Jueves, 23 de abril 2026
Caminamos juntas, con preguntas y cansancio latiendo en el corazón. Entre senderos del desierto, inesperadamente florecido, avanzamos como quien percibe un susurro de esperanza. Madres beduinas cuyas historias se entrelazan: un esposo sin trabajo, una madre que llora a su hijo recién fallecido, otra que cuida a su hija de diecisiete años, debilitada por la enfermedad, otra familia obligada a dejar su hogar en busca de pastos donde aún se les permita vivir.
En el camino recogemos pequeñas flores y las trenzamos en pulseras, como abrazando la vida. Se detienen, contemplan, sostienen la belleza frágil entre sus manos y la entrelazan con ternura. Paso a paso, entre palabras compartidas y silencios habitados, emergen preocupaciones hondas: el miedo a ser evacuadas, recuerdos guardados, heridas sin nombre. El sendero cotidiano —el que conduce al corazón de la aldea, donde la vida se encuentra, aprende y resiste— se vuelve espacio de escucha y revelación.
Avanzamos juntas. Nos detenemos en una casa; llegan más mujeres y niños. Nos ofrecen café y té. Bordan. Manos pacientes que custodian la memoria y tejen dignidad. En la fragilidad, su fuerza crece en silencio, puntada tras puntada. Luego, nuevamente nos detenemos mirando juntas al horizonte, todo se aquieta: el dolor, la prisa, el temor. Permanece la presencia. Más tarde, la mesa compartida —sencilla y generosa— abre un espacio nuevo.
En los gestos de acogida, en la cercanía sin prisa, en la escucha que sostiene… algo se revela. ¿Sabremos reconocerte?
Como en Emaús, sé nuestro compañero, en las historias que se entrelazan, en la preocupación y el desconcierto, en los fulgores de esperanza, en la mesa sencilla. Adéntranos en tu misterio. Enséñanos el camino de la vida, sácianos de gozo en tu presencia y de alegría perpetua junto a ti.
Enciende el corazón y quédate con nosotras.
Hermana Cecília Sierra,
Misionera comboniana