La historia de los dos de Emaús acabó de manera sorprendente. La presencia de Jesús, que acompañaba a los dos discípulos en el camino hacia Emaús (Lc 24,13s), se concluyó con el descubrimiento de ese misterioso viajero, capaz de explicar las Escrituras, calentar el corazón y partir el pan... “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron. Pero Él desapareció de su lado... Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén” (Lc 24,31.33). [...]

Misión pascual es: anuncio del Perdón de los pecados

Hechos 3,13-15.17-19; Salmo 4; 1Juan 2,1-5; Lucas 24,35-48

Reflexiones
La historia de los dos de Emaús acabó de manera sorprendente. La presencia de Jesús, que acompañaba a los dos discípulos en el camino hacia Emaús (Lc 24,13s), se concluyó con el descubrimiento de ese misterioso viajero, capaz de explicar las Escrituras, calentar el corazón y partir el pan... “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron. Pero Él desapareció de su lado... Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén” (Lc 24,31.33). Aquí comienza el pasaje de Lucas (Evangelio), con los Once apóstoles y los Dos de Emaús que intercambian sus experiencias acerca de las apariciones de Jesús Resucitado (v. 34-35). Finalmente, al cabo de ese día - ¡el primero del nuevo calendario de la historia humana! - Jesús en persona se aparece a todo el grupo y dice: “¡Paz con ustedes!” (v. 36).

La experiencia pascual de los discípulos, que ven y reconocen al Señor resucitado, se convierte en anuncio y se transforma en el fundamento mismo de la misión de los apóstoles y de la Iglesia de cada tiempo y lugar. El texto de Lucas es un claro anuncio pascual y misionero: los Dos de Emaús hablan de su encuentro con el Resucitado y Jesús envía a los Once a predicar “a todas las naciones la conversión para perdón de los pecados” (v. 47).

Los Apóstoles no eran unos inocentones; opusieron mucha resistencia antes de aceptar que Jesús había resucitado. Lucas lo repite con insistencia: estaban sobresaltados, asustados, perturbados, dudosos, lo creían un fantasma (v. 37-38); por eso el evangelista quiere dar signos concretos de la corporeidad del Resucitado. Por su parte, Jesús insiste en decir: “Soy yo mismo” (v. 39). Y trae pruebas palpables para convencerlos de que es Él mismo “en carne y huesos”: come ante ellos una porción de pez asado (v. 42), los invita a mirar y a tocar manos, pies, costado (v. 39). Al final, los discípulos se rinden y creen: las heridas de la pasión se convierten en signos visibles y tangibles de la identidad y continuidad entre el Cristo en la cruz y el Cristo resucitado.

Normalmente, a menos de circunstancias y exámenes especiales, las personas se identifican por el rostro. Jesús, en cambio, quiere que los discípulos - Tomás, en primer lugar - le reconozcan por las manos, los pies y el costado. “El punto de referencia son las cicatrices de los clavos y de la cruz, el punto más alto de una vida entregada por amor. En efecto, el cuerpo de Jesús resucitado conserva las señales del don total de sí... De igual manera, al cristiano se le reconocerá por las manos y los pies... El anuncio de la resurrección de Cristo es eficaz y creíble solamente si los discípulos pueden, al igual que su Maestro, mostrar a los hombres sus manos y sus pies marcados por obras de amor” (F. Armellini). ¡El anuncio se hace con la palabra y sobre todo con hechos!

Las tres lecturas de este domingo pascual tienen un hilo conductor común: la conversión y el perdón de los pecados. Ambos - conversión y perdón - tienen su raíz en la Pascua de Jesús y son parte esencial del anuncio misionero de la Iglesia. Pedro (I lectura) lo declara en la plaza pública el día de Pentecostés: “Arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados” (v. 19). Y Juan (II lectura) recomienda amablemente a sus hijitos que no pequen; sin embargo, si esto ocurriera, hay siempre una tabla de salvación: “tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación… por los pecados del mundo entero” (v. 1-2).

