María Magdalena, la mujer de la aurora gloriosa, es la primera anunciadora de la resurrección de Cristo. Ella, esposa apasionada que pasa la noche buscando a su Amado, es imagen de la Iglesia. María permanece estrechamente unida al acontecimiento que está en el origen y en el centro de nuestra profesión de fe: la fiesta de Pascua. (...)
Cuéntanos, María:
¿qué has visto en el camino?
«Cuéntanos, María:
¿qué has visto en el camino?»
«El sepulcro de Cristo vivo,
la gloria de Cristo resucitado,
y los ángeles, sus testigos,
el sudario y sus vestiduras.
Cristo, mi esperanza, ha resucitado:
va delante de los suyos a Galilea».
María Magdalena, la mujer de la aurora gloriosa, es la primera anunciadora de la resurrección de Cristo. Ella, esposa apasionada que pasa la noche buscando a su Amado, es imagen de la Iglesia. María permanece estrechamente unida al acontecimiento que está en el origen y en el centro de nuestra profesión de fe: la fiesta de Pascua.
La Pascua es el triunfo inesperado de la vida que hace renacer la esperanza. La Pascua es la estrella de la mañana que ilumina la noche profunda y abre el camino al sol del mediodía. La Pascua es la explosión de la primavera que inaugura un tiempo de belleza, estación de los colores, del canto y de las flores.
María, la mujer de la aurora
María Magdalena es la primera testigo de la Pascua (Juan 20,1-18). Su amor ardiente por el Maestro mantuvo su corazón despierto durante toda la noche del gran “paso”: «Yo duermo, pero mi corazón vela» (Cantar de los Cantares 5,2). Y precisamente porque el amor la hizo velar, el Amado se le manifiesta primero a ella.
Es a ella, por tanto, a quien queremos preguntar: «Cuéntanos, María: ¿qué has visto en el camino?» (Secuencia pascual). Queremos beber en la fuente fresca y viva de los primeros testigos de la resurrección. María es custodio de un testimonio de primera mano, primicia femenina, «apóstol de los apóstoles», como la llaman los antiguos Padres de la Iglesia.
Cuéntanos, María: ¿qué has visto en el camino? ¡Cuéntalo con el fuego de tu pasión! Déjanos contemplar en tus ojos lo que ha visto tu corazón. ¡Porque la vocación de un apóstol no tiene valor si no se vive con tu pasión!
Veamos entonces qué hizo de María la primera testigo del Resucitado.
María, la amante
¿Qué caracteriza a María Magdalena? ¡Un gran amor! Es una mujer apasionada por Jesús que no se resigna ante la perspectiva de perderlo. Se aferra a aquel cuerpo inerte como última oportunidad de poder tocar «Aquel a quien ama su corazón» (Ct 3,1-4). Si el «discípulo amado» (el apóstol Juan, según la tradición) es el prototipo del discípulo, María Magdalena es su correspondiente femenino (sin por ello eclipsar la figura de la Virgen María). Ella es la «discípula preferida» y la «primera apóstol» de Cristo Resucitado.
Llamada dos veces con el nombre genérico de «mujer», representa a la nueva humanidad sufriente y redimida. Es la Eva convertida por el Amor del Esposo, aquel amor perdido en el jardín del Edén y ahora recuperado en el nuevo jardín (Juan 19,41), donde había descendido su Amado (Ct 5,1).
Permanecer y llorar
María Magdalena está movida por el amor y, al mismo tiempo, por la fe. Fe y amor son ambos necesarios: la fe da la fuerza para caminar, el amor da alas para volar. La fe sin amor no arriesga, pero el amor sin fe puede perderse en muchos cruces. La esperanza es hija de ambos.
Son el amor y la fe los que impulsan a María a permanecer junto al sepulcro, a llorar y a esperar, aunque no sepa bien por qué. Mientras Pedro (figura de la fe) y Juan (figura del amor) se alejan del sepulcro, ella, que reúne en sí ambas dimensiones, «permanece» y «llora».
