Hoy concluimos el cuarto discurso de Jesús, que reúne las enseñanzas del Señor sobre la vida comunitaria. El pasaje evangélico es la continuación del del domingo pasado, dedicado a la corrección fraterna. [...]
¿Cuántas veces has perdonado a Dios?
«¿Cuántas veces tendré que perdonar?»
Mateo 18,21-35
Hoy concluimos el cuarto discurso de Jesús, que reúne las enseñanzas del Señor sobre la vida comunitaria. El pasaje evangélico es la continuación del del domingo pasado, dedicado a la corrección fraterna.
En este contexto, Pedro pregunta a Jesús: «Señor, si mi hermano comete faltas contra mí, ¿cuántas veces tendré que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Pedro propone una cifra generosa: siete, el número de la plenitud. Seguramente sabía que los rabinos hablaban de tres o, como máximo, cuatro veces, pero tenía muy presente la insistencia de Jesús en el perdón.
En efecto, al enseñar a los discípulos el Padrenuestro, la única petición de la oración que Jesús comentó después explícitamente fue precisamente la relativa al perdón: «Porque si perdonáis a los demás sus faltas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas» (cf. Mateo 6,14-15).
Y, en un contexto semejante, Jesús habría dicho: «Y si [tu hermano] comete una falta contra ti siete veces al día y siete veces vuelve a ti diciendo: “Me arrepiento”, tú lo perdonarás» […] y apenas cien denarios, el equivalente a unos cien días de trabajo. Cuando el señor se entera de lo ocurrido, se indigna y revoca la condonación de la deuda. Y la conclusión de Jesús es, una vez más, sorprendente y severa: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano».
1. El perdón es una decisión… ¡en camino!
Todos somos muy conscientes de lo difícil que es perdonar. El perdón casi nunca es espontáneo. Espontáneos son, más bien, la rabia, el resentimiento y las ganas de devolver mal por mal. Dice un viejo refrán: «La primera se perdona, la segunda se tolera y a la tercera, se responde». Algunos incluso consideran que el perdón es una forma de debilidad: quien perdona sería incapaz de hacer valer sus derechos; la bondad sería incapacidad de rebelarse, la paciencia cobardía y el perdón incapacidad de vengarse (Nietzsche).
La palabra italiana perdonare procede del latín y refuerza la idea de «dar»: es un dar plenamente. Pero para quien perdona no se trata en absoluto de un gesto «barato». A veces cuesta sangre y lágrimas. También la gracia de Dios, recordaba Bonhoeffer, no es una «gracia barata»: el perdón nos ha sido dado a través del amor de Cristo llevado hasta la cruz.
Por eso el perdón es fruto de una decisión sostenida por la gracia. Y no siempre es una decisión tomada de una vez para siempre. A menudo es necesario renovarla cada vez que la memoria trae de nuevo a la mente la ofensa y reaviva en el corazón el sufrimiento. El perdón madura progresivamente, hasta convertirse en una disposición profunda y estable.
Se aprende a perdonar… caminando por la senda del perdón.
Muchos cristianos, por desgracia, escucharán esta palabra llevando en el corazón rencor hacia alguien, quizá desde hace años, decididos a no perdonar una ofensa sufrida. Y podrían escucharla sin sentirse mínimamente interpelados. «Sí, sí —se dicen—, es algo hermoso, pero irreal. ¡La vida real es otra cosa! Y, además, lo que me hizo es demasiado grave…».
2. Pero… ¿cuántas veces perdona Dios?
La respuesta parece obvia: ¡siempre! Pero ¿estamos realmente convencidos de ello?
En tiempos de Jesús, algunos rabinos discutían incluso sobre el número de veces que Dios perdonaría antes de castigar. Sin embargo, el Antiguo Testamento nos habla continuamente del amor y de la misericordia de Dios, como proclama el salmo responsorial de hoy: «El Señor es bueno y grande en el amor» (cf. Salmo 102).
