Jueves, 5 de noviembre de 2026
El comboniano portugués P. Alberto Vieira da Costa sirvió a la Iglesia en Nampula, al norte de Mozambique, durante 37 años, en tres períodos distintos. En el momento de la despedida, expresa su agradecimiento y habla de la nostalgia.

Queridos hermanos y hermanas, todos los que estáis aquí presentes: hoy, 25 de octubre, en pleno Mes Misionero, celebramos mi despedida como misionero comboniano en medio de vosotros.

Comboni nos dice: «el Misionero de la Nigricia debe con frecuencia reflexionar y meditar que él trabaja en una obra de altísimo mérito, sí, pero sumamente ardua y laboriosa, para ser una piedra escondida bajo tierra que quizá nunca saldrá a la luz, y que entra a formar parte de los cimientos de un nuevo y colosal edificio, que sólo los que vengan después verán despuntar del suelo y elevarse poco a poco» (Escritos 2701).

¡Qué imagen tan extraordinaria! Comboni no compara al misionero con una estatua erigida en medio de una plaza, ni con alguien cuyo nombre quedará grabado en una placa.

Lo compara con una piedra escondida: una piedra que nadie ve, que no recibe aplausos y que probablemente nunca llegará a contemplar el edificio que ha contribuido a levantar.

La misión es también esto: entregar la propia vida a una obra que nos supera, sabiendo que otros continuarán lo que nosotros hemos comenzado y que, muchas veces, recogerán los frutos de las semillas que nosotros mismos hemos sembrado.

Llegué a Mozambique en septiembre de 1989. Ya han pasado 37 años. Ha llegado la hora de partir, de dejar a otros la tarea de continuar y de aprender, siempre de Comboni, a ser una piedra escondida en el edificio de la nueva humanidad que Cristo ofrece a todos, sin excepción.

Se quedan con vosotros dos jóvenes misioneros combonianos: uno del Congo y otro de Mozambique.

Cuando miro estos años de servicio en Mozambique y, especialmente, aquí en Nampula, en Santa Cruz, la palabra que brota de mi corazón es: gracias.

Gracias a Dios, que me confió esta misión y me concedió la gracia de serviros. Gracias a todos vosotros por vuestra acogida, amistad, paciencia, oración, confianza y también por vuestras palabras. Todo me ha ayudado a ser cada vez más misionero comboniano.

Todavía no me he marchado y ya os echo de menos. Siento un profundo dolor por vuestra ausencia.

La nostalgia contiene dolor, porque nace de una ausencia; pero también gratitud, porque es la prueba de que algo maravilloso ha existido entre nosotros. La nostalgia duele, pero es un tesoro que se enriquece cada día.

El anciano de la comunidad central se abrazó a mí durante largo rato, llorando y provocando el llanto de muchos otros, incluso de los niños, que, al ver llorar a los jóvenes y a los adultos, también comenzaron a llorar.

Cuesta a todos. También a mí.

El responsable de la Liturgia dijo: «Prometo no olvidar y seguir poniendo en práctica nuestro compromiso con la autosostenibilidad económica, tal como nos lo has enseñado».

La responsable de la Infancia Misionera me escribió: «Doy gracias al padre por todo lo que ha hecho por nosotros. Ha sido nuestra biblioteca. Nosotros también seguiremos explicando a los demás lo que hemos recibido, transmitiendo sus enseñanzas. Rece por nosotros. Nosotros seguiremos rezando por usted».

¡Gracias!

P. Alberto Vieira, mccj