Vivir juntos no es sólo un método para una evangelización más adecuada ni una calidad de vida donde los misioneros encuentran equilibrio, se trata de algo mucho mas profundo: experimentar lo que Jesús propuso a sus mismos discípulos

“Que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tu me enviaste” (Jn 17, 21)

1. Un cenáculo ya desde el principio
Una de las características del mundo actual es la disminución del sentido de comunidad. Está naciendo una sociedad global y un tipo de persona que tiende al individualismo, a la competitividad y al consumo. Se insiste de muchas maneras que el individuo puede desarrollarse y ser feliz (tener objetos, pasárselo bien) sin los demás, una actitud que se podría resumir como que cada cual se las apañe por su cuenta o dicho de otro modo: preferimos vivir cada uno en nuestra casa pero separados de los otros(1).
Los combonianos no vivimos al margen de lo que pasa, sino que esta situación nos influye bastante. Adoptamos formas de vivir que reflejan esta tendencia, participamos de este esprit du temps. En efecto, entre los síntomas que han sido señalados al final de la primera etapa de la Ratio Missionis sobresalen el hecho que llevamos “una vida comunitaria vivida con escaso espíritu fraterno. Estamos acostumbrados a actuar en solitario (…) solemos desarrollar un estilo competitivo y de búsqueda de la propia afirmación”(2).
En esta etapa del discernimiento será bueno preguntarnos si la manera individualista de proceder es adecuada para la misión, si nos ayuda personalmente o si responde de verdad a lo que nuestro mundo necesita hoy. Ante estos interrogantes vamos a fijarnos en una de las intuiciones fundamentales de Comboni: la misión vivida en clave comunitaria.
Cuando Comboni decide fundar su Instituto misionero lo concibe como un pequeño cenáculo de apóstoles(3) donde sus misioneros pudieran vivir en comunidades fraternas con un número suficiente de personas(4). Y para llevar esto a cabo no dudó en oponerse a los que proponían otros métodos, en especial el religioso Camillo Carcereri. Este pretendía que se podían multiplicar los puestos de misión por todo el territorio dispersando el personal a lo cual Comboni se negó con energía. No aceptaba que un misionero se quedara solo en un puesto alejado(5).
¿Por qué Comboni era tan intransigente ante esta cuestión? Había dos motivos fundamentales: en primer lugar un deseo de eficacia misionera que requería estabilidad y contacto prolongado con la gente para lograr profundizar las relaciones; pero además un cuidado a la vida concreta de los misioneros en todas sus dimensiones(6) que al vivir en soledad y aislamiento acaba dañándose(7).
Pero vivir juntos no es sólo un método para una evangelización más adecuada ni una calidad de vida donde los misioneros encuentran equilibrio, se trata de algo mucho mas profundo: experimentar lo que Jesús propuso a sus mismos discípulos.

2. Un cenáculo como signo del Reino
Cuando Jesús comenzó su misión lo primero que hizo fue escoger a unos colaboradores para la tarea que iniciaba (Lc 6, 12-16). Les propuso de vivir junto a él con un estilo que iba a contracorriente de lo que era habitual. El deseaba que aquel grupo fuera signo de ese Reino que anunciaba como una semilla es promesa del árbol.
Para Jesús el Reino se parecía a una familia de hermanos iguales en dignidad que viven con sencillez y tienen a Dios como Padre amoroso. Por eso el amor está en el centro de las relaciones: cuidan unos de otros, lo comparten todo y se ponen al servicio de los demás. Una familia nueva que no estaba basada en la sangre, sino en cumplir lo que Dios quiere (Mc 3, 33-35).
Pero no era un grupo fácil el que había elegido Jesús. Una colección de personas de carácter e intereses distintos (pensemos en Pedro el impulsivo, los radicales hijos del trueno, Tomas el desconfiado o en Judas el avaro). Venían también de diversa procedencia: unos eran pescadores o agricultores, otros realizaban incluso oficios despreciados socialmente, como Mateo recaudador de impuestos (Mc 2,14). Esa disparidad era fuente de tensiones y divisiones (Mt 20,20-24), pero Jesús no rehusó convivir con ellos, siguió amándolos sin cansarse. La forma de amar de Jesús era la medida en la comunidad (Jn 15,12). Así, aprendieron poco a poco que vivir juntos implica no cansarse de perdonar (Mt 18, 21-22), que hay que estar dispuesto hasta dar la vida por los que se ama.
Su estilo de vida en común se convertía así en anuncio de ese Reino que Jesús anunciaba con palabra y con gestos. Uno de los gestos frecuentes de Jesús eran las comidas de Jesús con los pecadores. Eran como señales alegres de ese Reino que se hacía presente entre los rechazados. Pero hubo una comida muy especial: la cena que Jesús celebró con los discípulos antes de morir. No era una comida más: quería dejarles lo que no deberían olvidar nunca. No les ofrecía sólo instrucciones, sino a Él mismo y les invitó a que esa experiencia compartida la repitiesen en la comunidad (1 Cor 11, 23-26).

