Después de las Bienaventuranzas y de la revelación de nuestra identidad —sal de la tierra y luz del mundo— hoy Jesús entra en el corazón de su misión: dar pleno cumplimiento a la Ley y a los Profetas. (...)
«No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas;
no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento.»
Mateo 5,17-37
Después de las Bienaventuranzas y de la revelación de nuestra identidad —sal de la tierra y luz del mundo— hoy Jesús entra en el corazón de su misión: dar pleno cumplimiento a la Ley y a los Profetas.
1. Libertad, Ley y Sabiduría
Las lecturas de este domingo giran en torno a tres realidades: libertad, ley y sabiduría.
LIBERTAD (Primera lectura)
«Si quieres guardar sus mandamientos, ellos te guardarán… Él ha puesto delante de ti fuego y agua: extiende tu mano hacia lo que quieras. Ante los hombres están la vida y la muerte, el bien y el mal; a cada uno se le dará lo que prefiera» (Eclesiástico 15,16-21).
En estas palabras fuertes del sabio Sirácida resuenan las de Moisés (cf. Deuteronomio 11,26-28 y 30,15). La Palabra nos coloca ante una encrucijada: fuego o agua, vida o muerte, bien o mal… ¡La elección es nuestra! Es fácil desentendernos de la responsabilidad con la excusa de los condicionamientos sociales o del «todos lo hacen».
La existencia del creyente es un ejercicio constante de libertad. Nuestra vida está determinada por una serie de pequeñas decisiones cotidianas: «Extiende tu mano hacia lo que quieras… a cada uno se le dará lo que prefiera».
LEY (Salmo y Evangelio)
El salmo responsorial forma parte del Salmo 119. Este largo salmo alfabético (176 versículos) es un elogio lleno de estima y afecto hacia la Ley de Dios. Ocho veces el salmista afirma: «Tu ley es mi delicia», ¡una expresión única en el Salterio!
Conviene precisar que la Torá, en hebreo, no significa «ley» en sentido meramente jurídico. La Ley de Moisés — la Torá — es el Pentateuco, los primeros cinco libros de la Biblia, considerados por los judíos como la parte más sagrada de la Escritura. En la práctica, es sinónimo de la Palabra de Dios. Por eso Jesús afirma, al comienzo del Evangelio de hoy, que no ha venido a abolir la Ley o los Profetas, sino a darles pleno cumplimiento.
SABIDURÍA (Segunda lectura)
«Hermanos, entre los perfectos hablamos de sabiduría, pero no de una sabiduría de este mundo ni de los jefes de este mundo, que están destinados a desaparecer. Hablamos, más bien, de la sabiduría de Dios…» (1 Corintios 2,6-10).
La sabiduría divina nos permite saborear el gusto escondido de la Ley. Don del Espíritu Santo, nos sana de las ilusiones de una libertad enferma. La ley puede presentarse como un límite impuesto a nuestra libertad. Todos llevamos dentro la mano rapaz de Eva, que quiere apropiarse de los bienes. La sabiduría nos hace como Salomón, capaces de apreciar y acoger los dones de Dios.
2. La nueva Ley de Jesús
«No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento».
Jesús, el Mesías, es quien realmente cumple toda la Ley, la Palabra de Dios. Más aún, él mismo es la Palabra. Pero ¿qué significa «dar pleno cumplimiento»?
El texto contiene una serie de normas que Jesús parece añadir a las ya existentes. Esto podría hacer pensar que el «pleno cumplimiento» consiste en multiplicar los preceptos.
Según el Talmud (uno de los textos sagrados del judaísmo), la Torá contiene 613 preceptos. De ellos, 248 (el número de huesos del cuerpo humano según la tradición rabínica) eran positivos, es decir, obligaciones, y 365 (como los días del año) eran negativos, es decir, prohibiciones. La intención de esta multiplicación era noble: regular la vida según los dictámenes de la Palabra de Dios.
Sin embargo, si reflexionamos bien, no es esta la intención de Jesús. Para dar «pleno cumplimiento», Jesús se mueve en la línea de la radicalización, es decir, hacia la raíz de los mandamientos. Esto se hace explícito en Mateo 22,36-40: «De estos dos mandamientos [amar a Dios y al prójimo] penden toda la Ley y los Profetas». Radicalizar para simplificar. Radicalizar para arrancar la raíz del mal. Radicalizar para devolver la Ley a su corazón: el amor.