Hay, sin embargo, textos que emplean un lenguaje muy duro, como el del profeta Nahúm: «El Señor es un Dios celoso y vengador; vengador es el Señor y está lleno de cólera. El Señor se venga de sus adversarios y guarda rencor contra sus enemigos» (Nahúm 1,2).
El pueblo de Dios fue comprendiendo progresivamente la profundidad del amor divino. En Jesús, esta revelación alcanza su plenitud: Dios es Padre, Dios es amor, Dios es misericordia. Y, sin embargo, también nosotros corremos el riesgo de imaginar a Dios a nuestra imagen y semejanza: no un Dios justo, sino un justiciero; no un Padre, sino un amo; no Alguien a quien amar, sino alguien a quien temer y a quien hay que «tener contento».
Pero entonces, ¿por qué Jesús parece casi amenazarnos al concluir la parábola: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano»? Jesús quiere subrayar con fuerza hasta qué punto el perdón recibido y el perdón dado son inseparables. No porque la misericordia de Dios tenga una medida o se conceda solo bajo determinadas condiciones, sino porque el corazón puede cerrarse al don. El perdón de Dios pide ser acogido. Negarse obstinadamente a perdonar es como extender sobre uno mismo una lona impermeable: el agua de la misericordia sigue cayendo, pero no consigue penetrar.
3. Y tú, ¿cuántas veces has «perdonado» a Dios?
La pregunta puede sorprender e incluso provocar una sonrisa. Naturalmente, Dios, en sentido estricto, no necesita nuestro perdón, porque no comete injusticias ni faltas contra nosotros. Y, sin embargo, nuestro corazón puede llegar a acusarlo, a sentirse herido por él e incluso a alimentar resentimiento hacia él.
Todos conocemos a alguien que se ha alejado de la fe enfadado con Dios porque, en un momento de angustia, una oración pareció quedar sin respuesta; porque Dios habría «permitido» una desgracia; por un duelo trágico; por una enfermedad; por un dolor incomprensible. ¿Y qué decir de las guerras, del sufrimiento de los inocentes y de las injusticias que se extienden por el mundo?
Me atrevería a decir que casi todos tenemos algo que «perdonar» a Dios, es decir, algún reproche, alguna pregunta sin respuesta, alguna herida que le atribuimos. A veces ni siquiera tenemos el valor de reconocerlo y lo enterramos en lo más profundo del corazón.
Tal vez deberíamos tener el valor de presentarnos ante Dios con toda nuestra verdad. Incluso después de la confesión, podríamos levantar los ojos al cielo y decirle: «Señor, hay cosas que todavía no comprendo. ¿Dónde estabas cuando me sucedió esto? ¿Por qué permitiste aquello otro? He sufrido y, a veces, también me he enfadado contigo. Pero quiero seguir confiando en ti. Te confío mis preguntas, mi rabia y mis heridas, porque te quiero».
También esto puede ser un camino de reconciliación con Dios: no porque sea él quien necesite ser perdonado, sino porque somos nosotros quienes necesitamos sanar la imagen herida que guardamos de él.
4. Y tú, ¿cuántas veces te has perdonado a ti mismo?
A menudo nos cuesta perdonar a los demás porque no estamos en paz con nosotros mismos. Quizá no nos hemos perdonado un fracaso, la humillación de una debilidad, una decisión equivocada o algún problema que hemos causado. Podemos saber que Dios nos ha perdonado y haber sido perdonados también por las personas a las que hemos herido y, sin embargo, seguir condenándonos interiormente.
Necesitamos entonces pedir la gracia de acoger plenamente el perdón recibido y aprender también a perdonarnos a nosotros mismos. Podría decirme: «Manuel João, Dios te ha perdonado. Acoge su misericordia. No permanezcas prisionero de tus errores. Aprende de ellos y ¡vete en paz!».
Perdonarse a uno mismo no significa banalizar el mal cometido ni eludir las propias responsabilidades. Significa reconocer que ningún error tiene derecho a pronunciar la última palabra sobre nuestra vida.
La última palabra pertenece siempre a la misericordia.
Para meditar…
Efesios 4,32 — «Sed bondadosos y misericordiosos unos con otros, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó en Cristo».
