Después de 2.000 años, la fiesta de Navidad sigue sorprendiéndonos - ¡así por lo menos debe ser! - porque la Navidad es siempre nueva, es como la primera, es la fiesta de la vida. La fiesta de cuando el corazón de Dios comenzó a latir en carne humana. ¡Para gozo y salvación de todos! Desde entonces “caro salutis est cardo” (la carne es la base de la salvación), como decía Tertuliano (siglo III)...

Cuidar la fragilidad y el sueño de Dios

«José, no temas recibir a María como esposa.»
Mateo 1,18-24

El Evangelio del cuarto domingo de Adviento pone en primer plano la figura de José. Mientras san Lucas presenta el acontecimiento de la Encarnación partiendo de la Virgen María, san Mateo centra su atención en san José, el padre legal de Jesús: aquel que le da el nombre y le transmite la filiación davídica. Lucas habla del anuncio del ángel a María, mientras que Mateo habla del anuncio a José. Las dos perspectivas se complementan mutuamente. Así, después de Isaías y Juan Bautista, José es la tercera figura que nos guía hacia el misterio de la Navidad.

Acoger lo imprevisto del proyecto de Dios

El Evangelio de hoy comienza con un hecho desconcertante para José: María «se encontró encinta por obra del Espíritu Santo». Es fácil imaginar la turbación del prometido esposo, que no logra explicarse lo sucedido. Interiormente atormentado, se pregunta qué debe hacer. Dios interviene para decirle: «No temas recibir a María, tu esposa», porque «el niño que ha sido engendrado en ella viene del Espíritu Santo».

La figura de José es una de las más misteriosas del Evangelio. Es el hombre del silencio: en los Evangelios no se recoge ninguna palabra suya. Tampoco se menciona palabra alguna de María en Mateo y Marcos. Sin embargo, hay que decir que, en el relato de Mateo, José es el verdadero protagonista durante la infancia de Jesús. Mientras su nombre aparece ocho veces en Mateo, el de María solo cuatro. Podría decirse que José es el último de los patriarcas, de la estirpe de José de Egipto, el soñador. Es el único al que Mateo define como «justo». José es un fiel observante de la Ley de Dios. Es él quien lleva adelante la transición entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Habitualmente subrayamos, con razón, la obediencia de san José. Sin embargo, no se trata de una obediencia pasiva, sino emprendedora. En efecto, cuando el ángel le dice que regrese a Israel, él no vuelve a Judea, donde reinaba el cruel Arquelao, hijo de Herodes. Considera oportuno ir a otro lugar, y el Cielo confirma esta prudencia suya. El joven José sorprende no tanto por su obediencia como por su capacidad de acción y prontitud, de valentía e iniciativa, de responsabilidad y discernimiento… ¡Nada que ver con una figura temerosa, tímida y acomodada como tantas veces se le representa!

En este tiempo de Adviento, José nos enseña cómo esperar a Dios cuando llega de manera inesperada. Quisiera, sin embargo, destacar dos aspectos particulares que pueden inspirarnos en nuestro camino hacia la Navidad.

Cuidar la fragilidad

José está llamado a «recibir consigo» a María, madre y esposa, y al Niño. «Recibir consigo» es la vocación de José. De hecho, en el relato de Mateo encontramos seis veces esta expresión. Guardián de la fragilidad, es el guardián del misterio.

Esta particularidad del papel de san José ilumina lo que significa vivir la Navidad: «recibir con nosotros» a la Madre y al Niño, mediante la fe y el amor. Madre y Niño están amenazados, hoy más que nunca, por nuevos «Herodes». Dios es frágil y necesita ser protegido. Por eso estamos llamados a ser como José.

No se trata solo de vivirlo espiritualmente. Miremos a nuestro alrededor para ver las fragilidades que existen cerca de nosotros, en la familia o en la comunidad, pero no solo allí. A menudo las consideramos una molestia, las ignoramos o apenas las toleramos. Son el eslabón más delicado de nuestra humanidad. Al aceptarlas, acogemos el misterio de Dios, que se hace pequeño, necesitado y pobre. Estas fragilidades tienen nombre. Tal vez el Señor nos esté pidiendo que «recibamos con nosotros» las debilidades y los límites de alguien en particular. En este tiempo de Adviento, ¡que san José nos inspire a cuidarlas!

Cultivar el sueño de Dios

«Un ángel del Señor se le apareció en sueños». San José es un soñador. Y recibió en sueños el plan de Dios, porque era un hombre capaz de soñar. Es el guardián del sueño de Dios, comentaba el papa Francisco al respecto.

