Este pasaje del Evangelio de Mateo (11,25-30) hay que leerlo en paralelo con el del evangelista Lucas (10), el cual coloca este mismo episodio de la vida de Jesús en un contexto misionero: la vuelta gozosa de los discípulos después de su primera experiencia de misión. Aunque fue limitada en el espacio y en el tiempo, la experiencia había sido eficaz, capaz de someter incluso a los demonios.

La verdadera sabiduría

Un comentario a Mt 11, 25-30

La filósofa francesa Simone Weil –de origen judío y no creyente– cuenta que, en una visita a Asís, entró en Santa María de los Ángeles y ante tanta belleza sintió una fuerza interior que la llevó a arrodillarse –algo que no había hecho nunca– y reconocer una presencia divina en tanta belleza.

¿No les ha pasado a ustedes algo similar en alguna ocasión? A mí me ha sucedido varias veces; por ejemplo, la primera vez que visité el Machu Pichu, cuando me acerqué a la catedral de Burgos o contemplé algunos paisajes extraordinarios. En esas circunstancias y en otras muchas, algo dentro de mí se conmovía y me hacía exclamar: ¡Cuánta belleza! ¡Bendito sea Dios!

Pero esa reacción surge en mí –y creo que también en ustedes–, no sólo cuando contemplo las catedrales, la naturaleza o el arte en general. Surge también ante algunas personas, como la Madre Teresa de Calcuta o la señora Rosa de un barrio de Bogotá: son personas con una belleza interior que se trasluce en lo físico … Viendo a personas como ellas, que generalmente están alejadas de los focos de los medios de comunicación, algo dentro de mí se remueve y me lleva a reconocer en ellas una presencia divina y alegrarme por ello.

La alegría de Jesús

Esa experiencia de belleza espiritual es la que, según el evangelio de Mateo, experimentó Jesús. Mateo lo cuenta con unos versículos fuertemente inspirados en los libros sapienciales (proverbios, Eclesiástico, Sabiduría…). Según Mateo, Jesús se encuentra con un grupo de personas sencillas, humildes, rectas de corazón, abiertas a la verdad, que aceptaban con gozo la Buena Nueva del amor misericordioso de Dios. Personas como Leví o Zaqueo, como María de Magdala y el centurión que tenía un hijo a punto de morir; y tantos otros a los que la Biblia conoce como anawin o “pobres de Yahvé”. Y en ellos Jesús reconoce un reflejo del mismo Padre, una presencia divina, que le maravilla y le hace exultar de alegría. Jesús se siente identificado con todas esas personas sencillas, que frecuentemente son ridiculizadas por los grandes de este mundo y les dice:

“Vengan a mí los que están cansados”, quizá indignados, enojados por muchas cosas injustas que pasan en nuestro mundo:

– La corrupción de todo tipo: política, económica, social, religiosa;
– las mentiras, exageraciones, manipulaciones simplificaciones interesadas, banalizaciones que aparecen en los medios de comunicación social;
– una Iglesia entrampada en la tentación del poder, las estructuras que le quitan libertad o una religiosidad superficial, arcaica o quizá hipócrita;
– la propia incoherencia personal y la incapacidad de superar algunos vicios o pecados.

Vengan a mí ustedes que sienten hambre y deseo de un mundo diferente:

– Un mundo más justo y equitativo, gobernado desde la rectitud moral y el respeto a los pobres e indefensos;
– unas relaciones sociales más verdaderas, auténticas y respetuosas;
– una religiosidad más sincera y pura, que ayude a encontrar la verdad y el amor de Dios;
– una libertad interior, que permita liberarse de cadenas y opresiones que impiden crecer como personas maduras y libres.

Ustedes, vengan a mí y les renovaré. Asuman el “yugo” de mi enseñanza en nombre del Padre. Su hambre de verdad, de bondad y de justicia encontrará respuesta. Acepten la sabiduría que el Padre me ha revelado y que he aprendido en la humildad y la obediencia amorosa. Será un “yugo” fácil de llevar, un “yugo” que les permitirá ser fecundos y portadores de belleza, de justicia, de amor, de verdad y libertad. Esa es la verdadera sabiduría, la sabiduría de Jesús y de sus seguidores.
P. Antonio Villarino, MCCJ

