Dos preguntas de siempre: ¿dónde encontrar el gozo pleno? - ¿cuál es el amor más grande? La respuesta de Jesús (Evangelio) es clara y definitiva: en ser fieles a Dios y en dar la vida por los demás (v. 10-11.13). Son palabras de Jesús en su Pascua grande, que, según el Evangelio de Juan, se abre con el “lavatorio de los pies” (13,1ss), gesto que tiene un significado sacramental y eucarístico.

El gozo y la dificultad
de abrirse al amor y a la Misión

Hechos 10,25-26.34-35.44-48; Salmo 97; 1Juan 4,7-10; Juan 15,9-17

Reflexiones
Dos preguntas de siempre: ¿dónde encontrar el gozo pleno? - ¿cuál es el amor más grande? La respuesta de Jesús (Evangelio) es clara y definitiva: en ser fieles a Dios y en dar la vida por los demás (v. 10-11.13). Son palabras de Jesús en su Pascua grande, que, según el Evangelio de Juan, se abre con el “lavatorio de los pies” (13,1ss), gesto que tiene un significado sacramental y eucarístico. Estamos en el comienzo del llamado Libro del adiós, que abarca los capítulos 13-17 de Juan, en los cuales el evangelista condensa temas muy queridos de su teología: habla con insistencia del servicio y del mandamiento del amor, explica el sentido pascual y escatológico del éxodo de Jesús, revela las relaciones interpersonales en el seno de la vida trinitaria, habla de Jesús que muestra el rostro del Padre y del Espíritu Consolador, recoge la intensa oración de Jesús al Padre... Para Jesús son horas intensas de confidencias y de desahogo con sus amigos (v. 15), a los que se revela como ‘camino-verdad-vida’, ofrece su paz, los invita a tener confianza, porque “¡yo he vencido al mundo!” (Jn 16,33).

En ese contexto de despedida, denso de significado y de emociones, adquiere una especial relevancia la enseñanza de Jesús sobre el amor en todas sus dimensiones.

- Habla, ante todo, del manantial mismo del amor en el seno de la Trinidad, el amor del Padre, el amor fontal (como lo llama el decreto conciliar Ad Gentes 2): “como el Padre me ha amado...”;

- desde el Padre el amor se vuelca en el Hijo, con la superabundancia del Espíritu Santo;

- desde el Hijo, en los discípulos: “así los he amado yo; permanezcan en mi amor” (v. 9);

- desde los discípulos el amor se irradia hacia todos: “que se amen unos a otros” (v. 12.17).

Jesús se propone como medida, modelo e inspiración para el amor más grande: lava los pies de sus discípulos y da la vida por sus amigos (v. 13), perdona y ama también a sus enemigos. (*)

El amor del que Jesús habla tiene claras dimensiones misioneras, como se aprecia en dos frases que es preciso leer en paralelo: el amor es misión, la misión es amor.

- “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor” (v. 9);

- “como el Padre me ha enviado, también yo los envío... reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,21-22).

Amor y misión van estrechamente unidos: la misión nace del amor, el amor lleva a la misión. Todo esto, bajo el signo y con la fuerza del Espíritu de amor. Juan (II lectura) insiste en la misma enseñanza, haciendo hincapié en el origen divino del amor: “amémonos... ya que el amor es de Dios...; porque Dios es amor...; Él nos amó” (v. 7.8.10).

¡Amar hasta dar la vida por los demás! Este es el amor más grande, es el amor de los mártires. Y de muchos otros cristianos, misioneros o no. Uno de los 7 monjes trapenses, asesinados en Tibhirine (Argelia, mayo de 1996) por unos fundamentalistas islámicos, dejó escrito este testimonio: “Si llegara el día - y podría ser hoy mismo - en que yo caiga víctima del terrorismo, que parece estar tragando a todos los extranjeros que viven en Argelia, quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, se acuerden de que mi vida está entregada a Dios y a este país” (Christian de Chergé). Y el hermano Lucas, otro de los monjes de la misma fraternidad trapense (en el film es el médico) dejó escrito: “Si se quiere ser felices, se va derecho a la desilusión, hacia la infelicidad. Si quieres ser feliz, haz feliz a otra persona”.

El amor de Dios es para todos; por tanto, también la Misión de los cristianos debe estar abierta a todos los pueblos. Esta universalidad de la acción misionera de la Iglesia salta a la vista en todo el episodio de la conversión del centurión pagano Cornelio (I lectura), como lo explica muy bien Augusto Barbi, teólogo biblista de Verona. A la Iglesia le ha costado acoger a los paganos. En el libro de los Hechos, el episodio de Cornelio constituye un hito decisivo en esta apertura. El espacio dedicado a este hecho (con 66 versículos) y la repetición de algunas partes de la narración dan testimonio de su importancia, pero, al mismo tiempo, del laborioso proceso con el cual se realiza la plena integración de los paganos en la Iglesia. Pedro presenta importantes reflexiones de teología misionera sobre el tema de la salvación para cualquier persona: “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (v. 34-35). Más allá de las profundas reflexiones de Pedro y de sus compañeros, el que resuelve el problema es el Espíritu Santo, que baja sobre todos los presentes: creyentes y paganos (v. 44-45), abriendo también para estos últimos la puerta del bautismo (v. 47-48).

Las resistencias de la primera comunidad cristiana - incluido el titubeo del mismo Pedro - se deben a la diversidad cultural-religiosa de los interlocutores y a la cristalización de prejuicios vinculados al miedo y al trato con extranjeros. No es difícil ver en los personajes y momentos de la historia de Cornelio un paradigma y una orientación significativa para la Iglesia de hoy, que a menudo debe afrontar los desafíos de la diversidad étnica-cultural-religiosa de los pueblos y la tarea de abrirse continuamente a la universalidad y a la misión, con los imperativos de la acogida, integración y evangelización de nuevos grupos humanos. Migrantes o no. ¡Acogidos, o tolerados y rechazados!