3. Algunos ejemplos
Para explicar lo que entiende por cumplimiento, Jesús ofrece seis ejemplos, presentados en forma de antítesis: «Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo…». El Evangelio de hoy nos presenta los cuatro primeros.
Jesús parte del quinto mandamiento: «No matarás». Revela la raíz del homicidio: la ira. Y nos recuerda que también se puede matar con las palabras.
El segundo y el tercer ejemplo se refieren a la sexualidad, partiendo del sexto mandamiento: «No cometerás adulterio». También aquí Jesús nos impulsa a buscar la raíz del adulterio: en la mirada, en el deseo, en el corazón.
La cuarta antítesis se refiere a la palabra en las relaciones entre las personas: «Que vuestro hablar sea: “sí, sí”; “no, no”; lo demás viene del Maligno». Jesús nos pide que no dejemos espacio a la ambigüedad y a la duplicidad, que fácilmente abren la puerta al Maligno.
Conclusión: solo el amor cumple la ley
Vivimos en un mar de leyes. La convivencia lo exige. Nuestra libertad parece cada vez más restringida por normas y reglamentos. Llevamos una vida «pequeña», aparentemente insignificante. No formamos parte del club de los grandes y la historia pronto se olvidará de nosotros.
Y, sin embargo, cada persona es única y, a su manera, está llamada a hacer de su vida una obra maestra. ¿Cómo? Invirtiendo en lo único que permanece para siempre: el amor. Solo el amor cumple la ley y nos hace libres. ¡Y el amor nos hace grandes!
«Si os tocara ser barrenderos, deberíais ir a barrer las calles del mismo modo que Miguel Ángel pintaba sus figuras; deberíais barrer las calles como Händel y Beethoven componían su música. Deberíais barrerlas como Shakespeare escribía su poesía. Deberíais hacerlo tan bien que todos los habitantes del cielo y de la tierra se detuvieran para decir: Aquí vivió un gran barrendero que hizo bien su trabajo» (Martin Luther King).
P. Manuel João Pereira Correia, mccj
Las Bienaventuranzas: corazón del Evangelio y de la Misión
Eclesiástico 15,16-21; Salmo 118; 1Corintios 2,6-10; Mateo 5,17-37
Reflexiones
Las enseñanzas de Jesús en el Evangelio de hoy forman parte del Sermón de la Montaña (Mt 5-7), que comienza con las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12); son ejemplos y aplicaciones concretas de la magna carta del pueblo de la nueva Alianza. En efecto, las Bienaventuranzas son una especie de Texto Constitucional del Reino de Dios; son el programa de la misión de Jesús. Y de la misión de la Iglesia.
Antes de ser un mensaje ético de comportamientos, las Bienaventuranzas son una afirmación teologal de la primacía de Dios. Porque “solo Dios basta” (Santa Teresa de Ávila).
Jesús ha vivido las Bienaventuranzas y todo el mensaje del Sermón de la Montaña; y, solo tras haberlo vivido, lo ha propuesto. Ellas son su autorretrato, trazan su perfil interior de verdadero Dios en carne humana. Antes de ser un programa predicado desde la montaña (v. 1), las Bienaventuranzas son la autobiografía de Jesús, revelan su identidad íntima, su estilo, sus opciones vitales. Contemplando la vida de Jesús pobre, manso, puro, misericordioso, sediento de amor y de justicia, comprometido por la paz, perseguido y sufriente… es posible reconstruir todo el Sermón de la Montaña, empezando por las Bienaventuranzas. (*)
La narración del evangelista Mateo, que habla de monte y da el tono del discurso, presenta a Jesús como legislador, un nuevo Moisés que traza el camino para el pueblo de la nueva alianza. El mensaje de Jesús es unitario y hay que entenderlo en su doble dimensión: de continuidad y de novedad. Jesús dice claramente que no ha venido para abolir la Ley o los Profetas, “sino a dar pleno cumplimiento” (v. 17). Así sabemos que las expresiones “se les dijo” - “pero yo les digo” (v. 21.22) no indican una sustitución o una contraposición de preceptos, sino una continuidad en crecimiento. Jesús no quiere rehacer un código de leyes, sino curarnos en el corazón para vivir de manera nueva la vida moral. Jesús ama, interpreta y vive la Ley, pero su relación con ella no es de tipo legalista, sino vital; no se conforma con un cumplimiento minimalista, exterior o ritual, sino que va al mismo corazón de la Ley, subraya su verdadero mensaje, pone en evidencia su valor más alto y lo expresa en su conducta y en su enseñanza. Esto quiere decir “dar pleno cumplimiento” a la Ley.