Su permanecer es fruto de la fe y su llorar es fruto del amor. Permanece porque su fe persevera en la búsqueda, no se desanima ante el fracaso, pregunta a los ángeles y al jardinero, como la Amada del Cantar de los Cantares. ¡Espera contra toda esperanza! Hasta que, al encontrar de nuevo al Amado, se arroja a sus pies, abrazándolos en el vano intento de no dejarlo marchar (Ct 3,1-4).
Hoy nosotros, apóstoles, discípulos y amigos de Jesús, a menudo capitulamos fácilmente ante el «sepulcro», alejándonos de él. Nos falta la fe para esperar que de una situación de muerte, de vacío y de derrota pueda renacer la vida. Nos falta la fe para creer en un Dios capaz de «resucitar a los muertos». Nos apresuramos a cerrar esos «sepulcros» con la «piedra muy grande» (Marcos 16,4) de nuestra incredulidad.
Nuestra misión se convierte entonces en una lucha desesperada contra la muerte, una empresa condenada al fracaso, porque la muerte reina desde el principio del mundo. Terminamos por conformarnos con la obra de misericordia de «enterrar a los muertos», olvidando que los apóstoles han sido enviados por Jesús para «resucitarlos» (Mateo 10,8).
Afrontar el drama de la muerte y del sepulcro es como la travesía del Mar Rojo para el cristiano. Sin quitar la piedra de nuestra incredulidad, para afrontar y vencer a este terrible enemigo, no veremos la gloria de Dios: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Juan 11,40).
Nos cuesta llorar, quizá porque amamos poco. Nuestro corazón olvida demasiado pronto a sus «muertos». «La vida sigue y no podemos detenernos», decimos. ¡No tenemos tiempo para «permanecer» y «llorar» con los que sufren!
La audacia de permanecer y llorar no es estéril. A las lágrimas de María Magdalena responden los ángeles. No le devuelven el cadáver que buscaba, sino que le anuncian que «Aquel a quien ama su corazón» está vivo.
Sus ojos, sin embargo, necesitan ver y sus manos tocar al Amado, y Jesús cede a la insistencia del corazón de María y sale a su encuentro. Cuando la llama por su nombre, «Mariam», su corazón se estremece de emoción al reconocer la voz del Maestro.
Ser llamado por el propio nombre, ser reconocido, es el deseo más profundo que llevamos dentro. Solo entonces la persona puede alcanzar la plenitud de su ser y la conciencia de su identidad. Solo entonces podrá decir, con el fuego de un corazón enamorado: «¡He visto al Señor!». Y ese día, como María, también nosotros nos convertiremos en testigos de primera mano:
«…lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos…» (1 Juan 1,1-4).
Felicitación pascual
Busquemos al Crucificado con la fe y el amor de María Magdalena, y el Resucitado vendrá a nuestro encuentro llamándonos por nuestro nombre. Lloremos a los muertos de hoy —los de las injusticias y las guerras—, pero que nuestra mirada se dirija hacia el futuro, hacia el Resucitado, y no solo hacia el pasado, hacia el Crucificado, olvidando la resurrección.
Entonces nuestra oración será la que concluye la Escritura: «¡Ven, Señor Jesús!» (Apocalipsis 22,20). Con la Pascua, la Iglesia ha entrado en la tensión escatológica: «Anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!».
¡Feliz Pascua, y que nuestra vida manifieste la presencia del Resucitado en nuestra “Galilea” de cada día!
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ
Un comentario a Jn 20, 1-9
Estamos en el último capítulo de Juan -si tenemos en cuenta que el 21 es considerado un añadido. Aquí el evangelista nos transmite la experiencia de los primeros discípulos que pasaron de la decepción al compromiso, de la desunión a la comunión, del viejo Israel a la nueva comunidad de creyentes. Lo hace usando, como siempre, expresiones de gran resonancia simbólica, entre las que me permito resaltar algunas:
1. “El primer día de la semana”
Terminada la creación (“todo está cumplido”, dice Jesús en la cruz), comienza el nuevo ciclo de la historia, el de la nueva creación. Jesús vino para hacerlo todo nuevo, superando la experiencias negativas. Él es el testigo de que Dios es siempre nuevo, de que es posible comenzar en nuestra vida un camino nuevo. Claro que, para que se produzca una nueva creación, es necesario saber morir a la vieja creación; hay que saber afrontar la muerte de nosotros mismos, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo. Tenemos que dejar de ponernos a nosotros mismos en el centro de todo: “Si el grano de trigo no muere, se queda solo; pero si muere, da fruto en abundancia”.
