Martes, 15 de septiembre de 2026
Monseñor Franco Masserdotti, obispo comboniano de Balsas, en Maranhão, Brasil, celebró su Pascua hace 20 años. Partió en la tarde del 17 de septiembre de 2006, víctima de un accidente de tráfico mientras se desplazaba en bicicleta por la ciudad donde residía. Tenía 65 años. Dos décadas después, su memoria permanece viva y sigue inspirando, al igual que su sonrisa, su alegría y su sentido del humor.
Monseñor Franco Masserdotti era una de esas personas que hablaban al corazón con palabras edificantes y dejaban una hermosa huella en quienes las escuchaban. Carismático, inteligente, sencillo y dotado de una impresionante capacidad para construir relaciones, tenía un gran corazón, una sonrisa siempre en el rostro, un espíritu juvenil y un buen sentido del humor. ¿Quién no recuerda sus anécdotas?
Cultivaba también una fuerte espiritualidad misionera, que se traducía en acciones solidarias dirigidas, sobre todo, a los más pobres y que lo llevaba a abrazar las grandes causas en favor de la vida, como expresa muy bien su lema episcopal: «Para que todos tengan vida» (Juan 10,10).
Un misionero en Brasil
Padre Franco Masserdotti llegó a Brasil en 1972, después de estudiar Sociología en Trento, Italia. Tenía 31 años cuando desembarcó en Río de Janeiro. Se sintió profundamente impresionado y acogido por Cristo Redentor, en el Corcovado, y, al mismo tiempo, acogido por el pueblo brasileño.
Fue destinado a trabajar en las parroquias de Pastos Bons y Nova Iorque, en el sur de Maranhão. Allí fue acogido por la gente, a la que amó desde el primer encuentro y por la que también se sintió profundamente amado.
Brasil vivía en aquel momento los difíciles años de la dictadura militar (1964-1985). El sufrimiento de un pueblo que vivía en una sociedad profundamente desigual e injusta lo afectaba en lo más profundo del alma. El padre Masserdotti trató de comprender los mecanismos de dominación y exclusión de la sociedad brasileña que, durante siglos, habían oprimido y excluido a tantas personas.
Una Iglesia al servicio de la vida
En 1976, mucho antes de ser obispo, Masserdotti fue nombrado vicario general de la prelatura de Balsas, que se convertiría en diócesis en 1981.
Atento a los signos de los tiempos y a las intuiciones y enseñanzas del Concilio Vaticano II (1962-1965) y de la Iglesia latinoamericana, se dedicó, primero como sacerdote y después como obispo, a la organización y formación de las comunidades eclesiales de base, de las pastorales y a promover el protagonismo de los laicos y las laicas.
En aquel período comenzaron a llegar a la región de Balsas nuevos inversores que compraban grandes extensiones de tierra para el cultivo de arroz, soja y maíz. También había invasiones y apropiación ilegal de tierras, además de un intenso éxodo rural. En la diócesis surgían los primeros conflictos socioambientales y, en este contexto, se buscaba una práctica pastoral que conjugara fe y vida y tuviera en cuenta los nuevos desafíos sociopastorales.
Un hombre de fronteras
Masserdotti era un hombre de fronteras, y su vida estuvo marcada por el servicio a la misión. Antes de ser nombrado obispo de Balsas, había servido al Instituto de los Misioneros Combonianos como Asistente General (1979-1985), había contribuido a la formación de jóvenes misioneros en el Escolasticado Internacional Nuestra Señora de Guadalupe, en São Paulo (1986), había coordinado la Provincia Brasil-Nordeste como provincial (1987-1993) y había coordinado el Centro de Animación Misionera en Teresina, Piauí (1994-1995).
Su nombramiento como obispo coadjutor de Balsas tuvo lugar el 22 de noviembre de 1995, y su ordenación episcopal, el 2 de marzo de 1996, en la Catedral de Balsas.
Una Iglesia misionera, sinodal y solidaria
En la diócesis de Balsas, la línea pastoral adoptada por monseñor Franco Masserdotti fue la de una Iglesia formada por comunidades de base, ministerial y misionera, comprometida con la vida y empeñada en la transformación de la sociedad y en la construcción de un mundo más justo para todos.
Monseñor Franco elaboró programas de formación no solo religiosa, sino también social y política. Fue un gran animador de los jóvenes y un firme impulsor de la Pastoral de la Infancia, de la Comisión Pastoral de la Tierra, del Centro de Derechos Humanos y del Proyecto Vida Nova, además del centro de recuperación para personas con dependencia de drogas y de Rádio e TV Boa Notícia, en favor de una comunicación libre y democrática.
Soñaba con una Iglesia más misionera, sinodal y solidaria, y también con una universidad católica en la diócesis.
Al lado de los pueblos indígenas
En 1999 fue elegido presidente del Consejo Indigenista Misionero (CIMI) y se comprometió profundamente con la causa indígena.
Un episodio que marcó profundamente su vida tuvo lugar el 22 de abril de 2000, con ocasión de las celebraciones de los 500 años del llamado “descubrimiento” de Brasil. El Gobierno federal organizó un gran evento en Porto Seguro, en Bahía.
El CIMI y varias comunidades indígenas celebraron una conferencia en Coroa Vermelha, paralela a las celebraciones oficiales del Gobierno. Allí, los pueblos indígenas pudieron hablar sobre lo que significaban para ellos 500 años de colonialismo y opresión.
Durante una marcha pacífica hacia Porto Seguro, los pueblos indígenas fueron atacados por la policía con gases lacrimógenos y balas de goma. Muchos resultaron heridos. Monseñor Franco fue detenido junto con otras 140 personas y experimentó en su propia piel lo que significa luchar contra un sistema injusto y opresor.
Se negó a ser tratado como obispo y, una vez más, se puso al lado del pueblo oprimido, expresando su solidaridad de manera concreta.
Un legado que sigue vivo
Monseñor Franco Masserdotti celebró su Pascua hace 20 años. Partió en la tarde del 17 de septiembre de 2006, víctima de un accidente automovilístico, en Balsas, Maranhão, Brasil.
Su cuerpo descansa junto a los de sus predecesores, monseñor Diogo Parodi y monseñor Rino Carlesi, en la Catedral del Sagrado Corazón, en Balsas.
Monseñor Franco fue amigo, maestro, pastor y profeta. Recorrió el camino indicado por san Daniel Comboni: «ir más allá de las fronteras y estar con los más pobres y abandonados».
Nos dejó, sin embargo, un gran legado humano y espiritual: el testimonio de un misionero apasionado por la vida y por la misión, entregado a la causa de los más pobres.
Veinte años después de su Pascua, su vida sigue inspirándonos. Su compromiso con la misión, con los pobres, con los pueblos indígenas y con la construcción de una sociedad más justa permanece como un testimonio vivo y como una invitación a seguir adelante, más allá de las fronteras.
Padre Raimundo Rocha, MCCJ
Provincial de los Misioneros Combonianos de Brasil