3. Un cenáculo acogido y a construir
Comboni quería como estilo para los suyos esa experiencia de cenáculo que consistía en vivir en común con Jesús al centro, volcados al servicio de los demás. Estaba convencido que la motivación de vivir unidos entre los suyos no era sólo humana, sino de fe. De hecho sabemos que la comunidad es fruto del amor de Dios derramado en los corazones de los miembros por el Espíritu. Se convierten así en una verdadera familia unida en el nombre del Señor(8).
Dios nos llama pues a vivir la experiencia del cenáculo de apóstoles mediante la inspiración de Daniel Comboni(9). Por eso, la vida en común es un elemento integral y necesario de nuestro carisma misionero(10). Cada comboniano colabora pues a crear las condiciones adecuadas para que un simple grupo de personas desconocidas se transforme en fraternidad, en cenáculo.
Este es el largo camino que debemos recorrer. Al principio podemos compartir sólo ideas, la presencia física, o bien proyectos de trabajo, pero aún no somos capaces de transmitir la presencia de Jesús a las personas en medio de las cuales vivimos. Poco a poco podemos aprender a ser cercanos, atentos, sencillos y fraternos. Una comunidad comboniana no debería ser sólo una “fábrica” de actividad frenética, sino una familia (unida por Jesús) donde da gusto vivir, se difunde calor y luz, donde se es buena noticia en medio del mundo(11). De esta forma, una vida fraterna, a pesar de los límites, es una terapia de shock y una interpelación para un mundo desorientado por tantas opciones competitivas, individualistas, violentas, y deshumanizadoras.

4. Preguntas para profundizar
* La vida fraterna es significativa para la evangelización. Di por qué
* ¿En qué medida has crecido interiormente gracias a vivir con los demás? Da algunos detalles.
* ¿Cuáles son las dificultades más comunes que encontramos para vivir como cenáculo?
* ¿Cuáles son las satisfacciones que has sentido viviendo en fraternidad?
* ¿Qué aspectos de Jesús me han hecho descubrir los demás?




(1) Cf. BAUMAN Zygmunt, Modus vivendi. Inferno e utopia del mondo liquido, Roma-Bari 2007, 81-106.
(2) Informe de la primera etapa del proceso de la Ratio Missionis, 4.4.2.
(3) E 2648.
(4) “El personal de cada Estación interior es suficiente cuando alcance a componerse de tres sacerdotes y dos laicos”, E 4165.
(5) E 4364- 4366.
(6) Cf. PIERLI Francesco, Come eredi. Linee di spiritualità missionaria, Roma 1992, 116-117.
(7) De hecho Comboni se da cuenta cómo una persona, incluso bien preparada, puede dejarse llevar y deteriorarse cuando permanece solo y aislado. Cf. E 3188- 3189.
(8) Perfectae caritatis, 15.
(9) RV 36.
(10) Cf. AC ’75, 47-66, 96; AC ’97, 19; AC ’03, 70-96.
(11) Cf. CASILE Carmelo, Consacrati a Dio per la missione nello spirito di Daniele Comboni, Roma 2002, 343-358.

Ratio Missionis, segunda etapa ESPIRITUALIDAD 2