La salvación se nos ofrece como don del Espíritu Santo, el cual, para Lucas y para Juan, está relacionado con el perdón de los pecados. Dicha conexión aparece claramente en la nueva fórmula de la absolución sacramental, así como en una oración de la Misa, en la que se invoca al Espíritu Santo, porque “Él es la remisión de todos los pecados” (cfr. oración sobre las ofrendas, sábado antes de Pentecostés).

En el Evangelio de Juan, la institución del sacramento del perdón de los pecados tiene lugar precisamente el día de Pascua: “A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,23). Por tanto, el perdón de los pecados es un regalo pascual de Jesús. Para san Lucas “la conversión y el perdón de los pecados” son la buena noticia que los discípulos deben predicar “a todas las naciones”. En el nombre, es decir, por mandato de Jesús (Lc 24,47). Estos son los dones del Crucificado-Resucitado; son los signos auténticos de la Misión. Porque “Jesucristo es el Rostro de la Misericordia del Padre”, como lo ha explicado repetidas veces el Papa Francisco con ocasión del reciente Jubileo Extraordinario de la Misericordia (2015-2016). El Papa vuelve con frecuencia sobre el tema de la misericordia: invita a todos a practicar las obras de misericordia, para que “no vivamos una fe a medias, que recibe pero no da, que acoge el don pero no se hace don”. Él exhorta calurosamente a “abrazar el Sacramento del perdón”, porque “es el Sacramento de la resurrección, es misericordia pura”, como ha declarado también el pasado domingo (11-4-2021). (*) Con toda razón, el gran teólogo moralista Bernhard Häring llama la confesión el sacramento de la alegría pascual.

Palabra del Papa

(*) «Jesús da a los discípulos el Espíritu Santo. Lo otorga para la remisión de los pecados (Jn 20,22-23)… Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar, decir desde lo profundo del corazón: “Perdón, Señor”. Abrir el corazón para dejarse perdonar. El perdón en el Espíritu Santo es el don pascual para resurgir interiormente. Pidamos la gracia de acogerlo, de abrazar el Sacramento del perdón. Y de comprender que en el centro de la Confesión no estamos nosotros con nuestros pecados, sino Dios con su misericordia. No nos confesamos para hundirnos, sino para dejarnos levantar. Lo necesitamos mucho, todos… Caemos con frecuencia. Y la mano del Padre está lista para volver a ponernos en pie y hacer que sigamos adelante. Esta mano segura y confiable es la Confesión. Es el Sacramento que vuelve a levantarnos, que no nos deja tirados, llorando contra el duro suelo de nuestras caídas. Es el Sacramento de la resurrección, es misericordia pura. Y el que recibe las Confesiones debe hacer sentir la dulzura de la misericordia… de Jesús que perdona todo. Dios perdona todo… Y pidamos la gracia de convertirnos en testigos de misericordia. Solo así la fe estará viva. Y la vida será unificada. Solo así anunciaremos el Evangelio de Dios, que es Evangelio de misericordia».
Papa Francisco
Homilía en el domingo de la Divina Misericordia, 11-4-2021 

P. Romeo Ballan, MCCJ

Comer juntos, abrir la mente, ser testigos

Comentario a Lc 24, 35-48

Leemos hoy la última parte del capítulo 24 de Lucas. Después del episodio de los dos discípulos de Emaús, que reconocen a Jesús “al partir el pan” y que vuelven a Jerusalén para contar lo que han vivido, Jesús se muestra a todo el grupo en el ámbito del cenáculo, el lugar donde la comunidad estaba reunida, aunque más bien triste, confusa e incrédula. En el texto que leemos hoy podemos encontrar, como siempre, muchos motivos de meditación. Por mi parte me detengo en tres:

La importancia de comer juntos: “Comió ante ellos”

Lucas nos cuenta que, ante el pasmo de los discípulos, que no se atrevían a creer lo que veían, Jesús les pidió pescado y se puso a comer en su presencia. Comer con alguien ha sido siempre y sigue siendo hoy, en las más diversas culturas, un gesto de gran importancia social. Comer juntos afianza las familias, fortalece las amistades, crea lazos sociales… y hasta favorece los negocios.