Por tanto, Jesús invita a sus discípulos a ir más allá, a superar la conducta de los escribas y de los fariseos (cfr. v. 20). Por ejemplo, el respeto hacia otra persona conllevará una relación global, que no se conforma con el límite extremo expresado en el “no matarás”: será preciso evitar también todo tipo de herida a la dignidad del otro. Cualquier tipo de opresión o explotación del otro es contrario a su dignidad de persona y de hijo de Dios. Enfadarse o insultar a un hermano con las palabras estúpido, loco y semejantes (v. 21.22) son transgresiones de la Ley, porque manifiestan desprecio del otro, cortan la posibilidad de un intercambio y de un encuentro fraterno. San Juan lo dice drásticamente: “El que no ama a su hermano es un homicida” (1Jn 3,15). El que no ama, mata; el asesinato exterior del otro no es sino una consecuencia de haberlo ya eliminado dentro de nosotros.
El mismo criterio de valor superior vale también para el adulterio en su globalidad (v. 27.28). Por tanto, mirar a una mujer (o a un hombre) con una actitud predatoria y con ojos de posesión es faltar a la reciprocidad, significa no considerar a la otra/otro como sujeto con el cual entrar en relación, sino como objeto del cual disponer.
Todo el sermón de Jesús, sobre el monte y en otros lugares, no favorece ciertamente formas religiosas de tipo legalista y ritual; Él nos invita ante todo a curar nuestro corazón; el culto que Él promueve va en la línea del “espíritu y verdad” (cfr. Jn 4,23): un culto que libera interiormente a las personas, las hace crecer en la gratuidad, ayuda a ser adultos y responsables. Porque “la plenitud de la Ley es el amor” (Rom 13,10). Observar y enseñar a los demás la custodia amorosa de la Ley es la gozosa tarea de los auténticos misioneros del Evangelio de Jesús (v. 19). Las Bienaventuranzas no son solo un estilo o un método, sino sobre todo el contenido esencial (cfr. Rmi 91), el corazón del anuncio misionero de la Iglesia.
Palabra del Papa
(*) «El texto de las Bienaventuranzas, que abre el “Sermón de la Montaña”, ha iluminado la vida de los creyentes y también de muchos no creyentes. Es difícil no ser tocado por estas palabras de Jesús, y es justo el deseo de entenderlas y de acogerlas cada vez más plenamente. Las bienaventuranzas contienen la “carta de identidad” del cristiano - es nuestro carnet de identidad -, porque dibujan el rostro de Jesús, su forma de vida… El mensaje se dirige a los discípulos, pero en el horizonte están las multitudes, es decir, toda la humanidad. Es un mensaje para toda la humanidad… Ser pobre, ser manso, ser misericordioso... estos “nuevos mandamientos” son mucho más que normas. De hecho, Jesús no impone nada, pero revela el camino a la felicidad - su camino - repitiendo ocho veces la palabra “bienaventurados”». [Papa Francisco; Audiencia general, miércoles 29-1-2020]
P. Romeo Ballan, MCCJ
No a la guerra entre nosotros
Mateo 5,17-37
Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.
También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él en hacer una vida más justa y fraterna.
Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.
Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.
Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.
No es este un hecho que se da solo en la convivencia social. Es también un grave problema en la Iglesia actual. El Papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”. Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: “No a la guerra entre nosotros”.
Así habla el Papa: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.
José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com
Pero yo os digo
“Pero yo os digo”… Seguramente algunos de los que escuchaban a Jesús en el monte se escandalizaron al oírle. La Ley, para el pueblo judío, era algo intocable. Es verdad que Jesús predica que no ha venido a abolirla (“¡menos mal!”, pensarían muchos…), pero sí expresa con claridad que desea darle “cumplimiento”, mayor plenitud, mayor significado.
