Viernes, 4 de septiembre de 2026
El 26 de agosto de 2026, el comboniano congoleño padre Joseph Mumbere Musanga celebró 25 años de vida sacerdotal misionera en Piquiá, Maranhão, donde realiza su misión desde 2021, tendiendo puentes entre el Congo y Brasil.
La celebración de mi jubileo sacerdotal fue una oportunidad para vivir una semana de animación misionera y de acción de gracias a Dios por los 35 años de presencia misionera de la familia comboniana —padres, hermanos, laicas y laicos— en Açailândia, en el estado de Maranhão.
Esta semana comenzó el domingo 23 de agosto con una celebración solemne en la Iglesia Santa Luzia, en Piquiá, durante la cual recordamos con gratitud a los 26 combonianos (22 sacerdotes y cuatro hermanos) y a las seis parejas de laicos misioneros combonianos que trabajaron en Açailândia.
Familia comboniana
Esta celebración conmemorativa nos recordó que la familia comboniana llevó a cabo su misión en tres parroquias —San Juan Bautista, en el barrio Jacu; San Francisco, en Brejão; y Santa Luzia, en el barrio Piquiá— y en numerosas asociaciones dedicadas a la lucha y defensa de la vida y de los derechos humanos y de la naturaleza.
Entre estas asociaciones puedo mencionar aquellas que continuarán marcando y manteniendo viva la memoria de la presencia comboniana en Açailândia: el Centro de Defensa de la Vida y de los Derechos Humanos Carmén Bascarán, Justiça nos Trilhos, la Casa Familiar Rural, la Asociación de Vecinos de Piquiá de Baixo, el Centro Comunitario Frei Tito de Piquiá de Cima, las Mujeres Semilla de la Tierra de Francisco Romão y la Red Ciudadanía de Açailândia.
Durante toda la semana, visitando las parroquias y las asociaciones, hicimos memoria del legado que la familia comboniana dejará en Açailândia, agradeciendo que, a pesar de la partida física de los Combonianos a finales de 2026, el carisma comboniano ha sido sembrado y continuará creciendo y dando frutos de vida en abundancia para todos.
En la animación de esta semana agradezco la presencia de los padres Cosmas Musonda y Lionel Dofonnou, quienes, como animadores misioneros y vocacionales, compartieron las bendiciones y los desafíos de la vocación misionera comboniana, invitando a los jóvenes a dejarse interpelar por esta vocación.
La celebración de clausura de la semana, el domingo 30 de agosto, fue presidida por monseñor Vilsom Basso, obispo de la diócesis de Imperatriz.
La liturgia y las intenciones de acción de gracias se centraron en mi jubileo de plata sacerdotal y en el don de los catequistas en la Iglesia, celebrando ese domingo también el Día del Catequista.
Constructor de puentes
Al agradecer a Dios por el llamado a ser sacerdote misionero comboniano, resumí mi experiencia de fe y de vida sacerdotal durante los últimos 25 años a través de la imagen de un puente.
Un puente existe para acercar aquello que está separado. No elimina las diferencias entre las dos orillas. Al contrario, permite que personas diferentes se encuentren, se conozcan, dialoguen y caminen juntas.
Fue así como, poco a poco, llegué a comprender mi vocación sacerdotal y misionera, creyendo cada vez más que Dios me llamó a ser constructor de puentes.
Un puente entre la humanidad y la divinidad. Un puente entre las personas. Un puente entre las culturas. Un puente entre los pueblos. Un puente entre diferentes maneras de vivir la fe. Un puente entre quienes tienen mucho y quienes tienen poco. Un puente entre la Iglesia del Congo, donde nació y creció mi fe, y la Iglesia que encontré en Brasil.
El Congo me dio una manera de celebrar la fe con un fuerte sentido comunitario, con alegría, música, danza, participación y un profundo sentido de pertenencia. Brasil me enseñó otras formas de expresar la fe, otras experiencias pastorales, otras luchas y otras riquezas.
Entre estas dos orillas, he procurado construir un puente. No para decir que una cultura es mejor que la otra. No para sustituir una por la otra, sino para permitir que el Congo y Brasil se encuentren, dialoguen y se enriquezcan mutuamente.
Hoy comprendo que la Iglesia católica es verdaderamente católica precisamente porque es capaz de acoger a diferentes pueblos, lenguas, culturas y maneras de expresar la misma fe en Jesucristo.
Vida en abundancia
En el centro de todo hay una palabra de Jesucristo que ilumina profundamente mi comprensión del sacerdocio: «Yo he venido para que todos tengan vida y la tengan en abundancia».
Ese «todos» es muy importante. Todos.
El sacerdocio solo encuentra su verdadera razón de ser cuando está al servicio de la vida. Vida digna. Vida familiar. Vida comunitaria. Vida social. Vida para los pobres. Vida para los jóvenes. Vida para los ancianos. Vida para aquellos que tantas veces no tienen voz.
Así aprendí que el sacerdote no está llamado a construir muros de separación. Está llamado a acercar a las personas construyendo puentes. Y quizás esta sea una de las grandes tareas de la Iglesia hoy: construir puentes en una sociedad marcada por las divisiones, las polarizaciones, los prejuicios y las desigualdades.
Necesitamos puentes donde hay muros. Necesitamos diálogo donde hay intolerancia. Necesitamos reconciliación donde hay conflicto. Necesitamos solidaridad donde hay indiferencia. Necesitamos fraternidad donde hay exclusión.
Padre Joseph Mumbere Musanga, mccj