Iniciamos el nuevo año litúrgico (I domingo de adviento) con un texto parecido al del penúltimo domingo del año: un texto que nos invita a la vigilancia, es decir, a estar atentos, porque cada momento que vivimos es único y no vuelve nunca más. [...]

Llega la Navidad: No se distraigan
Un comentario a Mc 13, 33-37

Iniciamos el nuevo año litúrgico (I domingo de adviento) con un texto parecido al del penúltimo domingo del año: un texto que nos invita a la vigilancia, es decir, a estar atentos, porque cada momento que vivimos es único y no vuelve nunca más. Cada año celebramos, por ejemplo, la Navidad con ritos que parecen dar la idea de algo que se repite con las mismas celebraciones, parecidos regalos, semejantes palabras bien intencionadas… Y, sin embargo, cada Navidad es distinta a las otras, porque nosotros vamos cambiando aunque sea imperceptiblemente.

El amor que estamos llamados a vivir este año es distinto del del año pasado, la herida que debo superar tiene su propio dolor, el perdón que debo pedir o conceder es único, el compromiso apostólico que debo aceptar es propio de este tiempo…, en definitiva, el paso de Dios por mi vida es algo nuevo. Si estoy atento, me enriquezco; si estoy distraído, lo pierdo para siempre.

Por eso es tan importante el llamado que Jesús nos hace en el evangelio de Marcos que leemos hoy: “Pongan cuidado, estén alerta”, es decir, estén atentos, no se distraigan. No se dejen distraer por las luces de la ciudad, ni por la avalancha de regalos, ni por las comidas excesivas, ni las copas de más.

No se dejen taponar los oídos por la bulla de los festejos ni oscurecer los ojos por el humo de fuegos artificiales. Limpien los oídos, abran los ojos, estén atentos para percibir por dónde les está llamado Dios en este nuevo año que vamos a comenzar, en qué parte de su vida quiere nacer Dios como salvador, amigo y hermano.

Vigilen para que no se les pase la ocasión de comprender algo más del misterio de Dios, de hacer un poco más de bien a alguna persona, de amar más y mejor a su familia, de ser un poco más coherentes y rectos, más humildes, más verdaderos, más poseídos por el amor de Dios.

¡Buen Adviento! ¡Buena preparación de la Navidad!

P. Antonio Villarino, mccj

 Adviento:
tiempo propicio para la Misión

Isaías 63,16-17.19; 64,2-7; Salmo 79; 1Corintios 1,3-9; Marcos 13,33-37

Reflexiones
Al comienzo del nuevo año litúrgico, la Iglesia lanza una fuerte invitación a la vigilancia y a la esperanza, que son actitudes características del tiempo de Adviento. En el nuevo ciclo (B), que hoy comienza, el evangelista San Marcos nos ofrecerá, domingo tras domingo, pasajes del “Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1,1). En el breve pasaje del Evangelio de hoy aparece hasta cuatro veces el mandato de velar, como condición necesaria para encontrar al Señor cuando venga (v. 35). La espera será satisfecha, no será una ilusión. Su venida será una sorpresa, pero cierta.

La liturgia nos hace vivir la espera del Señor que volverá, haciéndonos revivir eficazmente Su primera venida en la Navidad. No será sencillamente un recuerdo teórico o nostálgico. En efecto, la fuerza de los sacramentos de la Iglesia es tal que hacen presentes hoy los misterios cristianos que tuvieron lugar en el pasado. De esta manera, la historia queda plenamente rescatada y se convierte en historia de salvación en la vida cotidiana del cristiano. Con una condición, sin embargo: que la espera sea una auténtica atención al Señor que viene; es decir, la preparación paciente de un corazón bien dispuesto y purificado. San Pablo (II lectura) invita a los fieles de Corinto a vivir en vigilante espera, mientras aguardan la Revelación de nuestro Señor Jesucristo (v. 7). Nos sostiene la certeza de que “fiel es Dios”, quien nos llama “a la unión con su Hijo Jesucristo” (v. 9) y que nos fortalecerá hasta el fin (v. 8).