Jesús inaugura la Misión desde la paz,
pequeñez y pobreza

Zacarías 9,9-10; Salmo 144; Romanos 8,9.11-13; Mateo 11,25-30

Reflexiones
Este pasaje del Evangelio de Mateo hay que leerlo en paralelo con el del evangelista Lucas (10), el cual coloca este mismo episodio de la vida de Jesús en un contexto misionero: la vuelta gozosa de los discípulos después de su primera experiencia de misión. Aunque fue limitada en el espacio y en el tiempo, la experiencia había sido eficaz, capaz de someter incluso a los demonios. Jesús invita a los discípulos a no gozar por esto, sino más bien porque sus nombres “están escritos en los cielos”, es decir, en la mano y en el corazón de Dios. Y Lucas continúa: Jesús “en aquella hora se estremeció de gozo en el Espíritu Santo y dijo: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…» (10,20s). Estas breves palabras son otra revelación de la Trinidad Santa: Padre, Hijo y Espíritu.

El texto de Mateo (11) se encuentra en el corazón de su Evangelio y los estudiosos lo definen como una gran manifestación del misterio de Dios, un himno de júbilo en la Trinidad Santa. Es el ‘Magníficat’ de Jesús, una expresión de su mundo interior, así como lo expresa el de María (Lc 1). En efecto, esta plegaria de Jesús, narrada por Mateo y Lucas, recoge el programa de las Bienaventuranzas (Mt 5,3s), con una especial atención a los pobres, a los mansos, afligidos, puros, misericordiosos, artífices de paz, perseguidos... La página de Mateo nos ofrece una mirada panorámica sobre todo el Evangelio de Jesús, que gira aquí en torno a algunos temas fundamentales: la alabanza al Padre, Señor y Creador (v. 25); la vida de íntima comunión de la Trinidad (v. 27); la actitud amorosa y activa de Jesús frente al sufrimiento humano, brindando alivio a los que están “cansados y agobiados” (v. 28); la nueva escuela y el estilo del Maestro, que dice a todos: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán su descanso” (v. 29-30). Estamos en la escuela de un Maestro especial: si lo contemplamos en la pobreza de Belén y en la humillante derrota del Calvario, entenderemos cuán diferentes son los caminos humanos y los de Dios (Is 55,8-9).

Después de un período de polémicas con escribas y fariseos, y de abandonos por parte de algunos discípulos, el balance humano de ese nuevo Maestro era seguramente decepcionante. Jesús, sin embargo, lejos de abandonar su misión o de retirarse, se reafirma en el camino emprendido, alaba y da gracias al Padre por haber escogido a la gente sencilla, a los pequeños, a los últimos como destinatarios privilegiados de sus extraordinarias revelaciones (v. 25-26).

El ideal de la Iglesia es hacerse discípula de Cristo, tanto en el mensaje como en el estilo, hasta poder decir a todos los pueblos: vengan a mí todos, “cansados y oprimidos” de todos los tiempos y lugares… aprendan de mí que soy manso y humilde… encontrarán alivio y mi yugo les será llevadero. Este es el rostro auténtico y más atractivo de la Iglesia, el único que interesa a la gente, y que los misioneros y toda la comunidad cristiana están llamados a encarnar y proponer. Entre las imágenes más bellas de la Iglesia se encuentran estas dos: la posada y la casa de Pablo. La posada, casa para todos (pandokéion), a la cual el buen samaritano llevó al pobre hombre caído en manos de los bandidos (Lc 10,34); y la casa de Pablo, el cual, cuando llegó prisionero a Roma, vivía en una casa alquilada, donde acogía a todos, anunciaba el Reino de Dios y enseñaba a Jesucristo con toda franqueza (Hch 28,30-31). Dos imágenes que hablan de abertura y acogida, anuncio con pobreza y humildad, valentía evangélica (parresía). Al comienzo de su pontificado, el Papa Francisco dio una prueba de estos valores evangélicos en el viaje a Lampedusa (8 de julio de 2013), su primera visita fuera de Roma. Desde ese mar de tragedias inhumanas, lanzó al mundo entero un fuerte llamado a la acogida y a la solidaridad, partiendo de las preguntas que Dios dirigió a Adán y a Caín después de su pecado. (*)