2. “Por la mañana temprano, todavía en tinieblas”
La Magdalena va al sepulcro buscando a Jesús, no en la vida, sino en la muerte, sin darse cuenta de que el día ya clarea. María cree que la muerte ha triunfado; por eso su fe está todavía en la penumbra. Ya clarea, ya hay nueva esperanza, pero no se ha abierto camino en el corazón y en la conciencia de aquella mujer que nos representa a todos.
Cuántas veces nosotros vivimos en el claroscuro, sin saber reconocer los nuevos signos de esperanza que Dios nos regala en nuestra historia personal o comunitaria.
3. El sudario, los lienzos, la losa y el sepulcro
Se trata de cuatro objetos que, de por sí, nos hablan de un muerto y así lo entiende la Magdalena y los discípulos. El texto, sin embargo, nos habla de que la losa está removida, el sudario apartado, los lienzos ordenados y el sepulcro vacío. Ni la losa retiene al muerto, ni el sudario o los lienzos lo mantienen atado. La muerte ha perdido a su presa, aunque la Magdalena no acabe de verlo. A este respecto comenta Anselm Grün:
“La primera señal de la Resurrección es la piedra que ha sido retirada del sepulcro. La piedra que preserva del sepulcro es el símbolo de las muchas piedras que están sobre nosotros. Yace precisamente una piedra sobre nosotros allí donde algo quiere brotar en nuestra vida y nos estorba en la vida. E impide que nuestras nociones de la vida, que en cada momento emergen, lleguen a ser realidad. Nos bloquea, nos impide levantarnos, salir de nosotros, dirigirnos a los demás… Cuando una piedra yace sobre nuestra tumba, nos pudrimos y nos descomponemos dentro…”(p.98)
4. Los discípulos recuperan la unidad
Los dos discípulos corren separados, como nos pasa cuando perdemos la fe y la esperanza. Cuando las cosas no van bien, la gente se divide y se dispersa. El desánimo se acumula y reina el “sálvese quien pueda”. Pero después recuperan la unidad, una vez más atraídos por el recuerdo y la búsqueda de Jesús.
El discípulo amado (el que había estado con Jesús en la cruz) cede la primacía al que lo había traicionado). El discípulo fiel ayudará al compañero, pero sin recriminaciones, simplemente corriendo más que él. Buen ejemplo para nosotros: a los compañeros no se les recrimina ni se les pretende forzar a la fidelidad; simplemente hay que correr más y, al mismo tiempo, saber esperar.
La experiencia de los discípulos nos recuerda que Jesús vive, que su presencia se hace notar entre nosotros de muchas maneras y que, abiertos a esta presencia, también nosotros podemos salir de nuestros sepulcros, recuperar la esperanza, vivir el amor y triunfar sobre la muerte, la oscuridad y el caos. La muerte no tiene la última palabra. La vida, sí.