Palabra del Papa

(*) «Toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos, empresa tantas veces heroica en su realización histórica; y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana. Por tanto, el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres».
Benedicto XVI
Encíclica Deus Caritas est (25-12-2005) n. 19

P. Romeo Ballan, MCCJ

Una entrañable declaración de amistad
Comentario a Jn 15, 9-17

Seguimos leyendo el evangelio de Juan, como en los domingos anteriores, pero esta vez pasamos de las alegorías (el Buen Pastor, la Vid y los sarmientos) a una directa y conmovedora declaración de amistad en un círculo del que forman parte Jesús, el Padre y los discípulos. Les invito a leer este texto, como si nosotros mismos estuviéramos en aquella habitación del “piso superior” de una casa de Jerusalén, en la que el Maestro estaba con sus amigos, antes de enfrentarse a la hora decisiva de su vida. Vayamos por partes:

1. La hora decisiva, la hora de la verdad

Desde el capítulo 13 hasta el 17, Juan nos cuenta gestos, sentimientos y palabras de Jesús en aquellas últimas horas de su vida, cuando él ya percibía la gravedad del enfrentamiento que estaba viviendo con las autoridades de su pueblo y cuando parecía que todo su proyecto de renovación profunda, el proyecto del Reino de su Padre, se venía abajo. El texto respira una especial fuerza emotiva, porque está en juego mucho más que una idea o un proyecto, están en juego las relaciones profundas entre Jesús, sus amigos y el Padre.

En efecto, aquella tarde del Jueves Santo era uno de esos momentos cruciales, en los que podemos volvernos cobardes y traidores (escapando para salvar nuestra piel) o llegar al máximo de la generosidad, reafirmando nuestra fidelidad sin condiciones y nuestra capacidad de dar incluso la vida en un acto supremo de confianza en Dios y en el proyecto de vida al que nos Él llama. En ese momento supremo y sublime, Jesús celebra con sus amigos el rito más importante de su tradición religiosa, la Pascua, actualizándolo y haciéndolo suyo, y, como el pueblo en Egipto, se prepara a “pasar”, en su caso, “pasar de este mundo al Padre”. En un momento así la vida se juega en su valor más auténtico y uno se centra en lo más fundamental, en lo que más le importa.

2. Al final, sólo queda el amor

Jesús ha compartido tres años muy intensos con sus discípulos y discípulas; juntos hicieron largos viajes, juntos realizaron extraordinarias acciones de sanación de enfermos, anuncio del perdón a los pecadores, banquetes fraternos, disputas con los fariseos, propuestas de renovación moral…  Ahora, cuando el final está cerca, todo eso parece hasta cierto punto secundario. En efecto, lo que más le importa a Jesús en estos momentos aparece bien claro en este texto que leemos hoy: “Como el Padre me ama a mí, así os amo yo. Permaneced en mi amor”. Esto es la clave de todo. Lo demás “vendrá por añadidura”.

Este es el secreto de su vida: Jesús no duda, ni siquiera en los momentos más trágicos en los que experimenta el fracaso, de ser una persona amada por el Padre. Esa es la fuente de su serenidad profunda, de una alegría que le permite gozar de la belleza de los lirios y los cantos de los gorriones, proclamar su alegría porque los sencillos encuentran a Dios y los corazones rotos son recompuestos. Esa es la fuente segura de su libertad frente a moralismos fanáticos de derechas o de izquierdas.  Y esa experiencia de ser amado por el Padre, él la extiende con toda naturalidad y fidelidad al pequeño grupo de sus amigos, aquellos que le han seguido desde Galilea y que, aunque no lo entienden del todo, le permanecen fieles. No necesita que sean perfectos, ni que entiendan siempre sus palabras o el proyecto en el que ha querido embarcarlos. Todo eso importa, pero lo que más le importa es que tangan clara una cosa: que  Él les ama por encima de todo. No son sus “siervos”, no son funcionarios de un proyecto o de una causa; son sus “amigos”, sus “hermanos” y con ellos lo comparte todo: las tristezas y las alegrías, los sueños y los fracasos y, sobre todo, el amor del Padre.

3. Permanecer

A sus amigos sólo les pide eso: que se amen los unos a los otros, que permanezcan en su amor. Pero el amor que corre entre Jesús y sus discípulos no es un sentimiento “barato” para personas de poco calado personal o superficiales, sin raíces (como una planta en tierra arenosa). Es más bien una amistad sólida, enraizada en la conciencia de ser hijos del mismo Padre y en compartir el sueño de una humanidad nueva.  No se trata de una amistad de conveniencia (que dura mientras duran los beneficios), sino una amistad que va más allá de los fracasos  y los  éxitos, una amistad que permanece en el tiempo y que se abre a todos aquellos y aquellas que aceptan el camino de Jesús. Una amistad que implica “aceptar los mandamientos”, seguir la enseñanza del Maestro, no tanto porque “está mandado”, sino porque vienen de Él y a Él queremos ser siempre fieles. Una amistad que se traduce en cercanía afectiva, concreta ayuda mutua, capacidad de perdón y comprensión, fidelidad gratuita y tantas otras cosas que cada uno de nosotros está llamado a nombrar en su experiencia concreta de vida.

En cada Eucaristía que celebramos, sellamos esta amistad, la hacemos crecer y esperamos que se vuelva fecunda, haciendo que nuestra alegría sea plena, como Jesús nos prometió.
P. Antonio Villarino, MCCJ