Martes, 14 de julio de 2026
«Como Misioneros Combonianos, queremos renovar ante ustedes nuestro sí: sí al Evangelio; sí a los pueblos olvidados; sí a la justicia; sí a una paz construida con paciencia; sí a la dignidad de toda persona; y sí a una misión vivida como compartir la vida.» (Consejo General)

«Yo estoy con ustedes»
«Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.» (Mt 28,20b)

Queridos hermanos y hermanas:
Les escribimos mientras nuestro mundo sigue siendo herido por las guerras, la violencia, las graves crisis alimentarias, las persecuciones, las injusticias, la inestabilidad política, las catástrofes naturales y las migraciones forzadas. Muchos de ustedes viven cada día bajo el peso del miedo, la incertidumbre y el duelo. Demasiados niños están aprendiendo demasiado pronto el lenguaje de las armas en lugar del lenguaje de la esperanza.

Como Misioneros Combonianos, no podemos contemplar estos sufrimientos desde la distancia. Habitan nuestra oración, interpelan nuestra conciencia y modelan nuestra misión. Allí donde uno de los pueblos entre los que vivimos sufre, toda nuestra familia misionera sufre con él.

San Daniel Comboni comprendió que la misión nace al pie de la Cruz. No porque amara el sufrimiento, sino porque había contemplado el Corazón de Cristo, traspasado por amor al mundo. En ese Corazón abierto descubrió a un Dios que no salva desde lo alto de su poder, sino entrando en nuestra fragilidad humana. Por eso, Comboni hizo de toda su vida una única opción: hacer causa común con los pueblos más pobres y abandonados a los que había sido enviado.

Hoy esa opción continúa. Hacer causa común con los últimos significa llorar con quienes lloran, esperar con quienes esperan, permanecer cuando otros se marchan, compartir el poco pan que hay y custodiar la dignidad de toda persona cuando todo parece querer borrarla. Significa creer que ningún pueblo ha sido olvidado por Dios y que ninguna periferia está lejos de su Corazón.

Ustedes, hermanos y hermanas que viven en tierras marcadas por la prueba, no son simplemente destinatarios de nuestra misión: son maestros de nuestra fe. Nos enseñan que la esperanza no es optimismo, sino una decisión del corazón. Esperar es encender una lámpara cuando alrededor parece imponerse la oscuridad de la noche.

Nos enseñan que la fraternidad no es una teoría: es compartir el poco arroz que queda con quien llega después de nosotros; es seguir llamándonos hermanos y hermanas cuando la guerra quiere convertir a cada vecino en un enemigo; es creer en la fuerza del Evangelio precisamente cuando parece más frágil.

Nosotros reconocemos a Cristo Resucitado en sus comunidades que continúan orando, en las catequistas y los catequistas que perseveran en su servicio, en las madres que protegen la vida, en los jóvenes que rechazan el odio y en los ancianos que siguen bendiciendo. ¡Esta es la Pascua que crece silenciosamente en la historia!

La violencia pretende convencernos de que la última palabra pertenece a la muerte. Nosotros creemos lo contrario: la última palabra pertenece al Dios de la vida. Por eso, la Iglesia sigue siendo una presencia profética, y cada discípulo y discípula está llamado a defender la dignidad del otro, tendiendo puentes donde otros levantan muros, educando, curando, orando y perdonando.

También nuestros misioneros y misioneras comparten este camino. No son héroes, sino hermanos y hermanas que han elegido, junto con ustedes, habitar esta historia porque Dios mismo sigue habitándola. Su presencia no elimina el dolor, pero hace que sea menos solitario.

A quienes sienten en su corazón la tentación del desaliento les decimos: no se dejen robar la esperanza. La esperanza no nace de que las cosas marchen bien, sino de la certeza de que Dios entró en la noche del mundo y salió de ella vivo.

Cada vez que ustedes eligen la reconciliación en lugar de la venganza, cada vez que protegen una vida frágil, cada vez que comparten el pan y oran por quienes los persiguen, Cristo sigue resucitando.

Como Misioneros Combonianos, queremos renovar ante ustedes nuestro sí: sí al Evangelio; sí a los pueblos olvidados; sí a la justicia; sí a una paz construida con paciencia; sí a la dignidad de toda persona; y sí a una misión vivida como compartir la vida. Seguiremos haciendo oír la voz de quienes con demasiada frecuencia no son escuchados, denunciando todo aquello que hiere la dignidad de los pueblos y anunciando que ningún poder, ninguna arma y ningún interés económico podrán apagar el sueño de Dios para la humanidad.

El Corazón de Jesús, abierto en la Cruz, continúa derramando también hoy su misericordia sobre el mundo. Entremos también nosotros en ese Corazón y aprendamos a mirar a cada persona como a un hermano o una hermana, y a cada pueblo como una sola familia.

Que María, Madre de la Esperanza, camine junto a sus familias. Y que San Daniel Comboni nos alcance el valor de permanecer fieles hasta el final, con el corazón abierto, las manos siempre dispuestas al servicio y la mirada fija en el Reino que ya está creciendo —muchas veces oculto— entre las heridas de la historia.

Los llevamos a todos en nuestro corazón. Cada día. Cada vez que celebramos la Eucaristía. Cada vez que pronunciamos el nombre de Jesús.

Fraternalmente,

El Consejo General
Roma, 14 de julio de 2026