Colosenses 3,13 — «Sobrellevaos mutuamente y perdonaos unos a otros… Como el Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo».
2 Corintios 5,18-20 — Dios «nos ha confiado el ministerio de la reconciliación»: el cristiano está llamado a ser embajador de la reconciliación.
P. Manuel João Pereira Correia, mccj
Sin perdón no hay amor
Mt 18, 21-35
El capítulo 18 de Mateo está dedicado a la vida comunitaria; en ese capítulo Mateo juntó cuatro orientaciones básicas para la convivencia de los discípulos. Recordemos brevemente estas cuatro orientaciones:
* En la comunidad de los discípulos de Jesús el más importante es el que sabe ser como un niño, es decir, el que sabe ser sencillo y humilde, sin protagonismos exagerados ni pretensiones de “prima donna”.
* En la comunidad de los discípulos se da importancia a todos y no se desprecia a nadie; aunque uno solo se pierda, la comunidad hace todo lo posible por recuperarlo.
* En la comunidad de Jesús existe la corrección fraterna, es decir, la ayuda mutua para mejorar. En la comunidad no hay indiferencia, sino cuidado mutuo.
* En la comunidad de Jesús, por fin, existe el perdón sin límites hasta (setenta veces siete).
Sin perdón no hay amor
A este respecto, me gustaría recordar el testimonio de una mujer africana (de Kenya) que, junto con su marido, pertenecía a un movimiento de espiritualidad familiar.
Un día hablando de estas cosas me dijo:
* A mí me parece que las personas que viven solas no pueden hablar del amor.
* ¿Por qué? -le dije- todas las personas podemos hablar de algo tan humano como el amor.
* Pero –me completó su pensamiento– quien no vive con otras personas no tiene ocasión de perdonar y ser perdonado, y quien no experimenta el perdón no sabe lo que es el amor.
Me dejó bastante sorprendido la opinión de aquella sensata mujer y me parece que tiene bastante razón. Ciertamente, uno tiene que amar a todo el mundo y uno puede amar, un tanto romántica o idealmente, a personas que están lejos, pero el amor verdadero es el que se experimenta en la convivencia y el roce cotidiano, en la acogida del otro tal como es, con sus dones y sus límites, con su semejanza a mí, pero también con su diferencia… Y en ese amor concreto, de cada día, dada la fragilidad humana, es prácticamente imposible no ofenderse alguna vez. La experiencia nos dice que es muy difícil, por no decir imposible, un amor “químicamente puro”, sin fallas ni errores. Por eso el amor exige paciencia y capacidad de perdonarse mutuamente. Por eso Dios, que es amor, es también perdón.
En la medida en que nos acercamos al amor verdadero, que es Dios mismo, en esa medida vamos aprendiendo a perdonar, de tal manera que, perdón a perdón, el amor se va fortaleciendo y se va haciendo más grande hasta parecerse al de Dios que perdona “setenta veces siete”, es decir, siempre.
Por otra parte, el texto de hoy nos habla de la comunidad como lugar del perdón, de la intercesión y de la de la presencia divina: “Donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo”.
P. Antonio Villarino, mccj
Vivir perdonando
Mateo 18,21-35
Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.
Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».
Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.
Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.
La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.
Entre los judíos era conocido un “Canto de venganza” de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: “Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete”. Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.
En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.
Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.
¿Cuántas veces tiene que perdonarte a ti?
El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mt sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad. El perdónes la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo real.
La frase “setenta veces siete“, no podemos entenderla literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.
La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (270 t. de plata). El empleado es incapaz de perdonar una minucia (400 grs.). Al final del texto, encontramos un ramalazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.
El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón de evangelio. El ego necesita enfrentarse al otro para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono, pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.
Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro. Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.
Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno, lo que en realidad es malo. Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón.
“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos, nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.
Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo, no tiene sentido.
Nuestro sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada, consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.
Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: “Del vengativo se vengará el Señor”. “Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenuestro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: “…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?
Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.
No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que Dios me sigue queriendo, me llevará a la recuperación, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.