparición, 16 institutrices negras y algunos hermanos laicos. Es de incalculable valor el haber dado plena confianza desde los mismos comienzos al elemento africano. Es también de incalculable valor aquella su sensibilidad que reconoce la importancia primaria de la mujer en la evangelización. Él es el primero en llevar Hermanas al centro de África. El 5 de mayo de 1878, escribe a la General de las Hermanas de San José de la Aparición: “En Berber se encuentran cinco religiosas de mi Instituto de Verona. Están destinadas a una nueva misión que fundaré dentro de poco. He aquí mi secreto, basado en una larga experiencia de 21 años. En una estación o misión donde hay seis o siete Hermanas, puedo meter solamente dos Padres misioneros; y dos Padres con seis Hermanas en una misión de África Central harán mayor bien que en una misión con doce Padres sin Hermanas. Esto es una verdad” (E 5117). “La Hermana de la caridad en África Central es de la misma utilidad que el misionero; es más, el misionero haría poco sin la Hermana” (E 5442). Está, además, fuera de discusión el empeño con que se aplicó a la fundación de sus dos Institutos, el masculino (1867) y el femenino (1872).

48. Comboni es el hombre de los contactos, de la comunicación, de la comunión de fuerzas, de la confrontación eclesial, del diálogos, de la solicitada y buscada opinión de los demás. Lo muestra su búsqueda de fuerzas en los ambientes más variados: camilos, benedictinos, salesianos, verbitas, trinitarios, Hermanas de S. José de la Aparición... Incluso el propuesto Comité Central, órgano central directivo del Plan, que involucraba personas e instituciones laicas, revela esta mentalidad comunitaria, eclesial y católica. Una realidad que trata de articular y tutelar la diversidad de carismas de los Institutos y, al mismo tiempo, la unidad de objetivos en relación al bien total de la obra.

49. A las acciones que denotan sentido comunitario, añade también la elaboración conceptual de una evangelización en comunidad. Esta convicción toma forma en la redacción del reglamento de 1869 y de las Reglas de 1871. El Instituto es concebido como un “cenáculo de apóstoles” (E 2648), un centro unitario del cual se desprende la energía de la misión, cuya vida es descrita como un “vivir juntos como hermanos y hermanas” (E 1859, 2495, 2497). La evangelización debe huir de los individuos aislados. Jamás dejar a una persona sola en una misión: sufriría la calidad de su testimonio, disminuiría su fervor y se pondría en peligro su integridad moral (cfr. E 1317, 4241, 3189).

50. Este espíritu de comunidad-comunión evangelizadora, que da solidez y autoridad a la obra, encuentra una confirmación en el último y significativo gesto antes de morir. Tenía en aquel momento en Jartum varias Hermanas, todas ellas muy jóvenes, no más de 23 años, entre las que se encontraba Sor Francesca Dalmasso y Sor Elisa Suppi. Cinco días antes de su muerte, fue a animarlas y a recibir de ellas el juramento de fidelidad a la obra. “El día 8 por la tarde -escribe Johann Ditchl, uno de los cinco misioneros presentes en Jartum-, quiso que prometiese una vez más fidelidad a la misión. Lo hice. Juré que quería morir en el Vicariato. ‘O Nigrizia o Muerte’, me decía Comboni”. En estos últimos juramentos, pedidos y hechos voluntariamente por los más jóvenes, así como en las palabras pronunciadas antes de morir: “No temáis; yo muero, pero mi obra no morirá; habrá mucho que sufrir, pero vosotras mismas veréis el triunfo de nuestra misión” (P II, p. 1255), hay una auténtica “traditio”, es decir, la conciencia de una continuidad expresada en palabras y en gestos, realizados y significados por la comunidad de jóvenes que estaba junto a él.

