Lunes, 3 de agosto 2026
La subregión de Karamoja, en el noreste de Uganda, se enfrenta una vez más a una grave emergencia humanitaria. Tras meses de sequía prolongada y lluvias insuficientes, miles de familias han perdido sus cosechas y luchan por encontrar alimentos suficientes para sobrevivir. Lo que debía ser una temporada de esperanza y de cosecha se ha convertido en una temporada de angustia, hambre y desesperación.

Karamoja ha sido siempre una de las regiones más vulnerables de Uganda. La mayor parte de la población depende de la agricultura de subsistencia y de la ganadería para su supervivencia. Sin embargo, la creciente imprevisibilidad de los patrones climáticos, los prolongados períodos de sequía, la degradación ambiental y la pobreza generalizada han vuelto extremadamente frágiles los medios de vida tradicionales.

La sequía de este año ha sido particularmente devastadora: muchas comunidades han recibido poca o ninguna lluvia efectiva durante la principal temporada de siembra. Como consecuencia, el sorgo, el maíz, los frijoles y otros cultivos básicos se han perdido en amplias zonas de la región.

Según la última Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria (IPC, por sus siglas en inglés), aproximadamente 473.000 personas —cerca de un tercio de la población de Karamoja— se encuentran en situación de inseguridad alimentaria aguda (Fase 3 de la IPC o superior). Más de 41.000 personas están ya en la Fase 4 de la IPC (Emergencia) y necesitan asistencia humanitaria urgente para salvar sus vidas y sus medios de vida.

Los distritos más gravemente afectados son Kaabong, Kotido, Karenga, Moroto, Napak, Amudat y Nabilatuk.

Las consecuencias de la sequía son visibles en todas partes. Las familias sobreviven con una sola comida al día, o incluso menos. Las madres recorren largas distancias en busca de frutos silvestres y raíces comestibles para alimentar a sus hijos. El ganado, a menudo el único patrimonio de los hogares está debilitado por la falta de pastos y de agua.

Los centros de salud informan de un aumento de los casos de desnutrición aguda, especialmente entre los niños menores de cinco años, las mujeres embarazadas y las personas mayores. El hospital misionero San Kizito de Matany cuenta con un centro nutricional activo para niños, que atiende a un número cada vez mayor de pequeños pacientes junto con sus madres.

Las escuelas también se ven afectadas: los niños hambrientos tienen dificultades para asistir a clase o se ven obligados a quedarse en casa para ayudar a sus familias en la búsqueda de alimentos, también porque el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas ha suspendido la distribución de comidas en las escuelas, con pocas excepciones, desde el inicio de este año académico.

Aunque el Gobierno de Uganda ha puesto en marcha una distribución de emergencia de alimentos en todo Karamoja, destinando recursos considerables para proporcionar harina de maíz y frijoles a los hogares más vulnerables, hasta ahora muy poco ha llegado a su destino.

Si bien estas intervenciones son bienvenidas e indispensables, la magnitud de la crisis hace que las necesidades humanitarias sigan siendo inmensas y requieran el apoyo continuado de los socios para el desarrollo, las organizaciones confesionales y las instituciones caritativas.

La Iglesia católica, a través de la Diócesis de Moroto y su red de parroquias, sigue estando solidariamente junto al pueblo. Sacerdotes, religiosas, catequistas y voluntarios parroquiales son testigos a diario del sufrimiento de familias que han agotado sus reservas de alimentos.

Además de ofrecer consuelo espiritual, la Iglesia responde a la emergencia mediante apoyo nutricional, asistencia alimentaria de urgencia cuando es posible, acción comunitaria sobre el terreno y defensa de los más vulnerables. Sin embargo, los recursos disponibles distan mucho de ser suficientes para atender las necesidades crecientes.

Esta emergencia no es simplemente el resultado de una temporada de lluvias fallida. Refleja el impacto acumulado del cambio climático, las sequías recurrentes, la degradación ambiental, el acceso limitado al agua para el riego, la baja productividad agrícola y la pobreza crónica.

Sin inversiones a largo plazo en la captación de agua de lluvia, en sistemas de riego, en agricultura climáticamente inteligente, en cultivos resistentes a la sequía, en educación y en la diversificación de los medios de vida, Karamoja seguirá enfrentando crisis alimentarias recurrentes.

El pueblo de Karamoja ha demostrado una notable resiliencia a lo largo de décadas de dificultades. Sin embargo, la resiliencia por sí sola no puede superar repetidas crisis climáticas. Se necesita con urgencia asistencia humanitaria inmediata para evitar más pérdidas de vidas, mientras que inversiones sostenidas en el desarrollo son esenciales para romper el ciclo del hambre y la dependencia.

Como miembros de una sola familia humana, no podemos permanecer indiferentes. Cada contribución —ya sea a través de asistencia alimentaria, programas de nutrición, proyectos de agua potable, apoyo agrícola u oraciones— puede marcar una diferencia profunda.

En este momento crítico, el pueblo de Karamoja no pide solo caridad, sino solidaridad, esperanza y colaboración para construir un futuro en el que cada familia pueda vivir con dignidad y seguridad alimentaria.

La crisis actual nos recuerda que el hambre no es solo una cuestión humanitaria: es un llamado a la justicia. Juntos, los gobiernos, las agencias humanitarias, las comunidades de fe, los donantes y las personas de buena voluntad pueden ayudar a garantizar que el pueblo de Karamoja no solo sobreviva a esta sequía, sino que también construya un futuro más resiliente.

+ Damiano Guzzetti, Mccj
Obispo de Moroto