Por lo que nos cuentan los evangelios, para Jesús era normal y frecuente participar en comidas a las que era invitado, ya fuera para celebrar una fiesta (Caná), una amistad profunda (Mateo) o quizá simple curiosidad (algún fariseo). Con cierta frecuencia Jesús comparaba el Reino de Dios con un banquete al que el Padre Dios nos invita. En efecto, comer juntos es un signo de la nueva humanidad fraterna que Jesús ha proclamado en nombre de su Padre celestial; y de esta fraternidad, sellada con su sangre, es anticipo la última cena.

Por eso Jesús ha hecho de la comida comunitaria un signo evidente de su presencia en la comunidad de sus discípulos, compañeros de lucha por el Reino del Padre en medio de un mundo frecuentemente hostil. Cierto que todo se puede dañar y que a veces las comidas no son lo que parecen, engañando con una aparente pero falsa fraternidad. Eso puede pasar también con el gran sacramento de la presencia viva de Jesús: la Eucaristía. Podemos falsearla y de hecho lo hacemos. Pero, honestamente vivida, la Eucaristía es el gran signo de una humanidad renovada, de una Iglesia que escucha la Palabra y comparte el pan. Seguramente, si vivimos la Eucaristía con honestidad, Jesús se hará presente entre nosotros, la comunidad crecerá en comunión (incluida la comunión de bienes para la vida) y la humanidad tiene dentro de sí un fermento capaz de renovarla profundamente.

Abrir la mente: “Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras”

Jesús les abre la inteligencia, para que puedan comprender las Escrituras a partir de lo que están viviendo y para que entiendan lo que están viviendo a partir de las Escrituras. También esto sucedía con frecuencia en los diálogos de Jesús con sus discípulos y con las multitudes que lo seguían. Precisamente por eso Jesús era Maestro: porque tenía palabras luminosas, claras y pertinentes, que eran como faros que iluminaban la realidad. Escuchándolo a él, era fácil comprender, por ejemplo, que curar a un paralítico era más importante que “guardar” el sábado; que el Padre se alegra por un pecador que se arrepiente; que ayudar a un desconocido herido en el camino nos hace verdaderamente hijo de Dios (herederos de la vida eterna)… Y más fuerte todavía: que su propia muerte tiene sentido como un acto supremo de confianza y generosidad, superando la muerte con la entrega libre de la propia vida.

Por eso, hasta el día de hoy y por siglos que vendrán, los discípulos nos reunimos para escuchar la palabra sabia de Jesús, para dejarnos iluminar constantemente por ella en un diálogo fecundo con la vida de cada día. Desde lo que nos pasa entendemos mejor la Palabra y desde la Palabra entendemos mejor lo que nos pasa. Y en ello experimentamos a Jesús vivo que nos acompaña en nuestro caminar.

Ser testigos: “Su nombre será predicado a todos los pueblos”

Escuchar la palabra luminosa de Jesús, comer con él y con la comunidad de sus discípulos, experimentar la presencia de su Espíritu en mi vida y en el mundo, es el mayor don que yo haya podido recibir. Eso ha transformado mi vida, haciéndome sentir Hijo amado y hermano entre hermanos. Por eso, como Pablo, como Pedro, como Lucas, y millones de discípulos, yo también quiero ser testigo, misionero, alguien que quiere compartir con el mundo el gran don recibido. Ser testigo de Jesús en el mundo es lo más fascinante que una persona puede ser.

La misión no es una carrera orgullosa para crear prosélitos de una secta o para hacer propaganda  de una ideología o para difundir un gran sistema religioso… La misión es ser humildes testigos de un don recibido: Una Palabra que continuamente da sentido a la vida en medio de tantas contradicciones propias y ajenas; una fraternidad que se aprende a construir día a día, no porque somos mejores que nadie sino porque somos sólo discípulos, aprendices de un proyecto que nos supera, pero que cuenta con nosotros; un Espíritu que, conforme a la promesa de Jesús, nos acompaña en todas las circunstancias, como una fuerza interior que nos guía en libertad y amor, contra viento y marea y a pesar de nuestros propios pecados.

Gracias, Jesús, por tu Palabra; gracias por tu comida de fraternidad; gracias por tu Espíritu, que nos acompaña en la dulce tarea de ser tus testigos.
Antonio Villarino, MCCJ