Viernes, 3 de abril 2026
Cada año, el Viernes Santo desborda Jerusalén. Las calles se llenan de pasos, de lenguas distintas, de oraciones que se entrelazan mientras la ciudad entera parece latir al ritmo del Vía Crucis. A la par del viacrucis oficial organizado por los Franciscanos, innumerables grupos recorren la Vía Dolorosa, deteniéndose en cada una de las catorce estaciones.

Son rostros venidos de lejos, corazones encendidos por la fe, peregrinos que desean tocar, aunque sea por un instante, el misterio del amor llevado hasta el extremo. Siguen a Jesús en sus últimos pasos, allí donde el dolor se vuelve ofrenda y la entrega se consuma en silencio. Cada piedra guarda memoria. Cada rincón susurra su Nombre.

Pero este año… todo es distinto.

Las calles han perdido su bullicio. El eco de los cantos se ha apagado. La ciudad, herida, respira entre el peso de la incertidumbre y el miedo. La tierra que un día fue testigo de la Redención vuelve a conocer la amargura del dolor y de la muerte. Demasiada sangre derramada. Demasiadas lágrimas sin consuelo. Soldados por doquier, como sombras que recuerdan que la paz aún no ha llegado.

Y, sin embargo, estamos aquí.

Pequeñas, casi invisibles: tres combonianas mexicanas caminando por las calles de Jerusalén. No hay multitudes, pero no estamos solas. Caminamos unidas a tantos que quisieran estar aquí y no pueden. Sus oraciones laten en nuestro silencio. Sus esperanzas se hacen nuestras.

Rezamos.

Rezamos por esta tierra que gime. Rezamos por cada vida rota. Rezamos con la Iglesia entera, elevando una súplica antigua y siempre nueva:

“Perdona a tu pueblo, Señor.”

Y mientras avanzamos, con el corazón apretado y la fe encendida, levantamos la mirada al Crucificado.

En estas calles casi desiertas de la ciudad vieja, donde el dolor parece tener la última palabra, proclamamos en silencio la verdad que no muere:
que Él ya ha vencido a la muerte,
que su entrega no fue en vano,
que su amor sigue siendo más fuerte que toda violencia.
Aquí, donde todo parece oscurecerse, seguimos pidiendo la paz.
Porque Él lo dio todo.
Porque Él nos amó… hasta el extremo.

Her.na Cecília Sierra
Misionera comboniana