Viernes, 4 de septiembre de 2026
Trece jóvenes provenientes de Módena y Venecia participaron en un campo de trabajo, una experiencia de espiritualidad y servicio, organizada por los  Combonianos en Taranto, en la región de Apulia, del 3 al 12 de agosto de 2026.

Con esta profunda pregunta nos dispusimos a escuchar atentamente la realidad del territorio, gracias al desafiante testimonio de la asociación Giustizia per Taranto, al trabajo de la asociación Noi e Voi —al servicio de las personas privadas de libertad, de las personas sin hogar y de los solicitantes de asilo—, de la familia D’Elia de Mottola y de la asociación Famiglie Solidali.

Al compartir entre nosotros, el corazón de lo que vivimos puede resumirse en una expresión: HACER VERDAD.

Dentro de nosotros mismos: Reconocimos que también nosotros, los jóvenes, a menudo, al igual que los últimos y los pobres de la tierra, somos tratados como “descartados”. Se nos pide que nos ajustemos al Sistema, que absorbamos pasivamente lo que nos ofrecen las redes sociales y que guardemos silencio, encerrándonos en una vida cotidiana sin sueños, dominada por el miedo y la incapacidad de expresarnos.

Nos cuesta mostrar quiénes somos realmente, aplastados por la expectativa de tener que parecer siempre perfectos, eficientes, a la moda y funcionales a las lógicas del poder. Sin embargo, llevamos dentro de nosotros fracturas, heridas y sueños rotos que piden salir a la luz, ser reconocidos y transformados en lucha, compromiso y resistencia.

A pesar de que intenten convencernos de lo contrario, somos profundamente humanos, enamorados de la vida y deseosos de entregarnos a grandes proyectos.

A nivel social: A menudo no conocemos realmente la realidad porque tendemos a encerrarnos en nosotros mismos. Ponernos a la escucha de las víctimas del Sistema nos permitió tocar con nuestras propias manos la perversión que aplasta al mundo, pero también descubrir las dinámicas capaces de transformarlo: el diálogo, la escucha, la suspensión del juicio, las relaciones auténticas libres de filtros y máscaras, la ternura, la compasión y los abrazos sinceros.

El verdadero conocimiento de la realidad nace únicamente de una profunda empatía con las personas, compartida directamente en sus contextos y en sus historias de vida.

A nivel eclesial: Venimos de itinerarios de fe y de contextos parroquiales a menudo muy tradicionales. Casi todos somos cristianos por tradición cultural, pero nos cuesta encontrarnos con Jesús vivo en la vida cotidiana y celebrarlo verdaderamente como comunidad.

Deseamos ponernos a la escucha de Jesús y de su propuesta de vida, comprender qué tiene que ver con nosotros, acogerlo y sentirlo presente dentro de nosotros para transformar el mundo con la fuerza del Evangelio, comenzando por nosotros mismos y por los ambientes en los que vivimos.

Por eso tenemos sed de auténticos caminos comunitarios y de guías que no pretendan adoctrinarnos, sino que acepten ponerse en juego con nosotros, caminando juntos incluso por senderos nuevos e inéditos.

Los instrumentos que nos permitieron hacer verdad, despojándonos de máscaras y roles impuestos, fueron:

La amistad y la vida comunitaria: Vivir, sudar, divertirnos, servir, comer y rezar juntos… sin siquiera tener tiempo o ganas de mirar el celular. En pocos días compartimos una profundidad humana y espiritual que ninguno de nosotros habría esperado.

La espiritualidad: Los momentos de silencio y de compartir no fueron charlas vacías, sino auténticos encuentros de corazón a corazón. Las catequesis diarias nos impulsaron a buscar un encuentro sincero con Jesús, tanto en la intimidad de nuestra conciencia como en los rostros de las personas que encontramos.

El encuentro con los demás: Los huéspedes de la casa de acogida San Damiano y de la casa para solicitantes de asilo nos abrieron su corazón, compartiendo sus vidas e invitándonos, con su testimonio, a hacer lo mismo.

Ahora que el campo ha concluido, es momento de hacer una síntesis, pero sobre todo de volver a partir, custodiando el tesoro de la experiencia vivida. Cada uno de nosotros siente la necesidad de continuar este camino —cuando sea posible juntos, pero también abiertos a otros compañeros de camino— para discernir el sueño de Dios para su propia vida.

Deseamos que experiencias de este tipo puedan multiplicarse y que los Combonianos continúen acompañándonos, caminando a nuestro lado, para que estos “eventos” aislados se transformen en verdaderos “procesos”: para crecer juntos en la fidelidad a la realidad y en la responsabilidad de querer transformarla.

Padre Daniele Zarantonello, mccj