Lunes, 6 de Julio 2026
En África, la corrupción agrava la pobreza, refuerza la desigualdad y limita el acceso de la población a bienes y servicios esenciales, impidiendo la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población. El hecho debe entenderse como una crisis estructural, ética y espiritual que exige una profunda transformación de las personas, las instituciones y la cultura social. El autor, padre Endjegandeyo-Yepoussa Fugain Dreyfus [al centro en la foto], comboniano de la República Centroafricana, resume su tesis de máster en Teología Moral sobre este tema, que defendió en la Universidad Loyola de Granada, en España.
LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN EN ÁFRICA
UN IMPERATIVO ÉTICO, MORAL Y CRISTIANO
La corrupción constituye uno de los principales obstáculos para el desarrollo humano, social, político e institucional en África. No se trata únicamente de un problema jurídico o administrativo, sino de una realidad estructural que afecta de manera directa a la vida cotidiana de millones de personas. Sus efectos se observan en el deterioro de los servicios públicos, en la desigualdad en el acceso a la educación, la salud, la justicia y el empleo, así como en el aumento de la pobreza y de la exclusión social. Además, debilita la confianza en las instituciones y erosiona la cohesión de la vida colectiva.
La gravedad del fenómeno reside también en su normalización. En muchos contextos africanos, la corrupción ha dejado de percibirse como una desviación excepcional y ha pasado a considerarse una práctica habitual, e incluso útil, para resolver problemas cotidianos. Esta aceptación social resulta especialmente preocupante. Porque reduce la sensibilidad moral frente a la injusticia y vacía de contenido el ideal del bien común. Cuando la corrupción se integra en las costumbres y en los mecanismos informales de relación, deja de ser vista como una amenaza y comienza a reproducirse como parte del funcionamiento ordinario de la sociedad.
Desde esta perspectiva, la corrupción no puede entenderse solo como una suma de actos individuales. Se manifiesta como un fenómeno complejo y multidimensional. En el ámbito político, aparece cuando quienes ejercen el poder lo utilizan para favorecer intereses particulares, manipular procesos democráticos o consolidar redes clientelares. En el plano económico y administrativo, se expresa mediante la malversación de fondos, el soborno, la venta de cargos y el uso indebido de los recursos públicos. En la vida social, adopta formas más cotidianas, como los pagos informales o los favores exigidos para acceder a derechos básicos. A ello se añade una dimensión moral y espiritual, visible cuando se debilitan valores como la honestidad, la justicia y la responsabilidad, e incluso cuando estas prácticas penetran en instituciones llamadas a promover la rectitud.
Las causas de esta situación son diversas y están profundamente entrelazadas. La pobreza constituye un factor importante, ya que en contextos de necesidad extrema algunas personas recurren a prácticas corruptas como estrategia de supervivencia. A esto se suma la debilidad de las instituciones judiciales y políticas, la falta de transparencia, la insuficiencia de mecanismos de control y la persistencia de formas de lealtad particularista que colocan los intereses del clan, de la familia o del grupo por encima de las exigencias de la justicia. Sin embargo, uno de los elementos más decisivos es la banalización moral de la corrupción. Cuando una sociedad deja de percibirla como un mal, se vuelve mucho más difícil combatirla de manera eficaz.
Las consecuencias derivadas de este fenómeno son profundas. En el plano social y económico, la corrupción agrava la pobreza, fortalece la desigualdad y limita el acceso de la población a bienes y servicios esenciales. Los recursos que deberían destinarse al bienestar colectivo son apropiados de manera ilegítima, lo que impide mejorar las condiciones de vida de las mayorías. Esta situación afecta de manera especial a los sectores más vulnerables y perpetúa una lógica de exclusión que se transmite de una generación a otra. En algunos casos, también favorece la apropiación injusta de tierras y recursos naturales, provocando conflictos sociales y desplazamientos de población.
En el ámbito político e institucional, la corrupción produce una crisis de legitimidad. La ciudadanía pierde confianza en el Estado, en la justicia y en los procedimientos democráticos, al percibir que las instituciones no actúan al servicio del interés general. De este modo, se consolidan redes de impunidad, se refuerzan prácticas autoritarias y se debilita la participación ciudadana. Cuando las personas consideran que denunciar no sirve o que votar no cambia nada, la democracia se vacía progresivamente de sentido. La corrupción no solo altera el funcionamiento institucional, sino que desfigura la propia idea de la política como servicio.
En el plano moral y cultural, los efectos son igualmente graves. La repetición constante de prácticas corruptas termina por alterar la escala de valores de la sociedad. La honestidad puede ser percibida como ingenuidad, mientras que el engaño o el aprovechamiento personal llegan a verse como signos de habilidad. Esta inversión moral erosiona la confianza entre las personas, debilita la solidaridad y rompe el sentido de comunidad. La corrupción deja entonces de ser solo un problema de normas y sanciones, para convertirse en una crisis profunda de conciencia.
Frente a esta realidad, la respuesta no puede limitarse a reformas legales o mecanismos de vigilancia externa. Aunque estas medidas son necesarias, resultan insuficientes si no van acompañadas de una transformación ética y espiritual. La lucha contra la corrupción exige recuperar el valor de la justicia, del bien común, de la responsabilidad y de la dignidad humana. En este sentido, la renovación de las estructuras debe ir unida a la renovación de las conciencias. Sin una formación moral sólida, las leyes pueden existir, pero su eficacia será siempre frágil y limitada.
La reflexión bíblica y teológica ofrece una base importante para esta renovación. La corrupción aparece como una grave ofensa contra la justicia y contra la dignidad de las personas, especialmente de los más pobres. La tradición profética denuncia con fuerza toda forma de manipulación del derecho y de explotación del débil. Del mismo modo, el mensaje de Jesús rechaza la hipocresía, el abuso religioso y la instrumentalización del poder. La fe no puede separarse de la exigencia de justicia. Desde esta mirada, la corrupción no es solo una falta administrativa, sino también un pecado social que hiere a toda la comunidad y compromete el futuro colectivo.
En este marco, la Iglesia está llamada a desempeñar una función profética y pedagógica. Su misión no consiste únicamente en denunciar públicamente las injusticias, sino también en formar conciencias responsables, promover una cultura de integridad y colaborar con la sociedad civil en la defensa del bien común. No obstante, esta tarea exige coherencia interna. La promoción de la transparencia, la honestidad y la responsabilidad debe comenzar en las propias estructuras eclesiales, para que el testimonio resulte creíble y efectivo.
La superación de la corrupción requiere, por tanto, una acción conjunta y sostenida. Resulta fundamental educar desde la infancia en valores éticos, fortalecer la formación moral de los líderes políticos y religiosos, consolidar instituciones transparentes y fomentar una ciudadanía activa que no se resigne ante la injusticia. Solo a través de esta convergencia entre educación, compromiso moral, reforma institucional y responsabilidad social será posible construir sociedades más justas, más solidarias y más respetuosas de la dignidad humana.
En conclusión, la corrupción en África debe entenderse como una crisis estructural, ética y espiritual que no puede resolverse exclusivamente mediante controles externos o reformas jurídicas. Su erradicación exige una transformación profunda de las personas, de las instituciones y de la cultura social. La recuperación del sentido de justicia, del bien común y de la responsabilidad colectiva aparece así como una condición indispensable para abrir un horizonte de desarrollo auténtico, de convivencia democrática y de esperanza para el continente africano.
Padre Endjegandeyo-Yepoussa Fugain Dreyfus, MCCJ