51. Enraizar el futuro de la misión en la comunidad es no sólo un pasaje formal de consignas, sino la más convincente expresión de que la misión encuentra su verdadera realización y su verificación en la comunidad. Y éste es un elemento de santidad porque denota un pasaje del individualismo a la comunidad. Recuperar el sentido y la práctica de la comunión fraterna es, incluso hoy, para nosotros, un elemento irrenunciable para revitalizar la misión y darle continuidad. Toda actividad misionera específica debe nacer de la raíz del amor fraterno en comunidad: “Tenían un solo corazón y una sola alma” (Hch 4, 32), es decir, toda acción apostólica debería brotar de aquel “bonum” de los hermanos que viven unidos y que les hace ser reconocidos como “aquellos que habían vivido con Él” (cfr. Hch 1, 21).


El legado que Comboni nos deja puede ser expresado con estas palabras suyas:
“...ser un pequeño cenáculo de Apóstoles... como rayos
que juntos resplandecen y calientan” (E 1648)

52. Vivir la comunidad con renovada alegría. Esto comporta dos aspectos complementarios: recuperar cada vez más el sentido y la práctica de la comunidad fraterna como elemento esencial de la vida religiosa, y considerarla como elemento esencial para una auténtica evangelización. Toda la fecundidad de la vida religioso-misionera depende de la calidad de la vida fraterna en comunidad. Más aun, la renovación actual de la misión pasa de la búsqueda de comunión y comunidad.

53. La vida común, camino y práctica de la comunión, se convierte en vida de irradiación misionera precisamente en cuanto vida casta, pobre y obediente. Todas las relaciones con los hermanos, las hermanas y las demás personas, por estar sostenidas por el único amor que es Cristo, si son verdaderas, deberán ser expresión de fraternidad. Cuanto más se crece en el amor, tanto más se dilata el corazón y uno es capaz de albergar en él a personas diversas. Todos los bienes, sean espirituales o materiales, deberán estar siempre a disposición de la comunidad. Así, cada uno medirá las propias necesidades sobre las necesidades de los hermanos y hermanas y no reivindicará su propio derecho a poseer, sino el derecho del hermano o de la hermana a recibir apoyo. La obediencia será la expresión de una sumisión a Dios, a la autoridad, a los hermanos y hermanas, para llegar a ser cada vez más “un solo corazón y una sola alma”, de forma que individuo y comunidad puedan someterse “a lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2, 7).

54. El Papa Juan Pablo II ponía sobre aviso a los participantes a la Congregación para los Institutos y Sociedades de Vida Apostólica a cerca de la ilusión de una operatividad que sacrifica la calidad de las relaciones comunitarias: “Si se pospone el testimonio público de la vida religiosa en comunidad a la acción apostólica o a la autorrealización personal, las comunidades religiosas pierden su fuerza evangelizadora y dejan de ser aquellas realidades que San Bernardo definió con la hermosa expresión de ‘escuelas de amor’, es decir, lugares donde se aprende a amar al Señor y a convertirse, día tras día, en hijos de Dios y, por tanto, hermanos y hermanas entre nosotros”.

55. “Ser cada vez más cenáculos... significa, ante todo, subrayar los aspectos positivos que pueden construir un clima de aceptación y colaboración entre los hermanos y hermanas. En el corazón de la verdadera comunidad debe reinar la conciencia de que nuestro vivir juntos es el don más grande que Dios nos ha hecho, el momento en el cual su gracia y su amor se vuelven eficaces. Somos, pues, estimulados a recuperar la verdadera finalidad de la comunidad evangelizadora: puestos juntos por gracia para vivir el evangelio y proclamar la palabra de Dios. Esta finalidad de un amor de Dios experimentado en común y participado a otros dentro y fuera de la comunidad conseguirá dar equilibrio y favorecer el crecimiento de la persona, porque la finalidad de la comunidad se realiza a través de sanas y profundas relaciones entre sus miembros. Los servicios pedidos no serán, entonces, meras funciones burocráticas, sino que formarán parte de un compromiso participado, al que todos se sienten sinceramente interesados e involucrados según la capacidad y disponibilidad de cada uno.