Hemos perdido la capacidad de soñar. La consideramos infantil. Es cierto que en Navidad todos nos volvemos un poco niños. Nos reunimos en familia para celebrar. Nos deseamos la paz. Pero no nos hacemos ilusiones. Incluso sentimos una cierta conmiseración por los «soñadores» empedernidos. Tal vez también nosotros hayamos soñado en el pasado que las cosas podían cambiar, pero esos sueños se han desvanecido en la nada y nos hemos adaptado a la realidad.

La Navidad es el tiempo en que se cumple la profecía de Joel: «Vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes tendrán visiones» (3,1). Dios trae su sueño a la tierra. Jesús lo encarna. Aunque el sueño parezca terminar en el fracaso de la cruz, Él no desiste. Gracias al Espíritu, el Gran Soñador, los apóstoles, desilusionados tras la muerte de Jesús, se convirtieron también ellos en soñadores.

La Navidad nos recuerda que hoy es a nosotros a quienes Dios confía este sueño. ¡Que san José nos obtenga la gracia de despertar nuestra capacidad de soñar!

Para reflexionar

«Dios espera con paciencia a que yo finalmente quiera consentir en amarlo. Dios espera como un mendigo que permanece de pie, inmóvil y silencioso, delante de alguien que quizá le dará un pedazo de pan. El tiempo es esta espera. El tiempo es la espera de Dios que mendiga nuestro amor. Los astros, las montañas, el mar, todo lo que nos habla del tiempo nos trae la súplica de Dios. La humildad en la espera nos hace semejantes a Dios. Dios es únicamente el mendigo. Por eso está ahí y espera en silencio. Quien avanza o habla usa un poco de fuerza. El bien que es solo bien no puede sino estar ahí. Los mendigos que tienen pudor son sus imágenes»
(Simone Weil)

P. Manuel João Pereira Correia, mccj

Misioneros que anuncian con gozo las maravillas de la Navidad

Isaías 7,10-14; Salmo 23; Romanos 1,1-7; Mateo 1,18-24

Reflexiones
Después de 2.000 años, la fiesta de Navidad sigue sorprendiéndonos - ¡así por lo menos debe ser! - porque la Navidad es siempre nueva, es como la primera, es la fiesta de la vida. La fiesta de cuando el corazón de Dios comenzó a latir en carne humana. ¡Para gozo y salvación de todos! Desde entonces “caro salutis est cardo” (la carne es la base de la salvación), como decía Tertuliano (siglo III): la salvación de Dios pasa por la carne de Cristo, el único Salvador. La invitación es para vivir la Navidad con el asombro de los primeros protagonistas: María y José (Evangelio), los ángeles, los pastores y los magos... ¡Vivir la Navidad verdadera es un don que nos ubica en la realidad de las cosas! Abiertos a la novedad de las sorpresas de Dios. Lejos de la indiferencia de quienes viven alienados en las cosas; sin la autosuficiencia de quienes se proclaman no creyentes; y sin quedar cautivos de rutinas y cerrazones. En su novela Gimpel, el tonto el hebreo Isaac Singer (premio Nobel de la Literatura 1978), narra que una noche llegó el Mesías, pero todos tenían las puertas y las ventanas bien cerradas. Incluidos el rabí y otros sabios… La única puerta abierta era la de Gimpel, al que todos llamaban idiota, por su manera un tanto soñadora de vivir. Pero justamente en su casa entró y se quedó el Mesías.

El Dios que viene es el Emanuel, ya anunciado por Isaías (I lectura, v. 14) y por el Evangelio de Mateo, el “Dios con nosotros” (v. 23). El Dios que ha decidido estar presente en la historia de cada persona, de caminar con cada uno de nosotros. Vivir la Navidad así, abiertos e involucrados en la sorpresa de un Dios enamorado perdidamente de nosotros, no nos deja inactivos, nos lleva al anuncio misionero hacia aquellos que todavía no saben nada - o muy poco - de esta historia verdadera y apasionante. Navidad, por tanto, es un modo de ser, es un mensaje que vale la pena llevarlo a otros. Así lo vivió también San Daniel Comboni, cuando, durante su primer viaje hacia el centro de África, fue como peregrino a Belén en 1857, y allí se sintió invadido por la grandeza de ese misterio: “Besé mil veces aquel sitio. Besé casi toda la gruta; y no sabía salir de ella” (Escritos, n. 113).

Así lo entendió S. Pablo (II lectura), el cual, desde que tuvo la sorpresa de encontrar a Cristo, se entregó completamente a Él y se convirtió en el mayor misionero. Lo dice claramente en el exordio de su carta a los cristianos de Roma: “Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios…” (v. 1,1). Pablo presenta a los romanos su carta de identidad con credenciales de todo respeto, que él resume en tres palabras: siervo, apóstol, escogido. Es, ante todo, siervo de Cristo Jesús: goza al sentirse poseído por Él, es apasionadamente suyo, habla de Él a todos siempre, lo menciona hasta cuatro veces en los escasos versículos iniciales de la carta. Luego, tiene conciencia de ser apóstol, enviado: la misión no nace ni depende de él, sino de Uno más grande, del cual él es tan solo un servidor. Finalmente, Pablo considera una gracia ser apóstol escogido “para predicar la obediencia de la fe entre todos los gentiles” (v. 5). La misión es un don, antes de ser una tarea que cumplir; es un carisma que enriquece al que lo recibe y lo capacita para un servicio a la comunidad.

