Pascua 2026
«Nuestra misión hoy atraviesa contextos muy diversos: ciudades abarrotadas y periferias olvidadas, espacios de diálogo y lugares de conflicto, comunidades vivas y territorios marcados por el cansancio espiritual. Pero dondequiera que estemos, la Pascua nos invita a ser hombres y mujeres del alba: personas que no se resignan a la noche y custodian la certeza de que el Señor ya está actuando.» (El Consejo general)
Pascua 2026
Hombres y mujeres del alba
Queridísimos hermanos.
La mañana de Pascua, el Evangelio de Juan nos conduce ante el sepulcro vacío de Jesús. María Magdalena corre. Pedro y el discípulo amado corren. Todos están atravesados por una inquietud y una esperanza que aún no logran nombrar. El sepulcro está abierto. Pero precisamente dentro de este signo de ausencia comienza el nacimiento de la fe –un nacimiento narrado con la sobriedad del alba: una «piedra quitada del sepulcro», algunos «lienzos puestos allí», «un sudario… colocado en un lugar aparte» (cf. Jn 20,5-7), un sepulcro vacío. Todo parece frágil, casi insuficiente. Y, sin embargo, es precisamente en esta discreción, casi tímida, de quien evita el protagonismo, donde Dios elige revelar su victoria. La resurrección brota siempre en el corazón de quien sabe dejarse sorprender, sin pretender explicaciones inmediatas, sino deteniéndose a mirar y a dejarse interpelar por los signos.
Esta es la experiencia del discípulo amado que entra en el sepulcro. No ve al Resucitado, y sin embargo algo se enciende dentro de él: una intuición silenciosa, una luz que no deslumbra sino que ilumina desde dentro. «Vio y creyó» (Jn 20,8c).
También para nosotros la fe pascual comienza como una chispa en la conciencia, como una brisa ligera que atraviesa el alma. No hace ruido, pero cambia la mirada. De repente, lo que parecía un final se convierte en un comienzo; lo que aparecía como pérdida se abre a una promesa. El corazón asombrado percibe que la vida de Dios ya está actuando en los pliegues de la historia.
Por eso la resurrección es siempre también un acontecimiento interior. No es solamente algo que le ha sucedido a Jesús, sino algo que acontece también en quien acepta dejarse alcanzar por su presencia percibida. Es el momento en que la esperanza, casi imperceptible, echa raíces dentro de nosotros y transforma el miedo en confianza.
La resurrección no conquista con la fuerza: seduce con la luz. No obliga: llama. No arrolla: abre lentamente el espacio de la fe. Y cuando un corazón se deja sorprender por esta presencia discreta, la mañana de Pascua comienza de verdad.
También nuestro vivir de hoy se parece a menudo a esa carrera en la mañana aún incierta. El mundo en que vivimos está atravesado por miedos, guerras, desigualdades, profundas soledades. Muchos hombres y mujeres se sienten como ante un sepulcro: buscan signos de vida, mientras todo parece hablar solo de pérdida o de final. Y, sin embargo, precisamente allí donde parece que domina el vacío, el Señor continúa preparando el alba.
La Pascua nos recuerda que Dios no actúa siempre con signos espectaculares, sino con la discreción de la vida que vuelve a comenzar. Como Pedro y el discípulo amado, también nosotros estamos llamados a entrar en los pliegues de la historia, a mirar con atención, a reconocer los pequeños signos de resurrección que ya germinan en las comunidades, en las familias, en los corazones heridos que vuelven a encontrar esperanza.
El Evangelio subraya un gesto sencillo: correr juntos. No es solo la carrera ansiosa de dos discípulos, sino la imagen de una Iglesia que camina en fraternidad, que comparte la búsqueda, que no se cansa de creer incluso cuando la comprensión aún es incompleta. En este camino, dispersos en tantas partes del mundo, estamos unidos por una misma vocación: dar testimonio de que la vida es más fuerte que la muerte.
Nuestra misión hoy atraviesa contextos muy diversos: ciudades abarrotadas y periferias olvidadas, espacios de diálogo y lugares de conflicto, comunidades vivas y territorios marcados por el cansancio espiritual. Pero dondequiera que estemos, la Pascua nos invita a ser hombres y mujeres del alba: personas que no se resignan a la noche y custodian la certeza de que el Señor ya está actuando.
Quizá también nosotros, como los discípulos, no comprendemos siempre todo. El Evangelio dice: «Aún no habían comprendido la Escritura» (Jn 20,9). Y, sin embargo, la fe comienza precisamente allí: en confiar en lo que Dios está realizando más allá de lo que logramos ver. Entonces, cada gesto de servicio, cada palabra de consuelo, cada elección de fraternidad se convierte en un pequeño signo del sepulcro vacío.
En esta Pascua deseamos llegar a todos vosotros, dondequiera que os encontréis, con un mensaje de gratitud y de comunión. Nuestros caminos son distintos, pero la fuente de nuestro caminar es la misma: Cristo resucitado que continúa llamándonos y enviándonos. Que la mañana de Pascua renueve en todos nosotros la alegría de la vocación y la confianza en el Evangelio.
Como el discípulo amado, también nosotros estamos invitados a «ver y creer»: ver la presencia de Dios en la historia y creer que su promesa no falta nunca. De esta fe nacen nuestra esperanza y nuestro testimonio.
A todos vosotros llegue nuestro deseo fraterno. Y que la luz de la Pascua ilumine nuestro camino, fortalezca nuestra fraternidad y haga fecundo nuestro servicio.
Cristo ha resucitado, y con Él toda noche puede verdaderamente convertirse en alba.
El Consejo general