Quienes seguían a Jesús se encontraban ante el dilema de cómo armonizar sus palabras y obras con la Ley. En Jesús hallaban un modo diferente de actuar. Sus acciones y su predicación eran muy distintas a las que, hasta ahora, habían visto y escuchado. En su modo de hablar y de proceder no encontraban la rigidez de la norma, sino la libertad del amor. Eso les atraía. Pero a ellos se les había enseñado una forma concreta de interpretar una Ley que había sido sellada en piedra y que tenía un peso en sus vidas nada fácil de aligerar.
No es algo tan lejano. Hoy podemos sentirnos igualmente identificados con quienes habían perdido el sentido, la capacidad de interpretar la Ley de Dios, es decir, su voluntad. La búsqueda de la voluntad de Dios debe llevarnos no al cumplimiento a rajatabla de unas normas o preceptos, sino a lo más hondo de nuestro ser, a la esencia de lo que somos, a vivir lo que estamos llamado a vivir, a nuestra vocación como seres humanos.
La voluntad de Dios no es nada que se añada a lo que somos, no nos viene de fuera. Está en lo más profundo de nuestro ser. Y ojalá se nos educara siempre para poder atender a ella, escucharla, conocerla… Lo que sucede es que es más fácil dictar unas normas y relajar nuestra conciencia pensando que así “cumplimos con Dios” porque, cuando vamos a lo más hondo, a nuestra llamada más íntima, nos damos cuenta que Dios nos quiere como a hijas e hijos y, por tanto, nos hace hermanos, nos lleva a salir de nosotros mismos, nos pone al servicio de la paz y de la justicia, del cuidado de la Creación, de la atención a quienes más lo necesitan… Nos conduce a buscar la igualdad, a denunciar la exclusión, a alimentar nuestra humanidad… Y todo esto, en lo grande y en lo pequeño, comenzando por el día a día, por las relaciones cotidianas, por aquello que está en nuestra mano y que a veces, por dejación, no realizamos.
Jesús nos dice: “si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Estos hombres eran cumplidores y responsables y, por eso, se creían modelos referenciales ante los demás. Cumplían la ley con escrúpulo pero superficialmente. Sin embargo, la relación con Dios nunca nos deja en la superficie de la realidad, tranquilos y cómodos. La relación con Dios nos lleva siempre más allá, más adentro, más abajo. Por eso dice Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda, te acuerdas de que tu hermano tiene queja contra ti, deja allí tu ofrenda y vete a reconciliarte con tu hermano”. Para un Dios Padre-Madre, el mayor signo de amor hacia él, es que nosotros nos amemos como hermanos. Si ignoramos a quien está a nuestro lado (no importa los kilómetros de distancia que nos separen) nuestra relación con Dios no está funcionando… aunque queramos pensar que sí.
“Pero yo os digo”… Jesús explica y ayudar a comprender, nos ayuda a ir más a fondo. “No es cuestión de cambiar la Ley”, nos dice, “es cuestión de poner adecuadamente el foco en su sitio. La ley no está por encima del ser humano. La ley se hace para que le sirva en la vida, para que ayude a crecer, para fomentar unas relaciones interpersonales enriquecedoras, para el bien común… Esta es la voluntad de Dios, de mi Padre: que el ser humano viva y viva en plenitud”.
El evangelio de hoy es de una actualidad escandalosa. Estamos construyendo un mundo en el que imperan leyes deshumanizadoras, leyes que no buscan dar plenitud a la vida de las personas, leyes que fomentan la desigualdad, los muros y las fronteras.
Pero somos muchos las y los cristianos a los que hoy se nos da la oportunidad de profundizar en estas palabras de Jesús. Si de verdad nos tomamos el pulso sobre cómo buscamos y vivimos la voluntad de Dios, algo cambiará en nuestro mundo. Ante nosotros está la muerte y la vida, ¿qué escogeremos? (cf. Eclo 15,17) Que el Espíritu, la Ruah Santa, que todo lo penetra (1Cor 2,10), nos ilumine en la elección.
Inma Eibe, ccv
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