Pablo retoma a menudo en sus cartas estos tres títulos y los comenta. Se siente misionero de Cristo en la riqueza sorprendente de su misterio: prometido por medio de los profetas, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder por su resurrección de entre los muertos… (v. 2-4). Pablo se vio descubierto por Cristo, amado, salvado, enviado a los pueblos paganos para anunciarles “la inescrutable riqueza de Cristo” (Ef 3,8). En el camino de Damasco no ha nacido tan solo el Pablo cristiano, sino también el apóstol, el misionero. No ha cambiado su manera de vivir a partir de una decisión ética, voluntarista, ni para seguir una ideología de moda, sino tan solo por haber encontrado a Cristo, el cual le ha cambiado definitivamente la vida, abriéndole los infinitos horizontes de la misión. ¡Pablo es un ejemplo para todo cristiano y para todo misionero!

El Adviento es el tiempo para crear espacio a Jesús que viene, sin dejarnos distraer por las cosas externas. (*) La Navidad de Jesús necesita de personas que lo acojan en su vida y de mensajeros que lo anuncien como los ángeles de Belén: para llegar a los lejanos que todavía no lo conocen, a los que se han alejado, a los que han equivocado su camino... Estén cerca de nosotros o lejos. ¡Es una tarea urgente y apasionante! ¡A ella estamos llamados todos! Cada cual según su condición.

Palabra del Papa

(*) “El Adviento es un tiempo de gracia. Nos dice que no basta con creer en Dios: es necesario purificar nuestra fe cada día. Se trata de prepararnos para acoger no a un personaje de cuento de hadas, sino al Dios que nos llama, que nos implica y ante el que se impone una elección. El Niño que yace en el pesebre tiene el rostro de nuestros hermanos más necesitados, de los pobresQue la Virgen María nos ayude para que, al acercarnos a la Navidad, no nos dejemos distraer por las cosas externas, sino que hagamos espacio en nuestros corazones a Aquel que ya ha venido y quiere volver a venir para curar nuestras enfermedades y darnos su alegría”.
Papa Francisco
Angelus del domingo 15 de diciembre de 2019

P. Romeo Ballan, MCCJ

ESTÁ CON NOSOTROS
Mateo 1, 18-24

Le pondrá por nombre Emmanuel.
Antes de que nazca Jesús en Belén, Mateo declara que llevará el nombre de «Emmanuel», que significa «Dios-con-nosotros». Su indicación no deja de ser sorprendente, pues no es el nombre con que Jesús fue conocido, y el evangelista lo sabe muy bien. En realidad, Mateo está ofreciendo a sus lectores la clave para acercarnos al relato que nos va a ofrecer de Jesús, viendo en su persona, en sus gestos, en su mensaje y en su vida entera el misterio de Dios compartiendo nuestra vida. Esta fe anima y sostiene a quienes seguimos a Jesús.

Dios está con nosotros. No pertenece a una religión u otra. No es propiedad de los cristianos. Tampoco de los buenos. Es de todos sus hijos e hijas. Está con los que lo invocan y con los que lo ignoran, pues habita en todo corazón humano, acompañando a cada uno en sus gozos y sus penas. Nadie vive sin su bendición. Dios está con nosotros. No escuchamos su voz. No vemos su rostro. Su presencia humilde y discreta, cercana e íntima, nos puede pasar inadvertida. Si no ahondamos en nuestro corazón, nos parecerá que caminamos solos por la vida.

Dios está con nosotros. No grita. No fuerza a nadie. Respeta siempre. Es nuestro mejor amigo. Nos atrae hacia lo bueno, lo hermoso, lo justo. En él podemos encontrar luz humilde y fuerza vigorosa para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte. Dios está con nosotros. Cuando nadie nos comparende, él nos acoge. En momentos de dolor y depresión, nos consuela. En la debilidad y la impotencia nos sostiene. Siempre nos está invitando a amar la vida, a cuidarla y hacerla siempre mejor.

Dios está con nosotros. Está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Y en todos está llamándonos a construir una vida más justa y fraterna, más digna para todos, empezando por los últimos. Dios está con nosotros. Despierta nuestra responsabilidad y pone en pie nuestra dignidad. Fortalece nuestro espíritu para no terminar esclavos de cualquier ídolo. Está con nosotros salvando lo que nosotros podemos echar a perder.