P. Antonio Villarino, mccj
Cristo Resucitado:
la buena noticia que cambia al hombre y la historia
Hechos 10,34.37-43; Salmo 117; Colosenses 3,1-4; Juan 20,1-9
Reflexiones
“El primer día de la semana” (Evangelio, v. 1) ¡Jesús ha resucitado! Explosiona la vida, comienza la historia nueva de la humanidad: nada es igual que antes, todo tiene un sentido nuevo, positivo, definitivo. El anuncio de este hecho histórico - que es el tesoro fundacional de la comunidad de los creyentes en Cristo - resuena de casa en casa, de iglesia en iglesia, en todas las latitudes, en todos los rincones del mundo; se hace ‘evangelio-buena noticia’ para todos los pueblos. “El sepulcro vacío se ha convertido en la cuna del cristianismo” (San Jerónimo). La tumba vacía ha marcado para Juan el paso decisivo de la fe: él corrió al sepulcro, y, “asomándose, vio las vendas en el suelo, pero no entró”; más tarde entró junto con Pedro, “vio y creyó” (v. 4.5.8). Era el comienzo de la fe en Jesús resucitado, que más tarde se fortaleció cuando lo vieron viviente.
La fe es gradual: María Magdalena, Pedro y Juan corrieron al sepulcro con la intención de rescatar un cadáver desaparecido; no estaban preparados para un acontecimiento que no entraba en sus cálculos; tan solo más adelante llegaron a creer en el Señor resucitado e incluso se convirtieron en sus testigos y pregoneros valientes (I lectura): “Nosotros somos testigos… los testigos que Dios había designado… Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio…” (v. 39.41.42). Desde entonces el camino ordinario de la transmisión de la fe cristiana es el testimonio de personas que creyeron antes que nosotros. Por eso, nosotros profesamos que la fe es apostólica: porque está arraigada en la de los Apóstoles y en su testimonio. “El hecho principal en la historia del cristianismo consiste en un cierto número de personas que afirman haber visto al Resucitado” (Sinclair Lewis).
Desde siempre, la Iglesia misionera da vida a nuevas comunidades de fieles anunciando que Jesucristo es el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Él es el motivo radical y el fundamento de la misión. El hecho histórico de la resurrección de Cristo, ocurrido en torno al año 30 de nuestra era, constituye el núcleo central y ‘explosivo’ del mensaje cristiano; la catequesis lo enriquece y lo acompaña con la metodología adecuada. La misión es portadora del mensaje de vida que es Jesús mismo: el Viviente por su resurrección, después de su pasión y muerte. Este es el kerigma, anuncio esencial para los que todavía no son cristianos; es anuncio fundamental también para despertar y purificar la fe de los que se detienen casi exclusivamente en la primera parte del misterio pascual. En efecto, hay cristianos que se concentran casi tan solo sobre el Cristo sufriente en la pasión, y casi no dan el salto de la fe en Cristo resucitado. Les parece más fácil y consolador identificarse con el Cristo muerto, sobre todo cuando se viven situaciones de sufrimiento, pobreza, depresión, humillación, luto... Sin embargo, ese consuelo sería tan solo aparente y pasajero sin la fe en el Señor Resucitado. En nuestros días, en plena crisis del Covid-19, resuena con fuerza la palabra del Papa Francisco, que nos confirma en la fe. (*)
El testimonio, que une a la vez anuncio y coherencia de vida, es la primera forma de misión (cfr. AG 11-12; EN 21; RMi 42-44). Los auténticos testigos del Resucitado son personas contagiosas. Las personas transformadas por el Evangelio de Jesús resucitado, que viven los valores superiores del espíritu (II lectura), son las únicas capaces de contagiar a otras personas y hacer que se interesen por los mismos valores, tales como: la aceptación y la serenidad en el sufrimiento, la esperanza incluso frente a la muerte, la oración como abandono en las manos del Padre, el gozo en el servicio a los demás, la honestidad a toda prueba, la humildad y el autocontrol, la promoción del bien de los demás, la atención a las necesidades de los últimos, el testimonio de lo Invisible… Así se extiende y se realiza capilarmente la misión, aun antes y mejor que a través de las palabras, de las meras estructuras y de las jerarquías. “Celebra la Pascua con Cristo tan solo el que sabe amar, sabe perdonar... con un corazón grande como el mundo, sin enemigos, sin resentimientos”, como lo enseñaba en una catequesis el obispo Mons. Óscar Arnulfo Romero, asesinado en San Salvador, el 24 de marzo de 1980.
