Sábado, 1 de agosto 2026
El estudiante misionero comboniano Komakech James Kenyi [en la foto] regresó a Sudán del Sur, su país natal, tras completar su formación teológica, para realizar un año de servicio misionero en la parroquia de la Santísima Trinidad de Fangak, en el Sudd, la vasta zona pantanosa formada por la sección Baḥr al-Jabal del Nilo Blanco, donde el desplazamiento de una comunidad a otra se realiza principalmente en canoas. Su experiencia fue una profunda lección de vida y misión.

Mi vocación misionera ha sido forjada por un camino de encuentros a lo largo de mi vida. Nací en un campo de refugiados en la frontera entre Sudán y Uganda durante la guerra civil sudanesa, y crecí en Uganda antes de regresar a Sudán del Sur tras su independencia el 9 de julio de 2011, donde trabajé como profesor de ciencias de secundaria.

Inspirado por el testimonio de los misioneros combonianos en mi parroquia de Lomin, en el condado de Kajo-Keji, y por la visión misionera de San Daniel Comboni —Salvar a África con África—, me incorporé a su Instituto en 2014.

Tras mi formación en Sudán del Sur, Kenia, Zambia e Italia, en 2025 fui destinado a la parroquia de la Santísima Trinidad de Fangak, en la diócesis católica de Malakal, donde también tuve la gracia de ser ordenado diácono el 31 de mayo de 2026.

Fangak se ha convertido en una verdadera escuela de misión. La parroquia consta de numerosas islas, algunas accesibles a pie durante la estación seca y en canoa local durante la estación de las lluvias.

A pesar de las difíciles condiciones provocadas por las inundaciones, el conflicto, la pobreza y el aislamiento, me encontré con un grupo étnico cuya hospitalidad, generosidad y profunda fe transformaron mi comprensión de la evangelización.

La comunidad nuer me enseñó que la misión es siempre recíproca: los misioneros llevan el Evangelio, pero también lo reciben a través del testimonio y la resiliencia de las personas a las que sirven.

Una de mis primeras prioridades fue escuchar antes de actuar. En lugar de introducir programas externos, busqué comprender las realidades de la gente y colaborar con las estructuras pastorales existentes, especialmente con los catequistas y los acólitos instituidos, cuyo compromiso refleja la visión de San Daniel Comboni de empoderar el liderazgo local.

Junto con los jóvenes, promovimos la música sacra como medio de evangelización y sanación de traumas. Preservamos el patrimonio espiritual de la Iglesia local grabando vídeos y compartiendo los cantos del coro a través de la plataforma de YouTube de la parroquia.

Los torneos de fútbol se convirtieron en oportunidades para promover la paz, la reconciliación y la amistad entre los jóvenes católicos, presbiterianos y de otras comunidades.

Con las asociaciones de mujeres, inicié proyectos prácticos como la producción de jabón líquido y la elaboración artesanal de rosarios, que fortalecieron los medios de vida, fomentaron el sentido de comunidad y proporcionaron espacios de apoyo mutuo y sanación.

Estas experiencias me convencieron de que la metodología misionera debe superar la dependencia de los misioneros individuales.

El futuro de la misión reside en formar a personas locales que puedan sostener tanto las iniciativas pastorales como las de desarrollo mucho después de que los misioneros se hayan marchado.

Por tanto, la evangelización debe integrar el anuncio con la promoción humana, capacitando a las comunidades para que se conviertan en protagonistas de su propio desarrollo espiritual y social.

Mi experiencia en Fangak ha profundizado mi convicción de que la misión auténtica comienza con la escucha, crece a través de la colaboración y da fruto formando personas en lugar de simplemente establecer proyectos.

Siguiendo el ejemplo de Cristo, que unió el anuncio con la compasión, los misioneros están llamados a promover tanto la dignidad espiritual como la humana de cada persona.

Esta visión, inspirada por San Daniel Comboni y reafirmada por la reciente doctrina social de la Iglesia, sigue siendo esencial no solo para Fangak, sino también para el futuro del trabajo misionero en toda África.

Probablemente dejaré Fangak hacia octubre para prepararme para mi ordenación sacerdotal en mi parroquia natal en Kajo-Keji, con profunda gratitud.

Estoy convencido de que el pueblo me ha evangelizado tanto como yo lo he servido. Su resiliencia, generosidad y esperanza siguen inspirando mi vocación misionera.

Mi oración es que Sudán del Sur se convierta cada vez más en una tierra donde la paz venza a la violencia, la justicia venza a la opresión y la esperanza triunfe sobre la desesperación, mientras las comunidades locales continúan construyendo el Reino de Dios a través de sus propios dones y liderazgo.

Diácono Komakech James Kenyi, MCCJ