56. “Ser cada vez más cenáculos...” significa cultivar una actitud paciente, comprensiva, que no juzga, lo cual es el signo de un perdón otorgado con una medida grande y generosa; significa creer en la eficacia de los gestos de cada día, “las pequeñas virtudes” que nos cambian a nosotros y a las personas con las que vivimos. Sobre todo, significa adoptar una actitud de perdón y reconciliación en el centro de nuestro vivir comunitario. Sólo el perdón y la reconciliación pueden restituir la capacidad de reconocer en el rostro de quien está a nuestro lado el rostro de un hermano o de una hermana; sólo ellos pueden restituirnos la alegría de vivir juntos y la esperanza de testimoniar el evangelio como liberación que ya se realizó en nosotros.

57. “Ser cada vez más cenáculos...” significa tomar conciencia de que la comunidad es también una realidad ambivalente e imperfecta. Todos experimentamos la diversidad, la incomprensión, los obstáculos, la incompatibilidad y la falta de comunicación. Lo importante es no acomodarse a lo que mina el vivir comunitario: la actitud defensiva, silenciosa y hostil; la excesiva búsqueda de intereses o apoyos fuera de la comunidad; el aislamiento y la gestión individual y exclusiva del tiempo y de los propios talentos; el simple sobrevivir porque nos han herido o porque nos sentimos incapaces de vivir juntos... Alimentar estos sentimientos aumenta el sentido de frustración y de desilusión.

58. Ya que existe un peligro real del enfriarse de la caridad (cfr. Mt 24, 12), es necesario reavivar el fuego para que la comunidad no se transforme en un simple vivir juntos el uno junto al otro, ni en un equipo de operadores religiosos ni, menos aun, en una pensión familiar. Será entonces necesario aumentar la calidad de nuestras programaciones comunitarias y del discernimiento espiritual comunitario con vistas a opciones más evangélicas. La investigación técnica, aunque sea necesaria, no basta para descubrir la voluntad de Dios sobre sus miembros y sobre los planes de la comunidad como fraternidad evangelizadora. Es a través del discernimiento espiritual comunitario como la comunidad se transforma en familia en la que las diversidades culturales son aceptadas y acogidas y en la que todos se sienten comprometidos a realizar lo que juntos han descubierto como voluntad de Dios.

59. “Ser cada vez más cenáculos...” significa, finalmente, recuperar la historia del propio Instituto y las figuras que mejor han encarnado el carisma. Esforzarse por captar sus actitudes y opciones significativas garantiza todavía hoy la continuidad y la solidez de la tradición y constituye un estímulo hacia nuevas expresiones de vida fraterna, nuevas experiencias de comunión y de irradiación misionera. El gozo y la seguridad aumentan siempre que se mantienen unos lazos sanos y creativos con la tradición del Instituto y juntos se buscan nuevos caminos, no todavía bien trazados, dispuestos también a sufrir juntos los fracasos y las persecuciones; señal, sobre todo esta última, de una comunidad sostenida por el Espíritu y, por tanto, capaz de evangelizar.

60. Otro aspecto de la santidad de Comboni, que todavía hoy nos interpela, es la llamada a una disciplina de la mente y de la acción hecha de opciones práctica congruentes. Comboni no se limita a afirmar principios ni actúa de manera desordenada, sino que tiene un método propio que expresa en su Plan. Como bien es sabido, éste es la Carta Magna de su estrategia misionera, la cual se apoya sobre dos afirmaciones fundamentales. Una se refiere al fin: “Salvar África por medio de África”; la otra mira a la opción de fondo y al dinamismo inserto en esta opción: “el pobre como sujeto de su propia regeneración”. La primera enuncia la posibilidad del elemento africano de ser sujeto-Iglesia y sociedad capaz de estar en pie por sí misma: “¿No se podría -escribe en su Plan- promover la conversión de África por medio de África? Esta gran idea ha quedado como una fijación en nuestro pensamiento, y la regeneración de África con África misma nos parece el único Programa que se debe seguir para realizar tan brillante conquista” (E 2753). La segunda afirma que, en este proceso de salvación integral (conversión y liberación, autonomía personal y de estructura), se parte de los pobres, de los últimos de su tiempo: “Y así los conquistados –escribe al final de su mismo Plan- no vencidos por la fuerza, sino vencedores de sí mismos y de su naturaleza, serán conquistadores, mediante el bautismo, de la verdadera religión y del gran beneficio de la vida civilizada”.

