En el desierto el hombre hace experiencia de cuánto vale. En efecto, vale lo que valen sus dioses”. Es decir, sus ideales, sus recursos interiores. Lo escribe Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito. En el desierto, Jesús también demostró cuánto valía. Entró en el desierto con su realidad de Dios-en-carne-humana: allí se enfrentó a las tentaciones del diablo y salió victorioso...

“En el desierto el hombre experimenta cuánto vale”

Génesis 9,8-15; Salmo 24; 1Pedro 3,18-22; Marcos 1,12-15

Reflexiones
En el desierto el hombre hace experiencia de cuánto vale. En efecto, vale lo que valen sus dioses”. Es decir, sus ideales, sus recursos interiores. Lo escribe Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito. En el desierto, Jesús también demostró cuánto valía. Entró en el desierto con su realidad de Dios-en-carne-humana: allí se enfrentó a las tentaciones del diablo y salió victorioso, aunque más tarde tuvo que pagar en la pasión las consecuencias de sus desconcertantes e impopulares opciones humano-divinas. Sin embargo, superó definitivamente el momentáneo fracaso de la cruz en la resurrección, con la cual Jesús demostró la validez y la bondad de sus opciones. Jesús nos precedió en el desierto y, como cristianos, estamos llamados a recorrer el mismo camino. ¡Es el único camino que nos lleva a la Vida! (*)

La celebración de la Cuaresma, que nos conduce “a la verdadera conversión” (oración colecta), vuelve a proponer los temas fundamentales de la salvación y de la misión: la primacía de Dios y su plan de amor para con el hombre, la redención que se nos ofrece de manera gratuita en el sacrificio de Cristo, la lucha permanente entre pecado y vida de gracia, las relaciones de fraternidad y respeto que el hombre ha de guardar con sus semejantes y con la creación... Las tentaciones de Jesús en el desierto (Evangelio) no fueron un juego-ficción: fueron tentaciones de verdad, lo mismo que le ocurre al cristiano y a la Iglesia. “Si Cristo no hubiese vivido la tentación como verdadera tentación, si la tentación no hubiese significado nada para Él, hombre y Mesías, su victoria no podría ser un ejemplo para nosotros, porque no tendría nada que ver con la nuestra” (C. Duquoc). Ya que Jesús ha sido probado en todo, puede ayudar a los que se ven probados (cfr. Eb 2,18; 4,15). Jesús ‘tentado’ es solidario con nosotros, representa a cada uno de nosotros que estamos continuamente tentados y en lucha con el mismo ‘espíritu del mal’ que actúa en nosotros y alrededor nuestro.

Jesús se enfrentó realmente al diablo (v. 13) sobre las posibles opciones de método y de camino para realizar su misión como Mesías. Cada una de las tres tentaciones – especificadas en los otros dos Evangelios sinópticos de Mateo y de Lucas – representa un modelo de Mesías y, por tanto, de misión. Las tentaciones eran como “tres atajos para no pasar por la cruz” (Fulton Sheen). La tentación de ser: 1°. un “reformador social” (convertir las piedras en pan para sí y para todos hubiera garantizado un éxito popular); 2°. un “Mesías milagrero” (un gesto aparatoso hubiera asegurado fama y espectacularidad); 3°. un “Mesías de poder” (un poder basado sobre el dominio del mundo hubiera dado satisfacción al orgullo personal y de grupo). Jesús supera las tentaciones: opta por respetar la primacía de Dios, se fía del Padre y hace suyo el plan divino para la salvación del mundo. Acepta la cruz por amor y muere perdonando: solamente así, rompe la espiral de la violencia y le quita el veneno a la muerte. A partir de aquel momento, una vida nueva es posible, en humildad, verdad, fraternidad, solidaridad. Con la fuerza del Espíritu.

Jesús afronta las tentaciones con la fuerza del Espíritu (v. 12), del cual está lleno desde el seno de su Madre y por el bautismo que acaba de recibir (Mc 1,10). Es el Espíritu de la Pascua, de Pentecostés y de la misión, siempre necesario para el evangelizador. A veces, lamentablemente, se ha creído que poder, dinero, dominio, supuesta superioridad, híper-activismo, etc., son caminos apostólicos de evangelización. El misionero es tentado por estas ilusiones; por tanto, necesita el Espíritu, el agente principal de la evangelización (cfr. EN 75) y el protagonista de la misión (cfr. RMi 21). El Espíritu nos ayuda a entender que el desierto cuaresmal no es un ‘lugar’ geográfico, sino un espacio ideal, un tiempo de gracia (kairós): tiempo de las cosas esenciales, tiempo que se ha de llenar con los valores que permanecen, un don que se vive en el silencio, lejos de la contaminación de ruidos, vanidad, dinero, mundanidad, evasiones, mentiras... Antes de ser una imposición penosa, el programa de Jesús – “conviértanse” – es una invitación a cambiar de rumbo y emprender el camino que lleva a la vida: “crean en el Evangelio” (v. 15), es decir, en Jesús. Él es la buena noticia, para vivirla y llevarla a otros. Creer en el Evangelio quiere decir aprender a confiar en un Dios que es “Abbá-Padre”, Dios de ternura y misericordia, que quiere tan solo nuestro bien.

En el camino hacia la Pascua, los temas de la conversión y del bautismo ya están presentes en las lecturas de hoy. San Pedro (II lectura) es explícito en asociar a la conversión bautismal también la experiencia de Noé y de los suyos, que se salvaron por medio del agua, la cual “fue un símbolo del bautismo que actualmente los salva” (v. 20-21), en virtud de Jesucristo, que murió y resucitó (v. 18.21).

Noé no era ni israelita, ni cristiano, ni musulmán, sino “un hombre justo y cabal, que andaba con Dios” (Gn 6,9). En él, Dios estableció la primera alianza con la humanidad (I lectura), aun antes que con Abrahán: una alianza universal, con todos los pueblos. No fue una alianza sobre una base étnica o religiosa, sino simplemente sobre la base de la común naturaleza humana. Una alianza nunca revocada, vigente hoy y para siempre. Una alianza que para todos nosotros es la base para cualquier diálogo posible con todas las tradiciones religiosas y culturales. El pacto atañe en primer lugar a las personas – “con ustedes y con sus descendientes” (v. 9) – pero también a todo ser viviente... a todos los animales (v. 10). ¡Dios es el primer ecologista: Él es celoso de cada criatura! El signo de esta alianza, escogido por el mismo Dios, es el arco iris en las nubes (v. 13), símbolo de la voluntad universal de salvación por parte de un Dios que jamás se cansa de la familia humana. Ninguna maldad humana será capaz de inducirlo a destruir a sus criaturas. El arco iris es, por tanto, un símbolo bíblico, signo de vida y de paz; no se le puede trastocar con ideologías de cualquier tipo. El arco de flechas de muerte se ha convertido, por iniciativa de Dios, en arco de buenos auspicios: de paz y prosperidad, diálogo y compartir, verdad y fraternidad. Oremos para que el Espíritu nos empuje y sustente en el desierto cuaresmal (cfr. Mc 1,12).

Palabra del Papa

(*) «En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo… El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante».
Papa Francisco
Mensaje para la Cuaresma de 2021

P. Romeo Ballan, MCCJ