La misión es un acontecimiento eminentemente pascual, porque ahonda sus raíces y contenidos en la Resurrección de Cristo. Esta es la mejor buena nueva que el mundo necesita: en Cristo crucificado, muerto y resucitado “Dios da la nueva vida, divina y eterna. Esta es la Buena Nueva que cambia al hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el derecho a conocer” (Juan Pablo II, en RMi, n. 44). “La evangelización, en nuestro tiempo, solo será posible por medio del contagio de la alegría” (Papa Francisco). Esta evangelización - gozosa, paciente y progresiva - es la primera actividad de la Iglesia misionera entre todos los pueblos.
Palabra del Papa
(*) “La resurrección de Jesús no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable... Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Esa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo”.
Papa Francisco
Exhortación apostólica Evangelii Gaudium (2013), n. 276
P. Romeo Ballan, MCCJ
CREER EN EL RESUCITADO
Los cristianos no hemos de olvidar que la fe en Jesucristo resucitado es mucho más que el asentimiento a una fórmula del credo. Mucho más incluso que la afirmación de algo extraordinario que le aconteció al muerto Jesús hace aproximadamente dos mil años.
Creer en el Resucitado es creer que ahora Cristo está vivo, lleno de fuerza y creatividad, impulsando la vida hacia su último destino y liberando a la humanidad de caer en el caos definitivo.
Creer en el Resucitado es creer que Jesús se hace presente en medio de los creyentes. Es tomar parte activa en los encuentros y las tareas de la comunidad cristiana, sabiendo con gozo que, cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, allí está él poniendo esperanza en nuestras vidas.
Creer en el Resucitado es descubrir que nuestra oración a Cristo no es un monólogo vacío, sin interlocutor que escuche nuestra invocación, sino diálogo con alguien vivo que está junto a nosotros en la misma raíz de la vida.
Creer en el Resucitado es dejarnos interpelar por su palabra viva recogida en los evangelios, e ir descubriendo prácticamente que sus palabras son «espíritu y vida» para el que sabe alimentarse de ellas.
Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.
Creer en el Resucitado es vivir la experiencia personal de que Jesús tiene fuerza para cambiar nuestras vidas, resucitar lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de lo que mata nuestra libertad.
Creer en el Resucitado es saber descubrirlo vivo en el último y más pequeño de los hermanos, llamándonos a la compasión y la solidaridad.
Creer en el Resucitado es creer que él es «el primogénito de entre los muertos», en el que se inicia ya nuestra resurrección y en el que se nos abre ya la posibilidad de vivir eternamente.
Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento, ni la injusticia, ni el cáncer, ni el infarto, ni la metralleta, ni la opresión, ni la muerte tienen la última palabra. Solo el Resucitado es Señor de la vida y de la muerte.
José Antonio Pagola
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NI DIOS, NI CRISTO, NI RESURRECCIÓN
Una elección extraña
Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema.
Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.
Maríareacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.
Simón Pedroactúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.
El discípulo amadotambién corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.
El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).
Los relatos de los próximos días de Pascua nos ayudarán a alcanzar la tercera postura.
Las dos primeras lecturas
En ella se mueven las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) que afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Hay algo que une estas dos lecturas tan dispares:
a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);
b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).
¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?
Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.
José Luís Sicre
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Testigo es quien “ha visto” al Señor
Fernando Armellini
Introducción
Son conmovedoras las palabras apasionadas con las que Juan comienza su carta: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos, es lo que les anunciamos, la Palabra de vida” (Jn 1,1-3). Una experiencia inolvidable e irrepetible la suya. No obstante, para ser “testigos de Cristo” no es indispensable haber caminado con Jesús de Nazaret por los caminos de Palestina.
Pablo –que tampoco ha conocido personalmente a Jesús– fue nombrado testigo “Ponte en pie; que para esto me he aparecido a ti, para nombrarte servidor y testigo de que me has visto y de lo que te haré ver” (Hch 26,16) y recibió del Señor esta tarea: “Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo en Roma” (Hch 23,11). Para ser testigo, basta haber visto al Señor realmente vivo, más allá de la muerte.