Tan solo quien es consciente de su fragilidad, personal y comunitaria, y se abre a Dios con humilde confianza, puede recibir de Él la salvación como un don. El profeta da prueba de ello (I lectura) en una apasionada oración, nacida en el sufrimiento y en la humillación del exilio en Babilonia. Es patente la conciencia de haber errado lejos de los caminos del Señor (v. 17), haber sido rebeldes (v. 4); la conciencia de que el pecado nos ha hecho impuros, “como paño inmundo”, como hojas caídas, llevadas por el viento, a merced de nuestras culpas (v. 5-6). Aun en medio de una condición tan miserable, el profeta, al comienzo y en la conclusión de su plegaria, tiene el valor de gritar a Dios su esperanza, invocándolo como Señor, Padre, Redentor (v. 16); Lo invita a volver por amor de sus siervos (v. 17), a romper los cielos y descender (v. 19). Finalmente, el orante se pone como arcilla disponible en las manos del Padre, el único que es capaz de moldearnos, de darnos nuevamente forma (v. 7). Siempre el Padre es deseoso y feliz de re-crearnos, de crearnos de nuevo, de hacernos nuevos.

El profeta presenta un escenario que refleja la situación actual de la humanidad, que a menudo va errando lejos de los caminos del Señor, sumergida en el mal y en el pecado, necesitando de un Salvador que venga de afuera, porque el hombre es incapaz de salvarse por sí solo. ¡Todos necesitamos de Alguien que nos venga a salvar! Los cristianos, que ya creemos en Cristo, esperamos el retorno de nuestro Salvador Jesús, mientras los no-cristianos - que todavía son la mayor parte de la humanidad (cerca de dos terceras partes) - esperan Su venida, es decir, el primer anuncio de Cristo el Salvador. Por tanto, el Adviento es un tiempo litúrgico muy propicio para despertar y fortalecer en los cristianos la conciencia de la responsabilidad misionera, ya que el Adviento nos recuerda el tiempo “de la espera de la humanidad”. Ya el Papa Pío XII lo recomendaba en 1957, invitando a la oración y al compromiso misionero, de manera especial en este tiempo. (*) Cada año, al comienzo del Adviento, nos lo recuerda S. Francisco Javier, ardiente misionero en el Extremo Oriente y patrono de las Misiones (ver 3 de dic).

El Adviento es un viaje en vigilancia:“Estén atentos, velen, esperen, no se duerman…” son los verbos que nos van a acompañar durante todo este período. Esperanza, paciencia, vigilancia… son actitudes típicas del cristiano que se prepara al encuentro - cotidiano y definitivo - con el Señor que viene. Existen oraciones propias para este tiempo litúrgico, cargadas de gozosa esperanza: Amén. ¡Marana tha! Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20). -  Revélanos a nosotros peregrinos en la tierra el sentido cristiano de la vida. - Reaviva en cada uno de nosotros el fuego de la misión, para que sepamos proclamar con gozo tu amor de Padre. - Suscita en nosotros la voluntad de salir con las buenas obras al encuentro con Cristo. Entre estas buenas obras ocupan el primer lugar las que Jesús mismo indica en la parábola del juicio final (ver el Evangelio de la fiesta de Cristo Rey): dar comida al hambriento, agua al sediento, vestido al desnudo, acogida al forastero, visita al enfermo y al preso… Con la certeza de que en estas personas necesitadas encontramos a Cristo mismo, que nos sale al encuentro, como Él nos ha dicho: “Cuanto hicieron a uno… a mí me lo hicieron” (Mt 25,40).

Palabra del Papa

(*) “Deseamos que por esta intención se rece más y con un mayor fervor… Pensamos, sobre todo, en el período del Adviento, que es el de la espera de la humanidad y de los caminos providenciales de preparación para la salvación… Orad, pues, orad más y más, y sin cesar. No dejéis de llevar vuestro pensamiento y vuestra preocupación hacia las inmensas necesidades espirituales de tantos pueblos todavía tan alejados de la verdadera fe, o bien tan privados de socorros para perseverar en ella”.
Pío XII
Encíclica Fidei Donum, 21-4-1957, n. 13

P. Romeo Ballan, mccj