61. Es ésta una visión de santidad, porque se funda en una visión teológica positiva: la capacidad de redención del africano. Aunque existe la pesada y errónea rémora de la “maldición camita”, el “antiquissimum anatema” (Gn 9, 25-27), para Comboni no será un freno, sino un estímulo más para dedicarse con mayor urgencia y profundidad a sus hermanos y hermanas africanos. Comboni ve África y a los africanos en positivo: sobre ellos hay todo un plan de salvación de Dios, por lo que es impensable que en estos seres dejados de lado, despreciados y humillados, exista sólo vacío, retraso, ignorancia invencible; debe haber también energías latentes puestas allí para un autorescate.

62. Es necesario valorar atentamente el amor visceral de Comboni hacia los africanos. Los testigos usan una sola palabra para dar a entender la calidad de este amor: Comboni es llamado “padre de los negros”. Erminia Mersilla, una ex esclava recogida y rescatada por él después de haber sido apaleada y abandonada en el jardín de la misión de El Obeid, testifica: “El Siervo de Dios me dio la impresión de un padre. Él era el padre de los pobres y así era llamado en su tiempo. Ayudaba a todos, y por eso todos le querían bien. Él protegía a los pobres esclavos y los defendía también ante las autoridades civiles; por eso los esclavistas lo temían mucho” (P II, p. 1259).

63. Sorprendía esta su cercanía extraordinaria a los africanos. Estamos, sin embargo, llamados a ir más allá de esta sorpresa, la cual normalmente se funda sobre una lectura parcial, porque se identifica casi exclusivamente con la actitud condescendiente del eterno bienhechor. Comboni va más allá. Si ve energías para una auto-recuperación es porque, además de saber descubrir las cualidades innatas de las personas y de distinguirlas de los comportamientos negativos debidos a una historia que les ha sido desfavorable, parte del valor que tiene objetivamente la persona misma a la luz de la redención, es decir, del Crucificado. Los crucificados de la historia tienen consistencia porque se identifican con el Crucificado.

64. Comboni, puesto que tiene una visión de fe eclesial, opta por los pobres como fuerza de transformación y prueba de la misma verdad de la Iglesia y de una sociedad justa. En otras palabras, él cree en la fuerza transformadora de los pobres. Aquel amor suyo único por los más pobres de su tiempo es, en el fondo, no la exclusión de alguien, sino más bien una opción. Su incesante peregrinar, su caminar con “sus negros”, el idear un Plan exigente de auto-recuperación era, efectivamente, una opción. Detrás del proyecto de una “Nigrizia autosuficiente”, hay una opción, y no simplemente una acción generosa. De esto sus contemporáneos se dieron cuenta.

65. El musulmán Somit Habib, que testifica en el proceso de Jartum, hace notar precisamente el amplio abanico de la caridad de Comboni y también el punto desde el cual se adentraba preferentemente en el campo de las necesidades: “El obispo Comboni -afirma- era el padre de los pobres; él ayudaba a todos, también a los blancos... En la misión recibía a los esclavos que huían de sus patronos y los defendía también ante el gobierno” (P II, p. 1260). Sor Elisabetta Venturini, la comboniana que en 1880 acompañó a Comboni en su último viaje a África, puntualiza: “El Siervo de Dios socorría a todo tipo de necesitados, pero preferentemente ayudaba a los niños, las mujeres, los enfermos y los pobres ancianos. A éstos daba todo lo que podía” (P II, p. 1258). Khatib, el carpintero y empleado doméstico de Jartum, va más allá: “Con la gente se mostraba habitualmente sonriente, pero con los esclavistas era fuerte, pera defender a los pobres negros maltratados” (P II, p. 1257).