Testimoniar no equivale a dar buen ejemplo. Esto es ciertamente útil, pero el testimonio es otra cosa. Lo puede dar solamente quien ha pasado de la muerte a la vida, quien puede afirmar que su existencia ha cambiado y adquirido un nuevo sentido desde el momento que fue iluminada por la luz de la Pascua; quien ha experimentado que la fe en Cristo da sentido a las alegrías y a los sufrimientos e ilumina tanto los momentos felices como los tristes.
Tratemos de preguntarnos: ¿Es la resurrección de Cristo un punto de referencia constante en todos los proyectos que llevamos a cabo, cuando compramos, vendemos, dialogamos, compartimos una herencia, cuando decidimos tener otro hijo…o pensamos que la realidad de este mundo no tiene nada que ver con la Pascua?
Quien ha visto al Señorno hace ya nada sin él.
Primera Lectura: Hechos 10,34.37-43
34Pedro tomó la palabra y dijo:37Ustedes ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan.38Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder: él pasó haciendo el bien y sanando a los poseídos del Diablo, porque Dios estaba con él.39Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y Jerusalén.Ellos le dieron muerte colgándolo de un madero.40Pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese,41no a todo el pueblo, sino a los testigos designados de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él después de su resurrección.42Nos encargó predicar al pueblo y atestiguar que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos.43Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él, en su nombre reciben el perdón de los pecados.
Esta lectura está tomada del quinto de los ocho discursos de Pedro que encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La escena trascurre en Cesárea, en la casa del centurión Cornelio donde se ha reunido un grupo de paganos que está a punto de recibir el bautismo.
Es precioso este pasaje porque representa, en síntesis, la predicación que se hacía en las primeras comunidades cristianas. Poniéndola en boca de Pedro, el autor de los Hechos intenta conferir al discurso una autoridad y garantía oficial. Veamos cuáles son los puntos esenciales de esta predicación.
Ante todo, hace referencia a la vida de Jesús. Él ha pasado curando y haciendo el bien a todos aquellos que eran víctimas del mal, porque en él actuaba la fuerza de Dios (vv. 37-38). Viene indicado también el lugar y el tiempo del inicio de esta actividad: todo ha comenzado en Galilea después del bautismo predicado por Juan. Lo que ocurrió antes –su infancia y juventud trascurrida en Nazaret– interesa a nuestra curiosidad, pero no constituye un punto de referencia de nuestra fe.
Pedro se refiere a hechos concretos, verificables, conocidos de todos, porque la fe cristiana se basa no en elucubraciones (especulaciones) esotéricas ni tiene que ver con un personaje de la mitología; sino más bien con un hombre concreto, que vivió en un lugar y en un tiempo bien precisos. Hubiéramos deseado que Pedro hiciera alguna alusión, al anuncio de la Buena Noticia, pero se limita solamente a resaltar la transformación concreta del mundo, realizada por Jesús. Esto es suficiente para probar que ha comenzado una nueva realidad.
El segundo punto de la predicación se refiere a lohan hecho los hombres:“ellos no han reconocido en Jesús al enviado de Dios y le dieron muerte colgándolo de un madero”(Hch 10,39).
Y Dios,¿cómo ha reaccionado?Dios –dice Pedro– no podía abandonar a su “Siervo Fiel” prisionero de la muerte, por esto lo ha resucitado. Su obra se opone a la de los hombres quienes producen la muerte, llevan al sepulcro.
Dios es quien levanta y conduce a la vida. Este es el artículo fundamental de nuestra fe (v. 40).
Finalmente viene indicada lamisión de los discípulos: ellos son los testigos de estos hechos (vv. 39.41) y han sido enviados a anunciar y a dar testimonio de queJesús ha sido constituido juez de vivos y muertos(v. 42). Esta verdad forma parte del “Credo” y no se trata de una amenaza, sino que es un mensaje de alegría. Los apóstoles deben decir a todos, que Jesús no es un juez que condena, sino el modelo con el que Dios compara la vida de todo hombre, declarando que su vida ha sido un éxito o un fracaso. No existe una instancia superior. Los judíos no podrán apelar a su fe en Dios o a la observancia de la ley. El punto de referencia establecido por Dios no son las leyes, las tradiciones ni ningún otro criterio humano, sino Jesús y solo Jesús.