Hace algunos años (2003) fui invitado a participar en Guatemala en un Congreso misionero para todo el continenteamericano con un tema significativo: “La misión desde la pequeñez, la pobreza y el martirio”. La Iglesia misionera ofrece a menudo esta imagen de acogida, humildad y austeridad, sobre todo en los países pobres del planeta, pero también en los recodos de las metrópolis más industrializadas. Este estilo de vida y de misión, inaugurado por Jesús, es posible (II lectura) en la medida en que el Espíritu de Dios habita en nosotros. Gracias a su presencia, los frutos asegurados serán la vida, la paz (v. 9.13). El profeta Zacarías (I lectura) presenta el ideal de un rey justo, pacífico y humilde, que cabalga en un asno (v. 9), destruirá los carros y los caballos de guerra y tendrá un claro programa de paz para todas las naciones (v. 10).

Palabra del Papa

(*) Adán, ¿dónde estás? Es la primera pregunta que Dios hace al hombre después del pecado. Adán es un hombre desorientado… Y la armonía se rompe, el hombre se equivoca y esto se repite también en la relación con el otro que ya no es el hermano que hay que amar, sino simplemente el otro que estorba mi vida, mi bienestar.

Y Dios pone la segunda pregunta: Caín, ¿dónde está tu hermano?la voz de su sangre grita hasta mí, dice Dios… ¡Estas dos preguntas de Dios resuenan también hoy, con toda su fuerza!... Esta no es una pregunta dirigida a otros, es una pregunta dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros. Esos hermanos y hermanas nuestros buscaban salir de situaciones difíciles; buscaban un lugar mejor para sí y sus familias, pero han encontrado la muerte…

¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Nadie! Todos nosotros respondemos así: no soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros, ciertamente no yo… hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna… La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles a los gritos de los demás… lleva a la globalización de la indiferencia...¡ El sufrimiento del otro no nos toca, no nos interesa, no es asunto nuestro!”
Papa Francisco
Homilía en Lampedusa, 8 de julio de 2013

P. Romeo Ballan, MCCJ

EL PUEBLO SENCILLO
Mateo 11,25-30

Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. El pueblo sintonizaba fácilmente con él. Aquellas gentes humildes que vivían trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre, preocupado de todos sus hijos, sobre todo, de los más olvidados.
Los más desvalidos buscaban su bendición: junto a Jesús sentían a Dios más cercano. Muchos enfermos, contagiados por su fe en un Dios bueno, volvían a confiar en el Padre del cielo. Las mujeres intuían que Dios tiene que amar a sus hijos e hijas como decía Jesús, con entrañas de madre.
El pueblo sentía que Jesús, con su forma de hablar de Dios, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los más pobres y necesitados, le estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la cercanía salvadora de Padre.
La actitud de los “entendidos” era diferente. Lo que al pueblo sencillo le llena de alegría a ellos les indigna. Los maestros de la ley no pueden entender que Jesús se preocupe tanto del sufrimiento y tan poco del cumplimiento del sábado. Los dirigentes religiosos de Jerusalén lo miran con recelo: el Dios Padre del que habla Jesús no es una Buena Noticia, sino un peligro para su religión.
Para Jesús, esta reacción tan diferente ante su mensaje no es algo casual. Al Padre le parece lo mejor. Por eso le da gracias delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor».
También hoy el pueblo sencillo capta mejor que nadie el Evangelio. No tienen problemas para sintonizar con Jesús. A ellos se les revela el Padre mejor que a los “entendidos” en religión. Cuando oyen hablar de Jesús, confían en él de manera casi espontánea.
Hoy, prácticamente, todo lo importante se piensa y se decide en la Iglesia, sin el pueblo sencillo y lejos de él. Sin embargo, difícilmente, se podrá hacer nada nuevo y bueno para el cristianismo del futuro sin contar con él. Es el pueblo sencillo el que nos arrastrará hacia una Iglesia más evangélica, no los teólogos ni los dirigentes religiosos.
Hemos de redescubrir el potencial evangélico que se encierra en el pueblo creyente. Muchos cristianos sencillos intuyen, desean y piden vivir su adhesión a Cristo de manera más evangélica, dentro de una Iglesia renovada por el Espíritu de Jesús. Nos están reclamando más evangelio y menos doctrina. Nos están pidiendo lo esencial, no frivolidades.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com

LA SIMPLICIDAD DE DIOS NOS ASUSTA

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto des éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender. Pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere trasmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación

Venid a mí todos, dice Jesús.
Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.

Fray Marcos
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