66. Tan decidida opción “por los más pobres y empobrecidos” es un legado peculiar de la santidad de Comboni y de su modo de evangelizar. Es una verdadera opción de santidad porque significa escoger la cruz de Cristo como guía de la propia vida y de los propios planes. En práctica, significa escoger el camino de la pequeñez como memoria de las injusticias que siguen cometiéndose contra los más débiles y como profecía de otra manera de vivir, donde la simplicidad y la solidaridad son el fundamento de una sociedad justa en la que de verdad hay lugar para todos.

67. Una santidad-opción, ésta de Comboni, necesaria hoy más que nunca por los desafíos y los interrogantes que surgen imperiosos de los tres fenómenos que sacuden los fundamentos de la sociedad civil y religiosa: el multiculturalismo, la secularización y la globalización. En una sociedad multicultural, hacia la cual estamos caminando velozmente, se nos plantea: o el diálogo, el conocimiento mutuo y, por tanto, la interculturalidad o, por el contrario, el choque de culturas y de religiones. En una sociedad que se vuelve cada vez más secularizada, se impone como nunca el dilema: o regular todo a través de la fría razón, del dinero, de la ganancia, del desarrollo técnico o, por el contrario, reintroducir los valores de la trascendencia, de la solidaridad, de la fe, de la justicia y de la igualdad.

68. En un mundo globalizado económica, política e informática-mente, nos encontramos ante un cambio inderogable: o una globalización verdaderamente inclusiva de todos o, por el contrario, una globalización exclusiva, hacia la cual unos pocos poderosos y afortunados parece que quieren canalizar la suerte de la humanidad. En efecto, ante todos está el abismo cruel que separa los pueblos. Basta pensar que dos mil millones de seres humanos viven con menos de dos dólares al día. La fosa que divide a los ricos de los empobrecidos se ensancha cada vez más. Según el informe del programa de Naciones Unidas para el desarrollo, la relación era de 1 a 30 en 1960, de 1 a 60 en 1990 y de 1 a 74 en 1997.

69. Comboni, con su opción por los más pobres, nos traza un camino. No se trata ni de una fórmula, ni de un eslogan, ni de una actitud temporal, sino de una opción permanente. Asumir la causa de los olvidados significa, según la óptica de Comboni, unirse a ellos “nupcialmente”, indisolublemente. En efecto, Comboni habla de África llamándola “mi amante” (E 6752), “África y los pobres negros se han adueñado de mi corazón” (E 941), “sólo he vivido para África, sólo por África he de morir” (E 1438), “moriré con África en los labios” (E 1441). Optar por los pobres significa creer verdaderamente que los “pobres”, los “pueblos crucificados”, los “pequeños” son las víctimas. Estas son hoy, como decía el obispo Óscar Romero, el “divino violado” y, por tanto, son también instrumento de salvación para todos. En efecto, ellos convocan a la verdad, puesto que nos hacen ver aquello que no queremos ver o tendemos a ocultar; convocan a la solidaridad, por cuanto nos hacen comprender que no bastan las cosas materiales para sanar las injusticias, sino que es necesaria una solidaridad fundada sobre el don de las personas; convocan, finalmente, a una nueva civilización basada sobre la cultura de la simplicidad, que no significa empobrecimiento universal, sino nuevo ideal de vida, real humanización de las relaciones entre las personas y los pueblos.