Los apóstoles son sus testigosporque han estado con él, han comido y bebido con él, han oído sus enseñanzas y han visto los signos que ha hecho. No son testigos por su vida ejemplar, sino por haber hecho una experiencia única y estar en grado de comunicarla a quienes quieran escuchar con honestidad y pureza de corazón.
Segunda Lectura: Colosenses 3,1-4
1Por tanto, si han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios,2piensen en las cosas del cielo, no en las de la tierra.3Porque ustedes están muertos y su vida está escondida con Cristo en Dios.4Cuando se manifieste Cristo, que es vida de ustedes, entonces también ustedes aparecerán con él, llenos de gloria.
Escribiendo a los cristianos de Colosas, Pablo les recuerda que, en el día del bautismo, ellos han nacido a una vida nueva, vida que tendrá su plena realización no en este mundo, sino en el mundo de Dios. La fe en esta vida nueva es lo que distingue a los creyentes de los ateos, quienes dicen estar convencidos de que el hombre puede alcanzar la salvación en este mundo, contando solamente con sus fuerzas.
Aunque se pudieran resolver todos los problemas materiales: comida y bienestar para todos, con dolor y enfermedad finalmente vencidos etc., todavía quedarían pendientes en el fondo del corazón del hombre preguntas sin respuesta, como: ¿por qué vivo y por qué muero? ¿De dónde vengo y hacia dónde voy? Solo Cristo, muerto y resucitado, tiene una respuesta satisfactoria a estos interrogantes.
Pablo no dice que los cristianos no tengan que interesarse por las realidades de este mundo. Al contrario, ellos deben trabajar y comprometerse a fondo como el que más por un mundo mejor. La diferencia está en que el cristiano sabe que la plenitud de la vida no puede conseguirse aquí en la tierra (v. 2).
Las obras buenas no pueden faltar, dice la lectura, pues son una manifestación de la vida nueva, son signos de su presencia. Son como los frutos que pueden brotar y crecer solamente de un árbol vivo y frondoso.
Evangelio: Juan 20,1-9
“El primer día de la semana, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena se encamina al sepulcro…”(v. 1). En estas primeras palabras del evangelio del día de Pascua se perciben, casi se respiran las señales de la victoria de la muerte. Silencio sobre la tierra, inmovilidad, calma… una mujer sola y sin miedo se mueve en la obscuridad de la noche. La muerte, sin aparente rival, parece dominarlo todo; se diría que el silencio y la obscuridad están celebrando su triunfo. La ley del poder y de la fuerza, de la discriminación y la injusticia, la levadura de la astucia, han derrotado definitivamente las fuerzas de la vida.
Veamos, sin embargo, lo que acaece cuando María se da cuenta de que el sepulcro está vacío: la escena cambia como por encanto. Sobrecogidos por un tremor repentino, todos los personajes se sacuden del torpor y comienzan a moverse rápidamente:“María Magdalena llega corriendo a donde estaba Simón Pedro…que se precipita con el otro discípulo… Corrían los dos juntos…pero el otro discípulo corría más que Pedro…”(vv. 2-4). Sorprendiendo a todos, en el día siguiente al sábado la vida estalla con toda su fuerza. Dios ha intervenido y ha abierto el sepulcro de par en par, pero la Magdalena todavía no lo sabe, cree que el cadáver ha sido transferido o robado. Su reacción es natural y espontánea; es lo primero que piensa quien se encuentra con una tumba vacía.
Podemos detenernos en esta primera constatación o podemos seguir adelante tratando de buscar un sentido a los hechos que se narran. Frente a la muerte nos podemos resignar o llorar o abrir el corazón a la luz de lo alto.