Dios está con nosotros. Está en la vida y estará en la muerte. Nos acompaña cada día y nos acogerá en la hora final. También entonces estará abrazando a cada hijo o hija, rescatándonos para la vida eterna. Dios está con nosotros. Esto es lo que celebramos los cristianos en las fiestas de Navidad: creyentes, menos creyentes, malos creyentes y casi increyentes. Esta fe sostiene nuestra esperanza y pone alegría en nuestras vidas.
José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com

ASOMBRO ANTE EL MISTERIO

El evangelio del domingo pasado hablaba del desconcierto de Juan Bautista, y nos obligaba a pensar en el desconcierto y escándalo que podemos sentir ante la conducta y el mensaje de Jesús. El evangelio del cuarto domingo da un paso adelante. El desconcierto y el escándalo se pueden superar. El asombro ante el misterio no acaba nunca, dura toda la vida.

El relato del evangelio consta de los elementos típicos: planteamien­to, nudo y desenlace. Como en cualquier novela poli­cíaca. Pero existe una diferencia. Mientras Agatha Christie dedica la mayor parte al nudo, a las peripecias de Hércules Poirot en busca del asesino, Mateo es brevísimo en las dos primeras partes y pasa enseguida al desenlace. No se trata de un relato dramático, sino didáctico.

Planteamiento

Parte de unos personajes que da por conocidos para el lector, María y José, y de una costumbre que también da por conocida entre judíos: después de los desposorios (la petición de mano), los novios son considerados como esposos, con el compromi­so de fidelidad mutua, pero siguen viviendo por separado. De repente, resulta que María espera un hijo del Espíritu Santo. Mt no deja al lector ni un segundo de duda. Con perdón del Espíritu Santo, y siguiendo el símil policiaco, el lector sabe desde el principio quién es el asesino.

Nudo

La duda es para José, hombre bueno. Según el Deuteronomio, si un hombre se casa con una mujer y resulta que no es virgen, si la denuncia, “sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa paterna” (Dt 22,20ss). José prefiere interpretar la ley en la forma más benévola. La ley permite denunciar, pero no obliga a hacerlo. Por eso, decide repudiar a María en secreto para no infamarla. Mt escribe con enorme sobriedad, no detalla las dudas y angustias de José. (…)

Desenlace

En cuanto José toma la decisión, se aparece el ángel que resuelve el problema. José obedece, y María da a luz un hijo al que José pone por nombre Jesús. En esta sección final, entre las palabras del ángel y la obediencia de José introduce Mt unas palabras para explicar el misterio: se trata de cumplir la profecía de Is 7,14 (que se lee hoy como 1ª lectura).

Mensaje

Este análisis literario demuestra que Mt no ha intentado poner en tensión al lector. Sabe desde el comienzo a qué se debe el misterio. Entonces, ¿qué pretende decirnos con este episodio?

¿Quién es Jesús? Al comienzo del evangelio, en la genealogía, Mt acaba de indicarnos que es verdadero israelita y verdadero descendiente de David. ¿Significa que sea el Mesías? Para eso hace falta algo más según la tradición de ciertos grupos judíos. El Mesías debe nacer de una virgen, según está anunciado en Is 7,14. Este episodio demuestra que Jesús cumple ese requisito. Pero hay otro dato que no contiene el texto de Isaías: Jesús viene del Espíritu Santo, con lo cual se quiere expresar su estrecha relación con Dios.

¿Qué hará Jesús? Lo indica su nombre: salvar a su pueblo de los pecados. Salvar de los pecados no es lo mismo que perdonar los pecados. Perdonar los pecados se puede hacer de forma cómoda, sentado en el confesionario, o incluso paseando o tomando un café. Salvar de los pecados sólo se puede hacer ofreciendo la propia vida. Sabemos desde niños que Jesús, para salvarnos de nuestros pecados, dio su vida por nosotros. Pero no debe dejar de asombrarnos. Porque la actitud normal de un judío piadoso ante el pecado no es comprenderlo ni justificarlo, mucho menos morir por el pecador. Es condenarlo.

¿Qué repercusiones tiene su aparición? Mt, al escribir su evangelio, parte de la experiencia de su comunidad, perseguida y rechazada por aceptar a Jesús como Mesías. Mt le indica desde el comienzo que las dificultades son norma­les. Incluso las personas más ligadas al Mesías, sus propios padres, sufren problemas desde que es concebi­do. El cristiano debe ver en José un modelo que le ayuda y anima. No debe tener miedo a aceptar a Jesús y seguir­lo, porque “viene del Espíritu Santo” y “salvará a su pueblo de los pecados”.

José Luis Sicre
https://www.feadulta.com

¡Feliz Navidad y Año nuevo!