El legado que Comboni nos trasmite puede ser expresado con estas palabras:
“...Yo moriré con África en los labios” (E 1441)

70. “Morir con África en los labios...” significa preguntarnos si nuestra “opción por los pobres” es un continuar a “hacer por los pobres” o un creativo “vivir con los pobres”. “Morir con África en los labios...” significa vivir la opción hecha como vínculo “nupcial” con las personas y las situaciones: “Yo vuelvo a vosotros para ya nunca dejar de ser vuestro, y totalmente consagrado para siempre a vuestro mayor bien” (E 3158). Significa, por tanto, verificar la calidad, la profundidad y la sinceridad con que decimos creer en el otro. Es el presupuesto para poder dar forma creíble al “salvar África por medio de África”. Si hay una atención respetuosa de las exigencias de las personas y, por tanto, un auténtico caminar con ellas, conseguirán liberar todas sus potencialidades y encontrar nuevas vías de auto-realización. No se podrá responder a las reales expectativas de las personas, de la sociedad y de las Iglesias locales si el interlocutor que tenemos delante percibe una no bien oculta desconfianza hacia él.

71. Animados por la fidelidad de Comboni, advertimos, hoy más que nunca, que el “hacer causa común” deberá concretarse cada vez más en actitud humilde, amigable, cercana, confiada, atentos a que la presencia sirva de estímulo y de verdadera participación en la elaboración de los proyectos pastorales y sociales. Al mismo tiempo, debemos alejarnos cada vez más de las actitudes ambiguas de quien, o suplanta al más débil, haciendo, decidiendo y llevando todo adelante por su cuenta, o se queda como espectador pasivo y distante con la excusa de que ya ha llegado “su” hora.

72. “Morir con África en los labios...” significa concebir la obra evangelizadora como un todo único en el que se reconoce un papel particular a la Iglesia local y a los ministerios laicales. En el camino hacia la autonomía de la Iglesia local y la consistente y creativa expresión de las diferencias culturales, a nosotros corresponde el compromiso, cada vez más cualificado, de la formación de líderes, sea en el ámbito religioso (seminaristas, catequistas, universitarios...), sea en el ámbito socio-político, lo que requiere de nosotros también una más decidida valoración de la mujer. Tales exigencias de formación, dictadas por la misión, requieren planes valientes, hechos en conjunto con las entidades y fuerzas de la Iglesia local y de la sociedad. La opción por los más pobres exige también una formación más cuidadosa del mismo personal misionero y su empeño dentro de una programación más eficaz. Mons. Gabriel Zubeir Wako, arzobispo de Jartum, hace notar que “el trabajo de evangelización no se puede improvisar. Por eso Comboni dedicó mucho tiempo y energías a asegurar a sus colaboradores una profunda preparación humana, intelectual y espiritual, de la que tendrían necesidad para dedicarse a una causa tan exigente”.

73. “Morir con África en los labios...” significa, en la actual coyuntura socio-política, comprometerse por la justicia. Debe mantenerse la visión unitaria del Plan entre el anuncio, el dar voz a los pobres como capaces de regeneración y la transformación de toda la realidad. Cuando no respetamos la unidad de visión y de praxis propuesta por Comboni, cuando enfatizamos el aspecto espiritual a expensas del social o viceversa, la evangelización acabará gravemente perjudicada. Ésta, privada de su inspiración espiritual, no tendrá capacidad real de transformación (generará nuevos patronos); por el contrario, confinada a las sacristías de una espiritualidad desencarnada, se revelará como irrelevante e inadecuada. La historia seguirá produciendo sus víctimas.

74. En este campo de la justicia, la paz e integridad de la creación, estamos llamados a construir puentes de comunicación sobre los que pasan las problemáticas y las realizaciones de la Iglesias y de los pueblos marginados. En un mundo que trata de olvidar, marginar o infravalorar a los débiles, es necesario favorecer la conciencia de sus valores cul
La misión no tiene necesidad de héroes, sino de hombres y mujeres verdaderos y auténticos