La Magdalena sale momentáneamente de la escena y es como si, en la carrera hacia la fe, pasase el testigo a los otros dos discípulos. Uno es bien conocido, Pedro. El otro no tiene nombre. Generalmente se piensa que sea el evangelista Juan. Pero esta identificación tuvo lugar muy posteriormente, casi cien años después de la muerte del Apóstol. Puede ser que fuera él,el discípulo que Jesús amaba; sin embargo, en el evangelio de Juan esta figura tiene ciertamenteun carácter simbólicoque es conveniente resaltar.
Este discípulo sin nombre está siempre asociado a Pedro de una manera u otra:
¿A quién representa, pues? ¿Cómo es así que no tiene nombre? Representa aldiscípulo auténtico, aquel que apenas encuentra a Jesús, no duda ya más, lo sigue inmediatamente, lo quiere conocer, se olvida de dormir con tal de estar con él. Lo conoce hasta el punto de saber quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Lo sigue, aunque cuando será necesario dar la vida. No tiene nombre porquecada uno de nosotros está invitado a ser ese discípulo, a darle su propio nombre.
Veamosa estos dos discípulos correr hacia el sepulcro. El discípulo sin nombre llega primero, se inclina, ve las vendas en el suelo, pero no entra. Llega también Simón Pedro que entra, ve las vendas en el suelo y el sudario que cubría la cabeza de Jesús, no en el suelo como las vendas, sino doblado en un lugar aparte.
Nada de milagros, ninguna aparición de ángeles; solo se ven signos de muerte por doquier.Quizás los dos discípulos tienen la misma intuición que formuló San Juan Crisóstomo: “Cualquiera que se hubiera llevado el cuerpo, ciertamente no lo habría despojado del sudario ni se habría tomado la molestia de doblarlo cuidadosamente y dejarlo en un lugar aparte”. El cadáver, por tanto, no ha sido movido.
Pedro se detiene atónito y estupefacto.Se da cuenta de la situación, pero no es capaz de sacar la conclusión. Sus pensamientos permanecen bloqueados ante la presencia de la muerte. El discípulo sin nombre, por el contrario, da un paso hacia adelante:ve y comienza a creer(v. 8). Es el momento culminante de su camino hacia la fe en el Señor Resucitado. Frente a los signos de muerte (la tumba, las vendas, el sudario…) él comienza a percibir la victoria de la vida.
La anotación que sigue se refiere a los dos discípulo por igual:“Todavía no habían entendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos”(v. 9). Parece ilógico, al menos en lo que respecta al discípulo sin nombre. Llegados a este punto, hay que recordar que el evangelista no está escribiendo una fría crónica de los hechos, sino que está indicando a los cristianos de su comunidadel itinerario a través del cual se llega a la fe. Se comienza por los signos narrados por los evangelios (cf. Jn 20,30-31) que permanecen, sin embargo, misteriosos e incomprensibles si no nos dejamos guiar por la Palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras. Son estas las que abren de par en par la mente y el corazón y nos otorgan la luz interior que hace ver al Resucitado. El discípulo auténtico no tiene necesidad de otras pruebas, ni verificaciones que exigirá Tomás.
Jesús ha dicho a sus discípulos:“Si en grano de trigo caído en tierra no muere, permanece solo; si, por el contrario, muere, produce mucho fruto”. Quien todavía no cree, considera un absurdo, una locura el don gratuito de la vida porque, detrás de este don, solo ve signos de muerte. A la luz de la Pascua, sin embargo, el discípulo auténtico “comienza a entender” que la vida dada por los hermanos introduce en la beatitud de Dios.
El versículo conclusivodel pasaje evangélico –los dos discípulos“se volvieron a casa”(v. 10)– da casi la impresión de que todo volvió a ser como antes. Pero no es así. Los dos han conocido a Jesús, han verificado los mismos hechos y visto los mismos signos. Retoman la vida de todos los días, pero uno: sin ánimo y desilusionado; el otro va guiado por una nueva luz y fortalecido por una nueva esperanza.
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¡Felices Pascuas!